Olor a chivo

[Santo Domingo, 30 de mayo de 2002]

Cada día quedan menos tapas de alcantarilla con la inscripción «Ciudad Trujillo» en el zona colonial de Santo Domingo.

Pero la constante desaparición de esos emblemas de la dictadura personal de 31 años del general Rafael Leonidas Trujillo Molina no es consecuencia de una actitud deliberada para borrar los vestigios del asesinado sátrapa antillano en la que fue su ciudad, ni tampoco de que sus adictos estén atesorando reliquias. Simplemente los chatarreros están acabando con ellas.

De todas maneras, en la República Dominicana sigue oliendo a chivo cuando se cumplen ahora 41 años del asesinato a tiros, en una emboscada nocturna, en una carretera al oeste de Santo Domingo, de Trujillo, el hombre de vida abigarrada que en el lapso de doce años, a partir de los dieciséis de edad, se dio tiempo para ser telegrafista, bandido, pesador de caña, guachimán de un ingenio de azúcar y segundo teniente provisional de la Guardia Nacional creada durante la ocupación militar estadounidense.

Después, y también con notable rapidez escaló, entre 1919 y 1929, desde teniente de la Policía a general comandante del nuevo Ejército, para encaramarse, en 1930 y con poderes ilimitados, en el mando supremo de la nación, de donde sólo fue desalojado a balazos 31 años más tarde.

En este nuevo aniversario del asesinato, en 1961, de aquel personaje temerario, de desbordantes sensualidad y codicia al que Mario Vargas Llosa noveló en La fiesta del Chivo, se han vuelto a levantar voces en la República Dominica advirtiendo de que los corifeos del dictador se siguen moviendo intentando «humanizar al monstruo», «enredar a los dominicanos» y «revivir el trujillismo».

El General Vitalicio Antonio Imbert Barrera es el último sobreviviente del grupo de acción de siete hombres que la noche del 30 de mayo de 1961 emboscó y acribilló al Chivo en una carretera abierta al borde del Mar Caribe, en las afueras de Santo Domingo, que desde 1936 había pasado a llamarse Ciudad Trujillo en honor al dictador.

Todos los hombres, menos Imbert Barrera, del grupo de acción recibieron la muerte, algunos tras bárbaras torturas a manos de los secuaces de Trujillo capitaneados por el joven general de cuatro estrellas y play-boy Ramfis Trujillo, de 33 años, el hijo mayor del tirano, que mató personalmente al menos a siete de ellos.

Cada mayo, Imbert Barrera zahiere la memoria de quien en vida fuera alabado, entre otras variopintas loas, como el Perínclito Varón, y a quienes, a su juicio, siguen ocultando la historia o falsificándola.

Este año Imbert Barrera ha declarado que el Ministerio de Educación siempre ha impedido que en las escuelas dominicanas se enseñe como es debido el verdadero rostro canalla de Trujillo y la perversión de su régimen.

Imbert Barrera, que tiene casi 82 años, ha echado las culpas por la situación también al nonagenario caudillo Joaquín Balaguer, que ha sido siete veces presidente dominicano. «Sólo comenzará a saberse la verdad del trujillato cuando Balaguer se muera», aseguró Imbert Barrera.

Balaguer sirvió durante treinta años a Trujillo en diversos cargos, entre ellos como ministro y presidente títere, puesto que desempeñaba cuando el sátrapa caribeño cayó de bruces abaleado.
En su larga vida –cumplirá en septiembre 96 años–, Balaguer no ha revelado las incógnitas ni menos mostrado arrepentimiento por los servicios que prestó al tirano.

De nuevo en este 41º aniversario del asesinato del dictador la gran pregunta ha vuelto a ser expresada: ¿Conocía Balaguer el complot contra Trujillo? ¿Era él el hombre con el que Washington quería evitar que la dictadura de Trujillo no diera lugar en el Caribe a otro régimen comunista después de que la del cubano Fulgencio Batista hubiera desembocado en Fidel Castro?

El abogado Eduardo Díaz Díaz ha asegurado que sí. Recuerda que él era un niño cuando la policía de la dictadura halló el cadáver de Trujillo en su casa, donde lo habían llevado los asesinos apretujado en el maletero de un Chevrolet negro.

Díaz Díaz, cuyo padre era uno de los complotados, preside la Fundación Héroes del 30 de Mayo, que procura preservar la memoria de los hombres que lograron aquella hazaña. Afirma que Balaguer se sentó debajo del árbol a que le cayera entre sus manos el poder como fruto maduro.

El astuto cortesano de modales exquisitos, vasta cultura, lengua brillante, talante monacal, costumbres frugales y una devoción católica a toda prueba –caracteres que parecen incompatibles con un personaje sensual, burdo, exótico, sanguinario, obsceno y corrupto como fue Trujillo– pudo neutralizar con habilidad tras el magnicidio a la extraña, calamitosa, tosca y voraz familia del dictador, dispuesta como estaba a seguir mangoneando en República Dominicana.

Los distintos gobiernos de Balaguer estuvieron impregnados de la arraigada forma latinoamericana de hacer política a base de caudillismo, populismo, clientelismo, persecuciones y muertes de rivales y corrupción.

Hoy Balaguer, ciego desde hace muchos años y casi inválido, parece un cadáver que se resiste a aceptar que está muerto, mientras que unos albaceas imparten en su nombre la doctrina y las consignas.

Los nostálgicos de Trujillo aseguran lo mismo que quienes añoran al general Marcos Pérez Jiménez en Venezuela o al general Alfredo Stroessner en Paraguay: «Con él podíamos dormir con las puertas de nuestras casas abiertas».

Los trujilleros no pueden soñar, sin embargo, como fantaseaban en España algunos fervientes católicos amantes del generalísimo Francisco Franco: «con él nuestras hijas estaban seguras».

«¡Ay de aquellas mujeres que Trujillo quisiera poseer!», ha recordado Díaz Díaz en su discurso conmemorativo la lluviosa tarde del 30 de mayo de 2002, junto al monumento negruzco y espejado que, sobre el acantilado, recuerda a los héroes que decapitaron al oprobioso régimen de Trujillo al borde del Caribe.

El mar luce unos metros más abajo fangoso y con basura flotando como pequeñas jangadas movidas por el mal tiempo que hace en vísperas de comenzar la temporada anual de ciclones.

En el barrio colonial de Santo Domingo la vida pasa con una lenta cadencia caribeña y provinciana, quizás como transcurriera en vida del Chivo. Resulta fácil escuchar la música cadenciosa de un merengue, como aquel tan popular a fines de 1961 con una estrofa que decía; «El pueblo celebra / con gran entusiasmo / la Fiesta del Chivo / el 30 de mayo».

Por la esquina del Café del Conde pasa una docena de colegialas con camisas polo y tejanos azules. Uranita Cabral, la protagonista de la novela de Vargas Llosa, no aparece desde luego entre ellas, aunque su espectro, como los espectros de casi todos los personajes de La Fiesta del Chivo, están en las páginas de las copias piratas del Trujillo: la trágica aventura del poder personal que Robert Crasweller publicó en 1966 y que se vende todavía en algunas librerías de la capital en copias piratas.

Entre los 108 títulos que el periódico de Santo Domingo Listín Diario ha publicado en este aniversario para afirmar que los temas sobre  el Benémerito Trujillo continúan siendo un buen negocio editorial, el libro de Crasweller –junto a Trujillo, la muerte de un dictador, del corresponsal estadounidense Bernard Diederich, y La Era de Trujillo, que le costó la vida al español Jesús de Galíndez— parece una versión desapasionada de unos hechos asombrosos que se prestan a la incredulidad, hasta tal punto que el autor advierte a los lectores que se puedan sentir inclinados a dudar de la autenticidad de los mismos de que cosas todavía más extrañas ocurrieron, pero que él las había tenido que omitir por no haber podido establecerla su autenticidad de manera satisfactoria.

Uno de los hechos constatados por Crasweller evoca el meollo de la novela de Vargas Llosa: «Su impulso sensual [de Trujillo] parecía acrecentarse con la edad, de conformidad con alguna fórmula de progresión matemática contraria a las leyes de la biología. Con frecuencia gustaba de mujeres muy jóvenes. Pero aun en algo tan íntimo como la sensualidad seguía siendo hijo del capricho. Había concebido un ardiente deseo por una cierta jovencita de sólo 16 años de edad, y desde hacía algún tiempo, la asediaba decididamente. Finalmente, la madre y la hija cedieron y la inexperta muchacha fue enviada a Trujillo. En el fuero interno de éste, sin embargo, se operó una reacción. Sentado a su lado, se puso a contemplar su belleza de adolescente como fascinado, mientras acariciaba suavemente sus largos cabellos. Todo quedó aquí, y la niña volvió a su hogar tan virgen como había llegado...». Pero el novelista quiso que los dedos torpes de Trujillo le hicieran a la niña lo que frecuentemente hacían con adolescentes algunos brutales miembros de su familia.

Francisco R. Figueroa
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