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Cuba: malos tiempos para la lírica castrista

Francisco R. Figueroa / 22 octubre 2010

El Parlamento Europeo ha enviado una señal nítida a La Habana: el Viejo Continente está al lado de los demócratas y no desea contemporizar con los hermanos Castro. Al mismo tiempo, Estados Unidos manifestaba su disconformidad, el amigo Miguel Ángel Moratinos era destituido y la Unión Europea daba señales de que mantendrá a grandes rasgos la «política común». Parecen malos tiempos para la lírica castrista.

El primer mensaje está indeleblemente grabado en la concesión del Premio Sajarov al disidente cubano Guillermo Fariña, de 48 años, que estuvo dispuesto a sacrificar su vida con 135 días en huelga de hambre como medio de presión para lograr un cambio en Cuba. La huelga de hambre de Fariñas, después de la muerte de Orlando Zapata por un prolongado ayuno, hizo que el mundo recuperara la memoria sobre los disidentes cubanos presos.

Como dijo la Alta Representante de Política Exterior de la UE, la británica Catherine Ashton, «los derechos humanos y las libertades fundamentales están en el centro de las relaciones de la Unión Europea con Cuba». Al mismo tiempo, la baronesa Ashton de Upholland instaba al régimen comunista de La Habana a liberar a todos sus prisioneros políticos.

La concesión del premio tuvo lugar cuatro días antes de que el lunes 25 los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, reunidos en Luxemburgo, acaben el debate que, a petición española, tienen aplazado desde junio sobre la llamada «posición común» que los 27 países comunitarios aplican a Cuba, mediante la que se condiciona la cooperación con la dictadura castrista y avances sobre derechos humanos.

La mayoría de centroderecha de la eurocámara —conformada por conservadores, reformistas y liberales, frente a socialistas, comunistas y «verdes»— fue la que decidió la concesión del Premio Sajarov a Fariña, cuya valiente actitud llevó esperanza a todos los que en la isla luchan por la libertad, los derechos humanos y la democracia.

Esa misma mayoría se opone al levantamiento de la «posición común» que fue adoptada en 1996 por iniciativa del gobierno español que entonces presidía el conservador José María Aznar. Por el cambio de dicha posición estuvo batallando durante varios años el recién destituido ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, y también la que ahora es su sucesora, Trinidad Jiménez, cuando, a sus órdenes,, fue Secretaria de Estado para Iberoamérica entre septiembre de 2006 y abril de 2009.

La política española hacia Cuba irrita a la oposición al castrismo —con la que el gobierno socialdemócrata español de José Luis Rodríguez Zapatero evitó el contacto oficial—y a todos cuanto en el mundo están en desacuerdo con la dictadura de los hermanos Castro. Desde la oposición interna cubana se le ha tildado a Moratinos a modo de despedida de «servil» de la dictadura y «cómplice de los hermanos Castro.

¿Qué pasará el lunes? Si Jiménez se presenta en Luxemburgo —en el primero de los distintos frentes que le deja abiertos Moratinos— a favor del levantamiento de la «posición común», como estaba dispuesto a hacer su antecesor, sufrirá su primer revés como responsable de la diplomacia española. Fracasará en su debut porque la decisión tiene que ser tomada por consenso y hay varias naciones que se oponen con furia.

La mayoría de Europa entiende que la excarcelación en curso de prisioneros políticos (van 47), que están cambiando la prisión por el destierro en España, no constituye ningún avance en derechos humanos. Más allá de las buenas palabras para su antecesor expresadas en su toma de posesión, Trinidad Jiménez, que sí ha tenido contactos con la oposición cubana en el exilio, tendría que mudar en dos días lo que Moratinos hizo respecto a Cuba en seis años y medio.

Los ministros de la UE posiblemente acaben haciendo algún gesto hacia La Habana alentando más cambios, lo que, sin duda, va a disgustar al régimen castrista. Seguramente –según fuentes diplomáticas comunitarias– será mantenida la sustancia de la «posición común» y se puede ser creado algún mecanismo de diálogo con Cuba tendente a lograr mejores resultados en materia de derechos humanos y democracia.

Lo mismo que la mayoría de Europa —incluidos Alemania y, sobre todo, países del este que tuvieron regímenes comunistas — piensa Estados Unidos, que considera «algo positivo» esa suelta de presos, pero censura que aún no han sido puestas en marcha las reformas prometidas por el régimen castrista, según acaba de afirmar el presidente Barack Obama.

No ha habido ningún avance hacia la libertad política y económica, ni —a juicio de Fariña y de muchos analistas— debe haber mudanzas serias en vida de los hermanos Castro.

Esta es la tercera vez que el Premio Sajarov recae en la oposición al castrismo. En 2002 lo recibió Osvaldo Payá y en 2005 las Damas de blanco (el grupo de mujeres de los presos políticos de la llamada «primavera negra» que están siendo liberados), La expectativa ahora es si el régimen de los hermanos Castro permite a Fariña salir de esa isla-prisión que es Cuba para recoger el premio, en diciembre en la sede del Parlamento Europeo de Estrasburgo el próximo 15 de diciembre. Fariña amenaza con ponerse otra vez en huelga de hambre si no lo dejan salir.

franciscorfigueroa@hotmail.com
www.apuntesiberoamericanos.com

Haití: antiamericanismo primario

La decidida actuación de Estados Unidos en el devastado Haití desató una reacción desmedida de desconfianza, como si la tropa yanqui, dirigida por un pérfido Barack Obama, fuera a aprovechar esa inconmensurable tragedia para apoderarse de tan paupérrimo país. Francia, Brasil, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y gente de la izquierda caviar europea pusieron el grito en el cielo. Algunos tuvieron prontamente que recoger velas.

En Internet cobra fuerza que Estados Unidos provocó el terremoto del 12 de enero. Según medios estatales venezolanos bajo control de Hugo Chávez, que citaron información militar rusa, el sismo en Haití y otros, como los ocurridos en Honduras, Venezuela y China, son producto de una terrorífica tecnología que prueban los militares estadounidenses, conocida por sus siglas HAARP [High Frequency Advanced Auroral Research Project], capaz de hacer temblar la tierra y crear violentas anomalías climatológicas. Siempre según esos medios del aparato de propaganda chavista, Estados Unidos tiene en mente acabar a golpe de terremoto con la dictadura iraní de Mahmud Alamadineyad. En esa lógica, el fuerte temblor, de 6,1 grados, que ocurrió en Haití el jueves 20 puede ser un intento de los militares estadounidenses de matar a sus propios camaradas. Ya hay en Haití 12.500 efectivos y se esperan otros 4.000.

La presencia maciza de Estados Unidos fue solicitada por el presidente haitiano, René Préval, en medio de la tragedia apocalíptica que sufre su desvalido país. Pero se ha llegado a decir que el débil gobernante antillano fue obligado a delegar el control de su país en el Pentágono. Estados Unidos hizo oídos sordos a las críticas. Transportó soldados, hizo el desembarco, estableció bases y ha comenzado a poner orden en el caos para dar viabilidad a tan gigantesca operación humanitaria. ¿Cuánto tiempo se quedará? Esta es otra cuestión. Para quien quiera una respuesta piense que un contingente de cascos azules de la ONU, del tamaño de las fuerzas desplegadas hasta ahora por Estados Unidos, en seis años y sin terremotos consiguió avanzar muy poco en un país historicamente descoyuntado y dejado de la mano de Dios.

El presidente galo, Nicolas Sarkozy, tuvo que enmendarse la plana a sí mismo y a su Secretario de Estado de Cooperación, Alain Joyandet, por sus críticas destempladas a la gestión estadounidense del aeropuerto de la capital haitiana. Parece que los franceses han digerido mal el papel preponderante de Estados Unidos en auxilio de aquella antigua colonia gala donde las tropas de Napoleón sufrieron una temprana derrota a manos de esclavos negros, que llevó a la primera emancipación de un país en la actual América Latina.

España, cabeza de la UE durante este primer semestre, tuvo que dar jabón a Estados Unidos para evitar malos entendidos. «Consideramos que la intervención de EE UU es crucial y muy positiva», dijo el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. «Ver helicópteros, marines que llevan alimentos, ponen orden y salvan vidas a mí personalmente me paree un hecho a aplaudir», dijo ante el Parlamento Europeo el presiente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. La Unión Europea ha demostrado que su maquinaria funciona lenta y pesadamente. Ha quedado superada de largo por iniciativas solidarias de país miembros. Lady Ashton, la alta representante de la UE, dejó pasmado a la concurrencia en su primera rueda de prensa tras el terremoto. «Cuantos más cargos y nombramientos tenemos, menos existimos como UE», se lamentó la eurodiputada liberal francesa Marielle De Sarnez.

Brasil, aspirante a potencia mundial y con cierto prestigio como líder de la Misión de Estabilización de la ONU para Haití (Minustah) –con 9.000 cascos azules que serán reforzados con otros 3.500— también ha sido desplazado muy a su pesar. A la hora de la verdad Brasil ha dejado patente su falta de liderazgo. La ONU no puede escudar su ineficiencia en la conmoción por el drama de su gente en Haití, con su sede hundida, cerca de 50 muertos y 500 desaparecidos.

Estados Unidos, como señalan muchos medios de comunicación, es la única potencia global capaz de ponerse en marcha. Aparte de Estados Unidos no hay ningún otro país dispuesto a correr el riesgo de implicar a sus militares, señaló específicamente el diario madrileño ABC. En la Folha de São Paulo se podía leer una descalificación a Brasil como «rottweiler sin dientes» y a su ministro de Defensa, Nelson Jobim, por practicar contra Estados Unidos una retórica que es «pura masturbación diplomática».

Antiamericanismo primario como el de Hugo Chávez secundado por sus resonantes Daniel Ortega, de Nicaragua, y Evo Morales, de Bolivia, que acusaron al «terrible imperio» de aprovechar tan colosal desgracia natural para «invadir y ocupar militarmente» Haití.

Como la ONU ha fracasado en Haití, ¿qué país está en condiciones de repartir ayuda, recuperar infraestructuras y abrir rutas esenciales para el abastecimiento, restablecer comunicaciones y garantizar la seguridad? ¿Qué otra nación puede contribuir evitar la amenaza para la paz y la seguridad internacionales en la región que, según en propio Préval, constituye Haiti? Ni siquiera la Minustah de la ONU puede, según ha reconocido el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva. ¿Quizás Venezuela, Nicaragua y Bolivia, que son demostradamente incapaces de dar respuestas a sus múltiples problemas internos humanos, de seguridad y de infraestructuras? ¿Irá Chávez con sus abultada petrochequera a habilitar el puerto marítimo de Puerto Príncipe, destruido en un 80%, para desembarcar el combustible que ha prometido?

Estados Unidos se le reprochó entorpecer la entrega de alimentos y medicinas. No es correcto. La ayuda se acumulaba por toneladas porque nadie había sabido establecer un sistema de distribución. Demasiado voluntarismo, centenas de «oenegés», muchos pugnando por salir en las noticias… Desorden en medio del caos. Tan importante es que haya ayuda como que llegue a las víctimas. A los haitianos sedientos, hambrientos, en pánico y a punto de matarse entre ellos tanto les da si los alimentos, el agua, las medicinas, las tiendas de campaña, la ropa y todo lo mucho que necesitan son de procedencia yanqui, europea o china. En Haití las tropas y los equipos son tan necesarios como los alimentos. Hay que asegurar el orden, evitar los saqueos y que la desesperación lleve a la gente a matarse; hay que limpiar calles y carreteras, remover millones de toneladas de escombros, sacar cadáveres, instalar hospitales, potabilizar agua, recuperar infraestructuras, restablecer comunicaciones, evitar una explosión humana, una desbanda hacia el mar en busca de la tierra prometida en Estados Unidos o por tierra hacia República Dominicana. El mundo tiene que ver cómo da a los haitianos motivos de vida.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Ni Zelaya ni Micheletti

La crisis en Honduras parece rumbo a su única salida, bajo la batuta de Estados Unidos, que pasa por la celebración de unas elecciones generales potables el 29 noviembre prescindiendo de los dos escollos que ahora hay: Manuel Zelaya y Roberto Micheletti. El problema será convencer al derrocado gobernante y a sus aliados, entre los cuales destacan Hugo Chávez, el mecenas, y Luiz Inácio Lula da Silva, su anfitrión.

Se trata de contentar a tirios y troyanos, dentro de la Constitución, preservando las instituciones democráticas y el Estado de derecho puesto que lo importante no son los intereses particulares de los dos pretendidos presidentes. Debe renunciar el «presidente interino» Micheletti a cambio de una canonjía, a lo mejore una curul vitalicia en el Congreso que lo haga intocable. Micheletti no debe oponerse. El «presidente derrocado» Zelaya sería restituido, pero temporalmente y con la alas recortadas. No sería juzgado por las violaciones a la Constitución que desembocaron hace tres meses en su derrocamiento y deportación. Tendría que renunciar para dar paso a un Gobierno de concertación que administraría el país hasta el traspaso del poder a quien resulte elegido presidente en las elecciones del 29 de noviembre. Todos los implicados serían beneficiados por una amnistía y recibirían alguna forma de compensación. Se ha hablado de asegurar el acuerdo con «cascos azules» de la ONU, pero resulta difícil esta operación con tan poco tiempo por delante.

Quedan importantes cabos sueltos con nombres y apellidos. Primero está el propio Zelaya, un personaje que últimamente desvaría en su campamento en la embajada de Brasil en Tegucigalpa. Está empecinamiento en ser presidente hasta el último día de su mandato. Tampoco está claro cómo podrá ser controlado Zelaya una vez repuesto en el poder y, obviamente, no hay garantías de que se deje. Ahí entrarían los cascos azules. Habría que convencer primero a sus amigos y consejeros para que lo convenzan de que no hay otra salida. El brasileño Lula da Silva pude ser fundamental en este punto. Después aparece el megalómano Chávez que, sirviéndose de sus aliados, puede entorpecer ese plan tanto por venir de Estados Unidos y la derecha empresarial hondureña como porque volatiza lo que ya él consideraba un satélite de su imperiete, su segunda pica en Centroamérica después de Nicaragua, a la espera de que pueda caer El Salvador del Frente Farabundo Martí en el redil bolivariano. Pero Chávez puede abandonar a un Zelaya sin futuro si ve que tiene —como parece— posibilidades de ganar las elecciones presidenciales el candidato de izquierda Carlos Reyes.

En los últimos días surgieron bastantes señales sobre ese proyecto de acuerdo dentro y fuera de Honduras, mientras la Organización de Estados Americanos (OEA) daba muestras de enflaquecimiento en su apoyo a Zelaya. En concreto en Estados Unidos, la ONU, las Fuerzas Armadas y los empresarios hondureños, y el propio Micheletti. Pero Zelaya ya ha manifestado públicamente su posición entre el bosque de declaraciones que hace a diario desde su refugio en la embajada brasileña en Tegucigalpa: «Ellos proponen otro golpe de Estado; sacar a Micheletti y poner otro presidente. Eso no es aceptable por un demócrata como yo», ha dicho. Él quiere si silla de vuelta, sin condiciones, de modo que sigue llamando a la insurrección.

En la OEA, Estados Unidos, Canadá, Bahamas, Costa Rica, Panamá, México y Perú no se muestra dispuestos a apoyar una resolución que condene los resultados de las elecciones sin Zelaya. Está claro que Zelaya no tiene el respaldo de Estados Unidos. De hecho solo lo tuvo en apariencia. «Washington no está inclinado hacia Zelaya; simplemente apoya la democracia, que es el pilar de nuestra política exterior», ha precisado el embajador en Honduras Hugo Llorens. Por su parte, el embajador en al OEA, Lewis Anselem, no disparataba cuando, el lunes pasado, calificó de «irresponsable e idiota» el retorno clandestino de Zelaya a Honduras y, sin nombra a Venezuela o Brasil, echaba la responsabilidad de la violencia presente y futura a quienes facilitaron el regreso. Al mismo tiempo se refería a Zelaya como la estrella de un disparatado viejo filme de Woody Allen, posiblemente «Bananas».

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Juanes entre Washington y La Habana

Si en verdad el cantante colombiano Juan Esteban Aristizábal Vásquez «Juanes» lucha por un mundo mejor, con ocasión de su polémico concierto que junto a un grupo de amigos dará en La Habana dispone de una oportunidad única para demostrarlo.

Antes de cantar, el 20 de septiembre próximo, en la Plaza de la Revolución, el emblemático escenario de los grandes eventos del castrismo, Juanes debiera mostrarse claro respecto a si ese concierto forma parte de las iniciativas para allanar el camino entre Washington y La Habana iniciadas cuando el presidente Barack Obama abrió el trato con la isla y anunció un nuevo tiempo en los vínculos de Washington con su agraviado «patio trasero».

Siendo Juanes un personaje tan influyente en América Latina parece que debiera tomar precauciones con lo que hace y dice porque un concierto en La Habana no es un asunto baladí. No es lo mismo cantar en La Habana que en Madrid, aunque él diga que sí. En Cuba las buenas intenciones se desquician y acaban teniendo otro sentido.

Con independencia de lo que ha manifestado el sector más incorregible del exilio cubano, el concierto de Juanes puede ser útil en este nuevo tiempo siempre y cuando el cantante colombiano y sus compañeros de cartel puedan evitar que sea instrumentalizado por el régimen dictatorial de los hermanos Castro y menos en los actuales tiempos de penurias extremas que viven los cubanos. La prevista actuación junto a Juanes de artistas adeptos al régimen castrista como Silvio Rodríguez provoca muy malas vibraciones políticas.

«No soy comunista ni estoy alineado con el régimen cubano ni voy a cantarle a Castro», ha explicado Juanes a modo de desmarque de la dictadura y ante las críticas, insultos, agresiones y hasta amenazas de muerte surgidas contra él de la comunidad cubana de Estados Unidos.

El Departamento de Estado estadounidense se ha pronunciado a favor de intercambios culturales como ese concierto o las próximas actuaciones en Cuba de la Filarmónica de Nueva York, que el año pasado tocó en Pyongyang, el corazón del tenebroso imperio del mal norcoreano. El inicio de relaciones de Estados Unidos con La China maoísta fue posible por unos sencillos partidos de ping-pong disputados en 1971. ¿Por qué, entonces, un concierto de Juanes ahora no puede tener efectos benéficos en la distensión entre Washington y La Habana? Salvo por la persistencia en el error de Fidel Castro sea mayor que la de Mao Zedong. Entre ambos, en tozudez seguramente gana Fidel.

Antes de poner manos a la obra, en mayo pasado, Juanes se reunió con la secretaria de Estado, Hillary Clinton, otros funcionarios del Gobierno y miembros del Congreso federal en busca de apoyo a la realización del concierto en La Habana. En junio Juanes recabó en La Habana la aprobación oficial de Cuba, que ya entonces imprimió al concierto un sesgo oficialista al dar a entender que el cantante colombiano pretendía manifestar «la solidaridad, el amor y el cariño» por Cuba.

Si el evento sigue adelante es porque cuenta con el beneplácito de la administración de Obama y si, además, Juanes está decidido, a falta de patrocinadores, a correr con los 300.000 dólares de gastos del concierto es porque hay mucho en juego. Mucho más que los derechos por las ventas de la grabación del histórico concierto y mucho más que cosas tan loables pero etéreas como la «paz sin fronteras», el lema de este tipo de eventos.

¿Qué tanto? De momento están claros los intereses políticos. Más allá de las proclamas de paz, amor, tolerancia y esperanza que hace Juanes aparece la idea de un acercamiento y entendimiento entre los dos países, aspectos destacados coincidentemente por el grupo de obispos de la Iglesia Católica en Estados Unidos, encabezado por el cardenal de Boston, Sean O'Malleu, que acaba de estar en Cuba. «Creo que reforzar los lazos culturales, artísticos y educativos es un preludio a los lazos diplomáticos y comerciales. Siempre pasa así», ha declarado por su parte el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, de visita a La Habana.

Cuba «es un país de 11 millones de personas que está aislado por razones políticas, históricas. Y eso no puede seguir así», ha explicado Juanes. Valdrá la pena su celebración si el concierto puede construir aunque solo sea otro puente imaginario entre ambas orillas del estrecho de la Florida o transporte por unas horas a los cubanos fuera de su durísima cotidianidad, aunque finalmente no resulte útil para aliviar las tensiones entre Cuba y Estados Unidos.

Para celebrar un concierto así en La Habana se necesita, sobre todo, la anuencia del Gobierno castrista, por mucho que el director artístico del evento, Amaury Pérez Vidal, otro cantante partidario del régimen incluido en el cartel, se esfuerce por rodear el evento de normalidad y lo despolitice. Nada en Cuba queda libre al azar y menos un acto así, con esos protagonistas, con la polvareda que trae, capaz de congregar a más de medio millón de personas, en su inmensa mayoría jóvenes, en los 70.000 metros cuadrados de la Plaza de la Revolución y que concita la atención de medio mundo. Toda la carne que se ha puesto en la parrilla no se va a cocinar sin condimentos.

Los Castro deben tenerlo todo atado y bien atado. Impedirán que se celebre el concierto si ven el menor riesgo de que sirva de válvula de escape o se produzcan amagos de contestación o se escuchen reclamos sobre libertades civiles, presos políticos o el derecho a salir de la isla, aunque los organizadores crean que ya no hay marcha atrás.

Juanes ha anticipado que este es «el momento preciso para comenzar algo» con Cuba, que no especifica, pero que, según explica, no hubiera sido posible cuando George W. Bush era el inquilino de la Casa Blanca. «Seguro que con Bush no estuviéramos hablando de esto, pero con Obama en la presidencia creo que es diferente», ha declaro Juanes, con lo que puso más matices políticos al concierto.

Está por ver –como algunos exaltados anticastristas temen– si el cantante colombiano peca de ingenuo o termina haciendo el caldo gordo a la dictadura cubana junto con sus compañeros de reparto, entre los que aparecen, entre otros, el hispano-ítalo-panameño-colombiano Miguel Bosé y la puertorriqueña Olga Tañón, o sirve a la noble causa de llevar una luz de esperanza a los jóvenes cubanos.

Otros artistas latinoamericanos han sospesado esos y otros riesgos y se han negado a acompañar a Juanes a La Habana. Gloria Estefan opina que Juanes actúa de buena fe y como persona libre. Pero reconoce que ella no sería autorizada a cantar en Cuba. Como tampoco ha sido bien vista la pretendida presencia en el concierto del grupo cubano disidente «Porno para Ricardo» que lidera Gorki Águila, quien desde hace tres meses vive en México y para quien Juanes es una persona bien intencionada, pero ingenua. En Cuba «solo toleran a artistas del tralará, que cantan canciones de amor, a los que se expresan en inglés y quienes aún creen en la patraña del comunismo», ha declarado el músico, cuyas canciones –como «El coma-andante» o «El general»– son absolutamente lacerantes para Fidel y Raúl Castro.

Sería un gran sorpresa ver a Juanes, Bosé o Tañón lanzar desde el tablado de su actuación en la Plaza de la Revolución un mensaje a favor de la democracia y las libertades en Cuba. Y no es que eso no sea necesario, pero no lo harán.

Aunque lo pretendan Juanes y sus amigos, aunque no aparezcan detrás de la tarima ningún de los símbolos políticos que hay en la Plaza de la Revolución -incluida la silueta de Ernesto «Ché» Guevara sobre la fachada del Ministerio del Interior o el Monumento a José Martí o el Palacio de la Revolución- y aunque no se griten consignas políticas éste no será el concierto «blanco» que algunos cándidos aseguran.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Guerra de nervios, por ahora

¿Cuánta gasolina más puede ser echada al viejo y recalentado conflicto colombo-venezolano hasta que explote? Los presidentes Hugo Chávez, sobre todo, y Álvaro Uribe llevan años atizando la discordia. Hasta ahora el rédito político interno que han tenido es indudable. Como los dos caudillos parecen decididos a eternizarse en el poder, ¿tendrán que llegar a las manos cuando el diccionario se les quede chico?

Hoy parece bastante difícil, aunque no impensable, que ocurra otra de esas reconciliaciones presidenciales suyas tan recurrentes. De hacer caso a Chávez, la ruptura de relaciones con Colombia –sobre la que instruyó en directo por televisión a su Canciller, Nicolás Maduro– sería inminente debido a las bases militares que Estados Unidos usará en el vecino país, con lo que la gresca de vecinos se convertiría en un rompimiento con daños incalculables y daría al traste por anticipado la cumbre extraordinaria que tienen previsto celebrar los mandatarios de América del Sur este viernes en Bariloche. Chávez habla tanto y tan seguido de una situación de bélica con Colombia que un día de estos va a acabar declarando la guerra por televisión en una de sus frecuentes peroratas.

Una guerra entre Colombia y Venezuela forma parte del primer escenario que manejan los estados mayores de ambos países, tema prioritario de estudio en las academias miliares posiblemente desde que la inaguantable rivalidad entre unos y otros acabó con la secesión de la Gran Colombia bolivariana en 1830. Es notoria en el nacionalismo venezolano su sólida base anticolombiana, su animadversión por el vecino, la sensación de superioridad que respira. Venezuela no tiene a la vista otro enemigo que Colombia pues del conflicto territorial con Guayana por el Esequibo nadie parece acordarse, aunque siga ahí como un apéndice fantasmagórico en los mapas oficiales. Las Fuerzas Armadas que dirige Chávez no tienen por ningún lado más objetivo que Colombia. Esa es, pues, su razón de existencia y el único posible enemigo del que hay que defender el solar patrio pues no hay asomo de litigios en el selvático flanco sur con Brasil. Colombia y Venezuela tienen viejos pleitos territoriales que no han salido a relucir –de razones posiblemente calculadas– en la actual escalada verbal que las enfrenta. Si asomara la reivindicación colombiana sobre el Golfo de Venezuela –un reservorio enorme de petróleo y gas–, o la pretensión venezolana sobre la Guajira y los Llanos Orientales colombianos, que la Constitución de Venezuela reconoce como parte del territorio nacional, entonces se estaría más cerca de una guerra. Esas reclamaciones territoriales están aparcadas desde que en 1987 los dos países estuvieron cerca de una guerra que ambos se apresuraron en evitar.

Chávez es un fanfarrón, pero no parece tonto para iniciar un conflicto armado que podría constarle el puesto, salvo que fuera a la desesperada –como hicieron los militares argentinos de la dictadura cuando desencadenaron la Guerra de las Malvinas contra Gran Bretaña– o se volviera loco de remate. Él es un militronche y conoce al dedillo la situación castrense de los dos países. Tampoco se le reconocen dotes de gran estratega ni de valiente soldado. La única vez en su vida que entró en combate real fue con ocasión de la cruenta intentona golpista de 1992 que capitaneó. Acabó refugiándose en un museo de Caracas sin poder conquistar un palacio presidencia malamente guarnecido y con el jefe de Estado huido. Se rindió mientras los demás jefes de aquella asonada conquistaban sus objetivos en distintas zonas del país. Con ocasión de su breve derrocamiento en 2002 tampoco, según sus biógrafos, su comportamiento pidiendo perdón y confesión estuvo a la altura de un gran soldado. De modo que las Fuerzas Armadas venezolanas parecen carecer de un líder para la guerra. Si faltara Chávez Venezuela quedaría bastante tiempo entumecida, pero si desapareciera Uribe la institucionalizada Colombia seguiría andando. Las Fuerzas Armadas venezolanas no tienen la menor experiencia de combate, a diferencia de las colombianas que llevan medio siglo curtidas en una interminable guerra interna contra las guerrillas, el narcotráfico y los parapoliciales. Colombia dispone de un Ejército curtido y bien entrenado, con el triple de efectivos que el venezolano. Cuenta con apoyo de Estados Unido. Mientras Venezuela tiene un Ejército fuertemente politizado y polarizado, como la propia sociedad nacional, en Colombia se observa unidad. En caso de guerra entre los dos países Venezuela podría disponer del apoyo de las narcoguerrillas colombianas, a las que ha reconocido formalmente como «fuerzas beligerantes», y de Ecuador, que tiene un modesto Ejército y está reñido con Colombia por el ataque en su territorio a un campamento de las Farc supuestamente consentido por el Gobierno de Quito. Es cierto que alentado por los elevados precios del petróleo Chávez se ha lanzado en los últimos años a una carretera armamentista (cazabombarderos, helicópteros y fusile rusos y ahora submarinos) y que su capacidad ofensiva podría ser superior a la de Colombia, que sobre el papel no podría utilizar en un conflicto exterior el armamento que recibe de Estados Unidos.

Una guerra imposibilitaría el comercio bilateral, tan vital para Venezuela sobre todo en el suministro de alimentos. Ese comercio importantísimo asciende unos 7.000 millones de dólares al año. Venezuela tardaría bastante en encontrar suministradores alternativos en Argentina o Brasil, país éste con el que mantiene serios problemas por retrasos de pagos de importaciones de más de ocho meses. Una guerra sería capaz de paralizar la industria petrolera venezolana, que con sus más de 2.500.000 barriles diarios de producción, de los que el 60% va a Estados Unidos, es el gran sostén de la Nación y, por tanto, del régimen de Chávez. El mercado no apuesta en una guerra entre Venezuela y Colombia, ni el del petróleo ni el de los bonos pues estos días sigue habiendo apetito por los papales venezolanos, que han dado unas ganancias de casi el 60% en lo que va de año. El mercado parece está acostumbrado a que Chávez cuando no está nacionalizando a algo se está enfrentando verbalmente a Colombia o a Estados Unidos o ambas naciones al mismo tiempo. Los sensibles sensores de Wall Street no escuchan tambores de guerra.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Bases para una guerra

El líder venezolano, Hugo Chávez, asegura con vehemencia que el posible uso por Estados Unidos de siete bases militares en Colombia es un acto de guerra. «Podrían ser el principio de una guerra. Se trata de los yanquis, la nación más agresora de la historia de la humanidad», ha dicho. «Colombia se ha convertido en el Israel de América» y en «una plataforma para invadir cualquier país latinoamericano y de primero a Venezuela», brama Chávez, quien amenaza con responder cualquier agresión y con la táctica de la tierra quemada si Estados Unidos va a por sus yacimiento de petróleo. Caracas alega que el motivo oculto de Washington es caer desde Colombia sobre las inmensas reservas de la Faja Petrolífera del Orinoco. Chávez ha recordado la invasión de Irak y a Saddam Hussein colgado por el cuello proyectando sobre él la sombra del ahorcado. «Nos tienen otra vez en la mira porque quieren la Faja del Orinoco», aduce Chávez.

América del Sur está dividida también por este asunto, según ha quedado de manifiesto al término de la gira de urgencia que acaba de hacer el presidente colombiano, Álvaro Uribe, por siete países en busca de comprensión. Perú dio un apoyo incondicional. Chile y Paraguay respetan la instalación de las bases por ser «una decisión soberana» de Colombia de acuerdo al interés nacional. Brasil recela y pide «garantías formales» de que las tropas estadounidenses –unos 1.200 efectivos entre civiles y militares– no serán usadas fuera de Colombia. Uruguay se muestra «equidistante» y Argentina pone repararos al considerar las bases «inconvenientes». El bloque bolivariano se opone en pleno. El lunes se plasmará el disenso en Quito, en la reunión del Consejo de Seguridad de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) a la que no asistirá Colombia.

Una mayor presencia militar estadounidense en Colombia, donde Washington mantiene tropas desde hace veinte años, se siente como una fuerte amenaza para la expansión del mini-imperio de Chávez tras el derrocamiento en Honduras de Manuel Zelaya, a quien algunos consideran un títere suyo. La situación brinda al caudillo bolivariano un pretexto para armarse aun más en su arriesgada carrera para convertir a Venezuela en una potencia militar hemisférica, que discurre bajo los eufemismos de «renovación» y «modernización» de armamentos. Chávez ya ha comprado en Rusia aviones de combate, fusiles, radares y helicópteros. Ahora anuncia a bombo y platillo la próxima adquisición de «al menos tres batallones de tanques» rusos con la intención de convertir a Venezuela «en una fortaleza inexpugnable, como Cuba». Desde La Habana, en sus «reflexiones», Fidel Castro calienta los ánimos. Trata aparentemente de comprar voluntades y moldear opiniones de cara a la próxima reunión de Unasur.

Antes de la gira de Uribe, Colombia soltó dos cargas de profundidad. La primera contra Chávez: el hallazgo en poder de la guerrilla colombiana de las FARC de lanzacohetes suecos vendidos a Venezuela. Ésta acabó detonando en Bogotá porque parece probado que las armas fueron parte del botín de las FARC con ocasión del asalto a una base militar fronteriza de Venezuela, en 1995. Chávez acusa a Uribe de «chantajista», de jugar de manera «sucia y traicionera», y dice sentirse «apuñalado». De momento, debido a la congelación de relaciones económicas adoptada por Chávez contra Colombia están en juego dos millones de empleos, casi 7.000 millones de dólares de comercio bilateral y la continuidad de 1.800 empresas. Según la prensa colombiana, hay abundantes pruebas del envolvimiento del chavismo con el narcotráfico y las guerrillas a través de, entre otros, Ramón Rodríguez Chacín, alto oficial de la marina, hombre del submundo del espionaje, compañero de Chávez en el sangriento levantamiento militar de 1992 y en la cárcel, y su ministro de Interior y Justicia en dos ocasiones y su interlocutor junto a las FARC; así como del jefe del servicio secreto militar, general Hugo Armando Carvajal, que Estados Unidos tiene en su lista negra, y de Henry de Jesús Rangel Silva, ex director de la policía secreta venezolana. La segunda andanada que soltó Colombia fue contra los aliados de Chávez, con la práctica confirmación de la financiación con 400.000 dólares por la narcoguerrilla colombiana a la campaña electoral de Rafael Correa, quien lo ha admitido tácitamente.

Al presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, no la agradan esas bases yanquis, pero no será él quien le diga a Uribe, al menos públicamente, lo que tiene que hacer en su país. Estados Unidos ha asegurado a parlamentarios brasileño que las tropas ayudarán en el combate al narcotráfico. Pero ese combate trasciende fronteras, sobre todo después de que Washington haya acusado a Venezuela de haberse convertido en un enorme santuario del narcotráfico con apoyos oficiales. A Estados Unidos le preocupa que en territorio venezolano actúe la guerrilla colombiana con la «tolerancia» de Chávez. Esto lo acaba de decir en Brasil el general retirado Jim Jones, asesor de Seguridad Nacional del presidente Barack Obama. Colombia está muy molesta con la política de Venezuela hacia las narcoguerilla, pero no tiene la intención de provocar un cambio de gobierno en Venezuela sino que trata de defender su propio territorio. «Estados Unidos no quiere la paz en Colombia. Ellos viven de la guerra y ahora montan un escenario contra Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua», replica Chávez. Desde Quito se habla de las intenciones de Colombia de «aplicar la teoría de la extraterritorialidad» atacando cualquier país en nombre del combate el terrorismo, como hizo en marzo del 2008 cuando destruyó el campamento del cabecilla Raúl Reyes, muerto en aquella acción, que las FARC mantenían en territorio ecuatoriano. «No es aceptable que los vecinos de Colombia dejen que sus fronteras sean utilizadas como bases para el ataque a otra nación soberana», aduce el general Jones, con cuya visita a Brasil, la primera potencia de América del Sur, ha tratado de evitar que Lula sea enredado por Chávez o Fidel Castro.

Hay quienes temen que en el actual conflicto colombo-venezolano acaben tomando cuerpo los viejos conflictos por las diferencias limítrofes entre ambos países. Los militares de Venezuela siempre han necesitado a su enemigo histórico, que es Colombia, a lo que deben su razón de ser. «El imperio yanqui tiene dentro de sus planes provocar una guerra entre Venezuela y Colombia», advierte Chávez.

El Gobierno de Lula asegura que no ha recibido de Uribe ninguna garantía sobre la limitación del uso de las tropas al territorio colombiano y que el asunto le falta transparencia. Brasil tiene dudas sobre una eventual injerencia militar estadounidense en la región y demanda la creación de un clima de confianza en la próxima reunión de los doce países de Unasur en Quito.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

De las venas abiertas a volver a empezar

El regalo que el venezolano Hugo Chávez hizo al estadounidense Barack Obama en la cumbre de mandatarios de Puerto España representa ese pasado que Washington pretende dejar atrás en sus retorcidas relaciones con América Latina porque de nada sirve hurgar más en tan dolorosas heridas. Contra al discurso manido del nicaragüense Daniel Ortega, el incendiario de Chávez y el costumbrista de Evo Morales, Obama sorprendió a todos como un buen vecino, propuso un «volver a empezar» en las relaciones continentales y lanzó una «alianza entre iguales». Y para Cuba, la mano tendida, aunque el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva le recomienda no esperar a que los Castro den el próximo paso y nombre ya un negociador oficial para iniciar los contactos bilaterales. Pero parece claro que Obama no va a regalar el levantamiento del rancio embargo a la isla comunista.

El mandatario estadounidense ahuyentó los recelos y limó asperezas hasta propiciar un clima de conciliación en la quinta Cumbre de las Américas. Los «hay que creerle a Obama» y «quiero ser tu amigo» dichos por Chávez, sobre el papel el más encarnizado rival de Estados Unidos en ausencia de Cuba, pero que se mostró como la fierecilla domada; las muestras de simpatía del ecuatoriano Rafael Correa hacia la nueva administración estadounidense, o Brasil –recadero entre Washington y La Habana y consejero sobre cómo lidiar con el levantisco líder venezolano– resaltando la «actitud franca, cordial y de respeto, de humildad, de diálogo y no de monólogo» del inquilino de la Casa Blanca hacia sus pares latinoamericanos ponen de manifiesto qué ha sido esta cumbre y que las discrepancias del grupo capitaneado Chávez sobre el contenido de la declaración final no es lo más importante. Hasta tal punto que Chávez ha decidido restablecer las relaciones con Estados Unidos a nivel de embajador.

Obama creyó que «Las venas abiertas de América Latina» estaba escrito por Chávez. El libro, del uruguayo Eduardo Galeano, tiene casi 40 años y es un ensayo social sobre la explotación y la transculturización de América Latina desde la época de la colonia con un enfoque victimista. Posiblemente Obama ni se moleste en leer su versión el inglés pues trata de agua pasada. Estados Unidos también fue colonia, pero se transformó en la primera potencia mundial mientras sus vecinos del sur quedaban rezagados a años luz. La culpa, pues, quizás no haya que buscarla en que esos países tuvieron un régimen colonial sino posiblemente en la ralea de sus clases dirigentes y en lo que estas hicieron en estos doscientos años como naciones independientes. De todos modos, las relaciones entre los pueblos no pueden estar condicionadas por las tropelías cometidos en el pasado colonial o neocolonial, y tienen que tener una dinámica adecuada a los tiempos presentes. Obama de manera pragmática ha propuesto mirar hacia el futuro y ese libro es un reflejo del pasado. Como dice Chávez, hay que creer en Obama. Ahora las palabras tienen que comenzar a ser acompañadas por hechos.

En cuando a Cuba, de la capital trinitense no ha salido –que se conozca– un compromiso latinoamericano para convencer a los Castro a iniciar el diálogo. De hecho, entre las naciones de América Latina hay posiciones encontradas respecto a Cuba, no sobre el embargo -que existe unanimidad en que debiera ser levantado de inmediato-, pero sí sobre su sistema político. Brasil, que ha hecho de facilitador entre La Habana y Washington y es el país de más peso tiene en América Latina, con un liderazgo creciente, considera que el nacionalismo arraigado del régimen comunista de La Habana y su noción de soberanía darían al traste con esa propuesta de diálogo si va acompaña de condiciones. De hecho, Obama supedita el levantamiento del embargo a unas reformas políticas, económicas y sociales. Habla de democracia, de derechos humanos, de libertad económica y de presos políticos, asuntos estos que tocan las venas más sensibles de la dictadura comunista cubana. Cuba ha aguantado medio siglo de embargo y no va a ceder ahora, afirma un asesor de Lula da Silva. Es cierto que los hermanos Castro están convencidos de que Obama ha traído una nueva visión del problema, pero el asunto tiene que ser conversado por ambas partes en privado y de manera directa, agrega. Por eso Lula da Silva ha urgido a Obama a nombrar su negociador. Los brasileños temen que este barco se vaya a pique antes de la botadura. Queda, pues, un largo camino por andar hasta el levantamiento del embargo, incluso porque los Castro deben estar aún sopesando cómo responder a Obama, sin que se pueda descartar que existan diferencias de criterios entre los dos hermanos.

Francisco R. Figueroa
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franciscorfigueroa@hotmail.com

Quo vadis Cuba?

A estas alturas de los acontecimientos nadie debe albergar dudas sobre la intención del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de llegar a un entendimiento con Cuba. También habría que dar, aunque con cautela, un margen de confianza a la apertura a dialogar sobre «todos» los asuntos expresada por el jefe del Estado cubano, general Raúl Castro. Hoy más que nunca se ha abierto la posibilidad de ambas partes inicien conversaciones constructivas. Pero la cuestión es que Obama apunta al futuro y los Castro se refugian en el pasado. Entonces, ¿a dónde vamos?

Estados Unidos, tanto por boca de Obama como de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, han entonado un mea culpa implícito al reconocer «el fracaso» de las políticas que a lo largo de medio siglo mantuvieron hacia Cuba los distintos inquilinos de la Casa Blanca. Eso incluye el anacrónico embargo por cuyo levantamiento América Latina clama, tras el fin puesto por Obama a las restricciones a los viajes a la isla de los exiliados y sus descendientes y a los envíos de remesas. No cabe duda que en la medida en que el régimen comunista haga alguna concesión, en Washington se pondrá en marcha la maquinaria legislativa para desmontar el entramado legal que sustenta el embargo.

Cuando el mandatario nicaragüense, Daniel Ortega, sacó el viernes en la Cumbre de las Américas Puerto España su monserga contra Estados Unidos por tropelías de otros tiempos, Obama le respondió con elegancia que no se puede ser prisionero del pasado. «Yo no vine aquí a pensar en el pasado, Vine a pensar en el futuro. Debemos aprender de la historia y no debemos dejar que nos atrape» y «no es cuestión de abstracciones o debates ideológicos…», dijo Obama. Unos mensajes posiblemente también destinados a Fidel y Raúl Castro, cuyo país es el único que no participa en estas cumbres, algo que el resto de las naciones latinoamericanas lamenta.

Al manifestar su convicción de que La Habana y Washington debe vencer la desconfianza y recomenzar sus relaciones, partir para «un nuevo día», tener «un nuevo comienzo», Obama pulsaba el resistente mecanismo de reseteo de los hermanos Castro anquilosados en sus viejas convicciones doctrinarias de la Guerra Fría, enredados en su retórica y sus consignas, y parapetados tras esa muralla que cierra la isla, mantiene prisioneros a los cubanos y convierte sus vidas en auténticas pesadillas.

La disposición manifestada por Raúl Castro de hablar «de todo» con Estados Unidos está condicionada –según dijo– a que se respete la soberanía del pueblo cubano y a la no injerencia en sus asuntos internos. Es una contradicción porque hay que hablar precisamente de la situación interna en Cuba, de la falta de democracia, de presos políticos, de respeto a los derechos humanos, de libertad para esa nación que el levantisco mandatario venezolano, Hugo Chávez, acaba de considerar más democrática que Estados Unidos, pero donde nada se mueve ni nadie sale sin permiso del régimen, salvo huyendo en balsa o desertando con ocasión de un viaje especial. Hasta ahora, las pocas oportunidades que en estos cincuenta años hubo de diálogo entre las partes fueron dinamitadas por Fidel Castro. ¿Qué pasará esta vez? Está por ver, más allá de la retórica.

Es también positivo que el anciano y enfermo líder cubano haya hablado de que Obama no es responsable de lo que hicieron sus antecesores –está en sintonía con lo dicho por el mandatario estadounidense– y no cuestionara su sinceridad, aunque a renglón seguido sembrara la duda sobre sus sucesores en el Despacho Oval, porque –explicó– «los hombres pasan, los pueblos perduran». Es cierto: los hombres pasan, los tiempos cambian y las ideas mudan, salvo en Cuba, por ahora.

Francisco R. Figueroa
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franciscorfigueroa@hotmail.com

Cuba, bloqueo interior

América Latina está unánime para pedir a Estados Unidos que liquide el embargo económico y financiero a Cuba, pero ¿alguien solicitará el levantamiento del bloqueo interior que impide al pueblo cubano la vida en democracia? No debiera haber una cosa sin la otra, o quizás sea mejor acabar de una vez por todas con ese embargo arcaico y –aunque Fidel vuelva a llamarnos tontos– dejar sin coartada a los hermanos Castro y su régimen fosilizado.

El presidente Barack Obama ha demostrado tener muy claras las cosas. Prometió levantar las restricciones de viajes a la isla a los cubano-estadounidenses y los envíos a sus familiares y lo ha cumplido con creces antes de los cien primeros días en la presidencia. Lo ha hecho a cambio de nada. Pero ha pedido que los Castro correspondan el gesto. Ahí están sus últimas declaraciones antes de la Cumbre de las Américas en Puerto España.

Obama habló implícitamente de ese bloqueo interior que el petrificado régimen castrista tiene sometido a los cubanos al pedir la adopción de medidas favorables a la democracia y los derechos humanos, políticos, religiosos y civiles en general; la excarcelación de presos políticos; la libertad de expresión, de creación y de empresa, para que la gente en la isla pueda hacer las cosas que las personas del continente hacen sin preocupación y disfrute de mejores oportunidades en la vida.

El mandatario estadounidense ha recogido la rama de olivo que en su día le ofreció Raúl Castro. Sin duda para que los hermanos Castro -sobre todo el gran hermano, Fidel- no le atribuya intenciones aviesas, ha explicado que actúa de «buena fe» y que quiere «ir más allá» de las medidas liberadoras recién adoptadas, lo que equivale a una expresión clara de su voluntad de llegar al levantamiento del embargo impuesto por John Kennedy en 1962. Para alcanzar esa meta Obama dice que mira hacia La Habana en busca de «alguna señal de que va a haber cambios» de que «Cuba quiera correspondernos».

La pelota está en la cancha de los hermanos Castro. ¿Aceptarán el juego? Es muy dudosa que lo hagan. Fidel ya ha dicho que las decisiones de Obama suponen cambios mínimos y pide mucho más. Por ahora ha solicitado que Estados Unidos pida perdón por el intento de invasión de Bahía Cochinos hace casi medio siglo. Pronto pedirá miles de millones como indemnización por los alegados daños producidos por el embargo. Fidel y Raúl seguirán adelanta, como ellos dicen, con la frente muy alta, mientras el pueblo cubano agacha la cerviz agobiado por tantos problemas, sobre todo el de buscar el pan nuestro de cada día. Raúl ha sacado a relucir argumentos manidos sobre la necesidad de que Estados Unidos respete la soberanía cubana y el derecho a la autodeterminación de su pueblo, asuntos estos que la administración Obama obviamente no cuestiona.

Es una «ironía» –afirma Obama– que mientras "nosotros estamos levantando las restricciones a los viajes", todavía haya "muchos cubanos que no puedan salir de Cuba". De hecho, casi ningún cubano puede salir de la isla y desde luego nadie sin permiso expreso del gobierno. En cuanto al dichoso embargo, Cuba puede comerciar libremente con cualquier país del mundo menos EEUU, aunque a su vecino del norte le compra el 80% de los alimentos que consume. Ahora Obama ha autorizado el comercio de todo lo que más ayuda al hombre a ser libre: la información y las comunicaciones.

Evidentemente hay en curso un cambio muy significativo en las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del sur, tanto en la forma como el fondo, si bien mandatarios gamberros como el venezolano Hugo Chávez o el boliviano, Evo Morales –que anda denunciando extraños planes para asesinarlo– seguirán haciendo todo lo posible para evitar que empiecen a mejorar las relaciones de América Latina con Washington. De hecho, en una reunión, la víspera, en Cumaná (Venezuela) ambos atizaron la discordia. Gobernantes como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, con una gran ascendencia sobre la izquierda latinoamericana, o la propia Michelle Bachelet, tienen mucho que hacer para refrenar los ímpetus levantisco de Chávez y sus segundones, que pueden dar al traste con la oportunidad de oro, sin precedentes, que se ha abierto con la llegada de Obama a la Casa Blanca.

Es hora de que el «patio trasero» se conviertan en una suerte de «jardín de las delicias» donde todas las partes puedan emprender buenos negocios, hacer causa común contra los problemas que los afligen y los pueblos celebrar su gran encuentro en la libertad y la democracia sin más tiranos ni salvapatrias.


Francisco R. Figueroa

El Salvador, victoria histórica e incertidumbres

Tras la victoria electoral histórica de la antigua guerrilla del FMLN (Frente Farabundo Martín para la Liberación Nacional) y el tándem integrado por el periodista Mauricio Funes como presidente y el viejo comandante Salvador Sánchez Caén como vicepresidente, la ecuación salvadoreña, como siempre, vuelve a pasar por Washington y La Habana. Pero hay dos variables: Caracas y Brasilia, cuyo cada día mayor peso pueden inclinar el fiel de la balanza. ¿Qué FMLN ha ganado las elecciones? ¿Se convertirá El Salvador en otro peón de los hermanos Castro y Hugo Chávez? ¿Funes tiene un peso gravitante moderado o será un pelele de los viejos saurios guerrilleros? Éstas y otras preguntas se hacen los analistas a cuatro días de las elecciones y a casi tres meses y medio de que Funes y el FMLN asuman el poder.

Por un lado, a El Salvador se le hace necesario tener un marco estable de relaciones con Washington. Y más en estos tiempos de crisis global. Es altamente dependiente de Estados Unidos, por ser una economía dolarizada y porque alrededor de 2,3 millones de salvadoreños –el equivalente a una tercera parte de la población nacional– viven en Estados Unidos. Sus envíos de remesas en el 2008 alcanzaron cerca de 4.000 millones de dólares, algo como el 17% de su PIB. La previsión para este año es que habrá una severísima caída de las remesas y que El Salvador vivirá un duro periodo de ajuste, con escasa capacidad de maniobra para Funes, quien posiblemente tenga que acudir al endeudamiento externo, una perspectiva negativa para su país.

Estados Unidos ha mostrado que no desea sumar en América Latina nuevos errores a los cometidos en los ochos años de George Bush en la presidencia, lo que demuestra una vez más el cambio en el enfoque que ha llegado a la Casa Blanca con Barack Obama. Durante la campaña electoral Obama declaró que la política de Bush en las Américas fue «negligente hacia nuestros amigos, ineficaz con nuestros adversarios» y que creó «un vacío para demagogos que avanzan hacia una agenda antiamericana», en alusión implícita a la expansión del chavismo por el continente.

La cuestión es más significativa en un país como El Salvador cuyos gobiernos de derecha y ultraderecha actuaron al dictado de Estados Unidos, de manera complaciente, y fueron su aliado más íntimo en la región no sólo en estos últimos 20 años de gobiernos de la ARENA (Alianza Republicana Nacionalista) –la misma del mayor Roberto D’Aubuisson acusado de los escuadrones de la muerte y el asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero– sino también los anteriores.

Obama tomó la iniciativa de llamar a presidente electo salvadoreño para felicitarle por el triunfo y ofrecerle su colaboración. Pero antes lo había hecho el venezolano Hugo Chávez. Además, el Secretario de Estado Adjunto para los Asuntos Hemisféricos, Thomas Shannon, de paso por San Salvador, se reunión con Funes, cabeza pública de una organización como el FMLN que desde su fundación en 1980 como guerrilla castrista, auspiciada por La Habana, tuvo a Washington como principal enemigo, durante una guerra civil de doce años, hasta los acuerdos de paz sellados en el castillo de Chapultepec de 1992, que dejó más de 75.000 muertos.

Funes –que tomará posesión el primero de junio próximo con un mandato de cinco año– ha anunciado al calor de su victoria el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, rotas desde la primera hora del castrismo en 1959. Pero el hecho de que haya escogido Brasilia como primer destino de su primera salida como presidente electo -aparte de que su mujer sea brasileña- muestra que posiblemente vaya a ser un gobernante en sintonía con un izquierdista moderado y pragmático como es el presiente Luiz Inácio Lula da Silva antes que con un exaltado impredecible como Chávez, quien también ha financiado la llegada al poder del FMLN salvadoreño. Lula da Silva le acaba de pedir a Obama durante su reciente encuentro en Washington —el primero de un líder latinoamericano— una nueva visión estadounidense para el sur del continente basada en la asociación que no en la injerencia.

La cuestión importante sobre el rumbo que tomará el gobierno de Funes está en quien se lleve el gato al agua dentro del FMLN, si una facción moderada, socialista o socialdemócrata, o los extremistas de inspiración y mediatización chavista y castrista. Por su discurso, Funes parece un moderado, pero otra cosa son el vicepresidente Sánchez Cerén, un histórico de la viaja guerrilla —fue él quien, al parecer, lideró las manifestaciones antiyanquis y a favor de los radicales islámicos habidas en San Salvador tras los salvajes atentados del 11 de septiembre—, o José Luis Merino, uno de los principales líderes del FMLN, aparentemente relacionado con las FARC colombianas, quien dijo en algún momento que la Venezuela chavista era su modelo.

Chávez también se apresuró –parece que fue el primer mandatario extranjero en llamar a Funes– en tender «la mano bolivariana solidaria» al nuevo gobierno salvadoreño. Como padrino del FMLN, Chávez fue uno de los grandes protagonistas de la campaña presidencial, con lo que alegadamente pretendía convertir a El Salvador en un satélite de ese sin sentido que es la revolución chavista. Claro que ahora la chequera de petrodólares del coronel Chávez se ha quedado delgadita con la drástica caída del precio del petróleo y parece que hay dificultades para financiar su proyecto político incluso a nivel interno.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Batalla en Madrid por y contra una Cuba libre

Este último fin de semana ha habido en Madrid una batalla por Cuba. Organizaciones de las izquierdas otrora comunistas y ahora desnortadas recorrieron el sábado algunas calles defendiendo la revolución, es decir, a la dictadura de los hermanos Castro, y contra las injerencias en un país con un Gobierno históricamente entremetido, aunque le llame «solidaridad internacional». El domingo grupos de las derechas participaron en una concentración a favor de la libertad y la democracia, de las que Cuba carece, y de condena al más largo régimen dictatorial sufrido por una nación latinoamericana. En medio de ambas, el partido socialista del primer ministro Rodríguez Zapatero se abstuvo en sintonía con la política meliflua y afectada que el Gobierno de Madrid practica con Cuba. ¿Dónde quedaron aquellos luchadores socialistas por la libertad, la democracia y la justicia como ideales y valores esenciales del hombre?

Posiblemente nunca llegue un día en que los demócratas españoles se manifiesten unidos para que en Cuba también haya una democracia, algo simple para quienes estamos acostumbrados a disfrutarla y una quimera para los que no viven en ella, como casi al cien por cien de los cubanos de la isla, los menores de 60 años porque solo han conocido la dictadura de medio siglo castrista y la de Fulgencio Batista que le precedió. La corta etapa democrática cubana se difumina allá, bien lejos en el tiempo, aunque los hermanos Castro seguramente la recordaran pues se foguearon en ella.

La cuestión es sencilla: hay que ir a las calles a pedir que los cubanos puedan libremente salir y entrar, comprar y vender; pensar, leer, escribir, imprimir y divulgar; ganarse la vida, navegar por Internet, librarse de la Seguridad del Estado, de los no menos odiosos Comités de Defensa de la Revolución y de las libretas de racionamiento, y también votar por todas las ideas en lugar de estar sometidos por las botas de los Castro que solo se diferencian de color de las botas de Augusto Pinochet, Alfredo Stroessner o Rafael Videla o tantos y tantos milicos, salvapatrias y aventureros que han subyugado a los pueblos latinoamericanos.

Por mucho que las izquierdas hispanas griten lo contrario, Estados Unidos no constituye actualmente una amenaza para Cuba y mucho menos con Barack Obama en la Casa Blanca. En las negociaciones para solucionar la Crisis de los Misiles, que tuvo al mundo en 1962 al borde de una guerra nuclear, Washington se comprometido a no invadir nunca la Isla y ha cumplido. Es cierto que sus servicios de espionaje trataron decenas de veces de eliminar a Castro durante la Guerra Fría, pero eso hoy también es historia y una coartada más para el vetusto líder cubano. El problema fundamental entre ambos países es el embargo comercial parcial a Cuba que los izquierdistas españoles siguen viendo como si se trataran de un muro impenetrable tendido alrededor de la isla, cuando la realidad es que el 80% de lo que poco que come Cuba llega de Estados Unidos, y cuyo levantamiento depende de cuestiones básicas, sencillas, relacionadas con el respeto a los derechos humanos y no, como arguye Fidel, con la claudicación de un pueblo ante un imperio.

A Estados Unidos el embargo comercial demostradamente no le interesa. Ha tratado de levantarlo media docena de veces desde la época de Richard Nixon y Henry Kissinger. Gerald Ford, Jimmy Carter y Bill Clinton quisieron abolirlo, pero siempre se toparon que acciones hostiles puntuales de Fidel Castro, para quien el embargo sigue siendo su mejor pretexto para mantener a Cuba bajo su férula. El problema fundamental de Cuba es el bloque interno impuesto por Fidel Castro. El obstáculo para el progreso de esa Cuba sumida en el atraso y la miseria son sus dirigentes obstinados y gagás.

Las derechas españolas se ha manifestado a favor de la libertad y la democracia en Cuba y esto está bien. Incluso es aceptable que dineros públicos se destinen a la causa de los demócratas, a quienes se oponen pacíficamente a los hermanos Castro, a esos que un régimen sin piedad tilda indistintamente de mercenarios y terroristas. Esto está tan bien como, por ejemplo, que los socialistas alemanes y suecos ayudaran política pero también económicamente a los demócratas españoles en su lucha contra la dictadura del generalísimo Francisco Franco, gallego y taimado como Fidel.

Pero resulta intolerable que un diplomático impertinente como es el belicosos embajador de Castro en Madrid, Alberto Velazco San José, mande zaherir y vituperar a las autoridades españolas que ayudan a los demócratas cubanos y luego se pavonee de que si un representante extranjero en La Habana hiciera algo similar sería expulsado automáticamente sin permitirle siquiera recoger su cepillo de dientes. Velazco presume que ningún diplomático extranjero en Cuba se atrevería a hacer algo semejante a lo que él autorizó a su embajada contra de la jefa del Gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre, que fue calificada de «cabecilla de la mafia terrorista cubanoamericana», primero en un comunicado de la propia legación diplomática y luego desde las páginas del diario «Granma», el órgano oficial del régimen castrista. Sufrió por ello una tibia amonestación cuando merecía una severa reprimenda. Algo parece que está mal en la política española hacia el castrismo y debiera ser mudado antes de encumbrarla con esa inminente gran visita de Estado a la isla.

Volviendo a las relaciones con Washington, ha bastado una insignificante alusión de Obama a Cuba para que Fidel Castro abriera las hostilidades contra otro presidente de Estados Unidos, el undécimo inquilino de la Casa Blanca desde el inicio de su dictadura. Era de esperar pues, como varias veces ha aparecido en este blog, el enfrentamiento permanente con Estados Unidos, sean demócratas o republicanos los titulares del poder, es la razón de vida de Fidel Castro, explicada por el propio dictador, su único asidero ideológico y el detergente para el lavado de cerebro al que el régimen tiene sometidos permanentemente a los cubanos. Con el pretexto de que Obama no devuelve Guantánamo ya —Estados Unidos debiera pensar en eliminar cuanto antes ese residuo colonial en el este cubano y Fidel Castro es malvado haciendo creer a su pueblo que la devolución tienen que ser inmediata e incondicional— y de que la actual Administración norteamericana también apoya a Israel, el anciano y enfermo comandante en jefe reparte leña contra el flamante presidente en la última «reflexión» que ha publicado. Nuevamente Fidel deja en evidencia que sin Estados Unidos él no es nada.

Francisco R. Figueroa

Obama y el bloqueo a Cuba

La llegada al poder de Barack Obama ha abierto expectativas sobre un levantamiento del bloqueo económico que Washington mantiene a Cuba desde hace casi medio siglo, uno de los más duraderos en la historia y al que se opone el mundo entero, exceptuado los propios Estados Unidos, Israel y dos naciones liliputienses.

Tanto o más que ql deseo de Obama, el levantamiento de ese embargo está sujeto a las realidades estadounidense y cubana; pasa por el Congreso de EE.UU. pero también por el fuerte y conservador lobby cubanoamericano, y depende de la voluntad de los hermanos Castro, fundamentalmente de la del caudillo Fidel para quien la lucha contra Estados Unidos es la razón de su vida –«mi destino verdadero», según dijo él mismo–, de igual modo que el «antiimperialismo» y la confrontación permanente con EE.UU. son combustible esencial de su régimen.

Parece claro que Obama tiene intención de cambiar la política estadounidense hacia Cuba, como la tuvieron antecesores suyos como Richard Nixon, Gerard Ford, Jimmy Carter y Bill Clinton. Pero es necesario que los hermanos Castro le faciliten las cosas en lugar de dinamitar cualquier posibilidad de diálogo como hicieron en aquellas ocasiones adoptando medidas claramente de provocación a Washington como fueron las intervenciones militares en Angola al lado del bando comunista y en EtiopÍa junto a los soviéticos, en plena Guerra Fría; la crisis del Mariel y el derribo de las avionetas de los Hermanos al Rescate.

Es cierto que el nuevo mandatario estadounidense recibe asuntos más peliagudos y urgente que ese problema enquistado, anacrónico e inútil como es el bloqueo a la isla. Pero tendrá que darle una rápida respuesta al tema cubano por la necesidad imperiosa de rehacer las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del sur, con los que tendrá que llegar a entendimientos con premura de cara a la Cumbre de las Américas prevista para abril en Trinidad y Tobago.

Puesto que el embargo tiene un andamiaje legal en las leyes aprobadas por el legislativo estadounidense en 1992, 1996 y 1999, tendría que ser derogado por el propio Congreso. Obama tiene la facultad de dejar sin efecto órdenes ejecutivas que aliviarían en algo el embargo, como las relacionadas con las remesas de los casi dos millones de exiliados o los viajes a la isla. Pero eso equivaldría apenas a volver a la situación de la primera época de Clinton, nada más, y nadie satisfaría.

Parece improbable que los legisladores estadounidenses finiquiten a cambio de nada ese embargo, aunque haya fracasado rotundamente en su objetivo de forzar un cambio de régimen en Cuba. Como afirma el ex canciller mexicano Jorge Castañeda, un levantamiento unilateral del bloqueo equivale a mandar a los hermanos Castro y al resto de América Latina el mensaje ambiguo de que los Estados Unidos reconocen los errores pasados y también que los derechos humanos y la democracia en Cuba les importan una higa. Eso sería, pues, una decisión desafortunada desde cualquier punto de vista.

Por tanto, para que el Congreso de Washington acabe con el bloqueo el régimen de La Habana tendrá que ceder algo, dar señales claras fundamentalmente sobre una apertura política y económica que satisfagan tanto al Gobierno de Obama como a su opinión pública, así como al lobby cubanoamericano, de peso tan decisivo, y hasta a los medios hispanos de comunicación. Eso tendría que ser objeto de una negociación bilateral, que pueden propiciar perfectamente todos los demás países de América Latina –especialmente Brasil y México, las cabezas visibles de la región– y otros europeos, principalmente España.

Ahora bien, ¿se avendrán a esa negociación los hermanos Castro? Y, lo que es más importante, ¿cederían en cuestiones políticas y económicas que son esenciales, básicas, de su régimen? Raúl seguramente sabría hacer de la necesidad virtud, pero Fidel no, salvo que pierda el juicio o le neutralicen, lo que pare harto improbable.

Iniciadas unas negociaciones, Fidel Castro seguramente llenará el camino de piedras, de trampas y bombas; pediría garantías y contrapartidas absurdas, incluso exigirá que los Estados Unidos indemnicen a Cuba por esos casi 93.000 millones de dólares de perjuicio que, según dice La Habana, el embargo le ha ocasionado a la isla. En fin, seguramente gastaría en el empeño de dinamitar las negociaciones las exiguas fuerzas que le restan.

Para Fidel Castro lo más importante de la llegada al poder de Obama es su proeza de haber batido a diez presidentes estadounidenses: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton y Bush hijo a lo largo de los cincuenta años de su dominio absoluto, total y personal en Cuba.

«Al hablar de Estados Unidos le señalé la importancia histórica para Cuba de que ayer a las doce del día habían transitado diez presidentes a lo largo de cincuenta años, en los que a pesar del inmenso poder de ese país no habían podido destruir la Revolución Cubana», dijo vanagloriándose Fidel Castro en su última y muy floja «reflexión», publicada tras un largo e inquietante paréntesis de silencio, a raíz de la visita que le hizo la presidente argentina, Cristina Fernández, un día después de la investidura de Obama.

Para los días de vida que le quedan Fidel Castro no va a dar marcha atrás a aquella meta que se trazó en Sierra Maestra de que la lucha contra los Estados Unidos sería «su destino verdadero», ni a unas políticas que durante estos cincuenta años han estado organizadas a todos los niveles, tanto en lo interno como en lo internacional, en función de la confrontación con Washington y de esa «invasión inminente» que nunca se producirá.

De nuevo todo depende de que desaparezca Fidel Castro Ruz.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Sanciones de Bush a Chávez pasan por A. Latina

El dictamen de la Interpol de autenticidad de las computadoras de «Raúl Reyes» y su contenido, con los nexos entre el presidente Hugo Chávez y los terroristas de las Farc colombiana, proporciona a Estados Unidos una herramienta para actuar contra el líder venezolano. Desde el Capitolio de Washington se desaconseja a George Bush aplicar sanciones sin el respaldo de América Latina.

Washington dio de inmediato por valido el dictamen pericial que el secretario general de la Interpol, Ronald Kenneth Noble, divulgó en Bogotá, el jueves último, sobre los equipos informáticos portátiles, cargados de información extraordinariamente valiosa, que fueron hallados en el campamento de Reyes en Ecuador, en la incursión militar colombiana que le causó la muerte el día 1º de marzo pasado.

«El panorama es sumamente inquietante. Hay acusaciones graves de que Venezuela está suministrando armas y apoyo a una organización terrorista», manifestó el portavoz del Departamento de Estado, Sean McCormack. Explicó que Estados Unidos ha tenido acceso a información relevante de las computadoras del fallecido cabecilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y está realizando sus propios análisis.

Las tres computadoras de Reyes y las cinco unidades externas de memoria aprehendidas por los militares colombianos deben aportar información más abundante y valiosa de la poca que hasta ahora ha trascendido. Esos documentos muestran el envolvimiento de Chávez y otros altos funcionarios de su gobierno, civiles y militares, con las Farc, con apoyo político, dinero, armas y refugio. Las Farc están catalogadas como terroristas por Estados Unidos, así como por Canadá y la Unión Europea.

El «zar» antidrogas de Estados Unidos, John Walters, en declaraciones que publicó este último domingo el diario bogotano «El Tiempo», calificó de «muy profundas» las relaciones entre las Farc y el régimen de Venezuela, a la luz de la información contenida en las computadoras de Reyes. Según la revista colombiana «Semana», las computadoras de Reyes demuestran «de manera detallada el escandaloso grado de colaboración del Gobierno de Hugo Chávez con las Farc en los temas militar, político, económico y logístico» durante los dos últimos años. Numerosos correos electrónicos prueban que Chávez ayuda a las Farc a conseguir armas en el mercado internacional.

Chávez -agregó Walters- «tiene mucho que explicar». Se trata de un asunto «muy serio» que requiere «algo más que simplemente negar» como hacen Chávez y su homólogo ecuatoriano, Rafael Correa, también vinculado a las Farc, aunque en menor medida que el venezolano, en la documentación del difunto Raúl Reyes. «Es una vergüenza para los implicados» que han sido «cogidos con las manos en la masa», expresó Walters en esa entrevista.

Pero lo más llamativo de las declaraciones de Walters -quien además recuerda la «crecientes facilidades» de la Venezuela chavista al tráfico internacional de drogas-, es su llamamiento, ahora que se conocen los vínculos de Chávez con las Farc, para que América Latina «asimile» y «reaccione».

Un reciente informe titulado «Jugando con fuego» de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos considera que tras una certificación por Interpol de la información contenida en las computadoras de Reyes sería probable que una presión del Congreso para que el Departamento de Estado cambie su política hacia Venezuela e, incluso, para designar a este país como un estado patrocinador del terrorismo, lo que implicaría legalmente la aplicación de sanciones contra el Gobierno de Chávez.

Pero, por ejemplo, unas sanciones económicas perjudicarían a Colombia porque Venezuela es su segundo cliente tras Estados Unidos con una importancia creciente. Los negocios con Venezuela dan empleo a unos cien mil colombianos y envuelven exportaciones superiores a los cinco mil millones de dólares.

El informe de la comisión senatorial refiere la posibilidad de que la aplicación de sanciones a la ligera lleve a Chávez a movilizar a su favor la opinión pública latinoamericana, donde mayormente no se cataloga a las Farc como grupo terrorista, sino como guerrilla o insurgencia, o afecten el comercio bilateral, entre ellos los importantes suministros petroleros venezolanos a Estados Unidos que Chávez ha amenazado reiteradamente con cortar.


En consecuencia, recomienda diseminar ampliamente la información obtenida de las computadoras de Reyes sobre la complicidad de Chávez con Farc para desacreditarlo por su apoyo ostensible y significativo a una organización terrorista y que el líder venezolano comience a ser visto como un peligro para la región, alguien capaz de desestabilizar o sabotear a cualquier nación que no comparta sus ideas.

Sólo después de un proceso transparente de análisis sería el momento de pensar en acciones, pero dentro de la Organización de Estados Americanos (OEA).

«En otras palabras, si se descubre que Venezuela es cómplice (de las Farc), Estados Unidos debería ser lo suficientemente juicioso para dejar que la dinámica regional agarre su curso. Si Estados Unidos reacciona muy fuertemente, la atención se desplazará de las transgresiones de Venezuela a otro ejemplo de “intervención americana” y tácticas de mano dura», señala el informe.

Francisco R. Figueroa
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