Lula versus el Leviatán

 

✍🏻Francisco R. Figueroa — 16/08/26

En el umbral de sus 81, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, busca un cuarto mandato, en una batalla electoral encarnizada, previsiblemente inmunda y tóxica, agravada por la estrategia de dominación del Leviatán norteamericano y la zarpa ultrajante del León argentino.

Liquidar al viejo caudillo social, hasta ahora un muro de contención de la ultraderecha, y meter la mayor nación de América Latina y segunda economía del continente en el redil del trumpismo supondría para el reaccionarismo del siglo XXI la madre de todas las victorias.

El proceso electoral se ha iniciado oficialmente este domingo pero la polarización de Brasil lleva años encallecida. Las embestidas recrudecieron desde que Flávio Bolsonaro (45 años) fue escogido como adversario de Lula. Senador desde 2018 gracias al padre, Flávio es un candidato ungido por su progenitor y de no ser hijo de quien es su chance sería de mero figurante entre los trece aspirantes a la presidencia del impávido coloso sudamericano.

Oficialmente es el candidato del Partido Liberal, primera minoría parlamentaria. En realidad es el candidato del clan Bolsonaro y del bolsonarismo en sustitución del patriarca Jair, que cumple —en severo arresto domiciliario— una pena de 27 años por haber atentado contra el orden constitucional democrático para permanecer en el poder aun habiendo perdido en las urnas frente a Lula en 2022. Entre otros actos golpistas estuvo un tumultuario asalto a las sedes de los tres poderes em Brasilia, similar a la rabiosa invasión, en 2021, del Capitolio de Washington de las hordas de Donald Trump en su rección vesánica a la victoria de Joe Biden.

Bolsonaro junior ya fue favorito, pero los últimos sondeos de intención de voto favorecen a Lula 38% a 31% en la primera vuelta, si bien la ligera ventaja del mandatario en el balotaje está en el límite del margen de error de la encuesta. De los otros once candidatos, el mejor colocado tiene un 4% en las preferencias.

El bolsonarismo es un heterodoxo movimiento emocional en torno a su padre, nacido en 2018 de la ola anti-Lula, en horas bajas por los problemas judiciales que le llevaron a prisión tras un proceso con martingala que acabó siendo anulado por el Tribunal Supremo. Congrega conservadurismo, nacionalismo, militarismo, teocracia y tradicionalismo. Ultraísmo de derecha, populismo y antipolítica, con odio feroz a Lula y el progresismo. Sus pilares están en las iglesias cristianas evangélicas, donde abreva casi el 40% de la población creyente; el agronegocio, que representa el 25% del producto interior bruto (PIB); el caciquismo regional más reaccionario, tan característico en Brasil y con peso político determinante, y la nutrida facción militar y policial —activos, en la reserva o retirados— antidemocrático y progolpista, nostálgicos del último régimen militar (1964-85), como lo es el propio Jair Bolsonaro, antiguo oficial apartado con el grado de capitán a causa de su comportamiento indisciplinado y sedicioso. En esencia reúne a las grandes fuerzas conservadoras brasileñas resumidas en una triple B, por Biblia, Buey y Bala, bajo el renacido lema de Dios, Patria y Familia. En estas elecciones, el padrino extranjero es Donald Trump, mientras que Javier Milei maneja el látigo de siete puntas.

El estamento empresarial, que era pro-Bolsonaro, está furioso por la embestida arancelaria de la Administración Trump. Aunque dirigida contra Lula, en la práctica lesiona los intereses nacionales. Para el sector manufacturero, origen del 80% de las exportaciones brasileñas a Estados Unidos, el negocio alcanza 30.000 millones de dólares anuales y para el sector primario casi 14.000 millones. 

De modo que el daño derivado de los sobrecostes aduaneros es sustancial.  La cuestión exterior tradicionalmente influía poco en el ánimo del votante, pero en estas elecciones puede pesar. Brasil parece consciente de que el daño a la nación es culpa de los Bolsonaro, de la conveniencia de Trump de liquidar a Lula, su mayor rival en el continente, a través de ellos así como de los cabildeos políticos en Washington del tercer retoño, Eduardo, virtualmente huido a Estados Unidos, donde azuza contra su propia nación tanto a la Administración norteamericana como al mundo MAGA (Make America Great Again) y a sus parientes ideológicos de Iberosfera, el bloque neoconservador de hablas española y portuguesa. Además de la agresión que supone el arancelazo deben influir en las urnas el repudio considerable a Trump, el rechazo tradicional a EEUU y el temor al vasallaje en caso de victoria de los Bolsonaro.

El Leviatán Trump, además de haber atacado reiteradamente a Brasil con medidas comerciales punitivas, ha catalogado a dos organizaciones criminales brasileñas como grupos terroristas extranjeros, con lo que de un lado señala la ineptitud de los cuerpos policiales brasileños y por el otro crea la eventualidad de una acción propia directa contra las bandas en un país vulnerable, con 17.000 kilómetros de fronteras terrestres y más de 7.000 kilómetros de costa abierta al océano Atlántico. «¿Qué hacer si Estados Unidos ataca? Abrirle la puerta», resumió el asunto el ministro de Defensa, José Múcio.

El León Milei ya ha soltado su zarpa contra Lula con una insolencia que ha conmocionado los pilares del pacto de buena vecindad de 1985 con el que los entonces presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney acabaron con la rivalidad secular argentino-brasileña. Argentina es el primer socio comercio latinoamericano de Brasil, con unos 18.500 millones anuales en exportaciones y 12.000 millones en importaciones.

Brasil tiene a Estados Unidos como segundo socio comercial, con alrededor de un 15% de los intercambios, la mitad que China, cuya considerable presencia en América Latina —primer acreedor y segundo mercado— Washington se propone reducir. En ese empeño el mayor obstáculo es Lula, a quien las políticas de Trump han impulsado más y más a los brazos del chino Xi Jinping. China apoya a Brasil en «la defensa de su soberanía nacional» y «la protección de sus legítimos derechos e intereses», dijo Xi, cuyo país, a diferencia de Estados Unidos, no se inmiscuye en los asuntos internos brasileños. Curiosamente, durante la presidencia Bolsonaro (2019-22) se fortaleció la relación con China, pese a su retórica trumpista.

Brasil ha quedado rodeado geográficamente por leales a Trump, aunque está por ver a cuántos adictos lanza el presidente y magnate contra Lula. Tras doce victorias electorales de las derechas en las quince presidenciales celebradas en América Latina en los últimos tres años, el cerco a Brasil prácticamente se cerró en los diez días transcurridos del 28 de julio, cuando quedó investida en Perú la presidenta Keiko Fujimori, y el 7 de agosto, con la asunción en Colombia de Abelardo «el Tigre» de la Espriella. Sólo queda abierto el paso uruguayo.

Al redil trumpista han entrado ya 19 naciones, adheridas al Escudo de las Américas, el muro ideológico de Trump, con el narcoterrorismo, el crimen organizado y las migraciones ilegales como leitmotiv. El «escudo» trumpiano evoca la Guerra Fría e implica el retorno al alineamiento automático con Estados Unidos. En esencia, Trump exige lealtad, obediencia y rearme, o sea, más gasto militar y en seguridad. Demanda vecinos fuertes, confiables y eficaces, y aplica la tajante en evangelio: «El que no está conmigo, está contra mí», que profirió Jesús en una discusión con los fariseos sobre el origen de su poder. Lo entiende muy bien el mundo integrista cristiano de la nueva derecha radical.

Junto al «escudo» está la actualización por Trump de la viaja Doctrina Monroe, de 1823, que en esencia acotó el continente americano para Estados Unidos contra injerencias de las potencias europeas. El llamado Corolario Trump implica el control militar del continente, la intervención de considerarla conveniente a sus intereses (caso Venezuela) y luz verde a la instalación de gobiernos con poca o ninguna calidad democrática, pero permisivos en asuntos de negocios y dineros. Washington aduce que se trata de empoderar, capacitar y apoyar la independencia, la seguridad y la prosperidad de las naciones latinoamericanas y caribeñas, pero no de explotación, subordinación ni dependencia. Como sostiene el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, el interés de Washington reside en el éxito de los vecinos: su mayor prosperidad, seguridad y estabilidad como sociedades libres. Esa es, al menos, la retórica.

De los ocho billones de dólares que suma el PIB nominal de los países de América Latina y el Caribe, un 60%, es decir, dos terceras partes, ya se ha cuadrado con Estados Unidos. El tercio restante —aparte Uruguay, Cuba, Nicaragua, el virtual protectorado venezolano y ocho microeconomías del Caribe— son Brasil, con Lula en la danza electoral, y México, donde Claudia Sheinbaum tiene cuerda aun para cuatro años. El anterior mandatario, Andrés Manuel López Obrador, lanzó una alerta en el sentido de que hay oficiales estadounidenses conspirando para fortalecer a la derecha con la finalidad de restaurar en México un gobierno sumiso.

Por tanto, en Brasil la ultraderecha paleolibertaria, teopopulista, trumpista, neopatriótica, alt-right, magalítica o como quiera que se la denomine, libra la madre de todas las batallas. En medio de un notable deterioro sin precedentes de sus relaciones con Brasil, Washington ha dado un mensaje contundente: Nunca nadie más podrá poner en el dominio estadounidenses en el continente americano. De manera que van a por todas.

En las elecciones de octubre —con primera vuelta el domingo 4— el enemigo a abatir es Lula, con toda su carga simbólica de alcance global como un líder social edificante y emblema de la izquierda pragmática, impulsor de políticas internacionales inconvenientes para Estados Unidos y antítesis de todo lo que representa el mundo distópico de Trump, sus émulos y devotos. «Mientras esté vivo no voy a permitir que la derecha regrese», aseguró Lula en sus primer mitin de campaña, cargado de simbolismo sobre su origen tan humilde, su condición de antiguo obrero y la carga social de sus programas de gobierno.

Milei, el gladiador deslenguado del neopopulismo libertario, el divo del libertarismo, el León trumpista que más ruge en América Latina, con sus embestidas insolentes a favor de los Bolsonaro, ha dejado tiritando las relaciones bilaterales, exactamente lo mismo que ha ocasionado Trump con su brutalismo diplomatico.

Entre los nuevos Moisés latinoamericanos que prometen países de leche y miel, el colombiano De la Espriella es el campeón de la tecno-ultraderechismo teocrática que ideológicamente mejor encaja con los Bolsonaro. Tienen programas coincidentes: aproximación a Estados Unidos, Argentina e Israel, declarar organizaciones terroristas a las bandas criminales y construcción de megacárceles modelo Nayib Bukele, el presidente salvadoreño que ha penetrado en todas las instituciones con pretensiones de eternizarse en el poder.

De la Espriella no parece que vaya embarcarse en la ofensiva anti-Lula. Por ahora se inclina por un enfoque pragmático institucional en la relación con su vecino. Salvo que Trump y sus halcones le aprieten las clavijas. Tampoco la Bolivia de Rodrigo Paz ni el Paraguay de Santiago Peña van a buscarles las cosquillas a Lula porque no conviene a los intereses nacionales. Ni hablar del Perú de Keiko Fujimori o el Chile de José Antonio Kast. Todos estos suelen poner las relaciones entre estados y entre pueblos hermanos por encima de las coyunturas ideológicas. Justo al contrario que el Leviatán del norte, que se rige por un instinto depredador y la estricta conveniencia personal. √

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¡Ave, Abelardo!

 

✍🏻Francisco R. Figueroa

La tierra latinoamericana está preñada de salvadores de la patria, militares y civiles, que convirtieron repúblicas en paja y humo.

En Colombia, el viernes 7 de agosto, aniversario de la Batalla de Boyacá (1819) de las guerras de independencia, quedó entronizado un nuevo libertador. Abelardo de la Espriella, millonario, abogado, cantante, influencer y vendedor de licores y ropa, se retrató a sí mismo, sin la menor duda, como un presidente de promisión en la interminable ristra de compromisos que asumió en el abigarrado discurso inaugural de su mandato, pronunciado en un cuartel y coronado con el aria Nessun Dorma, del acto final de la ópera Turandot, en el que el príncipe Calaf canta confiado en que vencerá al alba, seguido de una parada militar desarrollada entre luces y sombras crepusculares.

Se autodenomina Tigre, quizás en evocación al yang chino: fuente de orden y poder, de energía masculina, capaz de repeler los demonios y librar de todos los males. Anuncia una «Colombia Patria Milagro» y una nueva época: la «Era del Tigre» como si fuera a transformar la patria neogranadina en el país de los prodigios. Promete de forma rimbombante hacer realidad, de manera irrenunciable, una nación extraordinaria.

De la Espriella (48 años) parece, si no lo es, epítome del neopopulismo ultraderechista y otra criatura fosforescente en la cola de gas del cometa Trump. No juró el cargo en Bogotá, la capital, la Ciudad de Todos, según el hábito histórico republicano, sino —¡oh alegoría!—en la Sucursal del Cielo: Cali, en una doble ceremonia —juramento en el teatro de un recinto universitario y discurso inaugural en un acuartelamiento— que conectó la religión con las armas al tiempo que instrumentalizaba los ejércitos en busca de consolidar una identidad política.

Lidera un partido de reciente cuño cuyo nombre dice bastante: Defensores de la Patria. El defensor carece de sentido sino tiene enemigos. Él, abogado hábil dado al esnobismo, demagogo, ciberagitador e inventor de relatos, los ha acotado.

El primer adversario es su antecesor, el Gustavo Petro, al que caricaturizada como fracasado y corrupto con la promesa de una venganza legal; luego, genéricamente, los izquierdistas —los «zurdos de mierda» en la verborrea del argentino Milei—, a los que promete «destripar»; por fin, los narcoterroristas, en sintonía con Donald Trump, y demás criminales, a los que quiere confinar en megacárceles con más contundencia que Nayib Bukele, pues considera al mandatario salvadoreño «un boy scout blandito».

El nuevo presidente parece un mix de Trump, en lo que se refiere a espectáculo y el poderío que da el dinero; del brasileño Jair Bolsonaro, en lo referente al uso para sus fines de la religión, la afinidad con las milicias y el manoseo del patriotismo, y de Bukele,, en lo concerniente a seguridad interna frente a la expansión el crimen organizado, su puesta en escena y el afán desmedido, que también es del mandatario norteamericano, de proyección personal.

En su discurso inaugural, De la Espriella, dejó las cosas claras. Al tomar posesión en el recinto universitario de Cali y discursar en el cuartel, ninguneó doblemente al Congreso de Bogotá, depositario de la voluntad popular ante el que asumen todos los mandatarios. Se unció a Dios —pese a encabezar un Estado laico— a través de clérigos de diversas creencias y una imagen de la virgen María, con oraciones, aleluyas, homilías e invocaciones a Jesucristo y a Cristo Rey. Por fin, el naciente caudillo que ha hecho del saludo castrense su marca personal, presentó al mundo sus credenciales de manera altisonante y solo ante soldados en formación.

Se adhirió al Escudo de las Américas, la iniciativa político-militar de Trump lanzada tras la espectacular captura, en enero, del gobernante venezolano de facto Nicolás Maduro. Es una alianza contra el crimen organizado y las migraciones, pero también el frente amplio político de las naciones latinoamericanas gobernadas por las derechas y las ultraderechas, amalgamadas por un antiprogresismo emotivo un tanto pueril. Cuenta, entre otros socios, de manera expresa o tácita, y además de Estados Unidos y ahora Colombia, con Argentina, Bolivia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Panamá, Paraguay y Perú.

De un modo u otro proclamó el milagro. De manera que acaba «la horrible noche» y «el bien germina», como reflejan distintos versos del himno nacional. También, de un modo u otro, anunció la llegada del mesías, del hombre providencial, salvador: «El Tigre —avisó él— ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo colombiano». Lo que llama machaconamente «Patria Milagro». El milagro es su llegada poder como escogido de Dios para acabar con todos los viejos males que aquejan a la República. Familia, meritocracia, autoridad, disciplina, ley, todo por la patria y dios con nosotros, proclama.

Tras una campaña electoral repleta alharacas producto del marketing político más rastrero y de vacía de propuestas de gobierno, De la Espriella fue escogido en el balotaje por media Colombia, con menos de 1% sobre su rival, el izquierdista Iván Cepeda, una diferencia de unos 250.000 votos en un universo de 41,4 millones de electores. En la primera ronda electoral tres de cuatro colombianos le dieron la espalda. No es más que otro presidente frágil que a base de gestos, poses, oratoria encendida y escenificaciones trata de mostrarse como hombre fuerte. En un acto de inconformismo y recurso al pataleo, Petro desconoce la victoria del nuevo mandatario, rechaza a De la Espriella y lo considera ilegítimo.

En su crónica de la investidura, el corresponsal de El País, reflejaba las primeras contradicciones de un hombre que se proclama ajeno a la politiquería tradicional y que pretende romperle el espinazo al establisment colombiano: «Sus primeras decisiones, sin embargo, no corresponden a un outsider. Entregó las finanzas del Estado a un heredero de una de las dinastías conservadoras más antiguas. En la cancillería apostó por un militante del trumpismo MAGA que pasó dos décadas en la ONU, organismo al que hoy acusa de estar secuestrado por el ‘globalismo’. Y en salud eligió a la presidenta del gremio de empresas subcontratadas para sostener un sistema en crisis, que ella misma deberá regular».

Democracia, libertad, armonía, equilibrio, honradez al céntimo, responsabilidad, austeridad sin causar más inequidad, implacabilidad contra la corrupción, descentralización, gobierno técnico con los mejores cerebros, alivio fiscal para los emprendedores, prosperidad, no reelección y mano dura prometió, entre la cascada de compromisos, cada uno más sonoro que el anterior, que plagaron su discurso inaugural. Palabras y más palabras de efecto y autobombo. Había prometido respetar la libertad de prensa, siempre que se diga la verdad. Parece claro que en la nueva Colombia la verdad la va a determi-nar Abelardo de la Espriella, seguramente a la medida de sus convenien-cias.

Exactamente dentro de cuatro años se podrá evaluar si el Tigre —palabra polisémica: feroz, cruel, fornicador, fuerte, valiente o audaz— ha sido el gobernante probo, eficiente y beneficioso para Colombia o uno de los tantos histriones, charlatanes y aventureros que han gobernado las repúblicas americanas, campo fértil de disparates, excesos, crímenes y esperanzas rebanadas.

Uno de sus referentes, Bukele, trampeó para eternizarse constitucionalmente en el poder. Otro, Bolsonaro, después de haber perdido las elecciones de 2022, maniobró con torpeza en el mismo sentido y acabó condenado a 27 años por haber atentado contra el orden constitucional democrático para mantenerse en el poder. √

franciscorfigueroa@gmail.com

En el nombre del padre

 

Francisco R. Figueroa

[28 julio 2026]

¿Porta Keiko, nueva presidenta del Perú, el gen autoritario de Alberto? ¿La inescrupulosa viveza criolla tan acusada en el Fujimori primigenio? ¿La astucia posibilista y ventajista del difunto autócrata? ¿Su talante antidemocrático y su propensión al uso de la fuerza militar y el abuso y la práctica de la política sucia para mantenerse en el poder?

No tiene por qué. Keiko, ni nadie, es responsable de la conducta, las prácticas, los pecados o los delitos de sus progenitores, salvo en el improbable caso de que la presidenta cargue un maleficio como los que el iracundo y celoso Yavé echaba sobre los hombros de los hijos y los nietos de los que eran impíos o insumisos a su voluntad divina e incuestionable.

Lejos de reprobar las fechorías del difunto Fujimori, su proceder delictivo, golpista, corrupto y autoritario probado por la Justicia, que lo condenó a 25 años (cumplió 16), Keiko defiende la obra paterna, si bien asume solamente aquello que cree que le produce dividendos. 

No se debe olvidar que ella entró a la política impulsada en 2005 —desde su arresto en Chile, a la espera de extradición—, por su progenitor, como legataria y continuadora del ideal fujimorista. El usufructo filial la mantuvo veinte años en el candelero y a las puertas de la Casa de Pizarro. Ahora, en su cuarto intento, ha logrado, al fin, avanzar triunfante por el zaguán del palacio, donde no desea vivir, quizás por superstición o por oscuros recuerdos.

Sin duda ha triunfado por ser hija de quien es. Por sí misma, a los 51 años, lleva al poder escaso bagaje. En la vida pública no ha sido más que eterna candidata y una congresista absentista de una legislatura, aunque se ha especializado en maniobras entre bastidores para copar distintos poderes y organismos del Estado.

En la reciente campaña electoral, la flamante presidenta reafirmó su propósito de hacer un gobierno como el de su progenitor. Seguramente resumió en la expresión «como el de mi padre» las dos hazañas atribuidas comúnmente al autócrata: la doble victoria sobre el pavoroso terrorismo y la perversa hiperinflación. Ni la una ni la otra fueron enteramente consecuencia de la sagacidad y el acierto de él como gobernante excepcional.

Keiko Fujimori se ubica sin ambigüedades bajo el toldo de la derecha ultra y pro-Trump que cubre a una docena de naciones latinoamericanas, a la espera de si en octubre cae el fuerte brasileño, donde por el momento no lleva las de ganar el pichón mayor del expresidente Jair Bolsonaro, condenado en sentencia firme a 27 años e inhabilitado por atentado al orden constitucional democrático en el ejercicio de sus funciones de gobierno.

Exactamente igual que Keiko Fujimori, Flavio Bolsonaro (45 años) es parte de una saga política, una criatura descendiente por primogenitura y actuante en el nombre del padre: «Yo he venido en nombre de mi Padre» o «Yo y el Padre somos uno», que dijo Jesús y deben repetir ellos.

Durante la reciente campaña proselitista peruana trató de apoderarse del ideario trumpista el candidato ultracatólico Rafael López Aliaga, alias Porky, un empresario y numerario del Opus Dei. Pero ella ya entonces se había codeado con la crema y nata del MAGA (Make America Great Again) en uno de los saraos político-hedonistas, de exaltación a Donald Trump, que se celebran en su mansión en Mar-a-Lago (Florida), a donde se hizo invitar en febrero último.

Porky hoza básicamente en la misma poza ideológica que Keiko, es decir, en el conservadurismo. Comulgan, por tanto, con la misma oblea. Su primer maridaje les ha dado la presidencia del Senado y, por tanto, del Congreso bicameral. Perdieron la disputa en la Cámara de Diputados. De todas formas, en ambas cámaras la oposición a la izquierda suma apenas un tercio, aunque la franja mayoritaria de la derecha, con cuatro bancadas, es un tanto heterodoxa y desavenida.

Sus primeras declaraciones como presidenta electa mostraron la intención de alinearse con las políticas de Trump y unirse a la alianza de gobiernos latinoamericanos derechistas y anticomunistas, al Escudo de las Américas. Su victoria enardeció a lo que se ha dado en llamar despectivamente «fachosfera», incluida en ella la docena de gobiernos latinoamericanos pro-Washington, rendidos ante el neomonroeismo trumpista de la intervención sin límite en el «patio trasero» e, incluso, genuflexos ante el mandatario y magnate.

Perú tiene como primer socio comercial e inversor a China, cuyo significativo peso en el continente Trump trata de debilitar. En el caso del Perú, los chinos son tratados por la Administración Trump como «depredadores» y «saqueadores» del mar y las entrañas de la tierra. Su embajador es un antichino feroz, sin la menor diplomacia. De modo que el Perú de Keiko es pieza de caza mayor. Es cierto que militarmente, Perú se nutre de armamento y tecnología con aliados de Estados Unidos, como Corea del Sur o Israel.

Un significativo mensaje a Washington ha sido colocar de ministro de Exteriores a un antiguo empleado peruano del Departamento de Estado. Carlos Espá trabajó quince años, hasta 2023, en la embajada de Estados Unidos en Lima. Había ejercido como periodista en diarios, revistas y televisión. Recientemente impulsó su propio partido (conservador liberal) y compitió sin chance por la presidencia.

Keiko parte, en principio, con la mitad del país a favor y la otra mitad en contra. En la primera vuelta electoral fue despreciada por un abrumador 83% del electorado. Su ralo 17% fue la más alta votación entre la ruma de 35 candidatos, pero representa básicamente la confianza de uno de cada diez electores registrados.

El movimiento paterno que ella trata de perpetuar está artificialmente sobredimensionado. Ese 10% del electorado es hoy el peso real del fujimorismo raíz, su tope de penetración en el corazón de los peruanos. Mientras, el sentimiento antifujimorista es transversal, de derecha a izquierda, y está muy extendido. La brecha social que divide Perú es tan profunda como el Cañón del Colca y el encono dificulta en extremo cualquier iniciativa de Keiko para la reconciliación.

Ganó el balotaje presidencial por un pírrico 0,2%, o unos 50.000 votos de un universo con 27,3 millones de electores registrados y 20,2 millones de activos. En el territorio nacional perdió frente al izquierdista Roberto Sánchez Palomino. La diferencia fue compensada con el voto emigrante. Se volcaron en ella, sobre todo, los perusa, los peruanos residentes en Estados Unidos, por un sólido 76,5%, un respaldo semejante al que recibió Keiko en la Lima pudiente de Miraflores, San Isidro y San Borja.

Del 17,19% de la primera vuelta al 50,13% de la victoria, es decir, un 33%, fueron votos prestados, por el tercero en discordia, el religioso ultraconservador Porky, y por otros movimientos derechistas. Pero sobre todo corresponden al voto de rechazo y castigo —esta vez a las izquierdas y los caviares— tan característico en la política peruana desde hace 35 años, justamente desde que su padre, entonces un oscuro rector universitario que aspiraba a una senaduría, ganó las presidenciales de 1990 a causa de la repulsión al plan neoliberal de choque de Mario Vargas Llosa y a la figura miraflorina, estirada, pituca, refinada y mundana del propio novelista, ladeado por su prestante y omnipresente familia.

Keiko se ha preparado el terreno para gobernar. Clama que hereda un país en situación «catastrófica». «Desolador», dijo también. Es habitual que un presidente entrante vierta las tintas contra el saliente e, incluso, que algunos mandatarios mantengan indefinidamente la crítica para encubrir su propia impericia. Lo hizo su padre, con razón pues heredó un desastre morrocotudo: un Estado virtualmente fallido. 

Durante el calamitoso quinquenio de Alan García (1985-90) el PIB reculó un cuarto de siglo. En el año bisagra de 1990 siete de cada diez adultos tenían trabajos precarios, el 80% de la población no satisfacía sus necesidades y uno de cada tres peruanos soportaba la miseria absoluta. La moneda nacional se había envilecido en la proporción de cincuenta mil a uno. Las cuentas públicas eran deficitarias, la deuda externa inmensa para las dimensiones del país e irrisoria la recaudación tributaria.

La situación es hoy distinta, si bien Perú entró al siglo XXI, tras el fujimorato, atrasado en cincuenta años. Durante muchísimo tiempo más la herencia perniciosa del régimen fujimorista malhechor gravitó sobre las instituciones públicas.

Perú sigue siendo un país con el abismo bajo sus pies. Presenta una terrible inequidad, desequilibrios sociales enormes y petrificados, especialmente entre Lima y la empobrecida población andina, que, por cierto, votó masivamente contra Keiko. Hay una enorme cantidad de personas a la intemperie social y persiste una fractura territorial del tamaño de los Andes. La criminalidad se ha duplicado en el último quinquenio, junto con la impunidad por la ineficiencia policial y judicial. El 70% de la fuerza laboral está en el sector informal, peor en el ámbito rural llega al 95%. También es verdad que el sector público está reducido a chatarra. Pero el país crece debido al agronegocio y la minería, a una política monetaria de estabilidad dirigida desde hace veinte años por un funcionario al que todos adoran y Keiko ya ha ratificado.

En lo que va de siglo Perú solamente ha dejado de crecer en 2020, el año del covid, aunque al siguiente recuperó sobradamente el vigor perdido. La economía se ha hecho inmune al quilombo institucional de los últimos ocho años. Por cierto, ese desorden fue desencadenado en 2018 por la propia Keiko al hacer desbarrancar brutalmente con su mayoría congresal la presidencia del derechista Pedro Pablo Kuczynski, que le había derrotado en las urnas en 2016. 

Desde ese episodio fatídico la Silla de Pizarro, en la que se acaba de sentar Keiko, está sobre el escotillón de un cadalso que ha sido accionado a cada poco para mandar a otra vida política a siete jefes de Estado sucesivos. Ella acabó reconociendo aquel error artero frente a Kuczynski que abrió la caja de Pandora. ¿Será capaz ella de cerrarla ahora?

Promete comportarse con arreglo a las instituciones, sin incurrir en un proceder arbitrario. Al tiempo que invoca el supuesto pragmatismo de su padre, coquetea con su talante autoritario y militarista, que viene a justificar en la necesidad absoluta de combatir la criminalidad incluso con el Ejército. En México, por ejemplo, los militares hacen de policías, con el fusil apuntado a enemigos internos, sin que se haya logrado eliminar la violencia estructural y sí agregado arbitrariedades y violaciones de los derechos humanos.

Bulle en ella la sangre Fujimori y conserva la memoria de aquel oscuro ingeniero agrónomo al que los hados y las diabluras de unos políticos con afán de desquite convirtieron en presidente, y unos arribistas con entorchados y estrellas, ladeados por el hombre lechuza que le susurraba al oído, elevaron a la condición de autócrata supremo.

Orden y progreso puede ser la consigna de una mujer tenaz que ha conquistado la presidencia al cuarto intento. Se lanzó a por la Casa de Pizarro en cuanto cumplió la edad reglamentaria (35) y la ha logrado a los 51. Es la primera peruana electa en las urnas para la jefatura del Estado. De ese mismo palacio tuvo que esfumarse hace un cuarto de siglo tras la renuncia por fax, desde Tokio, de su padre, un autócrata en fuga.

Paz, tranquilidad y orden —repite—, con crecimiento económico que cree empleo y estabilidad. También predica mano dura y afianzar la autoridad. Perseverancia en el propósito. Pura esencia Fujimori, pero sin recurrir —promete— a un golpe institucional como el de su padre. Populismo rampante, paternalismo y desarrollismo podía ser su eslogan.

De un modo u otro Keiko se abraza al legado paterno, del mismo modo que en Chile el nuevo presidente, José Antonio Kast, se apega al legado de Augusto Pinochet; en Brasil, los Bolsonaro a la herencia de la dictadura de los generales; en Argentina, Javier Milei contemporiza y quita hierro a los crímenes del régimen militar, o en España la ultraderecha enaltece el régimen tiránico de los cuarenta años del generalísimo Francisco Franco.

Keiko aprendió los rudimentos del poder en los albañales de la autocracia corrupta y criminal, judicialmente condenada, que personificaba su padre en virtual duunvirato con el maléfico sottocapo Vladimiro Montesinos, la eminencia gris en las tinieblas del fujimorato. El tío Vladi, que también resultó condenado y aún purga cárcel, bancaba con dinero negro la vida y los estudios en Estados Unidos de Keiko y sus tres hermanos.

A los 19 años, en 1994, el presidente Fujimori transmutó a su primogénita de estudiante despreocupada en Boston a primera dama para suplir a la esposa y madre, Susana Higuchi, repudiada y expulsada de palacio. Higuchi, que salió de la Casa de Pizarro lisiada en el alma, se prodigo en los medios como mujer abusada y torturada por el esposo y sus secuaces. De Keiko llegó a decir que había preferido «el dinero sucio de su padre» y era «la cara del diablo», pero al cabo de los años las guerras de los Fujimori acabaron y hubo hasta reconciliaciones y retrataciones.

La historia del fujimorato está contaminada por la hagiografía, sobre todo por parte de unos medios de comunicación sometidos, comprados con las contrataciones de la publicidad estatal o simplemente untando con fajos de cien dólares, desde empresarios a gacetilleros. De ahí que la percepción ciudadana tendiera a la sobrevaloración.

Por tanto, los éxitos del difunto gobernante que cacarea Keiko deben ser examinados en sus justos términos.

En primer lugar, la victoria electoral de 1990 no se debió a su genio, carisma o talento. Era el «caballo negro» desconocido, uno en el montón, que dio la sorpresa debido al empeño de Alan García y las izquierdas en cerrar el paso a la Casa de Pizarro a una celebridad de la talla de Vargas Llosa e impedir la aplicación del plan de choque ultraliberal que el escritor proponía para una nación fulminada por la crisis. Enardecieron al país y convirtieron en oro electoral el miedo al shock

García, achicharrado por su desastrosa gestión, hizo a Fujimori instrumento de venganza contra el escritor, su lacerante azote desde 1987 como adalid de las fuerzas de la derecha tradicional y virtual jefe de la oposición, además de neto favorito en las encuestas de intención de voto. No importaba que Fujimori careciera de programa, ideas, carisma, popularidad, dinero o respaldos más allá de una minoritaria iglesia evangélica y un grupúsculo de pequeños emprendedores. Vieron en él un diamante en bruto como representante de un colectivo con una sólida reputación de laboriosidad, eficiencia, honradez, disciplina y respeto: la inmigración japonesa, la tercera en importancia en el mundo. Era cuestión de proyectar su imagen, teledirigirlo, orientar convenientemente la opinión pública e, incluso, desviar hacia él a parte de su electorado fiel.

Fujimori fue tomado por el exponente del nipón modélico.  Sin embargo, se había acriollado. Había desarrollado la famosa «viveza criolla»: astucia, picardía, amoralidad y falta de escrúpulos. Pero las consecuencias de ese talante vinieron tiempo después.

El éxito de la heterodoxa «coalición» antiliberal y anti-Vargas Llosa fue tal que en pocas semanas el «caballo negro» nipón, Chino lo llamaba la gente, pasó a segunda vuelta, por delante de los aspirantes de las fuerzas tradicionales de izquierda y centro-izquierda, y en el balotaje ganó con casi el doble de votos que el peruano más universal en aquella época y futuro Premio Nobel de Literatura.

Cuando entró a la casa de gobierno Alberto Fujimori ya llevaba de jinete al ventajista Vladimiro Montesinos e iba escoltado por un estado mayor militar al que él ofrecía la oportunidad de redimirse de su público y notorio desprestigio debido al fracaso dramático frente al terrorismo. El primer prodigio quedó verificado aquel 28 de julio de 1990 con su conversión en titular de la Casa de Pizarro. A partir de entonces se fue construyendo el relato de los «milagros» de Alberto Fujimori.

Perú estaba en la lona, noqueado por la megacrisis económica y la hidra terrorista de dos cabezas. Aunque tenía alma populista, Fujimori debía el cargo a las clases desfavorecidas y se había casado con el movimiento antiliberal y antipaquetazo. No obstante, aceptó las directrices que le daban: operaba con motosierra y sin anestesia o el paciente moría.

El fujishock, una suma completa, rápida y radical de liberaciones, recortes y desregulaciones, tuvo un efecto apocalíptico en la población, que aguantó el sunami con resignación. Fue devastador a corto plazo, pero estabilizante en el tiempo. El PIB siguió en caída once trimestres consecutivos, el empleo formal menguó durante seis años y los salarios perdieron poder adquisitivo durante casi tres años. La hiperinflación desbocada fue moderada, aunque se mantuvo en niveles altos otros dos años.

Después, Perú entró en una senda de crecimiento, de expansión de los negocios privados, la producción, la diversificación, las exportaciones y el comercio en general, con mejora de los balances fiscales, aunque sin corregir sustancialmente las tremendas desigualdades sociales y con un fuerte decaimiento de los servicios públicos, especialmente la sanidad y la educación.

Durante el fujimorato la economía, sustentada en el libre mercado, acumuló un crecimiento cercano al 48%, pero la pobreza solo pudo ser reducida mínimamente, en unos siete puntos porcentuales, mientras que la renta per cápita demoró más de tres lustros en alcanzar, en 2006, el nivel que tenía en 1975.

Cuando en noviembre de 2000 el fujimorismo colapsó, el gobernante, víctima de sus propias hechicerías y en fuga al extranjero, renunció por fax, a cuatro de cada diez hogares peruanos todavía entraban recursos insuficientes para cubrir las necesidades básicas. En esencia, en un Perú sin democracia había aumentado la pobreza y la inequidad. Ese es el «milagro de Fujimori en su certera dimensión. Lo demás es ficción.

La expansión económica lograda por el Perú en los últimos dos decenios no es producto de la herencia de Fujimori sino consecuencia de la política monetaria y antiinflacionista sostenida durante dos décadas por el tecnócrata de orientación democristiana que dirige desde 2006 el Banco Central de Reserva del Perú, puesto en el cargo por el presidente suicida Alan García en su segundo mandato.

La primera medida de calado de Keiko ha sido, precisamente, ratificar al frente de la institución al gurú Julio Velarde, una suerte de Alan Greenspan a la peruana, el hombre que ha mantenido la estabilidad económica en medio de una inestabilidad política endiablada. Keiko es su undécimo presidente y ha visto llegar e irse a 33 primeros ministros. Por cierto, el nuevo premier, Luis Galarreta, fue fiel del Vargas Losa político y crítico severo de Fujimori. Para él, el fujimorato fue «nefasto» y el fujimorismo puro «mafia», hasta que en 2016 se unió a Keiko y se convirtió en su hombre de confianza. Según dice ahora, Keiko representa «lo mejor de las muchas cosas buenas» que hizo su padre. En su condición también de primer vicepresidente, es el primero en la línea de sucesión de Keiko.

La prueba de que Alberto Fujimori no llevó consigo a la Casa de Pizarro el brío, la eficiencia, la rectitud y la cohabitación democrática japonesa fue el golpe de Estado que protagonizó a los dos años de su investidura, con el terrorismo in crescendo, tres gobiernos sucesivos, improvisaciones a tutiplén, estancamiento económico, sin flujo de inversiones y una sórdida guerra institucional de difamación y degaste desatada por el propio mandatario contra los otros dos poderes del Estado.

El autogolpe fue un salto delante de un Fujimori convencido de que el desquiciamiento de la nación exigía 25 años de mano dura para enrielar el país. Manu militari cerró el Congreso e intervino el Judicial. Se convirtió en salvapatrias. El propósito era atornillarse en el Sillón de Pizarro. Contaba con las fuerzas armadas, los cuerpos policiales y el aparato de inteligencia desarrollado por Montesinos. También con la complacencia de unas élites necesitadas de un verdugo eficaz, unida la fe y esperanza de un pueblo angustiado y acobardado por el terrorismo, que aplaudió a rabiar al Chino.

La fábula Fujimori alcanza niveles épicos en la guerra contra el terrorismo que desde 1980 desangraba el Perú con efectos de hecatombe, sobre todo a causa de la demente banda Sendero Luminoso, una organización que se proponía arrasar el «Estado burgués» para plantar en las cenizas una idílica sociedad basada en el maoísmo más radical. Nunca antes el Perú amontonó más muertos ni daños infraestructurales. El Estado iba perdiendo la guerra e incluso había abandonado a su suerte amplias zonas andinas. 

Desde que Sendero Luminoso inició su afiebrada actividad y luego, abrió otro frente rival el castrista Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), casi 70.000 muertos habían quedado regados en campos de batalla sin nombre, masacre tras masacre, en una guerra sucia y cruel de fosas comunes y tumbas sin nombre. Algo más de la mitad (54%) fueron causadas por los senderistas y un 40% por agentes del Estado y grupos afines paramilitares. Tres de cada cuatro víctimas eran campesinos inermes, civiles andinos pillados entre dos fuegos, doblegados de manera aberrante y cruel en sus aldeas por el invasor de turno —ora terrucos, ora milicos— exigentes de fidelidad, información y delaciones.

El declive del terrorismo, a partir de 1992, fue consecuencia de las capturas de las cúpulas de ambas bandas, como consecuencia de la labor continua de los sabuesos del cuerpo antiterrorista. No concretamente de la política antiterrorista de Fujimori.

A dos meses del autogolpe cayó mientras tomaba café el jefe del MRTA, Víctor Polay, antiguo pata del alma de Alan García, que había capitaneado una cinematográfica fuga masiva en un penal limeño pocas semanas antes de la investidura de Fujimori. A fines de septiembre fue el turno del enemigo público número uno: Abimael Guzmán, el oscuro y siniestro Presidente Gonzalo, el profesor de filosofía cerebro y jefe de Sendero, con la plana mayor de la banda.

Se aireó hasta la saciedad que esos apresamientos fueron consecuencia del nuevo orden fujimorista y ese fue el meollo propagandístico oficial. Pero la verdad era otra. El trabajo de hormiga de unos abnegados e infradotados grupos de policías antiterroristas, iniciado antes del fujigolpe, condujo a los pocos días del pronunciamiento a una casa franca en Lima donde apareció la punta del hilo que llevó a Polay. En cuanto a Guzmán y su siniestra corte, la mayoría mujeres, cayeron también debido al trabajo paciente de inteligencia de un grupo policial que trabajaba con una precariedad de medios asombrosa. 

Ni Fujimori ni su valido conocieron la operación hasta después de concluida. Tal era el grado de desconfianza de los agentes hacia sus superiores. El presidente estaba con su hijo Kenji pescando en un lugar apartado de selva y el valido andaba esa tarde-noche de juerga. Una operación de ese calado hubiera ameritado la presencia de ambos en la sala situacional de la defensa.

Los cabecillas terroristas cayeron inopinadamente en sus platos y Fujimori no demoró en agarrar la presa. Se puso por televisión al frente del espectáculo como autor del trascendental logro. La propaganda masiva, las medidas antiterroristas draconianas que siguieron, las capturas sucesivas, los espectaculares proceso en tribunales de jueces sin rostro (que Keiko desea restablecer contra delincuentes comunes), las pesadas condenas, las cárceles especiales, incluso en la inhóspita puna cercana a las cumbres andinas (ella también quiere cárceles singulares, a lo Nayib Bukele), y hechos como el exitoso asalto militar de 1997 a la embajada de Japón, donde el MRTA mantuvo numerosos rehenes durante 126 días, dieron a Fujimori el marbete de salvador victorioso, libertador del Perú de todo mal. Así se mostró él, bandera nacional en mano, como un general romano en una cuadriga, con una corona de laurel en la cabeza, desde el estribo del autobús que trasladaba por las calles de Lima a los rehenes liberados. Fue ese el cénit de su tan cacareada victoria contra el terrorismo.

Fujimori se construyó su propio altar de mejor presidente de la historia. A golpe de dinero público, impulsó el culto desproporcionado a su figura como salvador de la patria, devoción que aprovechó su hija Keiko para propulsar su propia carrera política. Keiko no es más que la sombra alargada del difunto Alberto, muerto con 86 años en septiembre de 2024.

El periodo que ella reivindica no fue el más productivo ni el más feliz en la historia peruana. Se sentaron bases que contribuyeron a la estabilización económica, aunque el crecimiento sostenido se iba a iniciar tras la redemocratización. No se puede negar el desmantelamiento durante su gestión de las organizaciones subversivas. No hay que olvidar tampoco los crímenes de lesa humanidad cometidos, el paramilitarismo asesino, la guerra sucia y el terrorismo de Estado, por los que Fujimori, su valido, varios integrantes de alto mando militar y una veintena larga de oficiales fueron condenados. 

En el fujimorato la corrupción campó a sus anchas, ejercida incluso desde la Casa de Pizarro, el autoritarismo fue la norma desde 1992, con restricciones severas de los derechos civiles, persecución de la libertad de expresión, espionajes, sobornos, el cohecho que degeneró el periodismo, la propaganda capciosa y la narrativa falaz para sostener al régimen y hasta las esterilizaciones forzosas de miles mujeres indígenas. Bastantes peruanos justifican ese cúmulo de delitos en aras de un bien mayor. Otros se han olvidado convenientemente. 

El primer capítulo de la secuela del fujimorato ha comenzado hoy. Habrá que ver si la heredera hace bueno al padre emprendiendo una cruzada revisionista. Seguramente propenderá a rehabilitar la memoria del difunto autócrata, que fue severamente condenado por la Justicia. La tentación autoritaria parece latente en ella, con la criminalidad como pretexto, en lugar del flagelo terrorista que usó su progenitor. Pero para poder sopesar el fujimorismo 2.0 de Keiko es aconsejable darle un tiempo. 

Después de un presidente Pardo hijo de otro presidente Pardo y de un Prado vástago de otro Prado, Fujimori es el tercer linaje que sienta sus reales en la Casa de Pizarro. Pardo hijo fue un civilista probo cuyo segundo mandato quedó truncado (1919) por el golpe del dictador civil más parecido a Fujimori que ha habido en el Perú: Augusto Leguía. Manuel Prado, un buen demócrata para los usos de su época, fue derrocado a unos días de la finalización de su segunda presidencia (1962) por desacatar a los generales que pretendían anular el proceso electoral para cerrar el paso al poder a un candidato que no era del gusto militar. √

franciscorfigueroa@gmail.com

[El autor fue corresponsal extranjero en el Perú y enviado especial por diversos acontecimientos informativos. Trató y entrevistó en varias ocasiones a Alberto Fujimori. Observa incesantemente del acontecer peruano]


Ganó España

✍ Francisco R. Figueroa

[2O julio 2026]

España ganó. Ganó el Mundial contra Argentina y Messi; ganó contra un césped anormalmente árido y un multitud albiceleste en las gradas; ganó al juego sucio, la malacrianza y la bajeza del mal perdedor; ganó con un juego intenso y solidario, coral, con arrojo y valentía, pese a sus veinte gatillazos ante la portería; ganó contra un arbitraje torcido, contra la FIFA y contra la mañosa sabandija lambona que la preside; y le ganó al deslenguado y fanfarrón Donald Trump, que trampeó con Infantino para tratar de hundir a una España que no se somete a sus antojos, para servir la copa a su vasallo Javier Milei y para contaminar aún más el Mundial con su causa arbitraria, estrambótica e impúdica. 

Ganaron contra toda esa bazofia valores como la decencia, la fraternidad y la hidalguía. En fin, volvió España a ganar un Mundial, un equipo multiétnico, representativo del país —pese a tanto cernícalo y garrulo carpetovetónico— , exponente de la pujanza de una vieja y gran nación, símbolo de la vigencia de una inmensa cultura universal a la que pertenecen los dos finalistas del torneo y el 20% de los países participantes. La España que también es vi-gente campeón mundial del fútbol femenino; la España que es más grande que sus problemas; la España de un español perpetuo como se declaró Cervantes, y yo también; la increíble España que existe pese a su clase política inepta, como ya decía en el XIX Otto von Bismarck; esa Es-paña en la que, como destacó el poeta Miguel Hernández, sobra corazón. En fin, quien dice «España» lo dice todo. Déjense, pues, de cojudeces. ✅

franciscorfigueroa@gmail.com



Perú en trance

🖋️ Francisco R. Figueroa

[14 junio 2026]

La Casa de Pizarro está maldita. Como para ambientar un cuento de Allan Poe o una novela de Stephen King. En el gran hall, entre columnas romanas estucadas, una ristra de cabezas clavadas en picas, incluida la del propio conquistador del Perú, invitan a la huida.

Pero en el frontal, en el último de los once peldaños de la escalinata de acceso a la Puerta de Honor, coronada con el escudo de armas de Francisco Pizarro, desde hace una semana una mujer de 51 años, con rasgos orientales, de apellido tan notorio como infame, y un hombre acholado de 57, justo de bagaje y sin abolengo, luchan a brazo partido por entrar a ese recinto de 19.000 metros cuadrados desde donde supuestamente se gobierna el Perú.

La conservadora Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez Palomino, en un duelo en las urnas tan nivelado que asombra, pugnan por un cargo con mandato tasado de cinco años pero demostradamente de duración incierta. «La presidencia del Perú es un oficio muy peligroso», aseguró el suicida Alan García, que ocupó el solio presidencial en dos ocasiones. Desde que Perú alcanzó la independencia, en 1821, solo pudieron culminar 16 de sus 130 presidentes. Diecinueve meses por cabeza es el promedio en la Silla de Pizarro. El papá de Keiko, Alberto Fujimori, fue el más durable de corrido, en los diez años y cuatro meses del fujimorato; aunque otro autócrata que tuvo dos periodos le ganó en la suma. Entonces hay harta probabilidad de perecer en el camino. Aun así, en estas elecciones hubo 35 aspirantes al cargo, un récord, aunque bastantes no buscan el poder, sino un trampolín, tiempo en los medios y la subvención correspondiente.

La historia nacional peruana está hecha golpe a golpe de Estado, en medio de turbulencias colosales. En el supuesto de que ganara Keiko —que es como todo el mundo le llama—, iba a ser el 15º inquilino de la Casa de Pizarro desde la huida de su padre en noviembre del 2000 y el 131º desde la independencia.

El pasado domingo, 7 de junio, 27,3 millones de electores —la tercera parte desertó, aun siendo el sufragio un deber, y un 4% votó «viciado», por torpeza, como forma de protesta o hasta por puro gamberrismo—, estuvieron convocados al balotaje presidencial, dos meses después de la primera vuelta. Debían escoger entre el menor de dos males. No es una boutade del autor, si se lleva en consideración que un 70% optó por otros candidatos en la primera votación. En resumidas cuentas, cuatro de cada cinco electores no deseaban en la jefatura del Estado a Keiko ni a Sánchez Palomino sino a otros postulantes de una mazamorra incluso con suri, lagarto, raya, piraña y otras extravagancias. La primera votación llegó al 17% (Keiko), con 28 aspirantes abajo del 5% y 22 con menos del 1%, como demostración de la carencia de partidos asentados y comprobación del far west que es la política peruana.

Tras casi siete días de exasperante conteo se ha logrado este domingo consolidar el 98,5% de las actas. Falta, pues, lo que son migajas en unas elecciones a lo largo del ancho mundo. En el Perú esa menudencia va a inclinar la balanza. Porque la igualdad es tan espectacular y persistentes que el viernes se medía en milésimas, el sábado en dos centésimas y al amanecer del domingo en una décima: 50,051% a favor de Keiko y 49,949% de su rival. La sociedad peruana está dividida en dos mitades simétricas, casi idénticas, como la mitosis de una célula madre, aunque el ADN de cada parte es diferente en el caso peruano, con una brecha socioeconómica notable entre quienes viven en Lima y ciertas zonas costeras y los habitantes de los Andes y la amazonia.

En estas elecciones Perú ha mostrado tres realidades tanto sociopolíticas como socioeconómicas. El Perú acomodado del área de Lima, con la tercera parte del censo electoral total, se decantó por Keiko por dos a uno, con picos sobre el 80% en los barrios de Miraflores, San Isidro o San Borja, más por asco anticomunista y anticaviar que por convicción fujimorista. En los Andes deprimidos, postergados y resentidos, el 80% se fue con Sánchez Palomino, al que ven como un semejante y un azote contra el «señor gobierno» de la lejana, egoísta y voraz Lima, con provincias en Puno donde traspasó el 90%.

En la consolidación del voto en el territorio peruano gana Sánchez Palomino por tres décimas o 60.000 votos. Cuando entra en juego el tercer Perú, la legión de expatriados, los que huyeron de la inequidad, la inseguridad y la informalidad en busca de una oportunidad, las cuentas favorecen a la hija del antiguo autócrata.

Los expatriados se han convertido en la pequeña pieza de pesar, de unos dos gramos, que va a inclinar el platillo de la balanza electoral. Son poco más de 1,2 millones de votantes, pero apenas la tercera parte concurrió. Quiere decir que la presidencia del Perú está siendo decidida en el último peldaño de la escalinata del palacio de Gobierno por el brío de unos 400.000 emigrantes. En todas las circunscripciones del exterior gana Keiko y en las principales por goleada: Estados Unidos, con el 77%; España, 60%; Argentina, 61%; Chile, 59%, y, con las justas, en Italia, 51%. 

Los peruanos de EEUU y España habían preferido significativamente en la primera vuelta al ultracatólico Rafael López Aliaga, identificado con Donald Trump, que perdió el pase al balotaje por la décima que le sacó Sánchez Palomino. Ese electorado conservador que se desarrolla, se acomoda, se aburguesa y hasta se desperuaniza en el extranjero se ha volcado obviamente con Keiko. El presidente norteamericano se abstuvo en Perú, a diferencia de lo que suele hacer —y con vehemencia— en el resto del continente, como en Colombia, a favor de la ultraderecha. Por otro lado, Keiko ha evitado alinearse con los Estados Unidos de Trump. En la economía peruana gravita sobre todo China y el interés na-cional está más bien volcado al área del Pacífico.

Hay otro factor imprevisible que influirá en el desenlace de la batalla en el último peldaño de la Casa de Pizarro: más de 1.500 actas impugnadas, que deben ser escudriñadas voto a voto, con fiereza, a cara de perro, con el cuchillo en la boca, por los personeros de Keiko y Sánchez Palomino y sus letrados. Este recuento va para largo, quizás durará un mes, con el tiempo justo para que el 28 de julio asuma el nuevo mandatario.

Es cierto que en 2016 y 2021 Keiko Fujimori fue doblegada en esa misma escalera por un marginal 0,25%, la última vez frente al intruso Pedro Castillo, el tosco maestro de escuela rural del sombrero que ahora luce en su cabeza Sánchez Palomino, al frente de una ensaladilla de formaciones de izquierda moderada y radical, antifujimorista, tanto por aversión a su padre como a ella, su heredera, y jefa de Fuerza Popular, partido construido a su medida que detenta por tercera legislatura consecutiva la primera minoría parlamentaria. Si se uniera al segundo bloque parlamentario, el del empresario ultraderechista de López Aliaga, podría garantizar una gobernabilidad de la que Perú carece desde hace muchos años, pero también convertir en un infierno la vida del psicólogo y exministro Sánchez Palomino si se sentara en la Silla de Pizarro. √

franciscorfigueroa@gmail.com 

Perú en el cepo

Francisco R. Figueroa

[10 junio 2026]

Perú cambia poco. Las segundas vueltas electorales son de photo finish, fotograma a fotograma. El balotaje presidencial del pasado domingo, con el conteo al 97%, arroja una división en dos mitades que no son exactas por un pelo. Una décima porcentual separa a los dos candidatos. El 3% de las actas que restan por contabilizar seguramente no agrandarán significativamente esa exigua diferencia, sino lo contrario. El escrutinio va para largo debido a las numerosas impugnaciones de actas y a triquiñuelas propias de picapleitos mañosos. Tinterillos les dicen por allá.

En 2021 la presidencia cayó por las justas hacía el intruso e inesperado Pedro Castillo, por una menudencia de 0,25% de los votos frente a la perseverante candidata Keiko Fujimori, en gateras desde 2011. Keiko había perdido por esa misma mínima diferencia en 2016. En su primer asalto al poder también llegó al balotaje, para ser derrotada por casi un 3%. En todas las ocasiones el antifujimorismo la lastró. Antifujimorismo por la aversión a su padre, el difunto autócrata Alberto Fujimori, pero últimamente antifujimorismo debido a las componendas y tejemanejes de su formación, Fuerza Popular, la primera minoría en el Congreso, durante las dos últimas legislaturas; así como por la suposición de que una vez en la Silla de Pizarro trate de eternizarse. 

Castillo, un maestro de escuela rural indocto con dificultades para hilvanar una oración coherente, salió rana. A los diecisiete meses corría con su aparatoso sombrero y sus torpezas a la embajada de México en busca de asilo, tras haber montado un autogolpe tan desmañado como grotesco. Le echaron el guante sus propios guardaespaldas. Actualmente cumple condena de once años por conspiración para la rebelión.

Cinco años y cinco presidentes después el testarudo electorado peruano la ha vuelto a liar. En esta ocasión el sombrero lo lleva Roberto Sánchez Palomino (57), un psicólogo de izquierdas, con un currículo político ni rutilante ni copioso, aunque aparentemente con mejor cabeza que Castillo. Por lo menos fue ministro del Gobierno. Obtuvo el derecho a disputar la segunda vuelta con un birrioso 12% de los votos entre 35 candidatos de lo más pintoresco. Su rival, Keiko (51), populista y conservadora, tampoco relumbró demasiado: un 17% del voto le otorgó la deslucida escarapela de vencedora. Ella, la candidata perenne, es siempre la misma: iguales propuestas derrotadas tres veces sucesivas, idéntico estilo y el mismo rostro ajustado al disco rojo emblemático de la bandera de Japón, origen de sus genes paternos (Fujimori) y maternos (Higuchi). Junto con una moral a prueba de derrotas y esta vez libre finalmente de la presencia paterna.

Sánchez Palomino no es andino. Es costeño, pero cobrizo, cholo en fin, de origen humilde, lustrabotas de niño —como el encarcelado expresidente Alejandro Toledo—, viandero ambulante de adolescente y luego seminarista, aunque desertó. En la primera vuelta logró el pase al balotaje por una décima porcentual precisamente sobre el empresario ultracatólico Rafael López Aliaga, un numerario del Opus Dei de cilicio en el muslo y comunión diaria. Él había andado a las vueltas con la Teología de la Liberación, que tan arduamente combatía el papa Juan Pablo II, gran valedor del Opus.

Con el recuento al 97%, Sánchez Palomino aventaja por un 0,15% a Fujimori, favorecido por el voto rural. En el área de Lima y Callao, que concentran la tercera parte (34,8%) del electorado, así como en las regiones costeñas, la hija del antiguo autócrata recibió prácticamente dos de cada tres votos. Pero los andinos de Apurímac, Ayacucho, Cusco, Huancavelica o Puno se echaron en un 80% en brazos de Sánchez Palomino.

Falta por contabilizar el 1,2% de las actas en el territorio nacional, donde Sánchez Palomino lleva 70.000 votos más que Keiko. El voto de la emigración (hay censados en el exterior más de 1,2 millones de electores o un 4,4% del total) es mayormente derechista y favorece por dos a uno a Keiko. En Estados Unidos, por ejemplo, donde se concentra la tercera parte de la emigración peruana, ella recibió cuatro de cada cinco votos.

A las primeras de cambio pareció que Keiko iba a ganar en su cuarto in-tento, favorecida por el voto limeño y costeño, pero en cuanto comenza-ron a entrar en las cuentas los sufragios provincianos el hombre del sombrero pasó al frente y en la cárcel especial de Barbadillo su mentor Castillo saltó de júbilo acariciando el prometido indulto. 

Keiko carga en parte las culpas de su progenitor, quien, elegido como Mesías tres veces durante la última década del siglo XX, acabó hundiendo la patria en la infamia: un lodazal putrefacto dominado por una cleptocracia rampante y criminal. Keiko, como sus hermanos, cursó estudios superiores en Estados Unidos, costeados con dinero mal habido y se cultivó para la vida pública entre las malas artes de su progenitor en contubernio con el abominable valido Vladimiro Montesinos, el tío Vladi para ellaEn sus tres derrotas pasadas la sombra alargada del tándem siniestro le perjudicó. Pesaron más en el recuerdo las tropelías durante el fujimorato que la derrota del terrorismo. Papá Fujimori lleva casi dos años en la tumba.

Sánchez Palomino no porta una herencia pesada. Sí sufre el odio nacional a los terroristas maoístas y castristas que tanto dolor causaron en el pasado, el rencor a la progresía producto del sunami trumpista y la des-confianza en unas izquierdas nacionales cainitas que a lo largo de la historia patria dejaron más ruido que nueces. Se beneficia de los rencores históricos de la población andina a la Lima distante, desdeñosa, incumplidora y centralista. Se dice de la izquierda democrática, carga contra los mercados y el capitalismo, aunque ha moderado el discurso; amenaza la larga estabilidad económica, producto de una atinada política monetaria que emana del Banco Central (no del ajetreado Palacio de Gobierno), y, como tantos otros salvapatrias latinoamericanos, propone la manida constituyente como solución a los problemas nacionales.

Lo de imponer a cada poco una Constitución es un mal hábito que viene de Simón Bolívar, cuyas diversas cartas magnas no fueron más que fuentes de conflictos, en Venezuela, en Colombia y hasta en el Perú, que abolió la que el otorgó el Libertador en cuanto embarcó de urgencia a tratar de apuntalar su prontamente descuadernada Gran Colombia. Doscientos años y doscientas constituciones después, América Latina sigue en aprietos. √