Mostrando entradas con la etiqueta centroamérica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta centroamérica. Mostrar todas las entradas

Nicaragua: Somoza reencarnado

Francisco R. Figueroa / 8 noviembre 2011
 
Los integrantes del comando que en septiembre 1980 liquidó a Anastasio Somoza en una calle de Asunción no podían imaginar que años después su víctima, último miembro del clan que mantuvo subyugada a Nicaragua durante 43 años, se reencarnaría en uno de sus más acérrimos enemigos y entre los posibles urdidores de aquel atentado.
 
Cada vez son más los que ven como un remedo de Somoza y como un «dictador sin principios» al viejo comandante sandinista Daniel Ortega, de 65 años, quien el domingo pasado fue reelegido presidente de Nicaragua por un pueblo dominado por la pobreza y la superstición al que se ganó repartiendo títulos de propiedad, víveres y hasta cerdas preñadas, una generosidad costeada con los abultados donaciones del caudillo venezolano, Hugo Chávez, y el tesoro público nacional nicaragüense, que usa a discreción.
 
Las elecciones presidenciales en Nicaragua han dado a Ortega dos tercios de todos los votos y el doble de diputados que sus opositores. Esos comicios han representado, además, un plebiscito encubierto sobre Daniel Ortega y su poderosa esposa, Rosario Murillo, y el referendo de todas las artimañas legales de los jueces felones que prevaricaron para driblar el doble impedimento constitucional que incapacitaba al gobernante para aspirar a la reelección. Su candidatura ha sido tachada por sus adversarios de «ilegítima, ilegal e inconstitucional», sin resultados por la subordinación total de las instituciones nicaragüenses al matrimonio presidencial.

El proceso electoral nicaragüense estuvo plegado de denuncias de irregularidades y, según Transparencia Internacional, no ha sido «ni justo ni honesto ni creíble». Por el contrario, presenta «indicios de fraude», según cita de la BBC. Los resultados, agrega, fueron manipulados para permitirle a Ortega gobernar sin oposición y poder reformar la Constitución a su antojo para eternizarse el poder.
 
Dentro del esquema de corrupción y clientelismo montado por Ortega, el Consejo Supremo Electoral está evidentemente en sus manos. La Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea (UE) aseguran que sus observadoras tuvieron problemas para hacer su labor durante la jornada electoral y que detectaron «trabas y mañas». Otros organismos denunciaron que en la cuarta parte de los colegios electorales no hubo fiscales de la oposición.

La frágil democracia nicaragüense ha quedado herida de muerte en el país más pobre de América junto con Haití. Los resultados de las elecciones no han sido aceptados por el principal candidato de oposición, Fabio Gadea, porque, según alega, ese cómputo no refleja la voluntad del pueblo sino la de Ortega.

Enterrados en el tiempo quedaron los ideales que animaron la revolución sandinista y la guerra civil que acabó en 1979 con la dictadura somocista. El antiguo guerrillero continúa exhibiendo la bandera de la revolución. Pero están totalmente desteñidas y hechas jirones. Su discurso es confuso, con una fuerte tono religioso. Ataca retóricamente a Estados Unidos y el imperialismo, y deja hacer a los empresarios con la condición de que no se metan en política. De los viejos tiempos a su lado apenas quedan oportunistas. Sus antiguos aliados hace tiempo que le abandonaron. Hoy su principal soporte es Rosario Murillo, su ambiciosa esposa y maquinista del aparato mediático.

Como señala el escritor Sergio Ramírez, quien fue vicepresidente de Nicaragua en tándem con Ortega de 1984 a 1990, el reelegido jefe del Estado no cree en la democracia representativa y ve las elecciones como un mal necesario. Tiene un proyecto de poder a largo plazo, para lo que trata de poseer cada vez mayor poder económico, un control más efectivo sobre las fuerzas de seguridad y más medios de comunicación. Lo que viene en Nicaragua es menos tolerancia con la oposición y menos democracia.
 
franciscorfigueroa@gmail.com



Ni Zelaya ni Micheletti

La crisis en Honduras parece rumbo a su única salida, bajo la batuta de Estados Unidos, que pasa por la celebración de unas elecciones generales potables el 29 noviembre prescindiendo de los dos escollos que ahora hay: Manuel Zelaya y Roberto Micheletti. El problema será convencer al derrocado gobernante y a sus aliados, entre los cuales destacan Hugo Chávez, el mecenas, y Luiz Inácio Lula da Silva, su anfitrión.

Se trata de contentar a tirios y troyanos, dentro de la Constitución, preservando las instituciones democráticas y el Estado de derecho puesto que lo importante no son los intereses particulares de los dos pretendidos presidentes. Debe renunciar el «presidente interino» Micheletti a cambio de una canonjía, a lo mejore una curul vitalicia en el Congreso que lo haga intocable. Micheletti no debe oponerse. El «presidente derrocado» Zelaya sería restituido, pero temporalmente y con la alas recortadas. No sería juzgado por las violaciones a la Constitución que desembocaron hace tres meses en su derrocamiento y deportación. Tendría que renunciar para dar paso a un Gobierno de concertación que administraría el país hasta el traspaso del poder a quien resulte elegido presidente en las elecciones del 29 de noviembre. Todos los implicados serían beneficiados por una amnistía y recibirían alguna forma de compensación. Se ha hablado de asegurar el acuerdo con «cascos azules» de la ONU, pero resulta difícil esta operación con tan poco tiempo por delante.

Quedan importantes cabos sueltos con nombres y apellidos. Primero está el propio Zelaya, un personaje que últimamente desvaría en su campamento en la embajada de Brasil en Tegucigalpa. Está empecinamiento en ser presidente hasta el último día de su mandato. Tampoco está claro cómo podrá ser controlado Zelaya una vez repuesto en el poder y, obviamente, no hay garantías de que se deje. Ahí entrarían los cascos azules. Habría que convencer primero a sus amigos y consejeros para que lo convenzan de que no hay otra salida. El brasileño Lula da Silva pude ser fundamental en este punto. Después aparece el megalómano Chávez que, sirviéndose de sus aliados, puede entorpecer ese plan tanto por venir de Estados Unidos y la derecha empresarial hondureña como porque volatiza lo que ya él consideraba un satélite de su imperiete, su segunda pica en Centroamérica después de Nicaragua, a la espera de que pueda caer El Salvador del Frente Farabundo Martí en el redil bolivariano. Pero Chávez puede abandonar a un Zelaya sin futuro si ve que tiene —como parece— posibilidades de ganar las elecciones presidenciales el candidato de izquierda Carlos Reyes.

En los últimos días surgieron bastantes señales sobre ese proyecto de acuerdo dentro y fuera de Honduras, mientras la Organización de Estados Americanos (OEA) daba muestras de enflaquecimiento en su apoyo a Zelaya. En concreto en Estados Unidos, la ONU, las Fuerzas Armadas y los empresarios hondureños, y el propio Micheletti. Pero Zelaya ya ha manifestado públicamente su posición entre el bosque de declaraciones que hace a diario desde su refugio en la embajada brasileña en Tegucigalpa: «Ellos proponen otro golpe de Estado; sacar a Micheletti y poner otro presidente. Eso no es aceptable por un demócrata como yo», ha dicho. Él quiere si silla de vuelta, sin condiciones, de modo que sigue llamando a la insurrección.

En la OEA, Estados Unidos, Canadá, Bahamas, Costa Rica, Panamá, México y Perú no se muestra dispuestos a apoyar una resolución que condene los resultados de las elecciones sin Zelaya. Está claro que Zelaya no tiene el respaldo de Estados Unidos. De hecho solo lo tuvo en apariencia. «Washington no está inclinado hacia Zelaya; simplemente apoya la democracia, que es el pilar de nuestra política exterior», ha precisado el embajador en Honduras Hugo Llorens. Por su parte, el embajador en al OEA, Lewis Anselem, no disparataba cuando, el lunes pasado, calificó de «irresponsable e idiota» el retorno clandestino de Zelaya a Honduras y, sin nombra a Venezuela o Brasil, echaba la responsabilidad de la violencia presente y futura a quienes facilitaron el regreso. Al mismo tiempo se refería a Zelaya como la estrella de un disparatado viejo filme de Woody Allen, posiblemente «Bananas».

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

El Salvador, victoria histórica e incertidumbres

Tras la victoria electoral histórica de la antigua guerrilla del FMLN (Frente Farabundo Martín para la Liberación Nacional) y el tándem integrado por el periodista Mauricio Funes como presidente y el viejo comandante Salvador Sánchez Caén como vicepresidente, la ecuación salvadoreña, como siempre, vuelve a pasar por Washington y La Habana. Pero hay dos variables: Caracas y Brasilia, cuyo cada día mayor peso pueden inclinar el fiel de la balanza. ¿Qué FMLN ha ganado las elecciones? ¿Se convertirá El Salvador en otro peón de los hermanos Castro y Hugo Chávez? ¿Funes tiene un peso gravitante moderado o será un pelele de los viejos saurios guerrilleros? Éstas y otras preguntas se hacen los analistas a cuatro días de las elecciones y a casi tres meses y medio de que Funes y el FMLN asuman el poder.

Por un lado, a El Salvador se le hace necesario tener un marco estable de relaciones con Washington. Y más en estos tiempos de crisis global. Es altamente dependiente de Estados Unidos, por ser una economía dolarizada y porque alrededor de 2,3 millones de salvadoreños –el equivalente a una tercera parte de la población nacional– viven en Estados Unidos. Sus envíos de remesas en el 2008 alcanzaron cerca de 4.000 millones de dólares, algo como el 17% de su PIB. La previsión para este año es que habrá una severísima caída de las remesas y que El Salvador vivirá un duro periodo de ajuste, con escasa capacidad de maniobra para Funes, quien posiblemente tenga que acudir al endeudamiento externo, una perspectiva negativa para su país.

Estados Unidos ha mostrado que no desea sumar en América Latina nuevos errores a los cometidos en los ochos años de George Bush en la presidencia, lo que demuestra una vez más el cambio en el enfoque que ha llegado a la Casa Blanca con Barack Obama. Durante la campaña electoral Obama declaró que la política de Bush en las Américas fue «negligente hacia nuestros amigos, ineficaz con nuestros adversarios» y que creó «un vacío para demagogos que avanzan hacia una agenda antiamericana», en alusión implícita a la expansión del chavismo por el continente.

La cuestión es más significativa en un país como El Salvador cuyos gobiernos de derecha y ultraderecha actuaron al dictado de Estados Unidos, de manera complaciente, y fueron su aliado más íntimo en la región no sólo en estos últimos 20 años de gobiernos de la ARENA (Alianza Republicana Nacionalista) –la misma del mayor Roberto D’Aubuisson acusado de los escuadrones de la muerte y el asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero– sino también los anteriores.

Obama tomó la iniciativa de llamar a presidente electo salvadoreño para felicitarle por el triunfo y ofrecerle su colaboración. Pero antes lo había hecho el venezolano Hugo Chávez. Además, el Secretario de Estado Adjunto para los Asuntos Hemisféricos, Thomas Shannon, de paso por San Salvador, se reunión con Funes, cabeza pública de una organización como el FMLN que desde su fundación en 1980 como guerrilla castrista, auspiciada por La Habana, tuvo a Washington como principal enemigo, durante una guerra civil de doce años, hasta los acuerdos de paz sellados en el castillo de Chapultepec de 1992, que dejó más de 75.000 muertos.

Funes –que tomará posesión el primero de junio próximo con un mandato de cinco año– ha anunciado al calor de su victoria el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, rotas desde la primera hora del castrismo en 1959. Pero el hecho de que haya escogido Brasilia como primer destino de su primera salida como presidente electo -aparte de que su mujer sea brasileña- muestra que posiblemente vaya a ser un gobernante en sintonía con un izquierdista moderado y pragmático como es el presiente Luiz Inácio Lula da Silva antes que con un exaltado impredecible como Chávez, quien también ha financiado la llegada al poder del FMLN salvadoreño. Lula da Silva le acaba de pedir a Obama durante su reciente encuentro en Washington —el primero de un líder latinoamericano— una nueva visión estadounidense para el sur del continente basada en la asociación que no en la injerencia.

La cuestión importante sobre el rumbo que tomará el gobierno de Funes está en quien se lleve el gato al agua dentro del FMLN, si una facción moderada, socialista o socialdemócrata, o los extremistas de inspiración y mediatización chavista y castrista. Por su discurso, Funes parece un moderado, pero otra cosa son el vicepresidente Sánchez Cerén, un histórico de la viaja guerrilla —fue él quien, al parecer, lideró las manifestaciones antiyanquis y a favor de los radicales islámicos habidas en San Salvador tras los salvajes atentados del 11 de septiembre—, o José Luis Merino, uno de los principales líderes del FMLN, aparentemente relacionado con las FARC colombianas, quien dijo en algún momento que la Venezuela chavista era su modelo.

Chávez también se apresuró –parece que fue el primer mandatario extranjero en llamar a Funes– en tender «la mano bolivariana solidaria» al nuevo gobierno salvadoreño. Como padrino del FMLN, Chávez fue uno de los grandes protagonistas de la campaña presidencial, con lo que alegadamente pretendía convertir a El Salvador en un satélite de ese sin sentido que es la revolución chavista. Claro que ahora la chequera de petrodólares del coronel Chávez se ha quedado delgadita con la drástica caída del precio del petróleo y parece que hay dificultades para financiar su proyecto político incluso a nivel interno.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com