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La resurrección de Anastasio Somoza

6 Noviembre 2013

Daniel Ortega se afianza como el supremo de Nicaragua, como un remedo magnífico de Anastasio Somoza, último miembro del clan que mantuvo subyugada a Nicaragua por 43 años.
El mandatario acaba de someter por sorpresa a la Asamblea Nacional, que él controla y maneja, un plan de reforma en profundidad de la Constitución, de modo que podrá perpetuarse en el cargo y robustecer su poder, que ya es omnímodo.

Unos objetivos de dominación de una nación aún pobre y supersticiosa camuflados bajo la consigna grandilocuente de establecer en la Carta Magna un «modelo de democracia directa» inspirado en «valores cristianos, ideales socialistas y prácticas solidarias». Amén.
Hace poco más de dos años, Ortega logró que una Corte Suprema sumisa y felona sentenciara que el doble impedimento constitucional de reelección presidencial existente no le era aplicable él.

De ese modo fullero pudo presentarse a los comicios de noviembre de 2011 y ganarlos holgadamente, aunque de manera también tramposa, según distintos observadores.
Son cada vez más lo que ven como un «dictador sin principios» al viejo comandante sandinista Daniel Ortega, que el próximo día once cumplirá 68 años de edad.

El mandatario no cree en la democracia representativa y para él las elecciones son un mal necesario, según el escritor Sergio Ramírez, que fue vicepresidente de Nicaragua en tándem con Ortega de 1984 a 1990.

Ortega tiene un proyecto de largo plazo: lo que la edad le permita y a lo mejor está pesando en herederos (sus dos grandes referentes: Fidel Castro y Hugo Chávez, designaron a sus sucesores). Para eso que trata de poseer cada vez mayor poder económico, un control más efectivo sobre las fuerzas de seguridad y más medios de comunicación. En pos de ello reforma ahora la ley fundamental nicaragüense.

Maneja el cotarro con su mujer, la «prestante» Rosario Murillo. Con un populismo descarado se ganan el favor de la gente fomentando el clientelismo, la ignorancia y la superchería religiosa gracias sobre todo a las inyecciones de dinero y petróleo de la Venezuela chavista. Y al tesoro público nacional nicaragüense, que usan a discreción.
En el matrimonio presidencial nicaragüense tanto monta, monta tanto, Daniel como Rosario. Aunque a ella nadie la ha elegido.
Las instituciones nicaragüenses está subordinadas al matrimonio presidencial, que hace y deshace allí a su antojo. No hay separación efectiva de poderes ni contrapesos reales. La democracia es allí papel mojado.
Los últimas comicios presidenciales dieron a Ortega dos tercios de los votos y el doble de diputados que sus rivales. Casi el 70% de la Asamblea Nacional es de su cuerda. La reforma constitucional está, pues, chupada. Puro trámite.
Sepultados en el tiempo quedaron los ideales de libertad y redención del pueblo históricamente oprimido que animaron la revolución sandinista y la guerra civil, que acabó en 1979 con la dictadura somocista.
El antiguo guerrillero Ortega sigue haciendo flamear la bandera de la revolución, pero luce desteñida y hecha jirones. Su discurso es muy confuso, con una fuerte tono religioso. De los viejos tiempos de la romántica «guerra de liberación» sólo quedan a su lado un puñado de oportunistas.
Nicaragua sigue siendo la nación más pobre y atrasada de América, tras Haití. Más o menos como era antes del triunfo de la Revolución Sandinista. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si el progreso fuera de otras latitudes. Como si la nación nicaragüense fuera víctima de una maldición eterna.
En tanto, Ortega —que nada tenía en 1979— y su mujer llevan una vida opulenta y han amasado una fortuna equiparable a la de los Somoza, según publicó el diario mexicano El Universal.
Tienen montado un tinglado de considerables proporciones y largos tentáculos en la agropecuaria, el turismo y los medios d comunicación, entre otros. Se aprovechan sin control de los bienes del Estado y de la cooperación internacional, fundamentalmente de la generosidad venezolana.
Y todo en nombre de los pobres.
Seis años después de la segunda instalación en la presidencia de Ortega y a los treinta y cuatro de la caída de la dictadura somocista, cerca de la mitad de los nicaragüenses (el 43%) subsiste con menos de dos dólares diarios y un tercio del país vive de las remesas. El país crece, pero la riqueza apenas se reparte.
La informalidad representa el 74% de la economía y el subempleo afecta al 45% de las personas en edad de trabajar.
La Nicaragua del clan Ortega-Murillo registra resultados sociales raquíticos, pese a la propaganda oficial.
La mejora que hay en los niveles de bienestar se debe posiblemente más que a las dádivas clientelares del gobierno a las remesas de los emigrantes, que alcanzan mil millones de dólares y representan el 10% del productor interior bruto (PIB).
La reforma constitucional emprendida por Ortega beneficia a la Iglesia católica, con cuyo máximo líder en Nicaragua, el cardenal Miguel Obando y Bravo, el gobernante está en perfecta armonía.
También favorece a los empresarios, a los que Ortega mima a cambio de que no se metan en política.

En un país paupérrimo, paradójicamente se multiplican los multimillonarios, hasta el punto de que registra el doble de personas con patrimonios superiores a treinta millones de dólares que Costa Rica o Uruguay, naciones con una economía cinco veces mayor.
Si en un gesto propio del filme «Mission: Impossible» Ortega se arrancara una careta mostraría seguramente el semblante del antiguo dictador nicaragüense que en septiembre de 1980 fue ultimado de un bazucazo en una calle de Asunción del Paraguay, en un atentado de un comando de extrema izquierda urdido en la Nicaragua sandinista que él mismo dirigía.

Como aseguraba en uno de sus impagables artículos el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte, hay revoluciones triunfantes que se convirtieron «en patéticos número de circo, en rapiñas infames a cargo de antiguos héroes, reales o supuestos, que pronto demostraron ser tan sinvergüenzas como el enemigo, el dictador, el canalla que los había precedido en el palacio presidencial». Pues eso mismo.

Más Correa

Francisco R. Figueroa / 25 mayo 2011

Rafael Correa, de 50 años y en el poder desde enero de 2007, acaba de iniciar un nuevo período presidencial cuatrienal con la intención confesada de mejorar las condiciones de vida de los ecuatorianos y el compromiso de no buscar otra reelección.

El viernes 24 de mayo Correa asumió con el 58 % del voto del electorado, la conformidad del 86 % de los ecuatorianos, la lealtad del 75 % de la Asamblea Nacional y una economía con buena salud.

Se equivocan quienes consideran a Rafael Correa la alternativa al fallecido Hugo Chávez como motor de los movimientos «revolucionarios» latinoamericanos. Cuando se le pregunta por ello, el mandatario ecuatoriano se deja querer y practica el arte de la ambigüedad. Pero ni quiere ni puede.

El líder ecuatoriano tiene el verbo encendido y es populista, como era el teniente coronel Chávez. Sin embargo, carece de la cuantiosa fortuna y la mentalidad quimérica, atrevida y despilfarradora a tiempo completo que tenía el caudillo venezolano.

Por supuesto, nada tiene que ver Correa con el desatinado e incoherente sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, que parece llamado a acabar de agotar a su desmejorado país, que está hundido tras catorce años de pirotecnias, malabarismos y fantochadas revolucionarias bolivarianas.

De todos los líderes sudamericanos considerados «progresistas», Correa es el único sensato y capaz. Es un pragmático realista con los pies en el suelo. No improvisa; planifica. Cumple lo que promete y es predecible. Rinde cuentas al pueblo, que le reconoce la transparencia. Se mueve con calculado riesgo y apenas le queda ejercitar la izquierda y tender la mano en su delicado duelo con los medios de comunicación. Además, le ha dado a su país una estabilidad institucional sin precedentes.

La prioridad de Correa es claramente el desarrollo y la consolidación de su programa interno. Más allá de su discurso, no tiene un proyecto de liderazgo regional y mucho menos de apoyar y sostener —aparte de con declaraciones— a una dictadura agónica como la de los hermanos Castro en Cuba o a un régimen nefando como el del matrimonio Ortega en Nicaragua. Por otro lado, Correa sabe de la imposibilidad de disputar ese liderazgo regional a un país poderoso y enormemente influyente como Brasil.

Correa es un nacionalistas que practica el desarrollismo con fuerte intervención del Estado. Mientras Chávez hundía Venezuela, Ecuador crecía. En los últimos seis años las políticas socialistas —la llamada «Revolución Ciudadana»— de Correa han producido un crecimiento anual superior al 4 % en promedio mientras que la inversión pública superaba los once mil millones de dólares. Estamos hablando de un país que roza apenas quince millones de habitantes. La pobreza se redujo diez puntos porcentuales (al 26 %) y la miseria en seis puntos (al 11 %). «El ser humano ha sido puesto por encima del capital», afirma él.

Usa convenientemente los recursos de Ecuador en pos del crecimiento sostenido, la diversificación de la economía más allá del petróleo, el desarrollo, la ampliación de las infraestructuras, los avances en salud, educación y servicios básicos, la universalización de los derechos ciudadanos, la modernización de Ecuador y la reducción de la brecha social.

El que haya confesado que no tiene planes de eternizarse en el poder dice también a su favor. Aunque mantenga convenientemente su discurso antiimperialista, Correa debiera marcar el espacio respecto a ciertas «amistades peligrosas» y procurar no ser confundido con algunos gobernantes latinoamericanos marcados por serias sospechas de corrupción y ubicados cerca del despeñadero. 

Un gobernante maduro en sentido estricto, sin maquillajes ni rellenos faciales, equilibrado en la mitad del mundo, con un discurso moderno, de futuro, lejos de las retóricas trasnochadas propias de tiempos de guerras frías y junto, pero no revuelto, con otros líderes «progresistas» latinoamericanos que parecen abocados a un fracaso sonoro.

franciscorfigueroa@gmail.com

La integración latinoamericana tiene otro retoño

Francisco R. Figueroa / 5 diciembre 2011

Los 33 gobernantes latinoamericanos han alumbrado, en un cuartel de Caracas, una nueva unión continental caracterizada por la exclusión de los dos faroles de libertad más brillantes de América, como son Estados Unidos y Canadá, y la inclusión de la turbia dictadura comunista cubana.

Sin rubor, el general Raúl Castro, presente en la cumbre de Caracas, firmó una cláusula, redactada con muchos equilibrios y harta retórica, que proclama la democracia y las libertades fundamentales como sistema político de convivencia en los estados miembros de la nueva entidad de integración, así como el cumplimiento efectivo de los derechos humanos y las libertades de opinión y expresión en cada uno de ellos. Todos los demás mandatarios, en una muestra de fariseísmo, suscribieron también dicho precepto a sabiendas de que Cuba es una dictadura y lo seguirá siendo mientras continúe al arbitrio de los decrépitos hermanos Castro.

Pero se impuso la prudencia y la sensatez de naciones como Chile, Colombia, México o Costa Rica, y también las oscuras conveniencias de Brasil, al no considerar a la naciente Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) como un recambio sin EE.UU. ni Canadá a la Organización de Estados Americanos (OEA). No se le ha dado a la neonata Celac ninguna estructura operativa o arquitectura institucional como pretendía el bloque castro-chavista.

El coronel Hugo Chávez había puesto en vísperas de la cumbre mucho énfasis en que la Celac debe sustituir a la OEA, al proclamar que el «viejo y desgastada» organismo hemisférico está «manipulado» y «dominado» por Washington, punto de vista compartido por Cuba ―que fue expulsado de ese organismo hemisférico en 1962―, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Todas esas naciones también tienen una mala opinión de la Cumbre Iberoamericana, en la que se sienten incómodos al lado de España y Portugal, las antiguas potencias coloniales.

Chávez usó el inminente nacimiento de la Celac para calentar el ambiente: sobredimensionó la nueva entidad; se sirvió de ella como argumento de su acalorada retórica y en su delirio antiimperialista; la usó dentro de la campaña para la reelección en la que ya anda metido con un año de anticipación a las próximas elecciones presidenciales; y hasta para mostrar que está curado del cáncer o tratar de enderezar su alicaída imagen internacional.

Sin embargo, durante la cumbre, con la oposición de la mayoría y las tres naciones más grandes: Brasil, México y Argentina a darle un tiro de gracia a la OEA, solo se pronunció claramente el ecuatoriano Rafael Correa. Arguyó que la OEA «ha sido históricamente capturada por los intereses y visiones norteamericanas». Brasil sacó a un funcionario menor a decir que «la Celac no juega en contra de la OEA». México se desmarcó por medio de su canciller, Patricia Espinoza, diciendo que «la Celac no será una entidad sustitutiva ni excluyente» respecto a la OEA. Por el lado de Colombia, el propio presidente, Juan Manuel Santos, manifestó que la nueva entidad integracionista no está en contra de nadie. «Esto no es contra la OEA, no es contra la Cumbre Iberoamericana. No», dijo para que a nadie le queden dudas. Incluso las presidentas de Brasil, Dilma Rousseff, y Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, se habían marchado de Caracas antes de la jornada de clausura del sábado en la que fue lanzada la Celac. Y Chile dijo que la Celac será apenas un foro, no una organización, sin siquiera un secretario general. Cachetada tras cachetada en la mejilla del impulsivo caudillo venezolano.

Los «gritos de orden» a favor de la unidad latinoamericanos no consiguieron ocultar las evidentes contradicciones internas. Ni México, Chile, Colombia o Costa Rica, por ejemplo, quieren quedar enfrentados a Estados Unidos y mucho menos dejar de hablar con Washington. Tampoco Brasil o Argentina. Por otro lado, saben que Estados Unidos no es ahora la potencia imperial de antaño, aparte los enormes intereses económicos en juego. 

En Caracas se vio claramente la división latinoamericana en tres grupos diferenciados. En el extremo izquierdo los capitaneados por Chávez con Cuba, Ecuador, Nicaragua, Bolivia y la propia Venezuela, con los que coquetea la argentina Cristina Kirchner. En el extremo derecho, los conservadores con México, Colombia, Honduras, Panamá y la Guatemala con su nuevo gobierno conservador. Hay luego naciones neutras como El Salvador, Uruguay, Paraguay o Perú y varios diminutos estados caribeños que ponen buena cara a Chávez a cambio de petróleo barato. Y por último el todopoderoso Brasil jugando a lo suyo según sus propios intereses hegemónicos, ejerciendo con tiento de potencia, a veces arrojando la piedra y escociendo la mano, a veces azuzando a los progresistas, al perro ladrador Chávez, o haciendo de catalizador de toma de posiciones e iniciativa, como la propia Celac que es una criatura engendrada en Brasil en 2008 y alumbrada en Caracas el pasado fin de semana con cinco meses de retraso por el cáncer que le fue detectado al caudillo venezolano. Se pueden contar con los dedos de una mano las naciones dispuestas a seguir a Chávez en su aventura antiimperialista.

La cumbre del nacimiento de la Celac se celebró en Fuerte Tiuna, la principal instalación militar de Venezuela, lo que la oposición a Chávez atribuyó a que ese cuartel ese es el único lugar donde estaba garantiza la seguridad de los mandatarios en una ciudad terrorífica con uno de los mayores índices de inseguridad en el mundo que se traducen en unos 60 homicidios cada fin de semana. Hasta el porte de armas estuvo prohibido con ocasión de la cumbre. 

Una «cacelorada» de protesta contra Chávez fue ahogada con una traca de fuegos artificiales mientras hablaba Castro y unos cartelones dando a los gobernantes la bienvenida a «la ciudad del crimen» fueron retirados con asombrosa celeridad. Otros carteles demandaban que Cuba, Nicaragua y Bolivia devuelvan los dineros de las millonarias ayudas que les presta Chávez cifrada en 80.000 millones de dólares en sus doce años como presidente.

Habrá que esperar a ver si esta nueva entidad tiene vuelo propio o se convierte en un ingrediente más diluido en esa densa sopa de letras de la integración latinoamericano: Aladi, Alca, Alba, Mercosur, Unasur, Can, Aec, Caricom, Sica...

Honduras: el mundo se quita ese muerto

Con una celeridad asombrosa el mundo celebró aliviado el acuerdo que iba a poner fin a la endemoniada crisis hondureña, a los cuatro meses de la destitución y destierro del presidente Manuel Zelaya por violar la Constitución nacional para perpetuarse en el poder. La comunidad internacional estaba ansiosa de quitarse ese muerto de encima, de salir del monumental embrollo el que casi todo el mundo se metió a locas como si no hubiera más verdad que la predicada por el caudillo venezolano Hugo Chávez y Zelaya fuera un demócrata cabal víctima de unos militares felones. Pero Honduras sigue hoy día en la encrucijada, sin que esté resuelto el quid de la cuestión: que el hombre del eterno sombrero vuelva al poder, aunque sea como jefe de Estado descafeinado. «Si no me restituyen en la presidencia, el acuerdo habrá fracasado», grita desde su refugio en la embajada de Brasil en Tegucigalpa mientras sus partidarios siembran la confusión arguyendo que el acuerdo obliga a su restitución.

Zelaya puede haber sido víctima de un segundo golpe, éste de guante blanco, debilitado como en su incómoda madriguera diplomática, consciente de que el tiempo se termina para él, que solo le queda su pretendida legitimidad democrática, con el 75% de la opinión pública hondureña en su contra y sin una organización política potente detrás, y cada vez con menor atención mediática internacional. Parece que el destituido mandatario hondureño tiene en Estados Unidos un hijo, llamado Héctor, vulnerable a la justicia, circunstancia que aparentemente se le ha hecho ver en las negociaciones conducentes al acuerdo que ha llevado a cabo el enviado de Washington, el subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, Thomas Shannon. Aunque son más las especulaciones que las certezas.

En esas condiciones Zelaya concordó con una salida a todas luces desfavorable para él pues dejaba su retorno a la presidencia en manos del parlamento unicameral hondureño, sin fecha ni garantías porque en esa institución hasta la gran mayoría de su Partido Liberal le ha repudiado. Parece que apenas tiene el apoyo de 20 de los 128 congresistas hondureños. Por el momento, está desvirtuada la versión de que el opositor Partido Nacional votaría a favor de su rival Zelaya a cambio de que la comunidad internacional levantara el veto que había puesto a las elecciones del próximo día 29, en las que es posible la victoria de su candidato presidencial, Porfirio «Pepe» Lobo, el favorito en esos comicios. Lobo niega haber hecho un trato con Estados Unidos en ese sentido, pero parece claro que el destino de Zelaya está ahora en sus manos y el suyo propio también, pues si la situación se desboca nuevamente peligraría el reconocimiento internacional a las elecciones y, por tanto, a su muy posible llegada al poder.

De momento, la salida a la crisis hondureña hallada por las partes en conflicto sin la restitución automática e incondicional pretendida por Zelaya y, entre otros, Venezuela, Argentina, Brasil y España, cuyos gobernantes se mostraron tajantes en ese sentido, así como por la OEA, la ONU y la Unión Europea representa un fisco para todos ellos y es, por el contrario, es un triunfo para Estados Unidos y su presidente, Barack Obama, cuando se daba por muy menguada la influencia de Washington en América Latina. Pocos dudan de que la clave ha estado en que Estados Unidos se involucró directamente con la gestión y dio el empujó final a ese acuerdo que hoy baila en una cuerda floja poniendo en un serio brete al presidente interino Roberto Micheletti con duras amenazas que podían convertir a Honduras en una nación paria.

La comunidad internacional se apresuró a bendecir dicho acuerdo, a restablecer relaciones y levantar sanciones, después de haber puesto en serio riesgo las elecciones generales hondureñas del día 29 de noviembre en su afán por imponer la restitución en la presidencia de un político que se había ilegitimado al colocarse por sobre la Constitucional nacional en el afán de perpetuarse en el poder, en sintonía con Chávez. Por ello es objeto de 18 cargos.

Según el acuerdo alcanzado, la decisión sobre si Zelaya vuelve o no a la presidencia ha quedado en manos del Congreso Nacional, previo parecer de la Corte Suprema. Estados Unidos ha reconocido la dificultad de que Zelaya sea repuesto. Algunos analistas consideran improbable que la Corte Suprema y el Congreso Nacional se desdigan. Es conveniente recordar que tras la destitución de Zelaya y su expulsión de Honduras, Micheletti fue escogido como nuevo presidente de la República siguiendo las previsiones constitucionales. El Congreso Nacional estuvo conforme con su destitución, igual que la Corte Suprema, que, previamente a los hechos y a pedido del Ministerio Público, había aprobado por unanimidad esas 18 acusaciones contra Zelaya, entre otras cosas por «traición a la patria, abuso de autoridad y usurpación de funciones» por haber tratado de violentar la Constitución en sus afanes continuistas.

En el parlamento hondureño, tan solo un puñado de representantes es favorable a Zelaya. Parece, pues, poco probable que el hombre del sombrero parapetado tras los muros de la embajada de Brasil en Tegucigalpa logre traspasar tantos blindajes, salvo que se produzca una veloz compra de voluntades o haya –aunque todos los nieguen- gato encerrado en el acuerdo para que, tal vez después de las elecciones, vuelva a la presidencia y sea él quien a finales de enero próximo traspase el poder al presidente electo. Lo importante es que tanto la comunidad internacional como las partes en conflicto van a reconocer el resultado de las elecciones, que se celebraran con la presencia de observadores internacionales.

El acuerdo, de doce puntos, establece también la integración de un gobierno compartido de unidad para el 5 de noviembre, que ya está en marcha, el reconocimiento por las partes del resultado de las elecciones y la renuncia de Zelaya a, si volviera eventual y efímeramente al poder, a convocar una asamblea nacional constituyente o promover nuevamente la reelección presidencial, asuntos que desencadenaron el golpe y la crisis. Mediante al acuerdo las Fuerzas Armadas y la Policía han sido puestas bajo el mando del Tribunal Supremo Electoral, de cara a las elecciones generales. Todos los celebra, menos Zelaya.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Lula: el gendarme innecesario

Es increíble la metamorfosis de Luiz Inácio Lula da Silva: pobre de solemnidad, emigrante, chico de recados, operario metalúrgico, dirigente sindical por casualidad, líder del mayor sindicato brasileño, filotrotskista, diputado radical, político execrado, candidato presidencial rabioso, candidato presidencial atemperado, jefe de Estado pragmático y ahora gendarme, su más flamante rol asumido cuando le quedan quince meses para traspasar el poder .

Justo cuando el presidente Barack Obama decía en la ONU que Estados Unidos no puede por sí mismo resolver los problemas del mundo y pedía que cada país asuma la parte de las responsabilidades que le corresponde, Brasil adquiría su nuevo papel protagónico en América Latina por obra y gracia de Lula da Silva.

Desde la misma tribuna de la ONU que poco después ocuparía Obama, Lula da Silva reclamó con osadía más poder para Brasil en el gobierno del mundo, un puesto entre los más grandes en el Consejo de Seguridad y la inmediata restitución en la presidencia de Honduras de Manuel Zelaya, al tiempo que lanzaba una clara advertencia para que nadie toque su embajada en Tegucigalpa, donde el derrocado mandatario tiene refugio garantizado. «Brasil alborota el orden mundial», opinó el diario madrileño «El País».

Aquel niño miserable y analfabeto del sertón de Pernambuco, animado por tanta riqueza como Brasil atesora, con hidrocarburos a raudales y encargos de armas que dejan helados a los vecinos, se muestra dispuesto a llevar a cabo lo que no fueron capaces los 34 generales y prohombres que le precedieron en la presidencia: dar rienda suelta a los instintos imperialistas brasileños –por tantos años reprimidos– y ocupar la posición relevante mundial que cree le corresponde a su país en este tiempo venidero de imperios menores.

Con motivo de la crisis de Honduras, Brasil ha hecho trizas normas de actuación que antes mantenía como dogmas en las relaciones internacionales, entre ellos el principio de la no injerencia en asuntos internos de otras naciones. Es una voz activa, lindando al intervencionismo, en el intento de reponer en la presidencia al teatral Zelaya, a quien ha acogido en su embajada en Tegucigalpa tras su rocambolesco retorno ayudado sin duda por el venezolano Hugo Chávez.

La actuación de Lula da Silva en la crisis de Honduras levanta en Brasil acalorados debates sobre el protagonismo que el coloso suramericano está tomando en las grandes decisiones internacionales. «Podría haber señales de que la diplomacia brasileña ha comenzado a actuar dentro de un modelo que siempre ha condenado y que tiene como mejor ejemplo a la CIA», ha dicho el antiguo comunista Roberto Freire, líder del Partido Popular Socialista.

Es difícil creer que Chávez pasara a Lula da Silva esa papa caliente que es Zelaya después del golpe de efecto que supuso su retorno clandestino a Honduras, que seguramente llevó a efecto con la ayuda del servicio secreto cubano que siempre lo rodea. Resulta poco convincente la explicación brasileña de que Zelaya apareció súbitamente en su misión en Tegucigalpa, en la que ahora se atrinchera y parece que alucina, empecinado en que Roberto Micheletti le devuelvan la presidencia. Brasil ha sido puesto bajo sospecha de haber estado posiblemente al tanto de todo.

Sea como fuere, entre mentiras, verdades o mentiras y verdades a medias, Brasil se ha visto envuelto en una acción clandestina y ha quebrado su propia tradición al interferir abiertamente en los asuntos internos de otras naciones. En Honduras ha dado un primer paso tras actuaciones algo más comedidas, quizás a modo de ensayo, en Paraguay y Bolivia en años recientes.

El caudillo de Caracas ha reconocido que orquestó el retorno de Zelaya, que se hizo coincidir expresamente con el inicio de la Asamblea General de la ONU, cuando se iban a cumplir tres meses de la destitución del hondureño bajo acusaciones de tratar de moldear a su conveniencia la Constitución de acuerdo a sus ambiciones personales, alentado precisamente por Chávez para eternizarse en el poder. Ahora Chávez financia el movimiento zelayista.

Zelaya pretendía llevar a cabo una consulta popular que el Congreso y la Corte Suprema de Justicia consideraban ilegal. Dicha consulta se destinaba a abrir camino a un cambio en la Constitución que le permitiera aspirar a un segundo mandato. Pero la Carta Magna hondureña considera cláusula pétrea el mandato presidencial único y sólo fía su propia reforma a una poco posible mayoria parlamentaria de dos tercios.

De manera que había una franca amenaza para la frágil estabilidad institucional hondureña. Pero Zelaya no debía hacer sido sacado del poder y del país a punta de pistola dando argumentos a quienes se llenaron la boca hablando de la violación Carta Demócratica de la Organización de Estados Americanos (OEA) pero son incapaces de denunciar la demolición de la democracia en curso en Venezuela y los satélites del chavismo. Zelaya tenía que haber sido arrestado por la policía y sometido a proceso para llevar el asunto en el ámbito puramente interno de acuerdo a los procedimientos legales abiertos por la Fiscalía.

A lo largo y ancho del mundo se ha exigido la restitución de Zelaya en el poder, Estados Unidos entre ellos. Ahora, tras el retorno de Zelaya, Washington pide que se le restituya la presidencia «bajo condiciones apropiadas». La principal de ellas parece que va a ser que sigan adelante las elecciones presidenciales y legislativas previstas para el próximo 29 de noviembre y que deben recolocar al país en la senda constitucional y democrática. Los cuatro candidatos presidenciales hondureños lo han visto así y el mundo debe respaldarlos. La segunda condición sería mantener atado corto a Zelaya, sin capacidad de maniobra para imponer cualquier vía distinta a la electoral que marca la Constitución, y que quede agregado en buena hora a la nómina de ex mandatarios hondureños.

Esas soluciones suponen la mejor salida a la crisis después de tantas torpezas a cargo de la Organización de Estados Americanos (OEA) por el interés mezquino de su secretario general, el chileno José Miguel Insulza, para mantenerse en la poltrona, y los manejos expansionistas en los que está engolfado Chávez.

Técnicament Zelaya es un asilado diplomático, si no de derecho sí de hecho, desde el momento en que Brasil lo admitió en su legación en Tegucigalpa dodne lo alberga y protege. La tradición diplomática latinoamericana es clara sobre el asilo basado en la extraterrotorialidad que se atribuye a las misines diplomáticas. Siendo así por definición Zelaya no puede hacer dentro de la embajada declaraciones políticas ni mucho menos agitar. Lula da Silva habló de él como «asilado» aunque su canciller, Celso Amorim, preferio calificarle de «acogido», quizás en busca de un limbo legal o una tercera vía pues de acuerdo a la diplomacia clásica Brasil está ante las opciones de llevarse a Zeleya a Brasil como asilado, cosa que depende de que Micheletti le conceda el necesario salvoconducto, o entregarlo al gobierno de Honduras. Seguramene las partes se acabaran poniendo de acuerdo.

A Lula da Silva no le queda presidencia para ver convertido su país en el «impávido coloso» que proclama el himno nacional brasileño. Su sucesor saldrá de las elecciones que se celebran en octubre del 2010. Quien quiera que sea tendría que llevar adelante sus planes. Su preferida para dar continuidad a la gestión es Dilma Rousseff, una suerte de sargenta de hierro como jefa del gabinete ministerial brasileño y antigua guerrillera. Está por ver si los demás posibles candidatos se embarcan en el asunto, aunque tratándose de política externa se presume que la continuidad estaría garantizada. El socialdemócrata José Serra sería el Fernando Henrique Cardoso II, probablemente el mejor presidente que ha tenido Brasil, aunque menos osado que Lula da Silva. Ninguna de las disidentes del Partido de los Trabajadores (PT) y de Lula da Silva, Marina Silva y Eloisa Helena, tiene la menor oportunidad de convertirse en la primera presidenta de Brasil, salvo que ese país de temperamento voluble como es Brasil se entusiasme con una de ellas. Por último Ciro Gomes, también socialista, posiblemente vuelva a ser unas elecciones más el pez que muere por la boca.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

¡Arriba las armas!

Brasil se arma en Francia y Venezuela en Rusia. Aducen necesidades defensivas, pero hay una pugna soterrada entre ambas. Brasil se arma para afianzarse como sólida potencia en el hemisferio sur y América Latina, frente al nuevo liderazgo «peligroso» de Venezuela, aletargada la centenaria rivalidad con Argentina. También para sacar pecho entre las naciones más poderosas del mundo del inminente G-14 y acabar con la histórica hegemonía de Estados Unidos en América Latina.

Brasil no tiene enemigo a la vista mientras Venezuela señala a Estados Unidos y Colombia. Submarinos, cazabombarderos, helicópteros, tanques y misiles están en sus «carritos de la compra». Tanto el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, como su homólogo venezolano, Hugo Chávez, se proclaman socialistas y gobernantes identificados con las penurias del pueblo, pero no parece tener en cuenta la enorme cantidad de desigualdades y carencias que se corregirían y taparían con las decenas de miles de millones que han apostado a estos juegos de guerra.

En América solo Estados Unidos supera a Brasil en poder de fuego y en el Hemisferio Sur, apenas Australia. Chávez acaba de volver de Rusia embravecido, desafiante, gallito, cantando el «quiquiriquí, quien sea valiente que venga aquí». Ha comprado tanques y misiles, entre ellos los «Antey 2500», considerado el «Patriot» ruso, con alcance de 2.500 kilómetros, un radio que barre toda Colombia y el Caribe hasta Miami. «Que a nadie se le ocurra venir contra nosotros», advierte bravucón. La ecuación militar latinoamericana ha quedado hecha añicos y más tensiones en la región están servidas. El hecho de que ambos países incremente sus arsenales por sentirse amenazados es motivos de preocupación porque sobre el papel se maneja una hipótesis de conflicto.

Brasil está dispuesto a ejercer su propio liderazgo global, a emerger como potencia mundial jugando en las ligas mayores con la docena de naciones más poderosas del planeta. Décima potencia industrial del mundo y duodécima nación con mayor gasto militar del globo, Brasilia asegura que su estrategia es meradamente «disuasiva». Pretexta la necesidad de defender sus ingentes reservas submarinas de hidrocarburos en el presal del Océano Atlántico (80.000 millones de barriles de crudo) y la Amazonía inmensa poco guarnecida. «Un país que quiere proyectarse internacionalmente debe tener unas fuerzas ramadas coherentes», se dice desde el oficialista «lulismo»

Durante la gestión de Lula da Silva, iniciada en enero de 2003, el gasto militar brasileño ha aumentado un 50%. En 2008 fueron 23.000 millones de dólares –el 1,5% de su PIB–, según el Instituto de Investigación para la Paz Internacional de Estocolmo (SIPRI). Ahora va a emplear 14.000 millones de dólares solo en armamento francés, casi el doble de los 8.500 millones que fueron autorizados por el Congreso Nacional y más que todo el gasto militar conjunto de Venezuela y Colombia. Comprará cuatro submarinos convencionales «Scorpène» y uno nuclear, además de cincuenta helicópteros «EC-725», a construirse todo ello en Brasil, y también 36 cazabombarderos «Rafale», de Dassault, de la última generación. A cambio venderá a Francia diez cargueros militares «KC-390», el «Hércules» brasileño aún en proyecto que fabricará Embrear. Brasil se convertirá de la mano de Francia en una de las siete naciones del mundo capaces de diseñar y manejar submarinos atómicos.

El pacto entre Francia y Brasil, según analistas, contraria los intereses políticos estadounidenses y de su industria de defensa. Es el más importante acuerdo militar de la historia reciente mundial y de la de América Latina de los últimos cincuenta años. No es solamente una compraventa de armas. Se trata de una asociación estratégica entre París y Brasilia de un enorme alcance político, diplomático, militar, comercial y geoestratégico. Y puede que solo sea el inicio porque hay más negocios a la vista entre las dos naciones, entre ellos cuatro nuevas centrales nucleares en Brasil y el tren de alta velocidad entre Río de Janeiro y São Paulo, al que aspiraba España. Brasil ya no tiene para París la condición de «país poco serio» que, según la tradición, le endilgó el general Charles De Gaulle. Francia adquiere en él una plataforma privilegiada para redoblar sus relaciones comerciales y políticas con América Latina, donde en el último tercio del pasado siglo había ido perdiendo influencia.

Convertido en socio privilegiado de Francia en América Latina, Brasil no tiene apuros para pagar sus compras militares, pero lo hará con facilidades hasta el 2021 y recibirá asesoramiento y la tecnología necesaria para desarrollar más su ya impresionante industria militar tanto para alcanzar la autonomía militar y el autoabastecimiento como para la exportación, sobre todo a América Latina y África.

Brasil es ya el cuarto mayor exportador mundial de armas ligeras, el quinto de todo tipo de armas si se considera la UE como un único país, mientras que Embraer es el cuarto fabricante mundial de aviones. París respalda la aspiración brasileña de tener un asiento como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, así como que adquiera mayor relevancia en el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional e ingrese al grupo de naciones más poderosas del planeta en la conversión del G-8 en el G-14 que se propone hacer Nicolas Sarkozy cuando Francia presida el reducido club de las naciones más ricas del mundo.

Por su lado, Chávez, supuestamente para proteger su tesoro energético de la rapiña yanqui, se ha gastado más de 4.400 millones de dólares en armas rusas (cien mil fusiles «Kaláshnikov AK-47», 24 cazabombarderos «Sujoi SU-30» y medio centenar de helicópteros). Invirtió cerca de otros 3.000 millones en armamento bielorruso, chino y español. Había anunciado su intención de compra en el supermercado ruso tanques «T-72», vehículos «BMP-3», diez helicópteros de ataque «Mi-28» y tres submarinos del tipo «Varchavianka».

En su última visita a Moscú concretó una operación crediticia de 2.200 millones de dólares para adquirir una cantidad indeterminada de esos misiles «Antey 2500» que alcanzarían Miami además de los «Buk M2», un sistema antiaéreo; los «S-125 Pechora», uno de los cuales alcanzó al único avión invisible «F-117» estadounidense destruido hasta ahora; y los «Smerch S-300», así como 92 tanques «T72» modernizados. Posiblemente Chávez haga más anuncios rimbombantes de compras de armas, todo ello por esa «doctrina militar» que imparte basada en una posible invasión de Estados Unidos o de Colombia, o de ambas, para apoderarse de las ingentes reservas venezolanas de hidrocarburos.

El acuerdo de Caracas con Moscú va más allá de las armas. Rusia tiene interés en el crudo venezolano y en recursos minerales, al tiempo que logra una puerta de entrada en América Latina, que en el pasado soviético fueron la Cuba castrista y el Perú del general Juan Velasco Alvarado y sus militares «nasseristas». De otro lado, Irán parece dispuesto a ayudar a Venezuela a tener su propio programa nuclear, lo que es motivo de gran inquietud en la región y motivo de preocupación para Estados Unidos. Washington está preocupado por las relaciones peligrosas de los regimenes de Chávez y Mahmud Armadineyad y, asimismo, por las multimillonarias compras de armas a Rusia, el uso que se le dará a ese arsenal, la carrera armamentista en Suramérica, la nueva geometría allí y la eventualidad de un desvío de material usado a las guerrillas colombianas, que están seriamente debilitadas.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Bases para una guerra

El líder venezolano, Hugo Chávez, asegura con vehemencia que el posible uso por Estados Unidos de siete bases militares en Colombia es un acto de guerra. «Podrían ser el principio de una guerra. Se trata de los yanquis, la nación más agresora de la historia de la humanidad», ha dicho. «Colombia se ha convertido en el Israel de América» y en «una plataforma para invadir cualquier país latinoamericano y de primero a Venezuela», brama Chávez, quien amenaza con responder cualquier agresión y con la táctica de la tierra quemada si Estados Unidos va a por sus yacimiento de petróleo. Caracas alega que el motivo oculto de Washington es caer desde Colombia sobre las inmensas reservas de la Faja Petrolífera del Orinoco. Chávez ha recordado la invasión de Irak y a Saddam Hussein colgado por el cuello proyectando sobre él la sombra del ahorcado. «Nos tienen otra vez en la mira porque quieren la Faja del Orinoco», aduce Chávez.

América del Sur está dividida también por este asunto, según ha quedado de manifiesto al término de la gira de urgencia que acaba de hacer el presidente colombiano, Álvaro Uribe, por siete países en busca de comprensión. Perú dio un apoyo incondicional. Chile y Paraguay respetan la instalación de las bases por ser «una decisión soberana» de Colombia de acuerdo al interés nacional. Brasil recela y pide «garantías formales» de que las tropas estadounidenses –unos 1.200 efectivos entre civiles y militares– no serán usadas fuera de Colombia. Uruguay se muestra «equidistante» y Argentina pone repararos al considerar las bases «inconvenientes». El bloque bolivariano se opone en pleno. El lunes se plasmará el disenso en Quito, en la reunión del Consejo de Seguridad de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) a la que no asistirá Colombia.

Una mayor presencia militar estadounidense en Colombia, donde Washington mantiene tropas desde hace veinte años, se siente como una fuerte amenaza para la expansión del mini-imperio de Chávez tras el derrocamiento en Honduras de Manuel Zelaya, a quien algunos consideran un títere suyo. La situación brinda al caudillo bolivariano un pretexto para armarse aun más en su arriesgada carrera para convertir a Venezuela en una potencia militar hemisférica, que discurre bajo los eufemismos de «renovación» y «modernización» de armamentos. Chávez ya ha comprado en Rusia aviones de combate, fusiles, radares y helicópteros. Ahora anuncia a bombo y platillo la próxima adquisición de «al menos tres batallones de tanques» rusos con la intención de convertir a Venezuela «en una fortaleza inexpugnable, como Cuba». Desde La Habana, en sus «reflexiones», Fidel Castro calienta los ánimos. Trata aparentemente de comprar voluntades y moldear opiniones de cara a la próxima reunión de Unasur.

Antes de la gira de Uribe, Colombia soltó dos cargas de profundidad. La primera contra Chávez: el hallazgo en poder de la guerrilla colombiana de las FARC de lanzacohetes suecos vendidos a Venezuela. Ésta acabó detonando en Bogotá porque parece probado que las armas fueron parte del botín de las FARC con ocasión del asalto a una base militar fronteriza de Venezuela, en 1995. Chávez acusa a Uribe de «chantajista», de jugar de manera «sucia y traicionera», y dice sentirse «apuñalado». De momento, debido a la congelación de relaciones económicas adoptada por Chávez contra Colombia están en juego dos millones de empleos, casi 7.000 millones de dólares de comercio bilateral y la continuidad de 1.800 empresas. Según la prensa colombiana, hay abundantes pruebas del envolvimiento del chavismo con el narcotráfico y las guerrillas a través de, entre otros, Ramón Rodríguez Chacín, alto oficial de la marina, hombre del submundo del espionaje, compañero de Chávez en el sangriento levantamiento militar de 1992 y en la cárcel, y su ministro de Interior y Justicia en dos ocasiones y su interlocutor junto a las FARC; así como del jefe del servicio secreto militar, general Hugo Armando Carvajal, que Estados Unidos tiene en su lista negra, y de Henry de Jesús Rangel Silva, ex director de la policía secreta venezolana. La segunda andanada que soltó Colombia fue contra los aliados de Chávez, con la práctica confirmación de la financiación con 400.000 dólares por la narcoguerrilla colombiana a la campaña electoral de Rafael Correa, quien lo ha admitido tácitamente.

Al presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, no la agradan esas bases yanquis, pero no será él quien le diga a Uribe, al menos públicamente, lo que tiene que hacer en su país. Estados Unidos ha asegurado a parlamentarios brasileño que las tropas ayudarán en el combate al narcotráfico. Pero ese combate trasciende fronteras, sobre todo después de que Washington haya acusado a Venezuela de haberse convertido en un enorme santuario del narcotráfico con apoyos oficiales. A Estados Unidos le preocupa que en territorio venezolano actúe la guerrilla colombiana con la «tolerancia» de Chávez. Esto lo acaba de decir en Brasil el general retirado Jim Jones, asesor de Seguridad Nacional del presidente Barack Obama. Colombia está muy molesta con la política de Venezuela hacia las narcoguerilla, pero no tiene la intención de provocar un cambio de gobierno en Venezuela sino que trata de defender su propio territorio. «Estados Unidos no quiere la paz en Colombia. Ellos viven de la guerra y ahora montan un escenario contra Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua», replica Chávez. Desde Quito se habla de las intenciones de Colombia de «aplicar la teoría de la extraterritorialidad» atacando cualquier país en nombre del combate el terrorismo, como hizo en marzo del 2008 cuando destruyó el campamento del cabecilla Raúl Reyes, muerto en aquella acción, que las FARC mantenían en territorio ecuatoriano. «No es aceptable que los vecinos de Colombia dejen que sus fronteras sean utilizadas como bases para el ataque a otra nación soberana», aduce el general Jones, con cuya visita a Brasil, la primera potencia de América del Sur, ha tratado de evitar que Lula sea enredado por Chávez o Fidel Castro.

Hay quienes temen que en el actual conflicto colombo-venezolano acaben tomando cuerpo los viejos conflictos por las diferencias limítrofes entre ambos países. Los militares de Venezuela siempre han necesitado a su enemigo histórico, que es Colombia, a lo que deben su razón de ser. «El imperio yanqui tiene dentro de sus planes provocar una guerra entre Venezuela y Colombia», advierte Chávez.

El Gobierno de Lula asegura que no ha recibido de Uribe ninguna garantía sobre la limitación del uso de las tropas al territorio colombiano y que el asunto le falta transparencia. Brasil tiene dudas sobre una eventual injerencia militar estadounidense en la región y demanda la creación de un clima de confianza en la próxima reunión de los doce países de Unasur en Quito.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Nicaragua: celebrando a Daniel

El trigésimo aniversario de la caída de una dictadura tan infame como la del clan Somoza en Nicaragua tenía que ser motivo para una gran fiesta de la democracia, pero ha servido, más que nada, para que Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, relancen su plan de perpetuarse en el poder mediante una reelección continua a lo Hugo Chávez, que para él está doblemente vetada por la Constitución nacional y que, según las encuestas, tiene en contra a casi dos terceras partes del país, además de a la mayoría del Parlamento.
Los festejos oficiales por el triunfo, en 1979, de la revolución sandinista, la victoria de aquello muchachos que deslumbraron al mundo, dejaron en evidencia que tras al fracaso del proyecto que pretendía dignificar esa pequeña nación centroamericana de menos de 130.000 kilómetros cuadrados y hoy con poco más de cinco millones, queda una caricatura que se aferra al poder. Aunque Ortega reivindica el sandinismo, la inmensa mayoría de los dirigentes de la revolución no están a su lado, ni siquiera su hermano Humberto Ortega. Como declaró a diversos periodistas la ex guerrillera y ex ministra Dora María Téllez, la diferencia está en que los sandinistas celebran la Revolución Popular y el «orteguismo» a Daniel Ortega.

Tras haber deshonrado la revolución con el pillaje de su etapa final, la famosa piñata de 1990; traicionado sus ideales y quedado envilecido por las denuncias de abusos sexuales de su hijastra Zoila América, Ortega parece llevar ahora una deriva autoritaria y caudillista semejante a la de su benefactor, el venezolano Hugo Chávez, y como él trata de eternizarse en el poder. Para ello pretende un respaldo popular que no tiene. En 2006 ganó las presidenciales con un discreto 38% de los votos, tras un pacto con el diablo: su hasta entonces archienemigo Arnoldo Alemán, el ex presidente de Nicaragua condenado por corrupción. Las elecciones municipales del año pasado acabaron con un fraude morrocotudo a favor del «orteguismo».

En un discurso, el domingo último, Ortega propuso una reforma de la Constitución nacional de modo que pueda presentarse indefinidamente a la reelección, un proyecto semejante al que ha sumido a la vecina Honduras en una crisis capaz de llevar al país a la guerra civil y que en Nicaragua tiene tan numerosos detractores que queda imposibilitada la vía del Parlamento, en el que el presidente está en franca minoría con 38 de sus 92 diputados. La Ley Fundamental nicaragüense veta la reelección presidencial inmediata e imposibilita volver al cargo a quien lo haya sido en dos ocasiones, como Ortega. La reelección cerrada para él por un doble candado.

Como sus planes continuistas llevan desde hace dos años frenados dentro del Legislativo, Ortega ha envuelto esta vez su propuesta de reelección continua en el celofán de la institucionalización del referéndum revocatorio. Además alega que si los diputados nicaragüenses pueden ser reelegidos indefinidamente porqué él no. De entrada, la oposición ve a Ortega como un hombre dispuesto a todo para perpetuarse en el poder al tiempo que resta credibilidad a cualquier tipo de consulta popular organizada por las mismas autoridades electorales entregadas al «orteguismo» que convalidaron el fraude en las últimas municipales. Con todo el aparato estatal a su favor y con la sombra de un fraude electoral, Ortega vuelve a presionar para su reelección, señalaba la prensa de Managua.
La propuesta de Ortega formó parte de un discurso de fuerte contenido antigringo. Repitió el embrollo habitual sobre las múltiples maldades que Estados Unidos tienen en mente para América Latina, incluidas las posibilidades de golpes de Estado contra Chávez y los demás exponentes de la llamada revolución bolivariana. Por supuesto que, según Ortega, Washington está detrás del golpe que derrocó en Honduras a Manuel Zelaya tras haber quedado enfrentado a los demás poderes del Estado por sus planes de reelección contrarios a ley.

A la derecha de Ortega aparece la estampa de la primera dama, Rosario Murillo, madre de Zoila América. Entre ambos hay un entendimiento total y tienen una interdependencia absoluta. Ella comparte el poder sentada en el mismo trono. Muchos nicaragüenses opinan que Rosario Murillo es quien verdaderamente manda en el país y hay quienes creen que si su marido no logra volver a ser candidato, ella tomará el relevo. Catando a dúo durante las celebraciones del aniversario en la Plaza de la Fe, llena de empleados públicos, mostraron su la sintonía. Una exultante prime dama, que sorprendió por su euforia inagotable, repetía tras cada canción: «Ajúa, que viva Daniel». El espectáculo forma parte, según un vocero del sandinismo renovador, del «concepto familiar del poder» que los Ortega quieren imponer en un país que ya estuvo dominado por los Somoza, prácticas contra las que también se hizo aquella revolución que ahora ha cumplido treinta años.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Honduras: guerra avisada

Honduras, una de las naciones más pobres de América, se ha convertido en el centro de un tablero de ajedrez que pueda teñirse de sangre. El líder venezolano, Hugo Chávez, atiza el fuego con declaraciones incendiarias en sus afanes hegemónicos. Desde su retiro, Fidel Castro dispara contra lo que llama «maniobra yanqui» y publicita que Estados Unidos está detrás de los golpistas hondureños.

Otros líderes del hechizo castro-chavista inflaman la situación con declaraciones disparatadas y, conscientes de que se la juegan en Honduras o el bloque bolivariano puede quedar muy debilitado, también entorpecen la mediación del presidente costarricense, Óscar Arias, que desde el primer momento fue satanizada por Chávez. Todos ellos pretenden hacer saltar por los aires cualquier posibilidad de éxito de esas negociaciones, que cuentan con el beneplácito de Estados Unidos y las naciones europeas. Por su lado, Daniel Ortega acepta que Nicaragua sea el trampolín de una posible ofensiva.

Asimismo, todos ellos están tras la decisión del depuesto presidente Manuel Zelaya de retornar a Honduras por la fuerza para dar batalla y de su llamada a la insurrección popular. Estados Unidos se expresa con palabras medidas. Sin nombrar a nadie advierte de que la actuación desestabilizadora de Chávez y sus socios pueden conducir a la violencia. Por eso los portavoces oficiales en Washington claman para que se evite cualquier acción que exacerbe las pasiones.

De hecho, el gobierno de facto que encabeza Roberto Micheletti ha denunciado la infiltración desde Nicaragua de gente chavista que alegadamente pretende hacer guerrillas y ha lanzado la advertencia de que las fuerzas armadas y policiales de su país están preparadas para repeler lo que llegue, aunque en Honduras no se sabe de movilizaciones militares. Arias no descarta una guerra cuando dice que «el uso de la fuerza militar sin agotar el diálogo tiene que ser el último recurso», mientras ve el juego sucio contra sus gestiones.

La disposición a renunciar anunciada por Micheletti no ha servido para llevar calma porque para el eje castro-chavista solo vale volver al statu quo anterior, incondicionalmente, sin importar el conflicto de poderes que degeneró en esta crisis después de que Zelaya intentara imponer fórmulas continuistas, al estilo de Chávez, reñidas con la Constitución y el Legislativo y el Judicial le enseñaran la tarjeta roja. Desde que Zelaya desencadenó ese conflicto de poderes nadie en Honduras actuó democráticamente. Zelaya violó la Constitución; el Legislativo y el Judicial se deslegitimaron mandado la soldadesca a echarlo del país.

De manera que no se puede descartar que las cosas en Honduras se salgan aún más de madre, se aparten todavía más del camino de la razón y la cordura. Estados Unidos se encuentra en una disyuntiva: no puede tomar partido por Micheletti pues sería la vuelta al pasado y desvirtuaría la recomposición de relaciones con América Latina de la Administración de Barack Obama, que quedaría enfrentado posiblemente a todas las naciones del hemisferio, la mayoría con gobiernos de centro-izquierda dispuestos a radicalizarse contra Estados Unidos si fuera necesario; tampoco puede imponer la restitución de Zelaya pues significa una victoria fortalecedora para la alianza bolivariana formada por naciones donde la democracia es solamente nominal, que alardean de antiimperialismo y tienen quizás su más importante sostén ideológico en el enfrentamiento permanente con Washington, con independencia del inquilino que haya en la Casa Blanca.

Obama no puede condicionar por Honduras sus relaciones con Brasil, en otro país hemisférico con intereses cada día más globales y con cada vez peso en el concierto internacional, o con México, el gran socio fronterizo tan marcado por la violencia y el narcotráfico, ni tampoco con países menores como Argentina o Chile. Lejos de actuar, Obama deja que otros hagan. Aunque Honduras depende mayoritariamente de su comercio con Estados Unidos –el 40% de sus exportaciones van al vecino del norte– para Washington se trata de una nación chica, del tamaño de Tennessee, con una población mayoritariamente empobrecida y sin relevancia comercial, un rincón montañoso, una de esas repúblicas bananeras donde el Departamento de Estado hizo y deshizo durante el siglo XX, en la que hubo intereses de empresas frutículas estadounidenses y que fue un lugar estratégico en la Batalla por Centroamérica de la Guerra Fría en los pasados años ochentas. Pero hoy no representa nada más que una casilla de un juego de ajedrez en el que el caballo (Fidel Castro) hace de rey, Chávez de dama tratando de jaquear por todas las direcciones y Zelaya y Micheletti de peones sacrificables. Las negras atacan; las blancas, delegadas a Arias, parecen tener hoy las de perder.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Réquiem por «Mel» Zelaya

Todo apunta hoy a que Manuel «Mel» Zelaya no recuperará nunca la presidencia de Honduras, ni por el imperio de la ley —que él violó—, ni por las bravatas de Hugo Chávez, las monsergas de Daniel Ortega o los cantos catastrofistas de Fidel Castro. Tampoco por la ineficaz OEA. En Honduras no hay fuerzas significativas que lo respalden ni una opinión popular mayoritaria a su favor. Simplemente, «Mel» Zelaya se puso la soga al cuello, se lanzó al vacío y quedó ahorcado. Jugó con fuego, degradó la democracia, se extralimitó olvidando que sus poderes no era omnímodos y permitió una burda injerencia en su país de Venezuela, Cuba y Nicaragua tendente a cambiar el modelo de convivencia democrática pactado en 1982 para llevar a Honduras al labrantío «chavista».

Pasado el sobresalto inicial causado por la acción de los soldados hondureños echando en pijama a un mandatario elegido por votación popular, que hizo creer a los menos informados en un golpe de Estado latinoamericano a la antigua usanza de los militares gorilas, ahora se está valorando que en Honduras, tras esa suerte de golpe blanco (o blando), la Constitución haya funcionado y la democracia, aunque débil, continúe a pleno pulmón, pese al aislamiento internacional.

En las primeras horas triunfó la idea de que a América Latina habían vuelto los golpes de los militares felones de los años sesentas y setentas como los de Augusto Pinochet o Rafael Videla y sus acólitos. En aquel continente no ha dejado de haber golpes en todo este tiempo. Se cambió el estilo, pero golpes de Estado consumados –aparte intentonas– ha habido en Perú (1992), Venezuela (1993) y Ecuador (1997, 2000 y 2005) en los que unos poderes del Estado destituyeron a los presidentes sin tener potestad para ello. Se clausuró el Legislativo y fue disuelto el Judicial como hizo el peruano Alberto Fujimori; el Parlamento declaró vacante la presidencia con el silenció cómplice de la Justicia para echar del poder al venezolano Carlos Andrés Pérez y al ecuatoriano Lucio Gutiérrez; lo expusieron como un loco sin que mediara un examen médico como fue el caso del ecuatoriano Abdalá Bucaram; se lazaron contra él hordas indígenas delante de los uniformados como le ocurrió a su compatriota Jamil Mahuad. En todos esos casos la Organización de Estados Americanos (OEA) contemporizó. En Argentina, Brasil, Bolivia y Paraguay se produjeron en estos últimos 20 años tumultuosas caídas presidenciales como resultados de grave crisis, en algunos casos con el pueblo alzado.

¿De qué tipo de golpe de Estado estamos hablando en Honduras? No debe costar entender que dos poderes del Estado se vieron obligados actuar contra el Ejecutivo, en defensa de la Constitución, porque el presidente Zelaya la había violentado con la intención de eternizarse en el poder. Se extralimitó en sus competencias convocando una consulta popular, originó un grave conflicto con el Legislativo y el Judicial, frente a los que se mostró en rebeldía, se olvidó de que sus facultades tenían un límite preciso y desencadenó una crisis militar. Hasta a la Iglesia Católica se puso por montera el presidente Zeleya. El error estuvo en enviar al Ejército a echarle del país. Debía habar sido la Policía la que prendiera a Zelaya para llevarlo ante los jueces a enfrentar las acusaciones, con el debido proceso legal, que contra él tendría formuladas la Fiscalía. La Carta Magna hondureña estipula taxativamente, sin ambigüedades ni margen a la interpretación, que el ciudadano que haya desempeñado la titularidad del Poder Ejecutivo no podrá volver a ser Presidente o Vicepresidente de la República. Quien quebrante esa disposición o proponga su reforma, así como aquellos que lo apoyen directa o indirectamente, cesarán de inmediato en el desempeño de sus respectivos cargos y quedarán inhabilitados por diez años para el ejercicio de toda función pública, dice la Suprema Ley de aquel país centroamericano. En consecuencia, como afirma el cardenal Óscar Rodríguez Madariaga, indiscutible autoridad moral de Honduras, no hubo un golpe de Estado y cuando los militares fueron a detener a Zelaya éste, de acuerdo a la Constitución, estaba inhabilitado, es decir, había cesado automáticamente como jefe del Estado.

En el intento de solucionar la crisis hondureñas ha fracasado la OEA, una institución cada vez más inoperante, así como su desafortunado secretario general, el chileno José Miguel Insulza, que actuó para congraciarse con tirios y troyanos en busca de su propia supervivencia en el cargo pensando en el caudal de votos –incluidos los siete del pequeño imperio «chavista»– que le garantizaba la reelección en el cargo. Tampoco han intimidado a las nuevas autoridades hondureñas las extravagancias de Hugo Chávez ni sus amenazas hasta con el desembarque de tropas ni sus disparates. El mandatario venezolano nunca fue un demócrata. Golpista él mismo, sigue practicando la asonada contra la democracia como –sin ir más atrás– demuestra su acción hostil contra alcaldes y gobernadores de oposición elegidos democráticamente en los últimos comicios regionales y municipales a los que no deja gobernar, tema sobre el que la fútil OEA continúa sin pronunciarse.

Chávez no es una voz ética de América, como tampoco lo es un personaje tan controvertido como el nicaragüense Daniel Ortega ni mucho menos los hermanos Castro, dictadores perpetuos de un régimen fosilizado. Todos ellos clamaron en defensa de Zelaya junto a otros dirigentes también de países que no resistirían un examen para demócratas párvulos. Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, entre otros, y por supuesto Cuba son naciones a las que les viene muy grande la Carta Democrática de la OEA que se ha aplicado tan a rajatabla a Honduras. El propio Insulza ha reconocido en privado que sus gobiernos no pasarían el corte si se aplicara la dichosa Carta Democrática.

América Latina un día aprueba el retorno de la dictadura cubana a la OEA –con el beneplácito general desde Río Grande a Tierra del Fuego— y al otro se expulsa a Honduras de ese organismo hemisférico alegando que ha faltado a la dichosa Carta Democrática cuando se trató de ponerlo coto a las ansías de poder de Zelaya. Se trata de una paradoja pues la OEA tampoco ha investigado, sin ir más lejos, el último fraude electoral en Nicaragua en los comicios municipales de noviembre pasado o los dislates en Bolivia y Ecuador, cuyo presidente, Rafael Correo, se inició a la política como parte de un Gobierno surgido de un golpe de Estado. ¿Por qué nadie pone coto al intervencionismo contumaz de Chávez? ¿Por qué la OEA y la comunidad internacional no actuaron preventivamente en Honduras cuando Zelaya violentaba la democracia? Esta crisis ha desnudado a la OEA.

Con el compás de espera en que han entrado las cancillerías, la mediación del presidente de Costa Rica, Óscar Arias, bendecida por denostado «imperio», se debe conducir la crisis hondureña a una salida electoral cuanto antes. A favor de Zelaya –aparte el «chavismo» y un puñado de hondureños– no queda nadie. Todos los poderes reales de aquel país centroamericanos, incluidos los partidos políticos, los empresarios, la iglesia Católica y las fuerzas armadas, están contra el retorno del Zelaya. Están funcionando con normalidad a pleno sus instituciones democráticas. Se hace necesaria ya una convocatoria a elecciones generales con una adecuada supervisión internacional para zanjar la cuestión. Roberto Micheletti, el presidente en funciones, ha dado reiteradas muestras de estar en una posición constructiva, incluso de beneficiar a Zelaya con una amnistía que el destituido mandatario nunca aceptará porque significará admitir que traicionó a su país.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

De las venas abiertas a volver a empezar

El regalo que el venezolano Hugo Chávez hizo al estadounidense Barack Obama en la cumbre de mandatarios de Puerto España representa ese pasado que Washington pretende dejar atrás en sus retorcidas relaciones con América Latina porque de nada sirve hurgar más en tan dolorosas heridas. Contra al discurso manido del nicaragüense Daniel Ortega, el incendiario de Chávez y el costumbrista de Evo Morales, Obama sorprendió a todos como un buen vecino, propuso un «volver a empezar» en las relaciones continentales y lanzó una «alianza entre iguales». Y para Cuba, la mano tendida, aunque el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva le recomienda no esperar a que los Castro den el próximo paso y nombre ya un negociador oficial para iniciar los contactos bilaterales. Pero parece claro que Obama no va a regalar el levantamiento del rancio embargo a la isla comunista.

El mandatario estadounidense ahuyentó los recelos y limó asperezas hasta propiciar un clima de conciliación en la quinta Cumbre de las Américas. Los «hay que creerle a Obama» y «quiero ser tu amigo» dichos por Chávez, sobre el papel el más encarnizado rival de Estados Unidos en ausencia de Cuba, pero que se mostró como la fierecilla domada; las muestras de simpatía del ecuatoriano Rafael Correa hacia la nueva administración estadounidense, o Brasil –recadero entre Washington y La Habana y consejero sobre cómo lidiar con el levantisco líder venezolano– resaltando la «actitud franca, cordial y de respeto, de humildad, de diálogo y no de monólogo» del inquilino de la Casa Blanca hacia sus pares latinoamericanos ponen de manifiesto qué ha sido esta cumbre y que las discrepancias del grupo capitaneado Chávez sobre el contenido de la declaración final no es lo más importante. Hasta tal punto que Chávez ha decidido restablecer las relaciones con Estados Unidos a nivel de embajador.

Obama creyó que «Las venas abiertas de América Latina» estaba escrito por Chávez. El libro, del uruguayo Eduardo Galeano, tiene casi 40 años y es un ensayo social sobre la explotación y la transculturización de América Latina desde la época de la colonia con un enfoque victimista. Posiblemente Obama ni se moleste en leer su versión el inglés pues trata de agua pasada. Estados Unidos también fue colonia, pero se transformó en la primera potencia mundial mientras sus vecinos del sur quedaban rezagados a años luz. La culpa, pues, quizás no haya que buscarla en que esos países tuvieron un régimen colonial sino posiblemente en la ralea de sus clases dirigentes y en lo que estas hicieron en estos doscientos años como naciones independientes. De todos modos, las relaciones entre los pueblos no pueden estar condicionadas por las tropelías cometidos en el pasado colonial o neocolonial, y tienen que tener una dinámica adecuada a los tiempos presentes. Obama de manera pragmática ha propuesto mirar hacia el futuro y ese libro es un reflejo del pasado. Como dice Chávez, hay que creer en Obama. Ahora las palabras tienen que comenzar a ser acompañadas por hechos.

En cuando a Cuba, de la capital trinitense no ha salido –que se conozca– un compromiso latinoamericano para convencer a los Castro a iniciar el diálogo. De hecho, entre las naciones de América Latina hay posiciones encontradas respecto a Cuba, no sobre el embargo -que existe unanimidad en que debiera ser levantado de inmediato-, pero sí sobre su sistema político. Brasil, que ha hecho de facilitador entre La Habana y Washington y es el país de más peso tiene en América Latina, con un liderazgo creciente, considera que el nacionalismo arraigado del régimen comunista de La Habana y su noción de soberanía darían al traste con esa propuesta de diálogo si va acompaña de condiciones. De hecho, Obama supedita el levantamiento del embargo a unas reformas políticas, económicas y sociales. Habla de democracia, de derechos humanos, de libertad económica y de presos políticos, asuntos estos que tocan las venas más sensibles de la dictadura comunista cubana. Cuba ha aguantado medio siglo de embargo y no va a ceder ahora, afirma un asesor de Lula da Silva. Es cierto que los hermanos Castro están convencidos de que Obama ha traído una nueva visión del problema, pero el asunto tiene que ser conversado por ambas partes en privado y de manera directa, agrega. Por eso Lula da Silva ha urgido a Obama a nombrar su negociador. Los brasileños temen que este barco se vaya a pique antes de la botadura. Queda, pues, un largo camino por andar hasta el levantamiento del embargo, incluso porque los Castro deben estar aún sopesando cómo responder a Obama, sin que se pueda descartar que existan diferencias de criterios entre los dos hermanos.

Francisco R. Figueroa
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franciscorfigueroa@hotmail.com

Quo vadis Cuba?

A estas alturas de los acontecimientos nadie debe albergar dudas sobre la intención del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de llegar a un entendimiento con Cuba. También habría que dar, aunque con cautela, un margen de confianza a la apertura a dialogar sobre «todos» los asuntos expresada por el jefe del Estado cubano, general Raúl Castro. Hoy más que nunca se ha abierto la posibilidad de ambas partes inicien conversaciones constructivas. Pero la cuestión es que Obama apunta al futuro y los Castro se refugian en el pasado. Entonces, ¿a dónde vamos?

Estados Unidos, tanto por boca de Obama como de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, han entonado un mea culpa implícito al reconocer «el fracaso» de las políticas que a lo largo de medio siglo mantuvieron hacia Cuba los distintos inquilinos de la Casa Blanca. Eso incluye el anacrónico embargo por cuyo levantamiento América Latina clama, tras el fin puesto por Obama a las restricciones a los viajes a la isla de los exiliados y sus descendientes y a los envíos de remesas. No cabe duda que en la medida en que el régimen comunista haga alguna concesión, en Washington se pondrá en marcha la maquinaria legislativa para desmontar el entramado legal que sustenta el embargo.

Cuando el mandatario nicaragüense, Daniel Ortega, sacó el viernes en la Cumbre de las Américas Puerto España su monserga contra Estados Unidos por tropelías de otros tiempos, Obama le respondió con elegancia que no se puede ser prisionero del pasado. «Yo no vine aquí a pensar en el pasado, Vine a pensar en el futuro. Debemos aprender de la historia y no debemos dejar que nos atrape» y «no es cuestión de abstracciones o debates ideológicos…», dijo Obama. Unos mensajes posiblemente también destinados a Fidel y Raúl Castro, cuyo país es el único que no participa en estas cumbres, algo que el resto de las naciones latinoamericanas lamenta.

Al manifestar su convicción de que La Habana y Washington debe vencer la desconfianza y recomenzar sus relaciones, partir para «un nuevo día», tener «un nuevo comienzo», Obama pulsaba el resistente mecanismo de reseteo de los hermanos Castro anquilosados en sus viejas convicciones doctrinarias de la Guerra Fría, enredados en su retórica y sus consignas, y parapetados tras esa muralla que cierra la isla, mantiene prisioneros a los cubanos y convierte sus vidas en auténticas pesadillas.

La disposición manifestada por Raúl Castro de hablar «de todo» con Estados Unidos está condicionada –según dijo– a que se respete la soberanía del pueblo cubano y a la no injerencia en sus asuntos internos. Es una contradicción porque hay que hablar precisamente de la situación interna en Cuba, de la falta de democracia, de presos políticos, de respeto a los derechos humanos, de libertad para esa nación que el levantisco mandatario venezolano, Hugo Chávez, acaba de considerar más democrática que Estados Unidos, pero donde nada se mueve ni nadie sale sin permiso del régimen, salvo huyendo en balsa o desertando con ocasión de un viaje especial. Hasta ahora, las pocas oportunidades que en estos cincuenta años hubo de diálogo entre las partes fueron dinamitadas por Fidel Castro. ¿Qué pasará esta vez? Está por ver, más allá de la retórica.

Es también positivo que el anciano y enfermo líder cubano haya hablado de que Obama no es responsable de lo que hicieron sus antecesores –está en sintonía con lo dicho por el mandatario estadounidense– y no cuestionara su sinceridad, aunque a renglón seguido sembrara la duda sobre sus sucesores en el Despacho Oval, porque –explicó– «los hombres pasan, los pueblos perduran». Es cierto: los hombres pasan, los tiempos cambian y las ideas mudan, salvo en Cuba, por ahora.

Francisco R. Figueroa
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Cuba, bloqueo interior

América Latina está unánime para pedir a Estados Unidos que liquide el embargo económico y financiero a Cuba, pero ¿alguien solicitará el levantamiento del bloqueo interior que impide al pueblo cubano la vida en democracia? No debiera haber una cosa sin la otra, o quizás sea mejor acabar de una vez por todas con ese embargo arcaico y –aunque Fidel vuelva a llamarnos tontos– dejar sin coartada a los hermanos Castro y su régimen fosilizado.

El presidente Barack Obama ha demostrado tener muy claras las cosas. Prometió levantar las restricciones de viajes a la isla a los cubano-estadounidenses y los envíos a sus familiares y lo ha cumplido con creces antes de los cien primeros días en la presidencia. Lo ha hecho a cambio de nada. Pero ha pedido que los Castro correspondan el gesto. Ahí están sus últimas declaraciones antes de la Cumbre de las Américas en Puerto España.

Obama habló implícitamente de ese bloqueo interior que el petrificado régimen castrista tiene sometido a los cubanos al pedir la adopción de medidas favorables a la democracia y los derechos humanos, políticos, religiosos y civiles en general; la excarcelación de presos políticos; la libertad de expresión, de creación y de empresa, para que la gente en la isla pueda hacer las cosas que las personas del continente hacen sin preocupación y disfrute de mejores oportunidades en la vida.

El mandatario estadounidense ha recogido la rama de olivo que en su día le ofreció Raúl Castro. Sin duda para que los hermanos Castro -sobre todo el gran hermano, Fidel- no le atribuya intenciones aviesas, ha explicado que actúa de «buena fe» y que quiere «ir más allá» de las medidas liberadoras recién adoptadas, lo que equivale a una expresión clara de su voluntad de llegar al levantamiento del embargo impuesto por John Kennedy en 1962. Para alcanzar esa meta Obama dice que mira hacia La Habana en busca de «alguna señal de que va a haber cambios» de que «Cuba quiera correspondernos».

La pelota está en la cancha de los hermanos Castro. ¿Aceptarán el juego? Es muy dudosa que lo hagan. Fidel ya ha dicho que las decisiones de Obama suponen cambios mínimos y pide mucho más. Por ahora ha solicitado que Estados Unidos pida perdón por el intento de invasión de Bahía Cochinos hace casi medio siglo. Pronto pedirá miles de millones como indemnización por los alegados daños producidos por el embargo. Fidel y Raúl seguirán adelanta, como ellos dicen, con la frente muy alta, mientras el pueblo cubano agacha la cerviz agobiado por tantos problemas, sobre todo el de buscar el pan nuestro de cada día. Raúl ha sacado a relucir argumentos manidos sobre la necesidad de que Estados Unidos respete la soberanía cubana y el derecho a la autodeterminación de su pueblo, asuntos estos que la administración Obama obviamente no cuestiona.

Es una «ironía» –afirma Obama– que mientras "nosotros estamos levantando las restricciones a los viajes", todavía haya "muchos cubanos que no puedan salir de Cuba". De hecho, casi ningún cubano puede salir de la isla y desde luego nadie sin permiso expreso del gobierno. En cuanto al dichoso embargo, Cuba puede comerciar libremente con cualquier país del mundo menos EEUU, aunque a su vecino del norte le compra el 80% de los alimentos que consume. Ahora Obama ha autorizado el comercio de todo lo que más ayuda al hombre a ser libre: la información y las comunicaciones.

Evidentemente hay en curso un cambio muy significativo en las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del sur, tanto en la forma como el fondo, si bien mandatarios gamberros como el venezolano Hugo Chávez o el boliviano, Evo Morales –que anda denunciando extraños planes para asesinarlo– seguirán haciendo todo lo posible para evitar que empiecen a mejorar las relaciones de América Latina con Washington. De hecho, en una reunión, la víspera, en Cumaná (Venezuela) ambos atizaron la discordia. Gobernantes como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, con una gran ascendencia sobre la izquierda latinoamericana, o la propia Michelle Bachelet, tienen mucho que hacer para refrenar los ímpetus levantisco de Chávez y sus segundones, que pueden dar al traste con la oportunidad de oro, sin precedentes, que se ha abierto con la llegada de Obama a la Casa Blanca.

Es hora de que el «patio trasero» se conviertan en una suerte de «jardín de las delicias» donde todas las partes puedan emprender buenos negocios, hacer causa común contra los problemas que los afligen y los pueblos celebrar su gran encuentro en la libertad y la democracia sin más tiranos ni salvapatrias.


Francisco R. Figueroa

Los romeros de Fidel

Michelle Bachelet, Cristina Fernández de Kirchner, Martín Torrijos, Rafael Correa, Álvaro Colom, Manuel Zelaya, Felipe Calderón… Constituyen una suerte de romeros de Fidel Castro, gobernantes que han comenzado este año a peregrinar a Cuba quizás sin medir cabalmente las consecuencias de sus presencias allí, que sirven para vivificar la más pertinaz dictadura que ha conocido América Latina al tiempo que para desanimar a la frágil oposición democrática y perjudicar los esfuerzos que hacen de otros países, España entre éstos, para lograr la libertad de los presos políticos del castrismo.

Esos visitantes rinden tributo de un modo u otro a Fidel Castro y su régimen, pero ninguno de ello se reúne con los representantes de la disidencia interna pese a que suelen pedir audiencia, como han hecho en los casos de la chilena Bachelet y la argentina Fernández de Kirshner. Uno tras otro los gobernantes peregrinos evitan hablar de la necesidad imperiosa para los cubanos de que las cosas cambien en un país que esá en ruinas después de medio siglo de absolutismo castrista, no hacen la menor referencia a las violaciones a los derechos humanos y la falta de libertades en la isla, ni tampoco a las penosas condiciones físicas, mentales y sanitarias de los prisioneros políticos cubanos.

Bachelet, por ejemplo, parece haber buscado la indulgencia de Castro diciendo que en Cuba hay «una democracia distinta». Es cierto, es un régimen distinto y distante del mundo libre. El general chileno Augusto Pinochet, el general paraguayo Alfredo Stroessner o el generalísimo español Francisco Franco aseguraban cuando gobernaban que sus regímenes era democracias, igual que tantos autócratas que ha conocido América. Los sanguinarios generales porteños respondía cuando el mundo los señalaban con el dedo acusador que los argentinos eran «derechos y humanos».

Al final queda la sensación de que el único objetivo de ese rosario de visitas, ese jubileo incesante que busca la redención de no se sabe qué penas, tiene como objetivo lograr un trofeo: la foto con el decrépito dictador en su guarida, en el caso de que el achacoso líder se digne conceder al viajero el honor de la audiencia, a la que los elegidos suelen ser conducidos sin testigos, sigilosamente, por el mismísimo general Raúl Castro, hermano y heredero. Por supuesto que se intenta dar a la visita un barniz de normalidad hablando de negocios aunque el comercio con la isla, la cooperación o las inversiones sean insignificantes o inexistentes. La foto oficial es, por lo demás, cada vez, una prueba de vida para el mundo de Fidel Castro. Es como si reviviera cada vez. Después hay que esperar a que desde el más allá llegue por escrito la «reflexión» del oráculo.

La visita a La Habana, en enero, de Fernández de Kirchner, coincidiendo con la toma de posesión de Barack Obama, resultó peripatética. Sus cándidas y lisonjeras declaraciones sobre el encuentro de media hora con un Fidel Castro más desmejorado que de costumbre fueron usados por emisoras de televisión en español de Estados Unidos para el humor, la sorna y la crítica feroz. «Era la foto que faltaba en el álbum de Cristina (…) Misión cumplida», dijo, por ejemplo, una televisora argentina. «La verdad es que (el encuentro con el dictador) fue un broche de oro para mi visita», se ufanó Fernández de Kirchner ante los periodistas. Pero la presidenta argentina no habló públicamente de la situación de los derechos humanos en Cuba ni en concreto del caso preciso de Hilda Molina, una medica a la que los hermanos Castro le niegan desde hace quince años algo tan normal como salir de la isla para ir a conocer a sus dos nietos argentinos. Molina, rehén como tantos cubanos del castrismo, había renunciado a mediados de la década de los noventas a todos sus cargos y muchísimos honores y roto con el régimen castrista. Pidió audiencia con la gobernanta argentina, pero no fue recibida.

La estancia en La Habana de Bachelet, en febrero, resultó una tomadura de pelo para una sociedad como la chilena que derrotó a un tirano como fue Pinochet y lo echó votando valientemente en 1988 y 1989 para poder vivir una floreciente democracia. La visita de Bachelet fue también un desprecio a los cubanos que luchan por ser libres habiendo siendo ella una perseguida y torturada por una dictadura, hija de un general de la Fuerza Aérea leal a Salvador Allende que murió quebrado y reventado por los tormentos que le infringieron la cárcel, donde —usando sus propias palabras— fue tratado como «un delincuente» y «un perro» por sus propios compañeros de armas pinochetistas. «Es una privilegio (…) Bien, muy bien», respondió Bachelet a los periodistas refiriéndose al encuentro de hora y media que tuvo con el dictador. Su antecesor en la presidencia, Ricardo Lago, un socialista cabal, posiblemente no hubiera dicho algo semejante. Ningún presidente chileno de la democracia habría hecho otro tanto. En la fortaleza de La Cabaña, donde Ernesto «Che» Guevara y Raúl Castro fusilaban, Bachelet inauguró la Feria Internacional del Libro del 2009 de la La Habana, dedicada este año a Chile, algunos de cuyos escritores, como Pablo Neruda, Jorge Edwards o Roberto Ampuero, tienen obras prohibidas por la censura castrista.

Si se les preguntara a ambas presidentas el porqué de su actuación en La Habana quizás respondan que sería inapropiado en una visita oficial. Falso porque siendo presidente de México Vicente Fox lo hizo en una vista oficial a Cuba el el 2002 y antes que él el ex Presidente del Gobierno español José María Aznar, en 1999. «Para nosotros, las garantías básicas de las personas, los derechos humanos, están por encima de todo interés político, de toda ideología, inclusive por encima de la potestad del Estado», declaró en una ocasión Fox. Aznar y Fox merecieron por ello la ira eterna de Fidel Castro. Por el contrario, la presencia en Cuba de Bachelet o Fernández de Kirchner fue interpretada por el propio régimen castrista como «un reconocimiento a la resistencia« de Cuba, es decir, a su régimen. Esto lo dijo Raúl Castro.

Fidel Castro somete a los jefes de Estado visitantes un trato desigual. A unos los premia recibiéndoles y a otros en cambio les ignora. Raúl Castro explicó que su hermano mayor había tenido una deferencia con las presidentas de Argentina y Chile por tratarse de «damas», a diferencia de lo que ocurrió con el panameño Martín Torrijos y el guatemalteco Colom, quien llegó al punto de pedir disculpas por el apoyo de su país a los contrarrevolucionarios de Playa Girón. Ni aún así se llevó la foto. Sin embargo, no bien Colom se había ido de La Habana llegó el venezolano Hugo Chávez, quien obviamente fue conducido a presencia del líder.

Francisco R. Figueroa
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