✍ Francisco R. Figueroa
[28 julio 2026]
¿Porta Keiko, nueva presidenta del Perú, el gen autoritario de Alberto? ¿La inescrupulosa viveza criolla de la que hizo gala el Fujimori primigenio? ¿La astucia posibilista y ventajista del difunto autócrata? ¿Su talante antidemocrático y su propensión al uso de la fuerza militar y el abuso y la práctica de la política sucia para mantenerse en el poder?
No tiene por qué. En todo o en parte. Keiko, ni nadie, es responsable de la conducta, las prácticas, los pecados o los delitos de sus progenitores, salvo en el improbable caso de que la presidenta cargue un maleficio como los que el iracundo y celoso Yavé echaba sobre los hombros de los hijos y los nietos de los que eran impíos o insumisos a su voluntad divina e incuestionable.
Lejos de reprobar las fechorías del difunto Fujimori, su proceder delictivo, golpista, corrupto y autoritario probado por la Justicia, que lo condenó a 25 años (cumplió 16), Keiko defiende la obra paterna, si bien asume solamente aquello que produce dividendos.
No se debe olvidar que ella entró a la política impulsada en 2005 —desde su arresto en Chile, a la espera de extradición—, por su progenitor, como legataria y continuadora del ideal fujimorista. El usufructo filial la mantiene veinte años en el candelero y las puertas de la Casa de Pizarro. Ahora, en su cuarto intento, ha logrado, al fin, avanzar triunfante por el zaguán del palacio.
Sin duda ha triunfado por ser hija de quien es. Por sí misma, a los 51 años, lleva al poder un escaso bagaje. No ha sido más que una congresista absentista de una legislatura, aunque en todos estos años se ha especializado en maniobras entre bastidores para copar distintos poderes y organismos del Estado.
En la reciente campaña electoral, la flamante presidenta reafirmó su propósito de hacer un gobierno como el de su progenitor. Seguramente resumió en la expresión «como el de mi padre» las dos hazañas atribuidas comúnmente al autócrata: la doble victoria sobre el pavoroso terrorismo y la perversa hiperinflación. Ni la una ni la otra fueron enteramente consecuencia de la sagacidad y el acierto de él como gobernante excepcional.
Keiko Fujimori se ubica sin ambigüedades bajo el toldo de la derecha ultra y pro-Trump que cubre a una docena de naciones latinoamericanas, a la espera de si cae en octubre el fuerte brasileño, donde por el momento no lleva las de ganar el pichón mayor del expresidente Jair Bolsonaro, condenado en sentencia firme a 27 años e inhabilitado por atentado al orden constitucional democrático en el ejercicio de sus funciones de gobierno.
Exactamente igual que Keiko Fujimori, Flavio Bolsonaro (45 años) es parte de una saga política, una criatura descendiente por primogenitura y actuante en el nombre del padre: «Yo he venido en nombre de mi Padre» o «Yo y el Padre somos uno», que dijo Jesús y han debido repetir ambos.
Durante la reciente campaña proselitista peruana trató de apoderarse del ideario trumpista el candidato ultracatólico Rafael López Aliaga, alias Porky, un empresario y numerario del Opus Dei. Pero ella ya entonces se había codeado con la crema y nata del MAGA (Make America Great Again) en uno de los saraos político-hedonistas, de exaltación a Donald Trump, que se celebran en su mansión en Mar-a-Lago (Florida), a donde se hizo invitar en febrero último.
Porky hoza básicamente en la misma poza ideológica que Keiko, es decir, en el conservadurismo. Comulgan, por tanto, con la misma oblea. Su primer maridaje les ha dado la presidencia del Senado y del Congreso bicameral. Perdieron la disputa en la Cámara de Diputados. De todas formas, en ambas cámaras la oposición a la izquierda suma apenas un tercio, aunque la franja mayoritaria de la derecha, con cuatro bancadas, es un tanto heterodoxa.
Sus primeras declaraciones como presidenta electa mostraron la intención de alinearse con las políticas de Trump y unirse a la alianza de gobiernos latinoamericanos derechistas y anticomunistas, al Escudo de las Américas. Su victoria enardeció a lo que se ha dado en llamar despectivamente fachosfera, incluida en ella la docena de gobiernos latinoamericanos pro-Washington, rendidos ante el monroeismo trufado de trumpismo de la intervención sin límite en el «patio trasero» e, incluso, genuflexos ante el mandatario y magnate.
Perú tiene como primer socio comercial e inversor a China, cuyo significativo peso en el continente Trump pretende debilitar. En el caso del Perú, los chinos son tratados por la Administración Trump como «depredadores» y «saqueadores» del mar y de las entrañas de la tierra. Su embajador es un antichino feroz, sin la menor diplomacia. De modo que el Perú de Keiko es pieza de caza mayor. Es cierto que militarmente, Perú se nutre de armamento y tecnología con aliados de Estados Unidos, como Corea del Sur o Israel.
Un significativo ademán a Washington ha sido colocar de ministro de Exteriores a un antiguo empleado peruano del Departamento de Estado. Carlos Espá trabajó quince años, hasta 2023, en la embajada de Estados Unidos en Lima. Había ejercido como periodista en diarios, revistas y televisión. Recientemente impulsó su propio partido (conservador liberal) y compitió por la presidencia. Consiguió un magro 3% y cero parlamentarios.
Keiko parte, en principio, con la mitad del país a favor y la otra mitad en contra. En la primera vuelta electoral fue despreciada por un abrumador 83% del electorado. Su ralo 17% fue el más alto entre la ruma de 35 candidatos y representa la confianza de uno de cada diez electores registrados. El movimiento paterno que ella trata de perpetuar está artificialmente sobredimensionado. Ese 10% del electorado es hoy el peso real del fujimorismo raíz, su tope de penetración en el corazón de los peruanos. Mientras, el sentimiento antifujimorista es transversal, de derecha a izquierda, y muy extenso.
Ganó el balotaje presidencial por un pírrico 0,2%, o unos 50.000 votos de un universo con 27,3 millones de electores registrados y 20,2 millones de activos. En el territorio nacional perdió frente al izquierdista Roberto Sánchez Palomino. La diferencia fue compensada con el voto emigrante. Se volcaron en ella, sobre todo, los perusa, los peruanos residentes en Estados Unidos, por un sólido 76,5%, un respaldo comparable al que recibió Keiko en la Lima pudiente de Miraflores, San Isidro y San Borja.
Del 17,19% de la primera vuelta al 50,13% de la victoria, es decir, un 33%, son votos prestados, por el tercero en discordia, el religioso ultraconservador Porky, y otros movimientos derechistas. Pero sobre todo corresponden al voto de rechazo y castigo —esta vez a las izquierdas— tan característico en la política peruana desde hace 35 años, justamente desde que su padre, entonces un oscuro rector universitario que aspiraba a convertirse en senador, ganó las presidenciales de 1990 como consecuencia de la repulsión al plan neoliberal de choque de Mario Vargas Llosa y a la figura miraflorina, estirada, pituca, refinada y mundana del propio novelista ladeado por su prestante y omnipresente familia.
Keiko se ha preparado el terreno para gobernar. Clama que hereda un país en situación «catastrófica». «Desolador», dijo también. Es habitual que un presidente entrante vierta las tintas contra el saliente e, incluso, que algunos mandatarios mantengan indefinidamente la crítica para encubrir su propia impericia. Lo hizo su padre, con razón pues heredó de Alan García un desastre morrocotudo: un Estado virtualmente fallido.
Durante el calamitoso quinquenio alanista el PIB reculó un cuarto de siglo y en el año bisagra de 1990 siete de cada diez adultos tenían trabajos precarios, el 80% de la población no satisfacía sus necesidades y uno de cada tres peruanos soportaba la miseria absoluta. La moneda nacional se había envilecido en la proporción de cincuenta mil a uno. Las cuentas públicas eran deficitarias, la deuda externa inmensa para las dimensiones del país e irrisoria la recaudación tributaria.
La situación es hoy distinta, si bien Perú entró al siglo XXI, tras el fujimorato, atrasado en cincuenta. Durante muchísimo tiempo más la herencia perniciosa del régimen fujimorista malhechor gravitó sobre las instituciones públicas.
Perú sigue siendo un país con el abismo bajo de sus pies. Presenta una terrible inequidad, desequilibrios sociales enormes y petrificados, especialmente entre Lima y la empobrecida población andina, que, por cierto, votó masivamente contra Keiko. Hay una enorme cantidad de personas a la intemperie social y persiste una fractura territorial del tamaño de los Andes. La criminalidad se ha duplicado en el último quinquenio, junto con la impunidad por la ineficiencia policial y judicial. También es verdad que el sector público está reducido a chatarra. Pero el país crece debido a una política monetaria de estabilidad dirigida desde hace veinte años por un funcionario al que todos adoran y Keiko ya ha ratificado.
En lo que va de siglo Perú solamente ha dejado de crecer en 2020, el año del covid, aunque al siguiente recuperó sobradamente el vigor perdido. La economía se ha hecho inmune al quilombo institucional de los últimos ocho años. Por cierto, ese desorden fue desencadenado en 2018 por la propia Keiko al hacer desbarrancar brutalmente con su mayoría congresal la presidencia del derechista Pedro Pablo Kuczynski, que le había derrotado en las urnas en 2016.
Desde ese episodio fatídico la Silla de Pizarro, en la que se acaba de sentar Keiko, está sobre el escotillón de un cadalso que ha sido accionado a cada poco para mandar a otra vida política a siete jefes de Estado sucesivos. Ella acabó reconociendo aquel error artero frente a Kuczynski que abrió la caja de Pandora.
Ahora promete comportarse con arreglo a las instituciones, sin incurrir en un proceder arbitrario. Al tiempo que invoca el supuesto pragmatismo de su padre, coquetea con su talante autoritario y militarista, que viene a justificar en la necesidad absoluta de combatir la criminalidad incluso con el Ejército. En México, por ejemplo, los militares hacen de policías, con el fusil apuntado a enemigos internos, sin que se haya logrado eliminar la violencia estructural y sí agregado arbitrariedades y violaciones de los derechos humanos.
Bulle en ella la sangre Fujimori y conserva la memoria de aquel oscuro ingeniero agrónomo al que los hados y las diabluras de unos políticos con afán de desquite convirtieron en presidente, y unos arribistas con entorchados y estrellas, ladeados por el hombre lechuza que le susurraba al oído, elevaron a la condición de autócrata supremo.
Orden y progreso puede ser la consigna de una mujer tenaz que ha conquistado la presidencia al cuarto intento. Se lanzó a por la Casa de Pizarro en cuanto cumplió la edad reglamentaria (35) y la ha logrado a los 51. Es la primera peruana electa en las urnas para la jefatura del Estado. De ese mismo palacio tuvo que esfumarse hace un cuarto de siglo tras la renuncia por fax, desde Tokio, de su padre, un autócrata en fuga.
Paz, tranquilidad y orden —repite—, con crecimiento económico que cree empleo y estabilidad. También predica mano dura y afianzar la autoridad. Perseverancia en el propósito. Pura esencia Fujimori, pero sin recurrir —promete— a un golpe institucional como el de su padre.
De un modo u otro Keiko se abraza al legado paterno, del mismo modo que en Chile el nuevo presidente, José Antonio Kast, se apega al legado de Augusto Pinochet; en Brasil, los Bolsonaro a la herencia de la dictadura de los generales; en Argentina, Javier Milei contemporiza y quita hierro a los crímenes del régimen militar, o en España la ultraderecha enaltece el régimen tiránico de los cuarenta años del generalísimo Francisco Franco.
Keiko aprendió los rudimentos del poder en los albañales de la autocracia corrupta y criminal, judicialmente condenada, que personificaba su padre en virtual duunvirato con el maléfico sottocapo Vladimiro Montesinos, la eminencia gris en las tinieblas del fujimorato. El Tío Vladi, que también resultó condenado y aún purga cárcel, bancaba con dinero negro la vida y los estudios en Estados Unidos de Keiko y sus tres hermanos.
A los 19 años, en 1994, el presidente Fujimori transmutó a su primogénita de estudiante despreocupada en Boston a primera dama para suplir a la esposa y madre, Susana Higuchi, repudiada y expulsada de palacio. Higuchi, que salió de la Casa de Pizarro lisiada en el alma, se prodigo en los medios como mujer abusada y torturada por el esposo y sus secuaces. De Keiko llegó a decir que había preferido «el dinero sucio de su padre» y era «la cara del diablo», pero al cabo de los años las guerras de los Fujimori acabaron y hubo hasta reconciliaciones y retrataciones.
La historia del fujimorato está contaminada por la hagiografía, sobre todo por parte de unos medios de comunicación sometidos, comprados con las contrataciones de la publicidad estatal o simplemente untando con fajos de cien dólares, desde empresarios a gacetilleros. De ahí que la percepción ciudadana tendiera a la sobrevaloración.
Por tanto, los éxitos del difunto gobernante que cacarea Keiko deben ser examinados en sus justos términos.
En primer lugar, la victoria electoral de 1990 no se debió a su genio, carisma o talento. Era el caballo negro desconocido, uno en el montón, que dio la sorpresa debido al empeño de Alan García y las izquierdas en cerrar el paso a la Casa de Pizarro a una celebridad de la talla de Vargas Llosa e impedir la aplicación del plan de choque ultraliberal que el escritor proponía para una nación fulminada por la crisis.
García, achicharrado por su desastrosa gestión, hizo a Fujimori instrumento de venganza contra el escritor, su lacerante azote desde 1987 como adalid de las fuerzas de la derecha tradicional y virtual jefe de la oposición, además de neto favorito en las encuestas de intención de voto. No importaba que Fujimori careciera de programa, ideas, carisma, popularidad, dinero o respaldos más allá de una minoritaria iglesia evangélica y un grupúsculo de pequeños emprendedores. Vieron en él un diamante en bruto como figura de un colectivo con una sólida reputación de laboriosidad, eficiencia, honradez, disciplina y respeto: la inmigración japonesa. Era cuestión de proyectar su imagen, teledirigirlo, orientar hacia él a la opinión pública e, incluso, desviar hacia él a parte e su electorado fiel.
Fujimori fue tomado por el exponente del nipón modélico. Sin embargo, se había acriollado. Había desarrollado la famosa «viveza criolla»: astucia, picardía, amoralidad y falta de escrúpulos. Pero las consecuencias de ese talante vinieron tiempo después.
El éxito de la heterodoxa «coalición» antiliberal y anti-Vargas Llosa fue tal que en pocas semanas el caballo negro nipón, Chinito lo llamaba la gente, pasó a segunda vuelta, por delante de los aspirantes de las fuerzas tradicionales de izquierda y centro-izquierda, y en el balotaje ganó con casi el doble de votos que el peruano más universal en aquella época.
Cuando entró a la casa de gobierno Alberto Fujimori, el caballo negro, ya llevaba de jinete al ventajista Vladimiro Montesinos e iba escoltado por un estado mayor militar al que él ofrecía la oportunidad de redimirse de su público y notorio desprestigio debido al fracaso dramático frente al terrorismo. El primer prodigio quedó verificado aquel 28 de julio de 1990 con su conversión en titular de la Casa de Pizarro. A partir de entonces se fue construyendo el relato de los «milagros» de Alberto Fujimori.
Perú estaba en la lona, noqueado por la megacrisis económica y la hidra terrorista de dos cabezas. Aunque tenía alma populista, Fujimori debía el cargo a las clases desfavorecidas y se había casado con el movimiento antiliberal y antipaquetazo. No obstante, aceptó las directrices que le daban: operaba con motosierra y sin anestesia o el paciente moría.
El fujishock, una suma completa, rápida y radical de liberaciones, recortes y desregulaciones, tuvo un efecto apocalíptico en la población, que aguantó el sunami con resignación. Fue devastador a corto plazo, pero estabilizante en el tiempo. El PIB siguió en caída once trimestres consecutivos, el empleo formal menguó durante seis años y los salarios perdieron poder adquisitivo durante casi tres años. La hiperinflación desbocada fue moderada, aunque se mantuvo en niveles altos otros dos años.
Después, Perú entró en una senda de crecimiento, de expansión de los negocios privados, la producción, la diversificación, las exportaciones y el comercio en general, con mejora de los balances fiscales, aunque sin corregir sustancialmente las tremendas desigualdades sociales y con un fuerte decaimiento de los servicios públicos, especialmente la sanidad y la educación.
Durante el fujimorato la economía, sustentada en el libre mercado, acumuló un crecimiento cercano al 48%, pero la pobreza solo pudo ser reducida mínimamente, en unos siete puntos porcentuales, mientras que la renta per cápita demoró más de tres lustros en alcanzar, en 2006, el nivel que tenía en 1975.
Cuando en noviembre de 2000 el fujimorismo colapsó, el gobernante, víctima de sus propias hechicerías y en fuga al extranjero, renunció por fax, a cuatro de cada diez hogares peruanos todavía entraban recursos insuficientes para cubrir las necesidades básicas. En esencia, en un Perú sin democracia había aumentado la pobreza y la inequidad. Ese es el «milagro de Fujimori en su certera dimensión. Lo demás es ficción.
La expansión económica lograda por el Perú en los últimos dos decenios no es producto de la herencia de Fujimori sino consecuencia de la política monetaria y antiinflacionista sostenida durante dos décadas por el tecnócrata de orientación democristiana que dirige desde 2006 el Banco Central de Reserva del Perú.
La primera medida de calado de Keiko ha sido, precisamente, ratificar al frente de la institución al gurú Julio Velarde, una suerte de Alan Greenspan a la peruana, el hombre que ha mantenido la estabilidad económica en medio de una inestabilidad política endiablada. Keiko es su undécimo presidente y ha visto llegar e irse a 33 primeros ministros. Por cierto, el nuevo premier, Luis Galarreta, fue fiel del Vargas Losa político y crítico severo de Fujimori. Para él, el fujimorato fue «nefasto» y el fujimorismo puro «mafia», hasta que en 2016 se unió a Keiko y se convirtió en su hombre de confianza. Según dice ahora, Keiko representa «lo mejor de las muchas cosas buenas» que hizo su padre. En su condición también de primer vicepresidente, es el primero en la línea de sucesión de Keiko.
La prueba de que Alberto Fujimori no llevó consigo a la Casa de Pizarro el brío, la eficiencia, la rectitud y la cohabitación democrática japonesa fue el golpe de Estado que protagonizó a los dos años de su investidura, con el terrorismo in crescendo, tres gobiernos sucesivos, improvisaciones a tutiplén, estancamiento económico, sin flujo de inversiones y una sórdida guerra institucional de difamación y degaste desatada por el propio mandatario contra los otros dos poderes del Estado.
El autogolpe fue un salto delante de un Fujimori convencido de que el desquiciamiento de la nación exigía 25 años de mano dura para enrielar el país. Manu militari cerró el Congreso e intervino el Judicial. Se convirtió en salvapatrias. El propósito era atornillarse en el Sillón de Pizarro. Contaba con las fuerzas armadas, las policiales y el aparato de inteligencia desarrollado por Montesinos. También con la complacencia de unas élites necesitadas de un verdugo eficaz y la fe y la esperanza de un pueblo angustiado y acobardado por el terrorismo, que aplaudió a rabiar al Chino.
La fábula Fujimori alcanza niveles épicos en la guerra contra el terrorismo que desde 1980 desangraba el Perú con efectos de hecatombe, sobre todo a causa de la demente banda Sendero Luminoso, una organización que se proponía arrasar el «Estado burgués» para plantar en las cenizas una idílica sociedad basada en el maoísmo más radical. Nunca antes el Perú amontonó más muertos ni daños infraestructurales. El Estado iba perdiendo la guerra e incluso había abandonado a su suerte amplias zonas andinas. Desde que Sendero Luminoso inició su afiebrada actividad y luego, abrió otro frente rival el castrista Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), casi 70.000 muertos habían quedado regados en campos de batalla sin nombre, masacre tras masacre, en una guerra sucia y cruel. Algo más de la mitad (54%) fueron causadas por los senderistas y un 40% por agentes del Estado y grupos afines paramilitares. Tres de cada cuatro víctimas eran campesinos inermes, civiles andinos pillados entre dos fuegos, doblegados de manera aberrante y cruel en sus aldeas por el invasor de turno exigente de fidelidad, información y delaciones.
El declive del terrorismo, a partir de 1992, fue consecuencia de las capturas de las cúpulas de ambas bandas, como consecuencia de la labor continua de los sabuesos del cuerpo antiterrorista.
A dos meses del autogolpe cayó mientras tomaba café el jefe del MRTA, Víctor Polay, antiguo pata del alma de Alan García, que había capitaneado una cinematográfica fuga masiva en un penal limeño pocas semanas antes de la investidura de Fujimori. A fines de septiembre fue el turno del enemigo público número uno: Abimael Guzmán, el oscuro y siniestro Presidente Gonzalo, el profesor de filosofía cerebro y jefe de Sendero, con la plana mayor de la banda.
Se aireó hasta la saciedad que esos apresamientos fueron consecuencia del nuevo orden fujimorista y ese fue el meollo propagandístico oficial. Pero la verdad era otra. El trabajo de hormiga de unos grupos de policías antiterroristas, iniciado antes del fujigolpe, condujo a los pocos días del pronunciamiento a una casa franca en Lima donde apareció la punta del hilo que condujo a Polay. En cuanto a Guzmán y su siniestra corte, la mayoría mujeres, cayeron también debido al trabajo paciente de inteligencia de un grupo policial que trabajaba con una precariedad de medios asombrosa. Ni Fujimori ni su valido conocieron la operación hasta después de concluida. Tal era el grado de desconfianza de los agentes hacia sus superiores. El presidente estaba con su hijo Kenji pescando en un lugar apartado de selva y el valido andaba esa tarde-noche de juerga. Una operación de ese calado hubiera ameritado la presencia de ambos en la sala situacional de la defensa.
Los cabecillas terroristas cayeron inopinadamente en sus platos y Fujimori no demoró en agarrar la presa. Se puso por televisión al frente del espectáculo como autor del trascendental logro. La propaganda masiva, las medidas antiterroristas draconianas que siguieron, las capturas sucesivas, los espectaculares proceso en tribunales de jueces sin rostro (que Keiko desea restablecer contra delincuentes comunes), las pesadas condenas, las cárceles especiales, incluso en la inhóspita puna cercana a las cumbres andinas (ella también quiere cárceles singulares, a lo Nayib Bukele), y hechos como el exitoso asalto militar de 1997 a la embajada de Japón, donde el MRTA mantuvo numerosos rehenes durante 126 días, dieron a Fujimori el marbete de salvador victorioso, libertador del Perú de todo mal. Así se mostró él, como un general romano victorioso, desde el estribo del autobús que trasladaba por las calles de Lima a los rehenes liberados.
Fujimori se construyó su propio altar de mejor presidente de la historia nacional. A golpe de dinero público, impulsó el culto desproporcionado a su figura como salvador de la patria, devoción que aprovechó su hija Keiko para propulsar su propia carrera política. Keiko no es más que la sombra alargada del difunto Alberto.
El periodo que ella reivindica no fue el más productivo ni más feliz en la historia peruana. Se sentaron bases que contribuyeron a la estabilización económica, aunque el crecimiento sostenido se iba a iniciar tras la redemocratización. También es cierto el desmantelamiento durante su gestión de las organizaciones subversivas. No hay que olvidar tampoco los crímenes de lesa humanidad cometidos, el paramilitarismo asesino, la guerra sucia y el terrorismo de Estado, por los que Fujimori, su valido, varios integrantes de alto mando militar y una veintena larga de oficiales fueron condenados. En el fujimorato la corrupción campó a sus anchas, ejercida incluso desde la Casa de Pizarro, el autoritarismo fue la norma desde 1992, con restricciones severas de los derechos civiles, persecución de la libertad de expresión, espionajes, sobornos, el cohecho que degeneró el periodismo, la propaganda capciosa y la narrativa falaz para sostener al régimen y hasta las esterilizaciones forzosas de miles mujeres indígenas. Bastantes peruanos justifican todo ese cúmulo de delitos en aras de un bien mayor. Otros se han olvidado convenientemente. Por lo menos una mitad parece que no olvida.
El primer capítulo de la secuela del fujimorato ha comenzado hoy. Habrá que ver si la heredera hace bueno al padre emprendiendo una cruzada revisionista. Seguramente propenderá a rehabilitar la memoria del difunto autócrata, que fue severamente condenado por la Justicia. La tentación autoritaria parece latente en ella, con la criminalidad como pretexto, en lugar del flagelo terrorista que usó su progenitor. Pero para poder sopesar el fujimorismo 2.0 de Keiko es aconsejable darle un tiempo.
Después de un presidente Pardo hijo de otro presidente Pardo y de un Prado vástago de otro Prado, Fujimori es la tercera estirpe familiar que sienta sus reales en la Casa de Pizarro. Pardo hijo fue un civilista probo cuyo segundo mandato quedó truncado (1919) por el golpe del dictador civil más parecido a Fujimori que ha habido en el Perú: Augusto Leguía. Manuel Prado, un buen demócrata para los usos de su época, fue derrocado a unos días de la finalización de su segunda presidencia (1962) por desacatar a los generales que pretendían anular el proceso electoral para cerrar el paso al poder a un candidato que no era del gusto militar. √
[El autor fue corresponsal extranjero en el Perú y enviado especial por diversos acontecimientos informativos. Trató y entrevistó en varias ocasiones a Alberto Fujimori. Observa incesantemente del acontecer peruano]