Columna salomónica
PERÚ EN EL CEPO
✍ Francisco R. Figueroa
[10 junio 2026]
Perú cambia poco. Las segundas vueltas electorales son de photo finish, fotograma a fotograma. El balotaje presidencial del pasado domingo, con el conteo al 97%, arroja una división en dos mitades que no son exactas por un pelo. Una décima porcentual separa a los dos candidatos. El 3% de las actas que restan por contabilizar seguramente no agrandarán significativamente esa exigua diferencia, sino lo contrario. El escrutinio va para largo debido a las numerosas impugnaciones de actas y a triquiñuelas propias de picapleitos mañosos. Tinterillos les dicen por allá.
En 2021 la presidencia cayó por las justas hacía el intruso e inesperado Pedro Castillo, por una menudencia de 0,25% de los votos frente a la perseverante candidata Keiko Fujimori, en gateras desde 2011. Keiko había perdido por esa misma mínima diferencia en 2016. En su primer asalto al poder también llegó al balotaje, para ser derrotada por casi un 3%. En todas las ocasiones el antifujimorismo la lastró. Antifujimorismo por la aversión a su padre, el difunto autócrata Alberto Fujimori, pero últimamente antifujimorismo debido a las componendas y tejemanejes de su formación, Fuerza Popular, la primera minoría en el Congreso, durante las dos últimas legislaturas; así como por la suposición de que una vez en la Silla de Pizarro trate de eternizarse.
Castillo, un maestro de escuela rural indocto con dificultades para hilvanar una oración coherente, salió rana. A los diecisiete meses corría con su aparatoso sombrero y sus torpezas a la embajada de México en busca de asilo, tras haber montado un autogolpe tan desmañado como grotesco. Le echaron el guante sus propios guardaespaldas. Actualmente cumple condena de once años por conspiración para la rebelión.
Cinco años y cinco presidentes después el testarudo electorado peruano la ha vuelto a liar. En esta ocasión el sombrero lo lleva Roberto Sánchez Palomino (57), un psicólogo de izquierdas, con un currículo político ni rutilante ni copioso, aunque aparentemente con mejor cabeza que Castillo. Por lo menos fue ministro del Gobierno. Obtuvo el derecho a disputar la segunda vuelta con un birrioso 12% de los votos entre 35 candidatos de lo más pintoresco. Su rival, Keiko (51), populista y conservadora, tampoco relumbró demasiado: un 17% del voto le otorgó la deslucida escarapela de vencedora. Ella, la candidata perenne, es siempre la misma: iguales propuestas derrotadas tres veces sucesivas, idéntico estilo y el mismo rostro ajustado al disco rojo emblemático de la bandera de Japón, origen de sus genes paternos (Fujimori) y maternos (Higuchi). Junto con una moral a prueba de derrotas y esta vez libre finalmente de la presencia paterna.
Sánchez Palomino no es andino. Es costeño, pero cobrizo, cholo en fin, de origen humilde, lustrabotas de niño —como el encarcelado expresidente Alejandro Toledo—, viandero ambulante de adolescente y luego seminarista, aunque desertó. En la primera vuelta logró el pase al balotaje por una décima porcentual precisamente sobre el empresario ultracatólico Rafael López Aliaga, un numerario del Opus Dei de cilicio en el muslo y comunión diaria. Él había andado a las vueltas con la Teología de la Liberación, que tan arduamente combatía el papa Juan Pablo II, gran valedor del Opus.
Con el recuento al 97%, Sánchez Palomino aventaja por un 0,15% a Fujimori, favorecido por el voto rural. En el área de Lima y Callao, que concentran la tercera parte (34,8%) del electorado, así como en las regiones costeñas, la hija del antiguo autócrata recibió prácticamente dos de cada tres votos. Pero los andinos de Apurímac, Ayacucho, Cusco, Huancavelica o Puno se echaron en un 80% en brazos de Sánchez Palomino.
Falta por contabilizar el 1,2% de las actas en el territorio nacional, donde Sánchez Palomino lleva 70.000 votos más que Keiko. El voto de la emigración (hay censados en el exterior más de 1,2 millones de electores o un 4,4% del total) es mayormente derechista y favorece por dos a uno a Keiko. En Estados Unidos, por ejemplo, donde se concentra la tercera parte de la emigración peruana, ella recibió cuatro de cada cinco votos.
A las primeras de cambio pareció que Keiko iba a ganar en su cuarto in-tento, favorecida por el voto limeño y costeño, pero en cuanto comenza-ron a entrar en las cuentas los sufragios provincianos el hombre del sombrero pasó al frente y en la cárcel especial de Barbadillo su mentor Castillo saltó de júbilo acariciando el prometido indulto.
Keiko carga en parte las culpas de su progenitor, quien, elegido como Mesías tres veces durante la última década del siglo XX, acabó hundiendo la patria en la infamia: un lodazal putrefacto dominado por una cleptocracia rampante y criminal. Keiko, como sus hermanos, cursó estudios superiores en Estados Unidos, costeados con dinero mal habido y se cultivó para la vida pública entre las malas artes de su progenitor en contubernio con el abominable valido Vladimiro Montesinos, el tío Vladi para ella. En sus tres derrotas pasadas la sombra alargada del tándem siniestro le perjudicó. Pesaron más en el recuerdo las tropelías durante el fujimorato que la derrota del terrorismo. Papá Fujimori lleva casi dos años en la tumba.
Sánchez Palomino no porta una herencia pesada. Sí sufre el odio nacional a los terroristas maoístas y castristas que tanto dolor causaron en el pasado, el rencor a la progresía producto del sunami trumpista y la des-confianza en unas izquierdas nacionales cainitas que a lo largo de la historia patria dejaron más ruido que nueces. Se beneficia de los rencores históricos de la población andina a la Lima distante, desdeñosa, incumplidora y centralista. Se dice de la izquierda democrática, carga contra los mercados y el capitalismo, aunque ha moderado el discurso; amenaza la larga estabilidad económica, producto de una atinada política monetaria que emana del Banco Central (no del ajetreado Palacio de Gobierno), y, como tantos otros salvapatrias latinoamericanos, propone la manida constituyente como solución a los problemas nacionales.
Lo de imponer a cada poco una Constitución es un mal hábito que viene de Simón Bolívar, cuyas diversas cartas magnas no fueron más que fuentes de conflictos, en Venezuela, en Colombia y hasta en el Perú, que abolió la que el otorgó el Libertador en cuanto embarcó de urgencia a tratar de apuntalar su prontamente descuadernada Gran Colombia. Doscientos años y doscientas constituciones después, América Latina sigue en aprietos. √