✍ Francisco R. Figueroa
[2O julio 2026]
España ganó. Ganó el Mundial contra Argentina y Messi; ganó contra un césped anormalmente árido y un multitud albiceleste en las gradas; ganó al juego sucio, la malacrianza y la bajeza del mal perdedor; ganó con un juego intenso y solidario, coral, con arrojo y valentía, pese a sus veinte gatillazos ante la portería; ganó contra un arbitraje torcido, contra la FIFA y contra la mañosa sabandija lambona que la preside; y le ganó al deslenguado y fanfarrón Donald Trump, que trampeó con Infantino para tratar de hundir a una España que no se somete a sus antojos, para servir la copa a su vasallo Javier Milei y para contaminar aún más el Mundial con su causa arbitraria, estrambótica e impúdica.
Ganaron contra toda esa bazofia valores como la decencia, la fraternidad y la hidalguía. En fin, volvió España a ganar un Mundial, un equipo multiétnico, representativo del país —pese a tanto cernícalo y garrulo carpetovetónico— , exponente de la pujanza de una vieja y gran nación, símbolo de la vigencia de una inmensa cultura universal a la que pertenecen los dos finalistas del torneo y el 20% de los países participantes. La España que también es vi-gente campeón mundial del fútbol femenino; la España que es más grande que sus problemas; la España de un español perpetuo como se declaró Cervantes, y yo también; la increíble España que existe pese a su clase política inepta, como ya decía en el XIX Otto von Bismarck; esa Es-paña en la que, como destacó el poeta Miguel Hernández, sobra corazón. En fin, quien dice «España» lo dice todo. Déjense, pues, de cojudeces. ✅