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Jair Bolsonaro, golpista convicto


Francisco R. Figueroa


✍️16/3/2024


A estas alturas de las investigaciones policiales ha quedado claro, más allá de la duda razonable, que Jair Bolsonaro, ídolo brasileño de la creciente y ensoberbecida ultraderecha mundial y amigo de Donald Trump, Javier Milei o Santiago Abascal, es un golpista contumaz.


Según los testimonios recogidos en sus meticulosas indagaciones por la Policía Federal brasileña, Bolsonaro no ejecutó, a fines de 2022, un plan felón para mantenerse en el poder, tras haber perdido la reelección, e impedir con ello la asunción del ganador de las últimas presidenciales, el progresista Luiz Inácio Lula da Silva, por la negativa a secundar tal desatino de los entonces comandantes del Ejército, general Marco Antônio Freire Gomes, y la Aviación militar, brigadier Carlos de Almeida Baptista Júnior, el primero de los cuales incluso amenazó con detenerlo.


Bolsonaro, dos generales en puestos ministeriales, diversos oficiales militares más y una serie de colaboradores civiles, idearon un plan golpista revestido de apariencia constitucional. Las Fuerzas Armadas, según ese proyecto, saldrían a la calle para tomar el control ciudadano, accionadas por un decreto presidencial imponiendo un estado de excepción —reservado por la Constitución nacional para circunstancias extraordinarias—, bajo el pretexto de que en Brasil se registraba «una grave perturbación del orden  público», cuando en realidad eran miles de bolsonaristas acampados frentes a cuarteles militares en una clara provocación planificada por los estrategas del movimiento ultraderechista. Además, unos interventores creados ad hoc dispondrían la clausura del Tribunal Supremo Electoral e invalidarían las presidenciales de octubre de 2022 ganadas por Lula, cuya apretada victoria sobre Bolsonaro había sido reconocida interna e internacionalmente y también ratificada prontamente por las autoridades judiciales correspondientes.


El general Gomes Freire y el brigadier Baptista Júnior han prestado declaración recientemente en la Policía Federal y confirmado en ella que Bolsonaro les presentó, a través de su asesor principal Filipe Martins (actualmente preso) y en presencia del ministro de Defensa, general Paulo Sérgio Nogueira de Oliveira, sus planes golpistas y que trató de convencerlos para que se unieran a la asonada, según se ha sabido tras el levantamiento del secreto del sumario por el magistrado del Supremo Alexandre de Moraes, instructor del caso.


Freire Gomes fue el más claro y contundente al atestiguar sobre las reuniones —hubo cinco o seis— que los mandos militares de la época mantuvieron con Bolsonaro, en su residencia oficial del Palacio Alvorada, después del balotaje de las presidenciales, que Lula ganó por una diferencia del 1,8% o poco más de 2,1 millones de votos. El plan golpista consistía en la activación del mecanismo constitucional que entrega el orden público a las fuerzas armadas —la llamada en Brasil GLO (Garantía de la ley y el orden)— o decretar un estado de defensa o, alternativamente, imponer el estado de sitio, junto con la creación de una invención denominada Comisión de Regulación Electoral —ajena al ordenamiento legal brasileño—, con la tarea de anular simple y llanamente las elecciones ganadas por Lula pretextando irregularidades. Las elecciones fueron reconocidamente limpias y transparentes, y, paradójicamente, en los planes golpistas no se cuestiona el resultado de las legislativas, que se celebraron simultáneamente, ni el primer turno de las presidenciales, en el que Bolsonasro y Lula se clasificaron para el balotaje. 


El general adujo que esas medidas suponían un atentado contra el estado democrático de derecho y que si se ejecutaba el plan él mismo iba a ordenar el arresto inmediato de Bolsonaro. 


El brigadier Baptista Júnior confirmó que fue testigo de esa negativa en la cara de Bolsonaro. «En el caso de que el general Gomes Freire hubiera concordado, el golpe de Estado se habría consumado», declaró el antiguo jefe de la aviación militar brasileña. Se sabe que el entonces jefe de la tercera fuerza militar, la Marina, almirante Almir Garnier Santos, estaba de acuerdo con dar un golpe y parece que Bolsonaro trató de sumar de todas formas al Ejército puenteando al general Gomes Freire.


El coronel Mauro Cid, un ayudante presidencial de órdenes al que el matrimonio Bolsonaro usó incluso como un muchacho de los recados, reveló en la declaración que prestó en la Policía Federal que estaba planificada la detención del presidente del Supremo Tribunal Electoral y miembro del Tribunal Supremo, el magistrado Alexandre de Moraes, al que en la trama denominaban «la profesora», y cuyos movimientos estuvieron siendo espiados. Cid tiene un acuerdo de colaboración con la justicia y por su proximidad diaria a Bolsonaro cuando ejerció la presidencia resulta un testigo clave incluso en las investigaciones sobre la apropiación de valiosos regalos hechos por el gobierno de Arabia Saudí.


Los dos comandantes militares opuestos al golpe sufrieron una campaña de descrédito como «traidores a la patria» en la que participó el general Walter Braga Netto, mano derecha (o izquierda) de Bolsonaro en su condición de ministro de la Casa Civil (un suerte de jefatura de gabinete) y anteriormente como ministro de Defensa, y uno de los más comprometidos en el plan golpista junto al general Augusto Heleno Ribeiro Pereira, ministro-jefe del Gabinete de Seguridad Institucional, con quien el brigadier Baptista Júnior mandó a Bolsonaro el mensaje de que la Aeronáutica no se sumaba al golpe.  El brigadier fue conminado por aliados civiles del entonces presidente a «no abandonar» a Bolsonaro, como hizo la combativa diputada ultraderechista Carla Zambelli, lo que confirmaría que la conspiración golpista iba mucho más allá de los muros del palacio presidencial y se extendía a las huestes bolsonaristas a  través de los grupos en las redes sociales.


Las declaraciones de los dos antiguos jefes del Ejército y la Aeronáutica colocan a  Bolsonaro contra las cuerdas. Hasta ahora, el excapitán, que fue separado del Ejército por su conducta incorrecta poco antes de meterse en la política a fines de los años ochentas, se había escudado en subterfugios como que él siempre combatía «dentro del cuadrilátero constitucional» o que los golpes de Estado se dan con tanques y soldados en la calle y no con papelitos, en referencia a la conocida como «minuta del golpe», un documento con los planes de la asonada que la Policía Federal halló en sendas requisas a un despacho del exmandatario en la sede del Partido Liberal y a la residencia de uno de sus principales colaboradores civiles, el que fue su ministro de Justicia, Anderson Torres. Bolsonaro es un nostálgico de régimen militar que controló Brasil de 1964 a 1985 y siempre se declaró rendido admirador de los generales que se sucedieron en la presidencia de la República durante aquellos años y un entusiasta de las prácticas represivas contra los adversarios de izquierda que, según él, debieron ser mucho más cruentas.


Bolsonaro alega que ningún plan fue ejecutado ni convocadas las instancias consultivas de la nación que intervienen para la convocatoria de un estado de excepción. Por tanto, aduce, no hay delito. «No es crimen hablar o debatir sobre lo que está escrito en la Constitución» y «Yo no soy Hugo Chávez ni Maduro», respondió tras ser consultado por un periodista sobre los testimonios a la Policía Federal del general Gomes Freire y el brigadier Baptista Júnior. 


Pero cuando a su turno Bolsonaro fue convocado a declarar por la Policía Federal se mantuvo siempre en silencio. De momento, el exmandatario está inhabilitado por ocho años, por sus campañas de descrédito al proceso electoral y a las instituciones democráticas. Tiene prohibido participar en actos militares, entrar en contacto con otros investigados por golpismo y abandonar Brasil. En la causa de la intentona golpista Bolsonaro figura aún como investigado.


El plan golpista no fue ejecutado. Bolsonaro, seguramente por temor a ser detenido, abandonó Brasil, rumbo a Estados Unidos, aún como jefe de Estado, en vísperas de que el primero de enero del año pasado Lula asumiera por tercera vez la presidencia. Una semana después de esa investidura presidencial, las huestes bolsonaristas estallaron una insurrección civil que llevó a la ocupación y destrucción en Brasilia de las sedes de los tres poderes del Estado (Presidencia, Congreso y Tribunal Supremo), en busca de un alzamiento militar para derrocar al gobierno constitucional de Lula, un dramático episodio por el que casi ciento cincuenta personas ya han sido condenados por la Justicia.


En su última aparición pública, Lula ha advertido contundentemente sobre el peligro de la amenaza ultraderechista en Brasil y fuera, debido a la expansión «del fascismo, el nazismo, de esa extrema derecha rabiosa ignorante y bruta, que ofende a las personas, no cree en ellas y las engaña con su maquinaria mentirosa» a través de las redes sociales.


El presidente argentino, Javier Milei, o Jair Bolsonasron son, según Lula, exponentes de esa «política de odio» que también existe en España, en referencia implícita al partido Vox de Santiago Abascal, y Portugal, por el Chega!, la formación de André Ventura que tan meteórico renacimiento en las recientes elecciones. Lula conminó a pelear contra el «pensamiento perverso y malvado» de la ultraderecha que descalifica a la clase política, las instituciones, los tribunales y los sindicatos.


Este sábado, en un acto político en Río de Janeiro, Bolsonaro afirmó que no teme ser procesado siempre que tenga jueces imparciales, en clara alusión a algunos magistrados del Tribunal Supremo que él detesta, y se definió como «una piedra en el zapato de la izquierda». ✅


franciscorfigueroa@gmail.com

Lula, lavandero de Maduro

Francisco R. Figueroa

✍1/6/2023

El presidente brasileño, Luiz Inázio Lula da Silva, trata de blanquear y oxigenar al autócrata venezolano, Nicolás Maduro, y hacernos comulgar a los demás con ruedas de molinos, en su afán de liderazgo internacional.

Lula –aspirante a cabeza de ratón sudamericano– ha insistido en que el régimen de Maduro se percibe como autocracia a causa de «una narrativa sobre autoritarismo y antidemocracia» y a los «prejuicios» de los enemigos del sistema que fundó el difunto comandante Hugo Chávez, hace un cuarto de siglo, y legó al morir, hace diez años, al actual gerifalte.

Esa defensa junto a otras expresiones exculpatorias, la recepción a Maduro en Brasilia, la incorporación al foro de mandatarios sudamericanos que organizó en la capital brasileña, su entusiasmo al lado del venezolano y su desmesurado abrazo han supuesto el favor más grande recibido en muchos años por el caudillo chavista, al que el mundo democrático suele tratar como un apestado y Estados Unidos como un forajido por cuya cabeza ofrece 15 millones  de dólares. 

Lula cometió una desmesura, quizás un desvarío por la edad (77), talvez impelido por su afán de hacer de contrapeso de Estados Unidos en el continente americano, por la necesidad de diferenciarse de su antecesor, el trumpista Jair Bolsonaro, sin darse cuenta de que estaba convalidando las gravísimas violaciones a los derechos humanos constatadas internacionalmente, a la vez que ofendía y subestimaba la inteligencia y el sentido común de quienes lo observaban. En ese sentido, dos mandatarios presentes en la cumbre, de ideologías opuestas, saltaron, obviamente, molestos con Lula. Uno, el liberal Luis Lacalle Pou, de Uruguay, y el otro el socialista chileno, Gabriel Boric, y reprochaban sin tapujos a Lula. 

Boric precisó que una cosa es manifestar alegría por el retorno de Venezuela a las instancias multilaterales y otra «hacer la vista gorda» sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela y calificarla de «construcción narrativa» cuando se trata de una realidad dramática que él asegura haber visto reflejada en «el dolor y en los ojos» de cientos de miles de venezolanos de la diáspora, que son más de siete millones de personas huidas de la catastrófica situación económica, social y humana provocada por el chavismo.

Lacalle se dijo «sorprendido» por la postura de Lula  y advirtió que es imposible «tapar el sol con un dedo». Si, y más tapar al astro rey con el dedo que le falta a Lula, perdido en una presa cuando era obrero metalúrgico. Según Lacalle, hay que llamar a las cosas por su nombre y ayudar a Venezuela a superar sus carencias democráticas y de respeto a los derechos humanos.

Sin embargo, Lula persistió después en su defensa de Maduro y del chavismo, hasta responsabilizar a Estados Unidos de la desastrosa situación interna venezolana cuyos causantes son, sin duda, los ineptos dirigentes del régimen, comenzando por el difunto Chávez, y las políticas descabelladas para imponer y sostener un modelo supuestamente socialista pero que, en realidad, no era más que un plan de poder personal a larguísimo plazo que quedó interrumpido por la enfermedad mortal del comandante y que Maduro y los militares tratan aún de mantener a flote en medio de una catástrofe y un océano de corrupción.

El autoritarismo en Venezuela no es una «narrativa construida» sino «una realidad incuestionable», como ha recordado la directora de Human Rights Watch, la colombiana Juanita Goebertus. Lula lo ignoró, aunque es imposible que desconozca el contenido de dos informes de una misión independiente creada por la ONU, que ha alertado sobre los planes orquestados desde 2014 al más alto nivel –con conocimiento del propio Maduro y otros gerifaltes–, como «política de Estado», para reprimir a disidentes y opositores mediante acciones aberrantes que constituyen crímenes contra la humanidad capaces de llevar a los responsables al banquillo del Tribunal Penal Internacional.  Los informes –el último se publicó a fines del años pasado- hablan de casi trescientos presos políticos, de torturas extremadamente crueles –palizas, asfixia, picana eléctrica hasta en órganos genitales y estupros hasta con varas– equivalentes a «graves crímenes contra la humanidad» y señala a instituciones represivas como la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) y al Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN).

«Señor presidente, ¿conoce usted que la autocracia venezolana se atreve a postular con orgullo y sin rubor alguno la alianza cívico, militar, policial para justificar su intento de hegemonía política y social? Con ella pretenden quedarse en el poder como sea y a costa de lo que sea, convirtiendo su proyecto político en intolerante con los que piensan distinto, eliminando el estado de derecho fundado en la separación de poderes a los cuales controla, especialmente el judicial y el electoral, así como las policías políticas, para con ello amenazar, perseguir, hostigar, detener y torturar a quienes le adversan democráticamente desde los movimientos políticos y sociales», recuerda una carta que acaba de recibir Lula remitida por un grupo de personalidades venezolanas, que se presentan como «militantes de la izquierda democrática y progresista».

Lula ha ido más lejos al culpar de la calamitosa situación interna venezolana a «un bloqueo extremadamente exagerado». Sin embargo, Venezuela no es víctima de un bloqueo económico, comercial o financiero. Eso sí es un relato del régimen, que usa el «bloqueo» como coartada, a imagen y semejanza del régimen cubano. Hay sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea, que arrancaron en 2015, contra personeros del régimen venezolano, civiles y militares, y antiguos funcionarios envueltos en tráfico de drogas, corrupción, fraudes, violaciones de derechos humanos y otros delitos, así como, desde 2019, a la estatal petrolera PDVSA, fuente de financiación de la dictadura chavista y foco de descomunales corrupciones. 

Obviamente, algunas de esas medidas repercuten en el pueblo venezolano.  Pero no son la causa de la depresión económica venezolana, el colapso del país, la crisis humanitaria, quizás la peor y más duradera etapa de hiperinflación conocida en el mundo moderno y la pulverización hasta la insignificancia de la moneda nacional, es producto de la ineptitud de sus gobernantes. Comenzó  partir de 2009, en vida de Chávez, cuando disminuyó el estratosférico precio del crudo alcanzado durante el boom petrolero de 2004 a 2008 y al líder chavista le faltó dinero para seguir costeando su proyecto megalómano, fantasioso, despilfarrador e improductivo. Hicieron el resto la destrucción del poco tejido productivo nacional que había, las regulaciones excesivas, las subvenciones a gogó, el clientelismo generalizado, las expropiaciones seguidas de la ruina de los bienes estatalizado, el despilfarro copioso para erigirse Chávez en líder continental, la corrupción rampante, el pésimo uso de las reservas de divisas, el endeudamiento excesivo y la dramática y aparatosa disminución a menos de la cuarta parte de la producción petrolera por falta de inversiones y el deterioro hasta quedar convertido en chatarra de los equipos de explotación y refino.

Lula se basa en que cada país debe ser soberano para decidir su régimen político. La cuestión es cuando un régimen político decidido por el pueblo –como lo fue el modelo chavista a fines de 1998 (va a hacer 25 años)–, degenera en una dictadura cruel que trata de perpetuarse a costa de su pueblo.

El mandatario brasileño seguramente obra con un razonamiento lógico. ¿Cuál es la alternativa a Maduro? Si en Venezuela se celebrarán unas elecciones libres, limpias, verificables, con censo nuevo, sin excluir a los venezolanos de la diáspora, sin ventajismos ni abusos en el uso del dinero y los medios públicos, ganaría la derecha, con cualquier candidato que presentase la oposición, y el país se sumaría a la ola conservadora rival de los intereses geoestratégicos del propio Lula, enfrentada primero a la vecina Colombia de Gustavo Petro y luego a él mismo, y bebiendo en la mismo pileta ideológica que sus adversarios los bolsonaro brasileños, los milei argentinos, los kast chilenos y los fujimori peruanos o cualquiera de la derecha que pueda erigirse en Lima. ✅

franciscorfigueroa@gmail.com


Lula se fortalece tras la asonada bolsonarista

Francisco R. Figueroa 

✍️9/1/2023

El fracaso del asalto bolsonarista a los tres poderes de Brasil, una acción que opaca el ataque trumpista al Capitolio de Washington, va a fortalecer al presidente Luiz Inácio Lula da Silva y a debilitar la causa de su antecesor, Jair Bolsonaro.

También agilizará la actuación de la justicia contra el golpismo, sus lideres, las autoridades conniventes, los financiadores del movimiento antidemocrático y el propio Bolsonaro, que está en Estados Unidos desde el pasado día 30, virtualmente huido por temor a ser detenido en cuanto quedara sin su fuero como mandatario.

Por lo pronto, Lula ha recibo respaldo de todos los partidos, incluido el Liberal de Bolsonaro, y ha habido una la reacción contundente de las instituciones, asustadas por los graves hechos de violencia ocurridos el domingo en Brasilia en las sedes de los tres poderes del Estado, contra el corazón de la república, en lo que constituye el peor atentado a la democracia en Brasil desde que los militares se apoderaron del poder en 1964.

Los líderes de los tres poderes, en un comunicado conjunto, se han pronunciado contra lo que califican de «actos terroristas de vandalismo, criminales y golpistas». Han convocado a la ciudadanía en defensa de la democracia y la paz.

El violento ataque al estado democrático de derecho ocurrió por la pasividad y hasta la colaboración de las fuerzas policiales del Distrito Federal, que dependen no del gobierno central que dirige Lula sino de las autoridades de la capital. Están subordinadas al gobernador y su secretario de seguridad, que hasta hace unas semanas era el ministro de Justicia de Bolsonaro. Por eso, Lula impuso la intervención federal, es decir, la transferencia del orden público al gobierno central. Y también por esa razón el secretario de seguridad fue destituido y el gobernador separado del cargo por decisión del Tribunal Supremo.

Hay quines aducen que Lula estuvo al tanto de lo que iba a suceder, puesto que era un ataque largamente anunciado e, incluso, anticipado por la agencia de inteligencia, y que por ello se fue en visita a un lejano municipio azotado por fuertes lluvias, a la espera de que la asonada fracasara y con ello él quedara con las manos libres para limpiar las calles de extremistas de derecha, a la vez que el bolsonarismo recibía una estocada letal y el expresidente quedaba en una situación insostenible en su autoexilio en Florida.

En Brasilia hubo una repetición de mayores proporciones de la invasión al Capitolio de Washington, hace dos años, por la turba trumpista contra la victoria de Joe Biden. Bolsonaro sigue desde hace tiempo la cartilla de Donald Trump y sus hijos, especialmente Eduardo, un diputado que actúa como interlocutor del ideólogo del trumpista Steve Bannon y los partidos de ultraderecha de América Latina y el español Vox.

Los analistas coinciden en que el asalto y devastación de las sedes del Gobierno, el Congreso y, especialmente, la Corte Supremo por la hueste de extrema derecha ha asustado a los votantes moderados de Bolsonaro y de las derechas, ha empujado el bolsonarismo montaraz hacia el aislamiento, ha aumentado la posibilidad de que la Justicia actúe contra el expresidente y sus cómplices y ha conducido al inmediato desmantelamiento del centenar de campamentos alzados frente a varias instalaciones militares desde los que se demandaba el golpe a Lula.

El estado democrático de derecho debe ser blindado contra esos «extremistas de derecha», esos «despreciables terroristas», esos «imbéciles criminales», reclaman al unísono influyentes medios de comunicación.

El presidente del Tribunal Electoral y magistrado del Supremo, Alexandre de Moraes, a quien el bolsonarismo señala como uno de sus peores enemigos, ha asegurado que «el Poder Judicial no va a decepcionar a Brasil». El castigo debe ser ejemplar. Ya hay más de 1.200 detenidos y se identifica a quienes costearon la movimentación y sostenimiento de miles de personas.

Lula culpó sin ambigüedades a Bolsonaro de haber estimulado ese amplio movimiento golpista, que comenzó con los bloqueos de carreteras la misma noche de su victoria electoral, el pasado 30 de octubre. Es cierto que Bolsonaro no participó en las algaradas, se recluyó deprimido profundamente por su derrota en las urnas y se abstuvo de alentar directamente a sus seguidores. Pero lo hizo de otro modo, al no reconocer la victoria electoral de Lula y al aducir para justificarlo que el movimiento golpista era «pacífico» y que sus partidarios hacían uso de su libertad, al dejar a sabiendas que sucedieran actos gravísimos como los recientes intentos de atentados con explosivos en Brasilia desarticulados por la policía y, posiblemente también, el asalto del domingo a las sedes de los tres poderes. Durante sus cuatro años en la presidencia, Bolsonaro estimuló el radicalismo de extrema derecha y la polarización social, sembró odio y hostilidad hacia las instituciones, idealizó el militarismo y la vieja dictadura, fomentó la desconfianza en el sistema electoral, degradó la democracia, se movió en territorios autoritarios y manipuló a las masas ciegas convirtiéndolas en auténticos neofascistas dispuestos a evitar a cualquier precio el retorno de las izquierdas al poder. Usó el fanatismo, la fe religiosa y la ignorancia y credulidad de muchas  personas. 

No es que Bolsonaro se haya disparado en el pie este domingo. Se disparó en la cabeza. Tiene un difícil retorno a Brasil y seguramente los procesos contra él desembocarán al menos en la inhabilitación sino la cárcel. Ya se han levantado voces en Estados Unidos a favor de su deportación o para la anulación de su visado. De momento se ha ingresado en un hospital de Orlando por dolores en el abdomen, donde recibió la puñalada de un perturbado mental en 2018.

A partir de ahora, los parlamentarios bolsonaristas y los partidos que apoyan al exmandatario y acarician la idea de volver a lanzarlo como candidato presidencial tendrán muy difícil justificar al expresidente. 

Las fuerzas armadas brasileñas son pro Bolsonaro y desconfían de la clase política, sobre todo de Lula, cuyo retorno al poder trataron de impedir valiéndose del excapitán, que colocó a más de seis mil militares en activo o la reserva en puestos de la administración civil, y llenó los bolsillos de los generales, muchos de los cuales han prohijado al movimiento antidemocrático. En realidad, las fuerzas armadas de Brasil usan desde 2014 a Bolsonaro, al que hasta entonces consideraban que había sido «un mal militar», contra todo lo que oliera a Partido de los Trabajadores (PT), Lula o su sucesora, Dilma Rousseff, una inquina a raíz de que la Comisión de la Verdad impulsada por ella –que de joven sufrió torturas– sacó a la luz los horrores durante la dictadura. Ningún general ha movido un dedo para señalar al golpismo hasta que Lula cuadró, este lunes, a los comandantes de las tres fuerzas armadas para que sean desmontados los campamentos de bolsonaristas levantados junto a cuarteles en Brasilia y otras ciudades del país en demanda de un alzamiento castrense. Repárese en que Lula, ante la tolerancia de las fuerzas policiales hacia los sediciosos bolsonaristas, no recurrió a los militares, seguramente por una desconfianza en el estamento castrense bien fundada. Pero los militares brasileños no parecen estar en condiciones de alzarse e implantar una dictadura. No tienen proyecto de país, el clima regional e internacional no favorece un régimen militar y su último paso por el poder dejó traumas. Lula tiene por delante la ardua tarea de despolitizar y desbolsonarizar las fuerzas militares y policiales, de ejercer un control efectivo sobre las instituciones castrenses y el aparato de seguridad. ✅

franciscorfigueroa@gmail.com

PE: A quienes alegaron que el presidente estaba al tanto de que podía ocurrir el domingo la invasión por los bolsonaristas de los edificios oficiales de Brasilia, Lula respondió que el ataque a las sedes de los tres poderes le pilló «por sorpresa» en su visita a la zona de São Paulo castigada por las fuertes lluvias.


Adiós Bolsonaro, adiós


Francisco R. Figueroa 

✍️30/12/2022

Pocas horas antes de la finalización de su mandato, Jair Bolsonaro ha puesto pies en polvorosa por temor a que con la pérdida de la inmunidad le llegue la cárcel.

Este viernes, con treinta y vinco horas de antelación a su pase a la condición de expresidente al sonar las doce campanadas que marcarán el cruce de 2022 a 2023, Bolsonaro emprendió en el avión presidencial un viaje sin fecha de retorno a Orlando, en el centro de Florida, donde le acogen, al parecer, unos admiradores adinerados.

Según versiones de la prensa de Brasilia, algunos abogados le aconsejaron la salida de Brasil para evitar que cualquier juez ordene su arresto, como le sucedió a su antecesor, Michel Temer, en marzo de 2019. 

Aunque no parece haber para él un riesgo judicial inminente, según la columnista de Globo.Natuza Nery, Bolsonaro vive afligido por esa posibilidad desde que perdió las elecciones el 30 de octubre pasado. Los magistrados del Tribunal Supremo, a la mayoría de los cuales Bolsonaro señala como enemigos suyos, no tienen por ahora prevista una acción contra él. Pero está en su punto de mira y seguramente Bolsonaro ha sentido en su nuca el aliento de los magistrados.

Bolsonaro podría, por ejemplo, ser acusado, aunque solo fuera como instigador, por los múltiples actos antidemocráticos, contrarios al estado de derecho y de estímulo a un alzamiento militar contra el resultado de las elecciones en las que fue derrotado, que han protagonizado partidarios suyos exaltados durante los dos últimos meses tras la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva.

Esa preocupación pareció patente en su melancólico y lacrimoso mensaje de despedida, transmitido por sus redes sociales poco antes de dejar Brasil, cuando negó expresamente haber participado en ese movimiento golpista y afirmó que, en cambio, estuvo recluido en su palacio durante estos dos meses. También dijo que «nada justifica el intento de actos terroristas» al referirse a los preparativos de atentados ante la investidura de Lula descubiertos en Brasilia por la policía, y, seguidamente, se desvinculó de los fanáticos suyos detenidos al reprochar que hayan sido tildados de «bolsonaristas», lo que ha quedado más que demostrado. Por el contrario, arguyó, él y su familia se han «sacrificado» por la patria y hasta «dio la sangre», en referencia a la cuchillada que recibió de un demente durante la campaña electoral de 2018. Y «nunca» durante el cuatrienio presidencial se salió, aseguró, del «cuadrilátero constitucional».

El senador opositor Randolfe Rodrigues, que ha sido designado por Lula como líder del gobierno en el Congreso, afirmó que para Bolsonaro «no hay más camino que la cárcel» y le atribuyó una ristra de delitos, desde el manejo «criminal» a la pandemia de covid, a peculado, corrupción activa y pasiva, prevaricación con las vacunas, fomento de la información falsa, abuso de poder político y económico durante las últimas elecciones, atentado al estado democrático de derecho e incitación reiterada a la rebelión contra el orden democrático.

En los grupos bolsonaristas en las redes, la espantada de su líder, su «mito», como lo llaman, causó conmoción. Se largó de Brasil sin avisar, sin una mención en su alocución de despedida, aunque en los medios de comunicación se conjeturaba sobre su inminente abandono del país.

En esos grupos recordaron que en campaña electoral Bolsonaro aseguró que únicamente había para él tres opciones: «victoria, prisión o muerte». «Por lo visto había una más: la cobarde huida a Estados Unidos», según pudo leerse en uno de esos grupos, donde se pide ya un nuevo liderazgo para la nutrida ultraderecha brasileña. La veneración parece que da paso a la indignación y quizás también a la repulsa.

Sea como fuere, mañana acaba en Brasil una pesadilla encarnada por el ultraderechista Bolsonaro, un mandatario que ha dividido al país, envenenado la convivencia, sembrado odios por doquier, degradado la democracia y empeorado todos los indicadores económicos, sociales y medioambientales.

Ha dejado tras de sí una sucesión de desatinos, fanfarronadas y una catarata de embustes; fanatismo y actos extremos, temerarios e irracionales.

 Con las doce campanadas Brasil volteará otra página infausta de su historia, como señaló el columnista de Metrópoles Ricardo Noblat. 

La Folha de S. Paulo recordó que Bolsonaro también ha despreciado el rito de traspasar democráticamente la presidencia a Lula, cuya victoria electoral nunca ha reconocido. ✅

Brasil: Lula zanja la cuestión militar

Francisco R. Figueroa

✍️4/12/2022

El aún presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, un militar fracasado, disponía de la obediencia incondicional de la cúpula castrense y creía contar con los cuarteles para proseguir por la senda autoritaria y mantener el cargo.

El excapitán falló en sus cálculos.

Al abatimiento que a Bolsonaro le produjo la derrota en las urnas, el pasado 30 de octubre, se ha sumado la decepción al entender, finalmente, que los uniformados no le seguirán en su aventura, que acatan, aún a regañadientes, la victoria del izquierdista Luiz Ignácio Lula da Silva y que en nada dificultarán su vuelta al Palacio de Planalto.

Aunque aún haya bolsonaristas crédulos acampados frente a cuarteles clamando y rezando por una sublevación militar, sin haber digerido los embustes sobre que hubo fraude en las urnas, bulos que Bolsonaro no acaba de atajar estimulando así el tumulto antidemocrático de esa gente crédula, fanatizada y exaltada.

Durante su mandato Bolsonaro llevó a puestos de la administración a cerca de ocho mil militares activos o de la reserva, se rodeó de ellos en el primer círculo del poder, fue generoso con ellos en dinero y en el reparto de privilegios, y copó con generales dóciles los estados mayores. Creó un gobierno cuasi castrense con generales muy conservadores en el papel de archiministros tan ensoberbecidos y delirantes como él mismo es.

Los cuerpos militares y policiales han sido el auténtico partido de un mandatario nostálgico de la dictadura militar implantada en 1964. Bolsonaro se enrumbó hacia la carrera militar después de haber ayudado a una patrulla de soldados que iba, en el sur del estado de São Paulo, tras un famoso capitán comunista desertor que se había rebelado contra el régimen de fuerza.

Pero el alto mando, por inanición, por instinto de conservación y por carecer de un proyecto de país, ha frenado los ímpetus golpistas de los oficiales más radicales. Los generales son conscientes de que un pronunciamiento militar contra el resultado de las elecciones tendría terribles consecuencias económicas para Brasil, con sanciones y aislamiento. Y más en el país en escombros, en todos los sentidos, que deja Bolsonaro, que hasta rebañó las arcas públicas en su empresa reeleccionista.

Producto de esa decepción parece ser ese Bolsonaro en cura de silencio, alicaído, distante, ausente y triste, que apareció en dos recientes ceremonias militares, una de graduación de oficiales en la que fue su academia y otra en la promoción de diez generales.

Los puentes de los comandantes militares con el nuevo gobierno parecen tendidos. Los jefes del Ejército, la Marina y la Aeronáutica han desistido de dejar sus puestos antes de lo debido, en lo que hubiera sido una manifestación de desprecio a Lula.

En el Ejército ha caído bien la indicación del civil escogido por Lula como ministro de Defensa. José Múcio Monteiro Filho (74) es un moderado con fama de sensato y pacífico. Y con buen tránsito en las Fuerzas Armadas. Ya estuvo con Lula en un gobierno, fue diputado durante cinco legislaturas, jefe del Tribunal de Cuentas de la Unión y se inició en política en el partido del viejo régimen militar. Pudo haber sido ministro con Bolsonaro, quien en su momento se declaró «apasionado» por él y encantado con su talante. Es un veterano político al que la izquierda, sobre todo el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, reprocha haber sumado su voto en el Congreso Nacional para la destitución, en 2016, de la entonces presidenta, Dilma Rousseff, que dicha formación califica como un golpe de Estado. Pero lo que considere el PT no parece primordial para Lula, que trata de armar un gobierno horizontal con acento moderado para convivir con un Congreso Nacional de mayoría conservadora.

Monteiro ya ha conversado con el propio Bolsonaro y con los jefes de las tres ramas armadas. Los nuevos comandantes serán escogidos por Lula con respecto al escalafón, por estricta antiguedad, mientras que los miles de militares incrustados por Bolsonaro en puestos civiles volverán a los cuarteles o a la placidez de la reserva.

La elección de Monteiro para Defensa ha sido un gol por toda la escuadra de Lula, según algunos analistas. Y también cuentan las posibles seguridades que, con discreción y tacto, ha debido dar Lula a través de él al estamento militar. Lo que finiquita la cuestión golpista, sin alharacas ni víctimas, y pone a los uniformados fuera de la primera línea, sometidos, como tiene que ser, al poder civil y donde siempre deben quedarse: en los cuarteles. 

Con la crisis militar encauzada, a Bolsonaro le queda un problema peliagudo: cómo desmovilizar a esa feligresía que clama por una ruptura institucional sin causar a esa gente una decepción capaz de orientarla hacia otro liderazgo. ✅

franciscorfigueroa@gmail.com

Brasil: El sheriff Alexandre











Francisco R. Figueroa

✍29/11/2022

Un hombre puede haber hecho la diferencia en Brasil entre dictadura y democracia. Un superjuez.

Alexandre de Moraes (53), presidente del Tribunal Superior Electoral, magistrado de la Corte Suprema desde 2017, tras haber sido ministro de Justicia, y antiguo abogado de una empresa del crimen organizado, refrenó al bolsonarismo furioso desde mucho antes de que se alzara, la misma noche electoral, contra la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva, el pasado 30 de octubre.

De Moraes se ha hecho un lugar entre los justos de la historia de Brasil tratando de sofocar la barbarie antidemocrática desatada por el bolsonarismo más extremista opuesto a la victoria de Lula, una escalada desestabilizadora –aún activa al cabo de treinta días– sin duda preparada de antemano en previsión de una derrota en las urnas del mandatario.

La batalla de Bolsonaro y sus hinchas contra los jueces viene de lejos. Han llegado a demandar insistentemente el cierre del Tribunal Supremo, el golpe militar contra la institución, la prisión para la mitad de sus magistrados, la desobediencia a la máxima corte y el juicio político a De Moraes, al que el jefe del Estado insulta públicamente como «canalla» y sus partidarios con epitetos de grueso calibre, además de identificarle con el enemigo de izquierda aunque militó unos pocos años en un partido socialdemócrata solo de nombre, ubicado hace tiempo en el centro–derecha y cuyo exponente histórico más connotado es Fernando Henrique Cardoso, presidente de Brasil de 1995 a 2003. Y fue nombrado para el Supremo, hace cinco años, por un mandatario conservador como Michel Temer, del que era ministro de Justicia, y por un azar: la muerte en accidente del magistrado al que reemplazaría.

El Tribunal Supremo ha sido el auténtico contrapeso de Bolsonaro en el ejercicio del poder y el magistrado De Moraes el encargado de combatir los muchos excesos antidemocráticos del presidente, sus hijos, sus cibermercenarios, los empresarios que lo alientan y que financian al aparato de agitación bolsonarista y las turbas de seguidores obcecados. El Supremo tuvo que atribuirse poderes especiales para contrarrestar las temibles embestidas del bolsonarismo contra el estado de derecho y para evitar esperpentos golpistas como el de la toma del Capitolio de Washington por las hordas alentadas desde la Casa Blanca por Donald Trump.

De Moraes ha gastado energía a raudales para tratar de devolver al cuadrilatero constitucional a un presidente demagogo, populista y ultraderechista que afirma jugar dentro de ese ring pero que se suele mover a gusto en el terreno tenebroso de la frontera con el autoritarismo. También se ha esforzado para disciplinar a unas milicias fanatizadas en un extremismo alucinante que hacen gala de un anticomunismo primario, de Guerra Fría, en defensa del mussoliniano «Dios, Patria y Familia» y también del uso de armas de fuego, deslumbradas por un líder tan fanfarrón como cínico que apesta a neofascismo. Un sujeto que en la etapa más cruel de la dictadura (1964–85) logró formarse como oficial mediocre del Ejército, del que sería licenciado con desdoro. Buscó refugio en la política y se fogueó como diputado en los bajos fondos del parlamento, valedor de causas militares y policiales, para emerge al estrellato dando vivas a un coronel torturador condenado por la Justicia brasileña. Para él, la tortura es una práctica legítima, aunque el error de la dictadura, asegura, fue dar tormento a sus adversarios cuando debía haberlos matado. Y a los familiares que indagan sobre sus desaparecidos los considera «perros en busca de huesos». Un personaje tóxico para la vida pública que subió como espuma en la grupa de la repulsa a Lula y su Partido de los Trabajadores y ganó en 2018 las presidenciales también a cuenta de la puñalada que le dio un desequilibrado en la campaña electoral. En sus cuatro años en el poder soliviantó a Brasil, adoctrinó y envenenó, omnipresente en los medios y las redes. Desgarró la convivencia, sembró el odio entre los ciudadanos, dividió al pueblo y elevó las mentiras y la trapacerías a actos habituales de gobierno. Este es el perfil más auténtico del extremista de derechas, el endriago político pegado con Súper Glue a Trump, que el juez De Moraes ha tenido que neutralizar.

El magistrado es consciente de que Bolsonaro y sus «milicias digitales» han corroído la democracia abusando de la libertad de expresión sin límites que impera en las redes sociales, un «salvaje oeste» poblado de cibermaleantes donde él, con su toga negra, su cabeza rapada de tribuno romano y su aspecto de superhéroe, parece encarnar al alguacil Wyatt Earp de la infame Dodge City. No en vano le apodan precisamente «Sheriff», aunque sus más retorcidos enemigos prefieren llamarle despectivamente «Xandão» o «Xandão do PCC», algo así como si en español se calificara a alguien de «Jandrón del crimen». Ese mote se debe a que cuando ejercía la abogacía tuvo de cliente una empresa de autobuses de São Paulo acusada de lavar dinero para una poderosa y extendida organización criminal conocida como «el PCC» o Primer Comando de la Capital, con la que también el bolsonarismo relacionó a Lula. Inventaron que en los presidios controlados por esa mafia se votaba mayoritariamente al ahora presidente electo, al tiempo que se le relacionaba maliciosamente con uno de los cabecillas de la organización, un tal «Marcola», publicando grabaciones en las que, en realidad, Lula habla de un veterano asesor suyo llamado también por ese sobrenombre, que deriva de Marco.

Como «sheriff de la democracia», De Moraes ha impuesto a punta de veredictos la constitución y la ley donde el presidente Jair Bolsonaro y su rebaño –«ganado» le llaman despectivamente– pretendían sembrar una anarquía que desembocase en un pronunciamiento militar contra el resultado de las urnas y para evitar la toma de posesión de Lula. El magistrado lleva más de dos años pisándole los talones a los personajes del bolsonarismo antidemocrático y sus fuentes de financiación que desparraman odio y trolas al tiempo que desquician la vida brasileña.

Durante la embarrada campaña electoral, De Moraes trató de adecentar semejante cenagal, sobre todo contener la desenfrenada actividad en las redes de las indómitas huestes bolsonaristas con su caudal incesante de embustes, tergiversaciones y otras vilezas Ordenó borrar decenas de miles de mensajes y de videos e, incluso, eliminar cuentas porque, como él aduce, «la libertad de expresión no es la libertad para destruir la democracia, para destruir las instituciones», en claro mensaje a Bolsonaro, que invoca a cada paso ese derecho.

La noche de los comicios, en su condición de presidente del Tribunal Superior Electoral, anunció la victoria de Lula en cuanto el escrutinio oficial la determinó y, con ello, precipitó en cascada una ola de reconocimientos de dirigentes nacionales y mundiales que cortó al bolsonarismo la iniciativa antidemocrática y dejó mudo y en depresión al mandatario. También obligó a actuar a los cuerpos policiales contra los tumultos en las carreteras que se desataron tras las elecciones porque los agentes estaban en una suerte de huelga de brazos caídos, paralizados por sus mandos bolsonaristas, determinó que esas catervas cometían actos «criminales» y paró en seco con uma multa del equivalente a 4,3 millones de dólares la solicitud del Partido Liberal, al que pertenece Bolsonaro, de anular la votación en el 60% de las urnas electrónicas aduciendo, sin pruebas, con mala fe y argumentos falsos y sin considerar los multiples peritajes a los que son sometidas, la posibilidad de que registraran mal los sufragios. Con esa martingala Bolsonaro ganaba. Aunque el objetivo también –o sobre todo– era «incentivar los movimientos delictivos y antidemocráticos» contra la victoria irrefutable en las urnas de Lula, según el presidente de la autoridad electoral.

Y la hercúlea tarea de Alexandre de Moraes contra las fuerzas reaccionarias sediciosas que pretenden llevar a Brasil de vuelta a las cavernas de la dictadura aún no ha acabado. La derrota en las urnas dejó malherido y mustio a Bolsonaro, pero reaccionará. Ese extraordinario movimiento que lo ha mitificado y le sigue ciegamente es una hidra de siete cabezas. El caballero togado es fuerte y decidido pero no parece que sea Hércules. ✅

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Brasil: Bolsonaro y los extraterrestres










Francisco R. Figueroa

✍️23/11/2023

El Partido Liberal (PL), que acogió a Jair Bolsonaro hace un año para que pudiera buscar la reelección y ha logrado ser primera fuerza parlamentaria de Brasil, solicita al Tribunal Electoral la anulación de las votaciones del 60% de las urnas electrónicas usadas en los recientes comicios, con lo que el ganador, Luiz Ignácio Lula da Silva, perdería.

Se trata de un nuevo golpe de efecto para caldear al cada vez más alicaído movimiento golpista callejero del bolsonarismo radical, que ha comenzado, según contó «Folha de S Paulo», a invocar la intervención de los extraterrestres contra Lula ya que los militares no hacen nada en ese sentido. 

Esto daría una idea clara de la clase de fanáticos que hay detrás de Jair Messias Bolsonaro.

El PL, altavoz de Bolsonaro, aduce que pudieron haber fallado todas las urnas fabricadas antes de 2020 por presentar un problema de identificaciones al llevar el mismo número de serie.

No aporta pruebas de fraude ni de fallos concretos en el registro correcto de los millones de votos tecleados en esas urnas y limita el problema a la segunda vuelta electoral del 30 de octubre en la que se consumó la victoria de Lula.

Sin embargo, esas mismas urnas habían sido usadas también en la primera vuelta del día 2, de la que el PL surgió como la primera minoría en la Cámara de Diputados y el Senado Federal. 

Por lo demás, y sin ir más lejos, si esas urnas fallaron el 30 de octubre, lo mismo habría ocurrido en 2018 en las elecciones que convirtieron a Bolsonaro en presidente de Brasil. Y por añadidura habría que anular todas las elecciones presidenciales, legislativas, regionales y municipales celebradas en Brasil desde la adopción de las urnas electrónicas en 1996. Un disparate.

Se basa el PL en un «estudio técnico» hecho por una empresa privada pagada por el partido. Ninguna de las otras treinta y una formaciones políticas que participaron en los recientes comicios ha puesto el menor reparo a las urnas, a las que Bolsonaro combate desde hace unos años cuando la mayor parte de su larga vida pública ha emanado de ellas.

Este partido tiene como líder a un clásico de la política brasileña durante los últimos treinta años. El diputado Valdemar Costa Neto (73) ha estado implicado en todos los grandes casos de corrupción de los últimos veinte años. De hecho fue condenado por uno de ellos a siete años de prisión y tuvo que renunciar en dos ocasiones a su escaño.

Costa Neto estuvo vendido, literalmente, a Lula en su primer gobierno. Era uno de los que se llenaban los bolsillos con lo que se dio en llamar el «mesalão», de los diputados rentados por el gobierno de entonces, del que un Lula muy afligido logró desmarcarse a duras penas, hasta el punto de lograr al poco la reelección.

Ahora Costa Neto se entiende con Bolsonaro y le ha ofrecido al todavía presidente abundante dinero y toda clase de regalías para que dirija el gigantesco movimiento ultraconservador brasileño desde el liderazgo del PL. Y Bolsonaro utiliza a Costa Neto como recadero y sirviente.

De modo que, según el partido de Bolsonaro, cerca de 280.000 urnas pudieron fallar estrepitosamente, precisamente cuando le conviene a él y solo entonces. Aunque el jefe del estudio haya declarado a periodistas que la posibilidad de fallo se habría podido dar en todo el proceso electoral. El presidente del Tribunal Electoral, Alexandre de Moraes, gran validador de la victoria de Lula, ha dado un plazo perentorio de 24 horas al partido para que explique ese prodigio. 

Las urnas fueron sometidas a más de una decena de peritajes antes de las elecciones, pero solo el análisis pagado por el partido del candidato presidencial perdedor ha detectado el problema.

El PL no es la formación natural del ultraderechista Bolsonaro sino solo un «partido refugio» al que huyó, en diciembre último, tras fracasar la creación de una agremiación, la Alianza por Brasil, ultraderechista, nacionalista, populista, anticomunista y militarista, o sea, a su imagen y semejanza. 

El PL es, de hecho, el décimo partido al que se ha afiliado Bolsonaro –un portento de transfuguismo– en sus tres décadas de vida pública.

Según el «escrutinio» del PL, descontados los votos emitidos en esas exactamente 279.336 urnas, de un total de 472.000 usadas, es decir, arrojado a la basura la decisión de aproximadamente dos de cada tres electores brasileños, Bolsonaro derrotó a Lula con el 51,05% de los votos. 

Justo lo contrario de lo que sucedió.

El bolsonarismo ha hecho de todo contra la victoria incuestionable de Lula. Movimientos extremistas antidemocráticos y golpistas como cientos de cortes de autopistas y carreteras, manifestaciones ante los cuarteles para que los militares tomen el poder y, por último, un acto tan descabellado como esperpéntico: mandar con el móvil señales luminosas al cielo para que los extraterrestres impidan la toma de posesión de Lula. Aunque otra versión asegura que hacían un pedido de socorro a los militares a través de un dron.

La finalidad del PL con esa acción ante el Tribunal Electoral es estimular la teoría de que Bolsonaro fue robado en las urnas. Así atiza las algaradas de los más radicales. Combustible para el extremismo golpista, para que en el país del fútbol la tensión política no afloje por el mundial. Ni más ni menos.

Hay que mantener los tumultos y los ánimos caldeados para tratar de convertir en un infierno la toma de posesión de Lula, prevista para el próximo día de Año Nuevo, y marcar así el comienzo de la campaña de Bolsonaro para las elecciones locales de 2024 e intentar la reconquista del poder en 2026. Y hay que mantener unidas las derechas, que tienen frágiles ligaduras, en torno a Bolsonaro para neutralizar liderazgos conservadores emergentes, como los gobernadores Tarcísio de Freitas (São Paulo) y Romeu Zema (Minas Gerais). ✅

franciscorfigueroa@gmail.com

PE: El Tribunal Superior Electoral rechazó un día después la petición del partido de Bolsonaro y le impuso una multa de casi 23 millones de reales (más de cuatro millones de dólares) por haber litigado de mala fe y usado argumentos falsos para cuestionar las urnas electrónicas.  Dichos argumentos, dice el Tribunal, «atentan ostensivamente contra el estado democrático de derecho y tienen la finalidad de estimular los movimientos delincuenciales y antidemocráticos» que se desarrollan en el país desde la noche de la victoria de Lula.


Brasil: Bolsonaro en el abismo


Francisco R. Figueroa 

✍️17/11/22

Deprimido, apático y enclaustrado en su palacio. La derrota electoral ha dejado en el abismo a Jair Bolsonaro. Y en bermudas.

No hay noticias ciertas sobre la profundidad del precipicio al que ha podido caer, pero un columnista del digital de Brasilia Metrópoles, citando a allegados al mandatario, apunta ese calamitoso estado anímico y, además, la posibilidad de una renuncia cuando apenas le restan seis semanas en el cargo.

El influyente Folha de S. Paulo sostiene que Bolsonaro ha delegado la tarea diaria de gobierno en el vicepresidente, Hamilton Mourão, un general retirado con el que últimamente estaba a las malas.

Trascendió que Bolsonaro sufría una erisipela en una pierna como consecuencia de la infección de una quemadura que se hizo montando en moto. No puede llevar pantalón y, como justifica el general Mourão, no va a ir de bermudas al despacho presidencial.

Ni siquiera aparece por las redes sociales, en las que mantenía una actividad frenética con millones de seguidores. La erisipela no se lo impediría y puede agitar en bermudas. Sus voceros oficiales también se han quedado mudos, como practicamente sus tres intrépidos hijos mayores, todos con cargos de elección.

Hay quien sostiene que está encerrado a la espera de una circunstancia adecuada a sus intereses, mientras sus seguidores más extremistas mantienen en las calles desde la noche electoral un movimiento antidemocrático con la intención de forzar un alzamiento militar para anular las elecciones.

Pero, claro, resulta que las elecciones no han sido solamente presidenciales sino también legislativas y regionales, en las que el bolsonarismo salió bastante bien librado. ¿Entonces, qué anulamos?

Tanto silencio, según otros, perjudica el esperado liderazgo del excapitán del Ejército al frente del heterogéneo conservadurismo brasileño, que va del neofascismo a la derecha clásica, e «irrita», según la radio CBN, a los dirigentes de las formaciones que han crecido en representación parlamentaria y estadual subidas en la grupa del fenómeno Bolsonaro, especialmente a los del Partido Liberal (PL), al que el mandatario se afilió in extremis para poder disputar las pasadas elecciones tras haber fracasado el proyecto de legalizar un movimiento a su imagen y semejanza.

Mourão ironizó con la desaparición de la circulación de Bolsonaro. «Está en un retiro espiritual», dijo. Quizás en una cura de soberbia, de arrogancia, de fanfarronería y de una ceguera que le impidió siquiera contemplar la posibilidad de derrota. Creía que demonizando al izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva y sembrando el odio contra su rival, lo vencería. Ganó Lula sin demasiada holgura.

Desde que perdió las elecciones, el 30 de octubre pasado, Bolsonaro solo ha aparecido una vez en público, con brevedad, básicamente para agradecer a sus votantes pero sin reconocer explícitamente su derrota. Tampoco alegó fraude, lo que supone un comedimiento en un personaje forjado y curtido en los bajos fondos de la política brasileña y un discípulo aplicado del estadounidense Donald Trump. Una segunda vez distribuyó un video, donde aparecía con cara de funeral, dirigido a sus seguidores que tumultúan la vida pública en demanda de que los militares se alcen contra la victoria de Lula, que la Justicia califica de «incontestable».

Mientras, el presidente electo va a todo vapor y ocupa ya el espacio público en una transferencia radical de poder y una vuelta a la escena internacional, que Bolsonaro tenía abandonada.

Es un momento muy duro para Bolsonaro ya que es la primera vez que pierde unas elecciones y se queda sin mandato desde que en 1989 optó por la política tras verse forzado a dejar el Ejército con deshonra.

Según Mourão, Bolsonaro tiene que darse cuenta de que su gran caudal de votos puede transformarse en muchos cargos municipales en las elecciones locales de 2024 y dos años más tarde en su retorno a la presidencia.

Quizás le sirva de acicate a Bolsonaro que su admirado Trump, derrotado en las urnas como y él y, asimismo, sin haber reconocido ese fiasco, haya decido meterse en la carrera de las presidenciales de 2024.

La ultraderecha rumia la derrota y lamenta la oportunidad que Brasil ha perdido de vivir una etapa de «grandeza» cuando, en verdad, el prodigio de Bolsonaro es haber forjado un país virtualmente en escombros, partido en dos y envenenado. Una desgracia.

Lula es consciente del titánico trabajo de reconstrucción que tiene por delante y, en entrevista al «New Yorker», se confesó «asustado» por el enorme optimismo que su victoria ha generado. ✅

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Brasil: Atención... ¡firmes!


Francisco R. Figueroa

✍️11/11/22

El alto mando militar brasileño quiere contentar a tirios y troyanos, a dios y al diablo. 

Un juego de equilibrios en la cuerda floja donde se bambolean sobre todo los cientos de militares que el presidente Jair Bolsonaro –un oficial fracasado entusiasta de los regímenes castrenses–, puso en la administración federal a controlar la vida civil dando origen a un sucedáneo de gobierno militar. 

Los jefes de las tres ramas armadas hacen un ejercicio de contención con un fusil que puede disparar por la culata. 

Andan entre el servilismo y la estulticia, al decir del senador Alessandro Vieira, a las vista de tres documentos que han divulgado en menos de 24 horas: el farragoso resultado de su peritaje, al servicio de los intereses de Bolsonaro, a las elecciones; un comunicado con precisiones innecesarias sobre el mismo asunto, tratando de enmendar la plana al jefe del Tribunal Electoral, y, por fin, un pronunciamiento en pretendido tono patriótico e institucional de los tres máximos comandantes: un general, un almirante y un brigadier. 

Los mismos jerarcas con uniforme que nunca salieron en defensa de la institucionalidad las muchas veces que Bolsonaro rozó la ruptura del orden democrático y, por ejemplo, denostó hasta la ordinariez a magistrados del Tribunal Supremo mientras sus «torcedores» reclamaban derrocar al poder judicial y también al legislativo.

Los jefes castrenses –en coordinación con Bolsonaro y tras una conferencia en la cumbre del mando militar– proclaman en su manifiesto el compromiso «irrestricto e ilimitado» con la Constitución, pero se abstienen de expresar un reconocimiento público, formal e institucional, de la victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva, lograda, según los organismos concernientes, con absoluta pulcritud y de acuerdo con las leyes. 

Ignoran al legítimo presidente electo cuando el asunto de fondo es, precisamente, la legalidad del proceso electoral en el que Lula resultó ganador. Refieren en el informe de auditoria que no pudieron constatar un fraude en las urnas, pero son incapaces de verificar que no se produjo. 

Y alientan las teorías sobre el fraude con tecnicismos sobre recovecos informáticos de supuesta inseguridad en el sistema electrónico de votaciones, que lleva 26 años en uso sin que nadie, ni la milicia, le haya puesto antes objeciones. 

Predican «la tolerancia, el orden y la paz social», pero no condenan expresamente las algaradas antidemocráticas de los bolsonaristas exaltados que se han producido desde el mismo día de las elecciones contra la victoria de Lula y la «amenaza comunista», y en pro de un golpe militar, aunque muchos de esos tumultos sucedieron  –y siguen en menor medida– a las puertas de los cuarteles, en las que solo faltó arrojar maíz para provocar como gallinas a los uniformados como se hacía antiguamente. 

Los tres rectores de la milicia brasileña únicamente se refieren a «eventuales excesos cometidos en manifestaciones», que, según ellos, son tan censurables como las restricciones a derechos ciudadanos por parte de agentes públicos, en una aparente crítica a las acciones de los magistrados contra esos motines antidemocráticos. 

Al opinar sobre asuntos civiles se nota la osadía de unos militares a los que Bolsonaro dio alas. De modo que la desbolsonarización de las Fuerzas Armadas, la Policía Federal y otros cuerpos de seguridad se plantea como tarea urgente para Lula.

Parece que los generales en jefe alientan implícitamente a ese bolsonarismo que, como señala el semanario Veja, vive en una realidad paralela, movido por noticias falsas, rumores descabellados, sandeces, planes alucinantes y supuestos mensajes crípticos emitidos desde su enclaustramiento por el jefe del Estado, que sufre erisipela, una infección de piel tras una quemadura mal curada que sufrió durante una de sus populares cabalgatas en moto. ✅

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Finaliza la «primavera facha»


Francisco R. Figueroa

✍️4/11/22

La «primavera facha» de Brasil ha durado cuatro días, lo que han tardado en desinflarse las algaradas golpistas contra la impecable victoria de Luiz Inácio Lula da Silva.

Un movimiento reaccionario de repulsa al veredicto de las urnas de partidarios del presidente Jair Bolsonaro, cuya derrota en su ofuscación no esperaban, si bien la mayoría de los pronósticos apuntaban en ese sentido. 

El motín también ha sido una exteriorización de la repugnancia del bolsonarismo hacia el «comunista» y «expresidiario» Lula, cuya gestión de cuatro años seguramente tratarán de contrariar.

El bolsonarismo ha acabado mostrando en esta delicada coyuntura poselectoral sus entrañas antidemocráticas y fascistas, que el autoritario presidente ha tratado de disimular a duras penas. 

Los bloqueos de carreteras, que en el momento más crítico del alzamiento popular afectaron a casi un millar de puntos, han sido prácticamente deshechos. Y han concluido los tumultos callejeros y frente a instalaciones militares en procura de un golpe de Estado.

Bolsonaro ha fracasado también en el intento de sacar a los militares de los cuarteles para mostrarlos mezclados con sus partidarios, en una demostración de fuerza personal y liderazgo tras la derrota en las urnas. 

El ala militar del movimiento ultraderechista del excapitán Bolsonaro se ha achantado. 

El objetivo era que las tropas salieran a restablecer el orden por el desbordamiento de la policía y de ahí la resistencia a ordenar la intervención de las fuerzas de choque por parte de los jefes de los cuerpos de seguridad, que son paniguados de Bolsonaro. 

Fueron necesarias órdenes terminantes del Tribunal Supremo para que las policías actuasen contra los insurrectos. 

Puede concluirse que los magistrados del Supremo han sido los garantes del orden democrático que las hordas bolsonaristas trataron de liquidar. 

Bolsonaro ha mantenido un enfrentamiento permanente, sin cuartel, con el Tribunal Supremo como si fuera una suerte de partido de oposición o el enemigo a batir, y ha azuzado constantemente a sus partidarios contra los magistrados. Una guerra con tintes barriobajeros y matonescos que finalmente ha perdido.

El control de los altos tribunales fue lo que le faltó al derrotado gobernante para tener el control total del poder. El legislativo estuvo mayoritariamente de su parte. Pero los líderes de los partidos están tendiendo rápidamente puentes hacia Lula con la mirada puesta sin duda en el presupuesto nacional.

Lula obtuvo durante sus dos anteriores presidencias la colaboración –costosa, por cierto– de la legión de partidos que se proclaman centristas. Y volverá a ocurrir otro tanto, también porque esos partidos se alquilan tradicionalmente a quién esté en el poder. 

Una visita de Bolsonaro al Supremo después de haber aceptado, el martes, que tenía que desalojar los palacios presidenciales, tuvo el valor de un armisticio en el filo de la navaja. 

Incluso han hecho gestos visibles hacia Lula los poderosos líderes de las dos mayores congregaciones de evangélicos que tantísimos votos aportaron al mandatario ultraderechista. 

Bolsonaro parece preocupado ante la posibilidad de que la Justicia actúe contra él y su procelosa familia después del traspaso de la presidencia. 

La caracterización por el Supremo como «criminales» a los alzados bolsonaristas, por afrontar un resultado electoral legitimado por las todas las instituciones, ha sido clave. 

A quince días del Catar 2022 los brasileños deben dejar de lado la política y poner todos sus sentidos en el fútbol anhelando que su selección logre el título por sexta vez, capitaneados por Neymar, un connotado bolsonarista. 

Pronto lucirán todos con orgullo la camiseta nacional de la que también se había apoderado Bolsonaro como distintivo de su movimiento ultramontano que ha diseminado el odio e infectado el alma de la mitad del animoso y hasta ahora pacífico pueblo brasileño. ✅



El bolsonarismo sigue alzado


Francisco R. Figueroa

✍️3/11/22

El presidente saliente de Brasil, Jair Bolsonaro, ha apelado a sus hordas para que desobstruyan totalmente las carreteras, un alzamiento antidemocrático y golpista que deflagró el mismo domingo de la elección de Luiz Inácio Lula da Silva.

Pero a renglón seguido Bolsonaro ha animado a sus enardecidos partidarios a proseguir «espontáneamente» en otros lados con sus algaradas, que calificó de «legítimas». 

Los bloqueos comenzaron la misma noche electoral estimulados por las redes sociales. Hubo cerca de un millar de cortes en la red brasileña de carreteras, de 1,8 millones de kilómetros de extensión, aunque afectaron severamente a las vías federales (77.000 kilómetros) y a los principales núcleos de población.

Los cortes prosiguen este jueves en unos 150 puntos de once de los veintiséis estados de Brasil y van en disminución. 

Los cuerpos policiales han actuado con renuencia tras ser apremiados desde el poder judicial por la negligencia de sus jefes naturales, de extrema derecha y, por tanto, alineados con Bolsonaro. 

En su segundo pronunciamiento tras la derrota, el gobernante se confesó «desilusionado» y tampoco esta vez reconoció explícitamente el resultado electoral adverso ni mucho menos citó al odiado Lula, cuya legitimidad solo impugna el bolsonarismo montaraz mientras que figuras del conservadurismo  moderado han contemporizado.

«Estoy con vosotros», dijo también Bolsonaro en un mensaje de video, como si quisiera apostar por una especie de caos con orden. 

Mostraba un semblante sombrío, en contraste con las sonrisas forzadas de su primera aparición, el martes, que sirvió como una admisión implícita del resultado electoral por defecto, al no haberlo cuestionado.

Los bolsonaristas han protagonizado también una veintena de concentraciones ante cuarteles militares para incitar al golpe de Estado, un pronunciamiento armado que, asimismo, reivindicaban miles de manifestantes en actos celebrados en veinticinco estados. Algunas personas, también ofuscadas por la derrota, se declararon «listas para la guerra». 

La cúpula castrense, controlada por fieles al excapitán Bolsonaro, guarda silencio. De ese sector se ha manifestado únicamente el vicepresidente Hamilton Mourão, que es un general de la reserva y actualmente no está en buena sintonía con Bolsonaro. 

Mourão ha advertido de que un golpe de Estado colocaría a Brasil en una «situación difícil» en el mundo, donde hubo un reconocimiento inmediato y general de la victoria de Lula, precisamente para neutralizar una posible reacción antidemocrática de Bolsonaro tras su derrota. 

Sin embargo, los militares brasileños no tienen actualmente un proyecto de país como sí lo tenían en 1964, cuando se apoderaron del poder con pretextos anticomunistas propios de la Guerra Fría y lo mantuvieron por 21 años.  

En otra parte del país fue filmada una multitud de bolsonaristas envueltos en banderas nacionales mientras hacían el saludo nazi y cantaban el himno patrio, algo que los portavoces de la comunidad judía han calificado de «repugnante» e «intolerable.

En algunas ciudades hay gente acampada y avituallada, sin previsión de deponer su actitud. Algunos los llaman «campamentos de la libertad». 

Pero la transición del poder comienza formalmente este jueves con la primera reunión de los coordinadores designados por Bolsonaro, su jefe de Gabinete, Ciro Nogueira, y por Lula, el vicepresidente electo, Geraldo Alckmin. 

Mientras, Jair Bolsonaro, de 67 años, calcula como sacar el máximo provecho de la derrota y se prueba en la intimidad el uniforme de caudillo del nacional-populismo para luchar por el sillón presidencial en 2026. ✅