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Los desafíos de Bachelet frente al menosprecio del electorado


Francisco R. Figueroa | 18 Diciembre 2013

Las recientes elecciones presidenciales chilenas hicieron bueno el pronóstico de victoria de la socialista Michelle Bachelet y pusieron de manifiesto un formidable desprecio a la clase política veintitrés años después de la restauración de la democracia.

Bachelet derrotó en segunda votación a la derechista Evelyn Matthei con un abrumador 62% de los sufragios. Pero fue un triunfo raquítico a la vista de la dramática abstención registrada.

El hecho de que casi el 60% del electorado no acudiera a las urnas redujo el respaldo popular a Bachelet al entorno del 25%, lo que significa que tres de cada cuatro chilenos no avala a presidenta que asumirá el cargo el próximo día 11 de marzo.

La comparición se torna más espeluznante si se tiene en cuenta que Bachelet disponía del 84% de aprobación ciudadana cuando dejó el poder en marzo de 2011 tras concluir su primera presidencia.

Tantísima deserción de votantes, además de deslustrar el retorno de Bachelet a la Casa de la Moneda, el palacio presidencial, puso de manifiesto ese notable rechazo de los chilenos hacia la clase política nacional, especialmente entre los jóvenes. Fueron esas las primeras elecciones presidenciales en las que votar no era obligatorio.

El menosprecio no es gratuito. Tiene que ver con que Chile sigue siendo un país terriblemente desigual e injusto sometido aún por el modelo que impuso en los años ochentas del siglo pasado la dictadura del difunto general Augusto Pinochet y mantuvieron los gobiernos democráticos habidos a partir de 1990.

Esos gobiernos consiguieron la ovación de los mercados, la palmadita en el hombro de los inversores y el enaltecimiento de los burócratas de los organismos internacionales. Pero el precio ha sido el rechazo de las grandes mayorías que se ha evidenciado durante el proceso electoral y que ya presagiaban las protestas ciudadanas que se registran desde mayo de 2011.

El «ejemplo chileno» es alabado hasta la saciedad. Pero el magnífico aumento sostenido de la riqueza nacional no llevó aparejado una reparto más equitativo de la misma, algo que ya se veía a la caída de la dictadura como una necesidad imperiosa y el gran desafío para los nuevos dueños del poder.

La bonanza económica se había logrado con Pinochet en ausencia de libertades, sin oposición ni sindicatos ni posibilidad de huelga, a un costo social elevado y dejando al margen del progreso a la otrora poderosa clase media y, por supuesto, a los sectores populares.

Pero ninguno de los gobernantes democráticos –los democristianos Patricio Aylwin y Eduardo Frei, el socialdemócrata Ricardo Lagos, la socialista Bachelet y el derechista Sebastián Piñera– emprendieron las reformas que la sociedad chilena reclamaba.

De modo que tras casi un cuarto de siglo en democracia Chile tiene la más desigual distribución de ingresos entre las 34 naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el club de los países más ricos del mundo. Y también entre los de América Latina, coun un coeficiente similar al de Honduras, Nicaragua o Guatemala.

Por ejemplo, el 1% más opulento de su población chilena controla un tercio de la riqueza y tiene una renta cuarenta veces mayor que el 80%. Un 0,1% se reparte el 20% de los ingresos totales. Son cifras de la Universidad de Chile.

Esas diferencias son significativas cuando se hace una comparación con una nación prototipo de economía capitalista como es Estados Unidos y resulta alarmante en el caso de que la medición se haga con relación a Alemania de la conservadora Angela Merkel.

Bachelet tiene la obligación de sentar bases para comenzar a cambiar el cuadro, para satisfacer la demanda de la población. El desencanto es evidente, el hartazgo patente y las protestas están en las calles.

La presidenta electa propuso un programa de gobierno ambicioso, sin duda con la idea de desmontar el andamiaje que aún queda en pie de la dictadura. Es consciente de que el país necesita una nueva Constitución. La cuestión es si podrá.

La Constitución chilena exige determinadas mayorías cualificadas para la modificación de ciertas normas legales y para la reforma de la propia Carta Magna. Esos baremos constituyen los sietes cerrojos que la propia dictadura le puso al régimen político y económico pinochetista.

Bachelet ha propuesto una nueva ley fundamental, aunque no ha explicado cómo pretende abordarla, si mediante la reforma de la actual de 1980 de la dictadura, que ha sufrido en este tiempo quince enmiendas aunque ninguna sustantiva, o impulsando una constituyente, como le reclaman por la izquierda.

La presidenta electa podría abordar cambios que requieren de mayoría absoluta como la reforma tributaria, la creación de un sistema público de pensiones, la apertura de nuevas universidades estatales, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la despenalización del aborto (con permiso de los democristianos).

El panorama parece favorable para lograr alianzas que permitan instaurar un sistema educativo al alcance de las grandes mayorías, en sustitución del modelo costoso para el alumnado, injusto y poco eficiente que dejó la dictadura,  o llevar a cabo una reforma laboral.

Pero los cambios constitucionales exigen mayorías que no reúnen los partidos aliados con Bachelet, un conglomerado que va desde la democracia cristiana a los comunistas. Meterle mano al tinglado constitucional pinochenista parece misión imposible.

Bachelet requeriría el apoyo de toda su bancada, la de los pocos parlamentarios independientes que hay y, sobre todo, convencer a algunos legisladores de la derecha, que sale de una de sus peores derrotas en las urnas pues perdió en el 95% de los distritos electorales y no supo aprovechar de cara a los comicios la ventaja de tener en la presidencia a uno de los suyos, el saliente mandatario Sebastián Piñera.



franciscorfigueroa@gmail.com




Cuba: pirotecnia vaticana

FRANCISCO R. FIGUEROA / 28 marzo 2012

El papa de la Iglesia católica, Joseph Ratzinger, con motivo de su viaje a Cuba, manifestó que el régimen castrista es anacrónico y apremió a los cubanos a luchar para construir una sociedad abierta y renovada.

Las afirmaciones de Benedicto XVI fueron de gran valor político, además de haber sido dichas a la cara de la dictadura cubana, prácticamente en las barbas de Fidel Castro y algunas frente a su hermano y heredero, el general Raúl Castro.

Pero para los efectos prácticos resultaron puro humo, pirotecnia vaticana.

El papa alemán dijo otras cosas relevantes. Acabó una homilía con un llamativo emplazamiento a los cubanos para que «con las armas de la paz, el perdón y la comprensión, luchen para construir una sociedad abierta y renovada, una sociedad mejor, más digna del hombre...».

En un saludo a la llegada a Santiago de Cuba habló de paz, de justicia, de libertad y de reconciliación. También de las justas aspiraciones y los legítimos deseos de todos los cubanos, en un país que, según él, se esfuerza por renovar y ensanchar sus horizontes.

Pero, así como en la parábola evangélica del sembrador hay semilla que cae entre cardos y se asfixia, la prédica de Benedicto XVI fue al marabú, ese arbusto espinoso, pertinaz, dañino, de troncos duros y tortuosos, de entramado impenetrable, que infecta los campos de Cuba, y constituye una metáfora del castrismo.

Para que no hubiera dudas, el régimen contestó al pontífice antes de que se fuera. Lo hizo por medio del vicepresidente del Consejo de Ministros, Marino Murillo. «En Cuba no va a haber una reforma política», arguyó el alto funcionario ante periodistas extranjeros llegados a La Habana para cubrir la visita del papa.

El Vaticano sabe sobradamente que Fidel Castro no dará nunca su brazo a torcer y que a estas alturas de los acontecimientos no se lo retorcerá su hermano menor porque ni quiere ni puede.

Como explicó Murillo, los cambios en curso en Cuba son una «actualización del modelo económico» castrista para hacerlo sustentable. Y es que ese modelo es una ruina, hace aguas por los cuatro costados y sobrevive a duras penas de la dádiva venezolana.

De manera que el papa alemán ha predicado en el desierto, del mismo modo que su antecesor en el trono de san Pedro, el polaco Karol Wojtyla, cuando estuvo en La Habana en 1998 aureolado como un campeón del anticomunismo y uno de los grandes artífices del desplome del bloque soviético, del que Cuba fue la punta de lanza frente a Estados Unidos.

Después del paso de Juan Pablo II, la isla de los hermanos Castro permaneció, sin embargo, impasible, hasta el punto de que 14 años después Ratzinger machaca sobre el mismo clavo.

Aquel viaje papal consiguió abrir las templos católicos y un seminario, así como una tolerancia para la Iglesia romana en Cuba hasta entonces reducida a las catacumbas. Con el actual, más que catalizar un cambio político, el Vaticano persigue que el régimen comunista permita la construcción de templos y, eventualmente, algún colegio religioso.

El papa alemán es presentado por algunos de sus hagiógrafos como un firme defensor de las libertades frente al absolutismo. Benedicto XVI dijo a los periodistas de su comitiva algo en ese sentido. «Es obvio que la Iglesia siempre está al lado de la libertad, la libertad de conciencia, la libertad de religión», sermoneó.

Pero, obviamente, eso no es tan obvio. Ahí está la historia para demostrar lo contrario: el oscurantismo de la Iglesia, su alineación con toda clase de déspotas, su intolerancia, sus inquisiciones, y su encubrimiento de gentuza como el cura pederasta y corrupto mexicano Marcial Maciel, aunque el Vaticano niega que Ratzinger y Wojtyla protegieran la «faceta oscura» de la vida del fundador de los Legionarios de Cristo, contrariamente a lo que afirman víctimas de sus abusos sexuales, a los que el pontífice no quiso ver durante su estancia en México.

Incluso en el caso cubano la Iglesia católica sigue contemporizando con el régimen. Basta leer la entrevista que dio el jefe de esa Iglesia en Cuba, el cardenal y arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, a L’Obsservatore Romano, el periódico del papa, con motivo de la visita del pontífice a la isla.

La Iglesia solo tuvo una concesión política tras la visita que hizo a La Habana en 2008 el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado vaticano. Dos años después más de un centenar de presos políticos fueron liberados. En realidad, los Castro se los quitaron de encima aprovechando la generosidad de España, que terminó acogiéndoles junto con sus familiares (más de 700 personas en total).

A la hora de la verdad el papa habló en Cuba pero no se mojó. No recibió a los disidentes, que le pidieron una audiencia en un pliego firmado por 700 personas. Apenas querían decirle que en Cuba no hay libertad, esa libertad de la que Ratzinger hablaba antes de llegar, ni se respetan los derechos humanos, que se tortura y que la represión es diaria y está en aumento, tal como muestra el último informe de Amnistía Internacional.

Ni siquiera el cardenal Ortega ha recibido a los opositores para no empañar el viaje papal, pese a que durante más de tres meses se lo han pedido en todos los tonos. Incluso el cardenal permitió el desalojo por la fuerza de los trece opositores que se encerraron en una iglesia en La Habana para pedir que el papa se hiciera eco de sus reivindicaciones.

Lo dicho: fumata negra que se disipa prontamente sobre los cielos cubanos.

Cuba: malos tiempos para la lírica castrista

Francisco R. Figueroa / 22 octubre 2010

El Parlamento Europeo ha enviado una señal nítida a La Habana: el Viejo Continente está al lado de los demócratas y no desea contemporizar con los hermanos Castro. Al mismo tiempo, Estados Unidos manifestaba su disconformidad, el amigo Miguel Ángel Moratinos era destituido y la Unión Europea daba señales de que mantendrá a grandes rasgos la «política común». Parecen malos tiempos para la lírica castrista.

El primer mensaje está indeleblemente grabado en la concesión del Premio Sajarov al disidente cubano Guillermo Fariña, de 48 años, que estuvo dispuesto a sacrificar su vida con 135 días en huelga de hambre como medio de presión para lograr un cambio en Cuba. La huelga de hambre de Fariñas, después de la muerte de Orlando Zapata por un prolongado ayuno, hizo que el mundo recuperara la memoria sobre los disidentes cubanos presos.

Como dijo la Alta Representante de Política Exterior de la UE, la británica Catherine Ashton, «los derechos humanos y las libertades fundamentales están en el centro de las relaciones de la Unión Europea con Cuba». Al mismo tiempo, la baronesa Ashton de Upholland instaba al régimen comunista de La Habana a liberar a todos sus prisioneros políticos.

La concesión del premio tuvo lugar cuatro días antes de que el lunes 25 los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, reunidos en Luxemburgo, acaben el debate que, a petición española, tienen aplazado desde junio sobre la llamada «posición común» que los 27 países comunitarios aplican a Cuba, mediante la que se condiciona la cooperación con la dictadura castrista y avances sobre derechos humanos.

La mayoría de centroderecha de la eurocámara —conformada por conservadores, reformistas y liberales, frente a socialistas, comunistas y «verdes»— fue la que decidió la concesión del Premio Sajarov a Fariña, cuya valiente actitud llevó esperanza a todos los que en la isla luchan por la libertad, los derechos humanos y la democracia.

Esa misma mayoría se opone al levantamiento de la «posición común» que fue adoptada en 1996 por iniciativa del gobierno español que entonces presidía el conservador José María Aznar. Por el cambio de dicha posición estuvo batallando durante varios años el recién destituido ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, y también la que ahora es su sucesora, Trinidad Jiménez, cuando, a sus órdenes,, fue Secretaria de Estado para Iberoamérica entre septiembre de 2006 y abril de 2009.

La política española hacia Cuba irrita a la oposición al castrismo —con la que el gobierno socialdemócrata español de José Luis Rodríguez Zapatero evitó el contacto oficial—y a todos cuanto en el mundo están en desacuerdo con la dictadura de los hermanos Castro. Desde la oposición interna cubana se le ha tildado a Moratinos a modo de despedida de «servil» de la dictadura y «cómplice de los hermanos Castro.

¿Qué pasará el lunes? Si Jiménez se presenta en Luxemburgo —en el primero de los distintos frentes que le deja abiertos Moratinos— a favor del levantamiento de la «posición común», como estaba dispuesto a hacer su antecesor, sufrirá su primer revés como responsable de la diplomacia española. Fracasará en su debut porque la decisión tiene que ser tomada por consenso y hay varias naciones que se oponen con furia.

La mayoría de Europa entiende que la excarcelación en curso de prisioneros políticos (van 47), que están cambiando la prisión por el destierro en España, no constituye ningún avance en derechos humanos. Más allá de las buenas palabras para su antecesor expresadas en su toma de posesión, Trinidad Jiménez, que sí ha tenido contactos con la oposición cubana en el exilio, tendría que mudar en dos días lo que Moratinos hizo respecto a Cuba en seis años y medio.

Los ministros de la UE posiblemente acaben haciendo algún gesto hacia La Habana alentando más cambios, lo que, sin duda, va a disgustar al régimen castrista. Seguramente –según fuentes diplomáticas comunitarias– será mantenida la sustancia de la «posición común» y se puede ser creado algún mecanismo de diálogo con Cuba tendente a lograr mejores resultados en materia de derechos humanos y democracia.

Lo mismo que la mayoría de Europa —incluidos Alemania y, sobre todo, países del este que tuvieron regímenes comunistas — piensa Estados Unidos, que considera «algo positivo» esa suelta de presos, pero censura que aún no han sido puestas en marcha las reformas prometidas por el régimen castrista, según acaba de afirmar el presidente Barack Obama.

No ha habido ningún avance hacia la libertad política y económica, ni —a juicio de Fariña y de muchos analistas— debe haber mudanzas serias en vida de los hermanos Castro.

Esta es la tercera vez que el Premio Sajarov recae en la oposición al castrismo. En 2002 lo recibió Osvaldo Payá y en 2005 las Damas de blanco (el grupo de mujeres de los presos políticos de la llamada «primavera negra» que están siendo liberados), La expectativa ahora es si el régimen de los hermanos Castro permite a Fariña salir de esa isla-prisión que es Cuba para recoger el premio, en diciembre en la sede del Parlamento Europeo de Estrasburgo el próximo 15 de diciembre. Fariña amenaza con ponerse otra vez en huelga de hambre si no lo dejan salir.

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Nuevo golpe a la democracia en Nicaragua

Francisco R. Figueroa / 13 agosto 2010

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y sus secuaces han perpetrado un nuevo asalto al poder, esta vez al Judicial, dentro de una estrategia desmañada pero exitosa para someter a todos las instituciones del Estado con la finalidad de perpetuarse en el mando, aunque la ley lo impida. A Nicaragua regresa el despotismo, una nueva dictadura que ilumina y financia el «duce» venezolano, Hugo Chávez.

Ortega y su esposa, Rosario Murillo ― ambos comparten de facto el gobierno de un país paupérrimo convertido en satrapía matrimonial ―, han copado la Corte Suprema sustituyendo arteramente a siete magistrados adversos al llamado «orteguismo» por otros, sus suplentes, que les son adeptos.

Han despreciado un arsenal de pronunciamientos sobre la ilegalidad del procedimiento, con el pretexto de volver a poner a funcionar el Supremo, que llevaba diez meses paralizado luego que Ortega prorrogó las funciones de varios magistrados por un decreto – el llamado «decretazo» – a todas luces inconstitucional.

Los magistrado destituidos mediante el último golpe de mano se oponían al patoso procedimiento mediante el que, desde el año pasado, se pretende suspender el artículo 147 de la Constitución que impide la reelección de un presidente y de Ortega por partida doble ya que ha ocupado la presidencia en dos ocasiones: 1985-1990 y el actual mandato para el período 2007-2012.

La oposición de esos magistrados, identificados con el liberalismo rival, era uno de los últimos obstáculos que tenía Ortega para su proyecto absolutista, después de haber obtenido en la Asamblea Nacional la fidelidad perruna de un grupo de diputados de oposición felones. Por tanto, el camino de la reforma constitucional por el poder legislativo, que debe ser tramitado entre este año y el próximo, parece despejado para santificar la reelección presidencial en provecho de Ortega.

Nicaragua es una nación sufrida. Aparte los desastres naturales como terremotos y huracanes que periódicamente le flagelan, la peor plaga es la perfidia y la corrupción de los gobernantes, que lo mantienen como uno de los países más pobres del planeta. Es la nación más grande y también la más atrasado de Centroamérica. De sus seis millones de habitantes, el 80% son pobres y dos de cada tres personas sobrevive con menos de un dólar por día, sin tener a su alcance el trabajo formal, la sanidad adecuada y educación digna, y ni siquiera el agua potable o el alcantarillado. La cuarta parte de la población ha emigrado y si no fuera por que remesan una cifra equivalente al 20% del PIB la nación habría sucumbido. Luego está «la ayuda» de Hugo Chávez, que equivale al 30% del presupuesto nacional.

Nicaragua fue tierra de dictadores vesánicos como los Somoza. En 1979 los muchachos sandinistas mataron la culebra en la última guerra «romántica» que ha conocido el mundo. Pero al poco se configuró una dictadura de los comandantes de la revolución. La mayoría de los líderes sandinistas se pudrieron y hubo una orgía de inmoralidades conocida por «la piñata». Cada día se habla menos de la monstruosidad de Daniel Ortega al abusar de la menor Zoila América Narváez, hija de su esposa, Rosario Murillo, y, por tanto, su hijastra, y que la esposa, obnubilada por la vuelta al poder, hizo como los monos ciego, sordo y mundo de la leyenda oriental. Con artimañas Ortega pudo volver a la presidencia y desde entonces perpetra asaltos sin freno para adueñarse totalmente del poder, por la fuerza, por el chantaje o comprando voluntades con el dinero que Chávez le entrega como supuesta ayuda al desarrollo y que él y su esposa manejan a discreción.

«Con Somoza perdimos la costumbre de sufrir con los dientes apretados, así que no importa cuánta riqueza mal habida pueda meter la pareja (presidencial) bajo el sombrero de Sandino, tarde o temprano también recibirán de nuevo su merecido histórico, sólo que esta vez debemos asegurarnos de que no tengan impunidad», se podía leer estos días en el diario «La Prensa».

Ortega golpea sistemáticamente a los otros poderes del Estado, pero, a diferencia de lo ocurrido en la vecina Honduras, ninguna cancillería se queja. Nadie condena la ruptura del orden constitucional en Nicaragua. Ni José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) ni Miguel Ángel Moratinos, el ministro español de Asunto Exteriores. A estas alturas muchos tienen claro que el antiguo comandante revolucionario sandinista Daniel Ortega se ha convertido en una remedo del dictador Anastasio Somoza. © DEL AUTOR

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Europa firme frente a los Castro

Francisco R. Figueroa / 14 junio 2010
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La Unión Europea, en contra de las pretensiones españolas, ha decidido mantener su posición frente a Cuba, que condiciona el mejoramiento de relaciones al respeto en la isla de los derechos humanos y las libertades civiles, la transición a una democracia pluralista de la dictadura de los hermanos Castro, reformas económicas y la liberación de los presos políticos.

Pese a la insistencia del actual gobierno de Madrid –o de su ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, en su solitario– España tiene claro desde hace 20 años que los hermanos Castro seguirán inmutables en sus trincheras.

«Yo ya estoy demasiado viejo para cambiar», le respondió Fidel Castro al entonces jefe del Gobierno español, Felipe González, en julio de 1991 en Guadalajara (México) cuando le pidió reformas políticas.

Tenía 65 años. Hoy, con casi 84 años y enfermo, Fidel Castro Ruz mucho menos va a dar su brazo a torcer.

El vacilante Raúl Castro, su heredero, dijo claramente hace medio año que antes que ceder al «chantaje» de Estados Unidos y la Unión Europea, Cuba prefiere «desaparecer». Castro II es un hombre que nunca se ha detenido ante nada para defender la Revolución.

Reunidos en Luxemburgo, los 27 países de la Unión Europea se ha negado este lunes a modificar su demanda a Cuba de democracia, que mantienen desde que en 1996 fueron propiciadas por el gobierno conservador español que entonces presidía José Mª Aznar, «el führercito» como le llamaba Fidel Castro para mortificarle.

Cuba prefiere que se mantengan las hostilidades. Transigir significa para la satrapía castrista doblegarse. «No cederemos jamás al chantaje de ningún país o conjunto de naciones, por poderosas que sean, pase lo que pase», ha dicho Raúl Castro. Obviamente, la dictadura cubana se nutre de la confrontación y se crece en ella.

Antes de que comenzara, en enero pasado, el semestre de presidencia española de la Unión Europea, el Gobierno de Madrid escuchó en distintos tonos e idiomas que no se esperaba que los hermanos Castro hicieran el menor gesto para propiciar un cambio en la llamada Posición Común.

Pero Moratinos se mostró sobre ese asunto tan tozudo como inamovibles los hermanos Castro en su resistencia numantina, incluso cuando su jefe, el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, le desautorizó implícitamente en lo que el diario «ABC» llamó su «cruzada personal» a favor de la dictadura cubana, después de que el régimen de La Habana expulsara, aquel mismo mes, al eurodiputado español Luis Yáñez, un socialista de vieja cepa a quien el régimen castrista tiene por enemigo.

Moratinos se ha dado de bruces con la realidad cuando hay quienes apuestan por su próxima destitución como responsable de la política exterior española. Ha demostrado que puede ser bueno en asuntos de Oriente Medio y el Mundo Árabe, pero América Latina definitivamente le supera. La reciente cumbre de gobernantes latinoamericanos y europeos en Madrid expuso sus carencias y la debilidad de la diplomacia española al sucumbir al chantaje brasileño, apoyado, entre otros, por Venezuela y la propia Cuba, a propósito de la asistencia a la cita en la capital española del presiente de Honduras, Porfirio Lobo.

Ya lo dijo Raúl Castro: «Cuba jamás será doblegada. Antes prefiere desaparecer». Mejor que ceder un ápice, el holocausto. Tanto el bloque estadounidense como la posición común europea son condicionantes «inaceptables». Los Castro se han crecido históricamente en la adversidad. Los problemas externos de hoy, como el desacuerdo con la Unión Europea, son para ambos pequeñas escaramuzas comparados con los hechos de resistencia durante la guerra revolucionaria, la invasión de Playa Girón o la crisis de los misiles. Son también carburante para esa revolución desmayada y ese régimen paralizado, al tiempo que vivifica a unos dictadores decrépitos.

La dictadura impertérrita habla de una campaña anticubana «orquestada desde los centros del poder del imperio de Estados Unidos y Europa». Los Castro siguen explotando internamente el asunto como si Estados Unidos aspirara a la dominación sobre Cuba, como si en lugar de miseria encerrara en sus entrañas riquezas incalculables o la isla sirviera para otra cosa que ser un bastión comunista frente al capitalismo yanqui.

Cuba, en efecto, no ha cedido ni un milímetro en lo que los 27 esperaban para acercar posiciones a Unión Europea ni España ha podido vencer la resistencia de países como Alemania, Francia, Suecia y la República Checa.

Para esos y otros gobiernos no es suficiente que los hermanos alivien algo la presión de la garra con la que atenazan el cuello de los cubanos y la reciente liberación de un preso político muy enfermo o el acercamiento a cárceles más próximas a sus residencias de otros doce como primer resultado de la mediación de la Iglesia Católica en Cuba. Estas son concesiones escasas con las que los Castro no deben engañar al mundo democrático.

franciscorfigueroa@hotmail.com

Meterse en Honduras

La situación en Honduras, con el naufragio hasta hoy de todas las gestiones, parece empantanada. Pero dentro de ese pequeño país centroamericano la situación fluye y desde el lunes pasado evoluciona rumbo a las elecciones del 29 de noviembre próximo cuando 4,5 millones de votantes escogerán nuevo presidente de la República así como diputados, alcaldes y regidores municipales.

Esos comicios quedaron convocados el pasado 29 de mayo, preceptivamente con seis meses de antelación a su realización y un mes antes de la turbulenta destitución del presidente Manuel Zelaya. Es este un punto significativo frente a quienes tratan de deslegitimar las elecciones con la argucia de que el llamado a las urnas fue hecho por «el gobierno de facto» de Roberto Micheletti.

Importaría menos quien convocó a elecciones, incluso en el caso de que hubiera sido el propio Micheletti, que está desacreditado internacionalmente como un gobernante producto de un golpe de Estado y, por tanto, ilegítimo. «Goriletti», le zahieren sus adversarios, sobre todo el venezolano Hugo Chávez, quien se llena la boca condenando el golpismo cuando su irrupción en política fue como cabecilla de un cruento golpe de Estado, en 1992, al frente de un grupo de militares felones.

Es conveniente recordar que Micheletti fue colocado en la Presidencia de la República siguiendo las previsiones constitucionales, por un Congreso Nacional legítimo que estaba conforme con la destitución de Zelaya, como también lo estuvo la Corte Suprema, asimismo legal, que, previamente a los hechos y a pedido del Ministerio Público había aprobado por unanimidad una acusación contra el entonces jefe del Estado por «traición a la patria, abuso de autoridad y usurpación de funciones», y emitido una «orden de captura y allanamiento» contra él.

Eso porque Zelaya, gobernando alegadamente al dictado de Hugo Chávez, había convocando, sin tener poderes para hacerlo, una consulta popular sobre la posibilidad de reunir una Asamblea Constituyente, cuyo objetivo, entre otros, sería la reelección presidencial indefinida para perpetuarse en el poder y dotar al país de una Carta Magna acorde al ideario chavista. La actual Constitución hondureña impide de manera taxativa la posibilidad de reelección con una llamada «cláusula pétrea» y limita su reforma exclusivamente al ámbito del Poder Legislativo.

Aceptando que Micheletti sea un gobernante espurio — y Honduras la cruel dictadura que Zelaya y Chávez retratan—, también lo fueron los gobiernos militares en América Latina que convocaron y llevaron a cabo las elecciones que hicieron posible el tránsito a las actuales democracias. Todos esos comicios fueron efectuados con menos vigilancia y garantías de respeto a la voluntad popular que tendrán los hondureños de noviembre. Así sucedió en Brasil, Argentina, Chile, Perú (por partida doble), Venezuela, Bolivia, Uruguay, Paraguay, la propia Honduras y otras repúblicas centroamericanas y caribeñas, en Europa y en otras partes del Mundo. Por ejemplo, las elecciones que posibilitaron la tan admirada transición española también fueron convocadas por unas autoridades sin legitimidad democrática, emanadas del franquismo. Para celebrar esas elecciones a nadie se le ocurrió exigir la reinstalación de los regímenes políticos anteriores a las respectivas interrupciones de la democracia. Lo importante era que se retomaba la senda de la libertad.

La historia de América Latina registra dos casos peculiares de restitución en el poder de dos presidentes golpeados: la del boliviano Hernán Siles Zuazo, en 1982, por un Congreso Nacional que reconoció la validez de las elecciones de 1980 atropelladas por el enésimo golpe militar en aquel vapuleado país, y la del peruano Fernando Belaúnde Terry, quien en 1968 fue sacado en pijama, como Zelaya, del palacio presidencial, rumbo a Buenos Aires, por militares izquierdistas y en 1980 logró la reposición en la jefatura del Estado por la fuerza de la votación popular que llevó de nuevo la democracia a Perú.

Las naciones que claman por el retorno de Zelaya al poder y se manifiestan contra las elecciones o por su boicoteo se enfrentan a una alternativa diabólica: si no aceptan los comicios hondureñas emborronarían sus propias transiciones a la democracia y sentarían un serio precedente; si las revalidan estarían haciendo válido implícitamente lo que consideraron un golpe de Estado.

Por otro lado, es inconcebible que se exija a Honduras tal pulcritud democrática con la restitución de un presidente como Zelaya que había ensuciado la democracia y no se haga el menor reclamo por la ausencia de democracia en Cuba o a Chávez por la conculcación de la democracia en Venezuela.

El Gobierno de Honduras, su Parlamento, la Corte Suprema, el Tribunal Supremo Electoral, las Fuerzas Armadas y la jerarquía de la Iglesia Católica se muestran unidos entorno a la celebración de las elecciones de noviembre, en defensa de la soberanía nacional y contra la posibilidad de retorno a la presidencia de Zelaya. Hasta la izquierda tiene ya sus candidatos, aunque hay quienes amenazan de retirarse si Zelaya no es restituido en el poder, algo en lo que cada vez cree menos hasta su principal valedor, Chávez, considerado el causante de la situación hondureña.

El gobierno de Tegucigalpa opina que se está produciendo un cambio de posición de la comunidad internacional que ahora le acorrala y que ya hay países que ha pasado a tener posiciones más comedidas respecto a lo sucedido el 28 de junio, cuando los militares sacaron del poder a Zelaya. Pero la Organización de Estados Americanos (OEA) con su risible secretario general, el chileno José Miguel Insulza, a la cabeza, siga diciendo que no reconocerá los comicios de noviembre.

Gobiernos como Estados Unidos —hasta el punto de que Zelaya le exige «más firmeza»—, México o Brasil han dejado de insistir en la condición sine qua non de reposición en el poder de Zelaya, en la que machaca, por ejemplo, el gobierno español. Washington aún no se ha pronunciado legalmente sobre si lo ocurrido en Honduras fue un golpe de Estado. El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de conceder a Honduras asistencia financiera por casi 150 millones de dólares, mientras que la Unión Europea aseguraba que «no dejará aislado al país» en materia comercial, en contra de la propuesta española de dejar a Honduras fuera de las negociaciones con Centroamérica de un acuerdo de asociación que se desarrollan desde hace cerca de dos años. Un nuevo revés en la política iberoamericana del ministerio que dirige Miguel Ángel Moratinos.

Con la mirada en el futuro, la comunidad internacional debe apoyar las elecciones hondureñas de noviembre, si se quiere bajo la fórmula de «transición a la democracia» para que algunos salven sus muebles, con observadores de la OEA, la Unión Europea, las naciones vecinas, el Centro Carter y cuantas instituciones de reconocido prestigio se consideren necesarias, de modo que la nación centroamericana salga cuanto antes del atolladero al que le ha conducido un personaje como Hugo Chávez, hacían quien esos celosos guardianes de la ortodoxia democrática hacen la vista gorda, mientras aumentan las denuncias sobre que en Venezuela se levantan —lento, pero seguro— los muros de un nuevo Estado totalitario.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Batalla en Madrid por y contra una Cuba libre

Este último fin de semana ha habido en Madrid una batalla por Cuba. Organizaciones de las izquierdas otrora comunistas y ahora desnortadas recorrieron el sábado algunas calles defendiendo la revolución, es decir, a la dictadura de los hermanos Castro, y contra las injerencias en un país con un Gobierno históricamente entremetido, aunque le llame «solidaridad internacional». El domingo grupos de las derechas participaron en una concentración a favor de la libertad y la democracia, de las que Cuba carece, y de condena al más largo régimen dictatorial sufrido por una nación latinoamericana. En medio de ambas, el partido socialista del primer ministro Rodríguez Zapatero se abstuvo en sintonía con la política meliflua y afectada que el Gobierno de Madrid practica con Cuba. ¿Dónde quedaron aquellos luchadores socialistas por la libertad, la democracia y la justicia como ideales y valores esenciales del hombre?

Posiblemente nunca llegue un día en que los demócratas españoles se manifiesten unidos para que en Cuba también haya una democracia, algo simple para quienes estamos acostumbrados a disfrutarla y una quimera para los que no viven en ella, como casi al cien por cien de los cubanos de la isla, los menores de 60 años porque solo han conocido la dictadura de medio siglo castrista y la de Fulgencio Batista que le precedió. La corta etapa democrática cubana se difumina allá, bien lejos en el tiempo, aunque los hermanos Castro seguramente la recordaran pues se foguearon en ella.

La cuestión es sencilla: hay que ir a las calles a pedir que los cubanos puedan libremente salir y entrar, comprar y vender; pensar, leer, escribir, imprimir y divulgar; ganarse la vida, navegar por Internet, librarse de la Seguridad del Estado, de los no menos odiosos Comités de Defensa de la Revolución y de las libretas de racionamiento, y también votar por todas las ideas en lugar de estar sometidos por las botas de los Castro que solo se diferencian de color de las botas de Augusto Pinochet, Alfredo Stroessner o Rafael Videla o tantos y tantos milicos, salvapatrias y aventureros que han subyugado a los pueblos latinoamericanos.

Por mucho que las izquierdas hispanas griten lo contrario, Estados Unidos no constituye actualmente una amenaza para Cuba y mucho menos con Barack Obama en la Casa Blanca. En las negociaciones para solucionar la Crisis de los Misiles, que tuvo al mundo en 1962 al borde de una guerra nuclear, Washington se comprometido a no invadir nunca la Isla y ha cumplido. Es cierto que sus servicios de espionaje trataron decenas de veces de eliminar a Castro durante la Guerra Fría, pero eso hoy también es historia y una coartada más para el vetusto líder cubano. El problema fundamental entre ambos países es el embargo comercial parcial a Cuba que los izquierdistas españoles siguen viendo como si se trataran de un muro impenetrable tendido alrededor de la isla, cuando la realidad es que el 80% de lo que poco que come Cuba llega de Estados Unidos, y cuyo levantamiento depende de cuestiones básicas, sencillas, relacionadas con el respeto a los derechos humanos y no, como arguye Fidel, con la claudicación de un pueblo ante un imperio.

A Estados Unidos el embargo comercial demostradamente no le interesa. Ha tratado de levantarlo media docena de veces desde la época de Richard Nixon y Henry Kissinger. Gerald Ford, Jimmy Carter y Bill Clinton quisieron abolirlo, pero siempre se toparon que acciones hostiles puntuales de Fidel Castro, para quien el embargo sigue siendo su mejor pretexto para mantener a Cuba bajo su férula. El problema fundamental de Cuba es el bloque interno impuesto por Fidel Castro. El obstáculo para el progreso de esa Cuba sumida en el atraso y la miseria son sus dirigentes obstinados y gagás.

Las derechas españolas se ha manifestado a favor de la libertad y la democracia en Cuba y esto está bien. Incluso es aceptable que dineros públicos se destinen a la causa de los demócratas, a quienes se oponen pacíficamente a los hermanos Castro, a esos que un régimen sin piedad tilda indistintamente de mercenarios y terroristas. Esto está tan bien como, por ejemplo, que los socialistas alemanes y suecos ayudaran política pero también económicamente a los demócratas españoles en su lucha contra la dictadura del generalísimo Francisco Franco, gallego y taimado como Fidel.

Pero resulta intolerable que un diplomático impertinente como es el belicosos embajador de Castro en Madrid, Alberto Velazco San José, mande zaherir y vituperar a las autoridades españolas que ayudan a los demócratas cubanos y luego se pavonee de que si un representante extranjero en La Habana hiciera algo similar sería expulsado automáticamente sin permitirle siquiera recoger su cepillo de dientes. Velazco presume que ningún diplomático extranjero en Cuba se atrevería a hacer algo semejante a lo que él autorizó a su embajada contra de la jefa del Gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre, que fue calificada de «cabecilla de la mafia terrorista cubanoamericana», primero en un comunicado de la propia legación diplomática y luego desde las páginas del diario «Granma», el órgano oficial del régimen castrista. Sufrió por ello una tibia amonestación cuando merecía una severa reprimenda. Algo parece que está mal en la política española hacia el castrismo y debiera ser mudado antes de encumbrarla con esa inminente gran visita de Estado a la isla.

Volviendo a las relaciones con Washington, ha bastado una insignificante alusión de Obama a Cuba para que Fidel Castro abriera las hostilidades contra otro presidente de Estados Unidos, el undécimo inquilino de la Casa Blanca desde el inicio de su dictadura. Era de esperar pues, como varias veces ha aparecido en este blog, el enfrentamiento permanente con Estados Unidos, sean demócratas o republicanos los titulares del poder, es la razón de vida de Fidel Castro, explicada por el propio dictador, su único asidero ideológico y el detergente para el lavado de cerebro al que el régimen tiene sometidos permanentemente a los cubanos. Con el pretexto de que Obama no devuelve Guantánamo ya —Estados Unidos debiera pensar en eliminar cuanto antes ese residuo colonial en el este cubano y Fidel Castro es malvado haciendo creer a su pueblo que la devolución tienen que ser inmediata e incondicional— y de que la actual Administración norteamericana también apoya a Israel, el anciano y enfermo comandante en jefe reparte leña contra el flamante presidente en la última «reflexión» que ha publicado. Nuevamente Fidel deja en evidencia que sin Estados Unidos él no es nada.

Francisco R. Figueroa

Cuba: esperanza, espera y decepción

El presidente Raúl Castro ha hecho una serie de anuncios que significan la postergación de sus tímidas, pero esperanzadoras, reformas en Cuba, debido a los efectos de la crisis global. El trance en que se ve el mundo es consecuencia de los excesos del libre mercado cuando la situación cubana hunde sus raíces en la conmoción causada por la crisis del comunismo y el desmoronamiento del bloque soviético así como tiene que ver con la contumaz impericia de los dirigentes de La Habana, su irresponsabilidad perseverante y el envanecimiento y el fundamentalismo de Fidel Castro. Es el peso muerto de ese régimen anquilosado, esclerótico y exánime, que ahora cumple cincuenta años, lo que mantiene postrada a Cuba. El régimen castrista es el origen de la cuestión y la crisis capitalista le sirve de nueva coartada.

Las reformas –Raúl dice– no han sido engavetadas y se irán aplicando «sin apresuramiento ni exceso de idealismo». Le faltó decir que «y con la venia de Fidel» o «después de que mi hermano se muera». La reestructuración general del Gobierno quedó también aplazada. La contrarreforma de Raúl tendrá, pues, que esperar más en medio de la decepción del pueblo, que siguió a la espera tras los primeros anuncios a raíz de tu toma de posesión en febrero pasado. Porque la verdad es que hasta ahora las principales iniciativas de Raúl y otras que, según se afirmaba, tenía en mente –entre ellas la libertad de entrada y salida del país para todos los cubanos– han sido frenadas una tras otra por el líder providencial de la isla desde su ignoto retiro de enfermo, desde donde mantiene maniatado a su hermano menor. El general Raúl Castro es, en efecto, el Presidente de la República. Pero Fidel Castro continúa siendo el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista. Y no se pude olvidar que en Cuba el Partido Comunista está legalmente por encima de todas las demás instituciones. Además, Fidel continúa siendo venerado como Comandante en Jefe. De manera que a Raúl le queda la decoración, el protocolo y poco más, con casi ningún margen de maniobra.

Se trata ahora, dice Raúl, de «ajustar los sueños a las verdaderas posibilidades», que realmente vienen determinadas por la voluntad de su hermano Fidel. Antes de cualquier reforma sustancial, mucho más allá del simbólico permiso para pernoctar en hoteles o la autorización de compra de ciertos enseres electrodomésticos para gente que mayormente carece de posibles, habrá que celebrar el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, que tendrá que pronunciarse sobre cualquier cambio. Se dice que ese congreso tendrá lugar el mes de octubre, pero hasta la fecha no lo han convocado. Tampoco han comenzado los preparativos ni las reuniones provinciales, de las bases y de las organizaciones políticas y de masas. De modo que los observadores tienen sus dudas. Si para cuando se celebre ese congreso siguiera vivo Fidel seguramente pondrá todo su enorme peso ideológico para que nadie cambie sustancialmente. No parece probable que al final de su vida el obstinado Fidel vaya a dar su brazo a torcer ni nadie se atreva a contradecirle.

En su discurso de fin de año en la Asamblea Nacional, Raúl dijo de alguna manera que Cuba no puede quedar a merced de Venezuela en temas económicos. El régimen de Hugo Chávez, según fuentes en Cuba, proporciona a La Habana una ayuda que anualmente asciende a 6.000 millones de dólares una cantidad muy importante comparada con los 5.000 millones de dólares en los buenos tiempos le proporcionaba a Castro la Unión Soviética. No se sabe cuanto peso habrá tenido en esa afirmación los sentimientos de Raúl hacia Chávez. Es de sobra conocido que al hijo putativo de Fidel, el tío putativo Raúl no lo quiere, lo le cae bien.

En ese discurso Raúl propuso recetas que obligarán a los cubanos y sus dirigentes a ajustarse el cinturón, a quienes les quede cinturón y cintura para aguantar.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Males de la chaveta

Hugo Chávez juega al superhéroe de Latinoamérica, como el Chapulín Colorado. «No contaban con mi astucia», dice también el presidente venezolano mientras impone de nuevo la enmienda para su reelección indefinida. Política marrullera, prestidigitación ideológica, mitomanía revolucionaria y heroísmo de hojalata. Con arengas patrioteras y soflamas revolucionarias se disfraza una ambición obsesiva de poder. ¡Tiemblen, tiemblen pitiyanquis, vendepatrias, oligarcas que ahí tienen otro caudillo mandón como tantos que ha conocido Latinoamérica!

Hace unos días se cumplió otro aniversario de la muerte de viejo, en 1935, del mayo tirano que ha tenido Venezuela: Juan Vicente Gómez, tras 27 años de ignominia . Curiosamente nació y murió en los mismos días que Simón Bolívar. Según Chávez, Bolívar pudo ser asesinado vilmente. Los historiadores dicen que hablar de ese asesinato es de locos. ¡El Libertador murió tísico! Pero Chávez está dispuesto a descubrir a los asesinos, que identifica con los enemigos de la patria, con Estados Unidos, sus adversarios colombianos y la oligarquía venezolana. «Curiosamente los enemigos que Chávez atribuye a Bolívar son sus propios enemigos», apunta la prensa. «Rompan los mármoles de la patria, abran el sacrosanto sepulcro del Panteón Nacional y veamos, porque tengo dudas». Si el comandante duda… Exégetas del Libertador y alabanceros de Chávez afirman que Bolívar fue asesinado porque pretendía implantar una revolución. Ni más ni menos. Hay una manipulación grosera de la historia por parte del chavismo. Chávez adultera la historia.

¿Podrá Chávez demostrar algo? ¡Pero si sus policías son incapaces de solucionar los cuantiosos crímenes que hay en el país!, aseguran sus adversarios. Esa violencia social convierte cada semana a Caracas en un valle de sangre. Crece y crece. Una chacina. Los proyectos sociales de Chávez, diez años después, no logran nada contra la violencia que campea. Los barrios adentro se pueblan de deudos. Los periódicos contaron durante el fin de semana de las últimas elecciones regionales 44 homicidios en Caracas, con todos los policías y militares de la república en pie de guerra. ¿Cuántos ocurren durante los demás fines de semana cuando la seguridad es bien menor? ¿Sesenta? ¿Setenta?

Ahora, cuando Chávez festeja sus diez primeros años en el poder, se cumple el centenario del inicio de la satrapía de Gómez, que coincidentemente era otro militronche personalista, astuto, listo y ladrón. Algunos militares, dicen historiadores, ven en Chávez la reencarnación de Gómez, el que instituyó las Fuerzas Armadas. Gómez trató también de mantener una fachada constitucional y democrática, enmendó la Carta Magna según sus intereses y era el benefactor de la patria, el Benemérito. Puestos en cargos públicos – ¡oh coincidencias! – sus familiares se aprovecharon del botín de la patria. Igual dicen que pasa en la llamada República de Barinas. En sus primeros años Gómez promovió la concordia nacional, mientras Chávez atiza desde siempre la discordia.

El pueblo venezolano rechazó en 2007 una reforma constitucional que posibilitaba la reelección presidencial indefinida, es decir la temida implantación de un régimen autoritario duradero, quizás un vitaliciado. Chávez vuelve ahora a imponerla con un desprecio supino por la voluntad popular expresada en aquel referéndum y pide a la gente que lo secunde. Dicen que cuatro millones y medio han firmado dándole su apoyo. La Asamblea Nacional es mayoritariamente obsequiosa y dispuesta a la aclamación. Los que tienen un puesto público y los que viven de las prebendas han debido firmar. ¡Qué remedio! Los hay que siguen al líder a pie juntillas, con obediencia ciega. «¡Síganme los buenos!», gritaría el Chapulín. Sin darle tregua al país ni para las ayacas y las gaitas de Navidad, una Venezuela al borde de la extenuación política tienes otra consulta electoral en puertas, para febrero, sobre la continuidad de Chávez. «Ya le dijimos que no. ¿Es que quiere ser rey?», claman sus adversarios. Quizás un soberano de Barataria.

Una multitud ciega grita al «Uh, ah, Chávez no se va» y cosas tan pintorescas como «estamos logrando la plena felicidad». «Todos mis movimientos están fríamente calculados», diría el Chapulín. Cómo para salir corriendo. ¿Qué se puede pensar de un gobernante que dice que está dispuesto a quedarse en el cargo hasta el 2019, el 2021 o «cuando Dios y el pueblo manden»? «El poder y el delirio», responde el pensador Enrique Krauze en un libro muy atractivo. Aquello parece un país con gobernante y gobernados envilecidos, con el Estado totalmente echado a perder y al servicio discrecional del proyecto chavista. ¿Cuánto duraría Chávez sin petróleo o con este derrumbe del precio del barril?

Los dos lustros que lleva Chávez mandando no ha sido una década prodigiosa. Más bien lo contrario. Su revolución mesiánica parece una cáscara vacía y a la deriva. En el país ha habido el cambio de la clase corrupta de la «conchupancia» de la Cuarta República por otra, la «boliburguesía» de la revolución chavista mucho más degradada. El escocés etiqueta azul y los coches Hummer son sus señas de identidad. Corrupción a raudales, la peor de Iberoamérica, en la Quinta República, esa que nació bajo el signo de la honestidad. Chávez dilapida la riqueza nacional que proporciona el petróleo en su aventura de poder personal, fuera y dentro del país.

Bolívar advertía contra los gobernantes que se eternizaban en el poder. Gómez fue uno de ellos. Chávez lo pretende. ¿A cual de ellos se parece más a Chávez? Quizás a Robert Mugabe, su admirado «guerrero de la libertad», quien en su demencia senil se aferra al poder de un país hechos añicos gritando «Zimbabue es mío». Como afirmaba Octavio Paz, «la Revolución comienza como promesa, se disipa en agitaciones frenéticas y se congela en dictaduras sangrientas…».

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

¿Quién para a Hugo Chávez?

El comandante Hugo Rafael Chávez Frías está cumpliendo diez años en el poder en Venezuela como caballo desbocado, sin freno ni medida, con la obstinación de un Robert Mugabe que ha sumido a Zimbabue en el caos, la desesperación y la plaga.

¿Quién lo para? ¿Quién puede contener a este gobernante que ha convertido la presidencia en asunto personal, en un monumental desatino, en una obsesión desproporcionada, en piedra de toque de una revolución fútil que luce en pañales dos lustros después de haber sido parida, a este autócrata cuartelero revestido de capa pluvial verde oliva y roja de sumo sacerdote de una democracia en la que fehacientemente no cree?

La oposición política ha ocasionado algunos tropiezos a Chávez, pero hasta el momento nada que el antiguo comandante de paracaidistas no haya sabido sortear brincando con la insensatez de un canguro grillado.

Fuera de Venezuela no se ve nadie –en América Latina, Estados Unidos, la Unión Europea ni en parte alguna– dispuesto a hacer algo para contener a un gobernante que vilipendia la democracia, la ha convertido en una farsa, atropella y subvierte la voluntad popular y la usa como a él mejor le viene, que no tiene empacho en falsificar el legado del venerado prócer Simón Bolívar y tomar su nombre en vano.

Entre gritos y bravatas como «yo ya no soy yo. Yo soy el pueblo» o «este soldado se prepara mentalmente, físicamente, desde todo punto de vista, para trascender el 2012» [año en que habrá nuevas elecciones presidenciales] o «¡Prepárense oligarcas!» o «yo estaré aquí [en la presidencia] hasta que Dios quiera y mande el pueblo» o «el que no está con Chávez está contra Chávez» o «Uh, Ah Chávez no se va» o «¡Vamos a demostrar quién manda en Venezuela!», el gobernante ha dado otra vuelta a la tuerca que le atornilla al poder con la idea de perpetuarse legalmente en el cargo.

Hace un año los ciudadanos se pronunciaron contra la posibilidad de reelección presidencial indefinida porque no deseaban tantísimo poder concentrado en un gobernante que podía ser eterno y porque conocen de sobra la enorme capacidad que tiene el jefe del Estado para compra voluntades, corromper y mantener su clientela política. También conscientes de que, como sentenció Bolívar, en el acto constitucional de Venezuela la continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos y nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder porque el pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo.

Chávez prometió entonces no insistir sobre el tema y afirmó que el resultado del referéndum había sido «una señal» para él.

Desde el punto de vista democrático aquel triunfo de la oposición, que Chávez tildó de «victoria de mierda» cuando se vio forzado a reconocerlo públicamente, debió haber zanjado la cuestión de la reelección presidencial indefinida, con lo que el mandatario tendría que abandonar el cargo el 10 de enero del 2013, fecha en la que concluirá su actual sexenio.

Pero, como tantas veces hizo en estos diez años, Chávez ha cambiado otra vez de opinión.

Arguye ahora que ese mudanza se ha debido a que ha visto más clara «la gran amenaza fascista que se cierne sobre el pueblo venezolano», en referencia a sus opositores y su muy significativo avance en las recientes elecciones regionales y municipales, cuando vencieron a Chávez en distritos que representan no menos de la mitad del país en población y riqueza.

«Inmorales, sinvergüenzas…!» grita Chávez contra sus oponentes porque argumentan que el asunto de la reelección indefinida ya fue votado y rechazado por el pueblo en aquel referéndum del 2 de diciembre del 2007, cuyos resultados oficiales aún no han sido divulgados por unas autoridades electorales tan sumisas a Chávez como prevaricadoras.

Chávez ha hallado en la propia Constitución el camino para driblar la voluntad popular contraria a sus pretensiones continuistas pues la Carta Magna establece la posibilidad de su propia a iniciativa ciudadanía (con el respaldo de cuanto menos 2,6 millones de firmas) y de la Asamblea Nacional, que en su inmensa mayoría es chavista hasta el tuétano. Como hay tres posibilidades de iniciar una reforma Chávez no tiene empacho en colocar el mismo asunto a votación una y otra vez.

En realidad no ha habido ahora una iniciativa ciudadana pues ha sido el propio Chávez quien, tras el resultado desfavorable de las elecciones regionales y municipales celebradas el último 23 de noviembre, puso en marcha con celeridad el mecanismo de reforma constitucional para la reelección indefinida e impartió ordenes a sus huestes de «movilización para el combate» en lo que él con su grandilocuencia considera «una guerra».

Pretende que el nuevo referéndum se celebre en febrero próximo. Con esta nueva votación Chávez trata también de aniquilar de antemano la posibilidad de que la oposición impulse una consulta popular con la intención de revocar su mandato, cosa posible en el ordenamiento legal venezolano contra cualquier cargo a la mitad del período de un mandato. Eso es de aquí a poco más de un año en el caso de Chávez.

El presidente venezolano también distrae con ello la atención sobre el fracaso estrepitoso de estos diez años de revolución hueca y se anticipa a la aguda situación crítica que amenaza al país debido al abrupto desplome del precio del petróleo, la casi exclusiva fuente de riqueza nacional. Antes Chávez había amedrentado a la oposición vaciando los despachos, las arcas y las intendencias o quitado competencias administrativas a las gobernaciones y municipios donde sus rivales han triunfado, en un nuevo y arbitrario alarde de autoritarismo.

Chávez opina que la democracia consiste en el voto popular y la alternancia en el poder en que en las elecciones haya más de un candidato. Sostiene que no hay ninguna diferencia desde el punto de vista democrático entre lo que él quiere y lo que ocurre en democracias consolidadas como la británica o la española, en las que –dice- nadie elige a los jefes de Estado [en ambos casos son reyes sin la potestad de gobierno] y los primeros ministros pueden buscar la reelección sin límite. Ignora qué es una democracia parlamentaria.

¿Qué harían los británicos si escucharan a Gordon Brown diciendo como Chávez que quiere «trascender» más allá de determinada fecha, o los españoles si José Luis Rodríguez Zapatero proclamara que «el pueblo soy yo» o cualquiera que tildara de «victoria de mierda» un triunfo electoral de sus opositores?

La democracia tiene que ver fundamentalmente con la votación popular y la alternancia en el poder, pero también mucho con algo que en la Venezuela de Chávez se suele patear como es el respeto a la voluntad ciudadana y a las minorías, el uso responsable de los recursos nacionales, la libertad y la igual ante la ley, el derecho a la crítica, el ejercicio de la oposición, la liberad de opinión, que el gobernante tenga en cuanta lo que el pueblo quiere, etc.

¿Quién contiene a Chávez en sus afanes desmedidos, en su iniquidad, en su forma tan arbitraria de gobernar?

Internamente la oposición ha mejorado sus resultados y debe haber aprendido tras al referéndum del año pasado y los comicios recientes que sólo unidos pueden hacer frente al enjambre chavista, una sociedad de cómplices donde las fidelidades y las lealtades valen su precio en petrodólares o bolívares fuertes. Pero aún no parecen tener fuerza para desbancar a Chávez del poder y menos teniendo el presidente un poder electoral reverente.

Internacionalmente no se avizora nadie dispuesto a, como diría un venezolano, «echarle un parao a Chávez». Cualquiera que levante la voz será identificado inmediatamente como el enemigo. Chávez no anda ahora sobrado de enemigos. Uno le daría fortaleza interna. Con Barack Obama como presidente de Estados Unidos se le acaba el discurso contra George Bush. Seguramente, como los hermanos Castro, seguirá zahiriendo al imperialismo. Reamistado con los presidentes Álvaro Uribe, de Colombia, y Alan García, de Perú, y hechas las paces con el rey de España, no le quedan enemigos externo de peso. Y los viejos camaradas [Lula da Silva, Cristina Fernández…] tampoco están dispuestos a abrir la boca, el brasileño porque los amigos de Chávez de Ecuador, Bolivia o Paraguay se han alborotado para no pagarle deudas que considera ilegítimas, y todos escudados en el principio de la no intervención en los asuntos internos de otro país, cuando Venezuela clama por una ingerencia en toda regla, como pedía a gritos Zimbabue desde hace años y solo ahora que ha sobrevenido la terrible crisis humanitaria, económica y política por la obstinación y los caprichos del sátrapa Mugabe, es que Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Europea le exigen que deje el poder.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com