Lula versus el Leviatán

 

✍🏻Francisco R. Figueroa — 16/08/26

En el umbral de sus 81, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, busca un cuarto mandato, en una batalla electoral encarnizada, previsiblemente inmunda y tóxica, agravada por la estrategia de dominación del Leviatán norteamericano y la zarpa ultrajante del León argentino.

Liquidar al viejo caudillo social, hasta ahora un muro de contención de la ultraderecha, y meter la mayor nación de América Latina y segunda economía del continente en el redil del trumpismo supondría para el reaccionarismo del siglo XXI la madre de todas las victorias.

El proceso electoral se ha iniciado oficialmente este domingo pero la polarización de Brasil lleva años encallecida. Las embestidas recrudecieron desde que Flávio Bolsonaro (45 años) fue escogido como adversario de Lula. Senador desde 2018 gracias al padre, Flávio es un candidato ungido por su progenitor y de no ser hijo de quien es su chance sería de mero figurante entre los trece aspirantes a la presidencia del impávido coloso sudamericano.

Oficialmente es el candidato del Partido Liberal, primera minoría parlamentaria. En realidad es el candidato del clan Bolsonaro y del bolsonarismo en sustitución del patriarca Jair, que cumple —en severo arresto domiciliario— una pena de 27 años por haber atentado contra el orden constitucional democrático para permanecer en el poder aun habiendo perdido en las urnas frente a Lula en 2022. Entre otros actos golpistas estuvo un tumultuario asalto a las sedes de los tres poderes em Brasilia, similar a la rabiosa invasión, en 2021, del Capitolio de Washington de las hordas de Donald Trump en su rección vesánica a la victoria de Joe Biden.

Bolsonaro junior ya fue favorito, pero los últimos sondeos de intención de voto favorecen a Lula 38% a 31% en la primera vuelta, si bien la ligera ventaja del mandatario en el balotaje está en el límite del margen de error de la encuesta. De los otros once candidatos, el mejor colocado tiene un 4% en las preferencias.

El bolsonarismo es un heterodoxo movimiento emocional en torno a su padre, nacido en 2018 de la ola anti-Lula, en horas bajas por los problemas judiciales que le llevaron a prisión tras un proceso con martingala que acabó siendo anulado por el Tribunal Supremo. Congrega conservadurismo, nacionalismo, militarismo, teocracia y tradicionalismo. Ultraísmo de derecha, populismo y antipolítica, con odio feroz a Lula y el progresismo. Sus pilares están en las iglesias cristianas evangélicas, donde abreva casi el 40% de la población creyente; el agronegocio, que representa el 25% del producto interior bruto (PIB); el caciquismo regional más reaccionario, tan característico en Brasil y con peso político determinante, y la nutrida facción militar y policial —activos, en la reserva o retirados— antidemocrático y progolpista, nostálgicos del último régimen militar (1964-85), como lo es el propio Jair Bolsonaro, antiguo oficial apartado con el grado de capitán a causa de su comportamiento indisciplinado y sedicioso. En esencia reúne a las grandes fuerzas conservadoras brasileñas resumidas en una triple B, por Biblia, Buey y Bala, bajo el renacido lema de Dios, Patria y Familia. En estas elecciones, el padrino extranjero es Donald Trump, mientras que Javier Milei maneja el látigo de siete puntas.

El estamento empresarial, que era pro-Bolsonaro, está furioso por la embestida arancelaria de la Administración Trump. Aunque dirigida contra Lula, en la práctica lesiona los intereses nacionales. Para el sector manufacturero, origen del 80% de las exportaciones brasileñas a Estados Unidos, el negocio alcanza 30.000 millones de dólares anuales y para el sector primario casi 14.000 millones. 

De modo que el daño derivado de los sobrecostes aduaneros es sustancial.  La cuestión exterior tradicionalmente influía poco en el ánimo del votante, pero en estas elecciones puede pesar. Brasil parece consciente de que el daño a la nación es culpa de los Bolsonaro, de la conveniencia de Trump de liquidar a Lula, su mayor rival en el continente, a través de ellos así como de los cabildeos políticos en Washington del tercer retoño, Eduardo, virtualmente huido a Estados Unidos, donde azuza contra su propia nación tanto a la Administración norteamericana como al mundo MAGA (Make America Great Again) y a sus parientes ideológicos de Iberosfera, el bloque neoconservador de hablas española y portuguesa. Además de la agresión que supone el arancelazo deben influir en las urnas el repudio considerable a Trump, el rechazo tradicional a EEUU y el temor al vasallaje en caso de victoria de los Bolsonaro.

El Leviatán Trump, además de haber atacado reiteradamente a Brasil con medidas comerciales punitivas, ha catalogado a dos organizaciones criminales brasileñas como grupos terroristas extranjeros, con lo que de un lado señala la ineptitud de los cuerpos policiales brasileños y por el otro crea la eventualidad de una acción propia directa contra las bandas en un país vulnerable, con 17.000 kilómetros de fronteras terrestres y más de 7.000 kilómetros de costa abierta al océano Atlántico. «¿Qué hacer si Estados Unidos ataca? Abrirle la puerta», resumió el asunto el ministro de Defensa, José Múcio.

El León Milei ya ha soltado su zarpa contra Lula con una insolencia que ha conmocionado los pilares del pacto de buena vecindad de 1985 con el que los entonces presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney acabaron con la rivalidad secular argentino-brasileña. Argentina es el primer socio comercio latinoamericano de Brasil, con unos 18.500 millones anuales en exportaciones y 12.000 millones en importaciones.

Brasil tiene a Estados Unidos como segundo socio comercial, con alrededor de un 15% de los intercambios, la mitad que China, cuya considerable presencia en América Latina —primer acreedor y segundo mercado— Washington se propone reducir. En ese empeño el mayor obstáculo es Lula, a quien las políticas de Trump han impulsado más y más a los brazos del chino Xi Jinping. China apoya a Brasil en «la defensa de su soberanía nacional» y «la protección de sus legítimos derechos e intereses», dijo Xi, cuyo país, a diferencia de Estados Unidos, no se inmiscuye en los asuntos internos brasileños. Curiosamente, durante la presidencia Bolsonaro (2019-22) se fortaleció la relación con China, pese a su retórica trumpista.

Brasil ha quedado rodeado geográficamente por leales a Trump, aunque está por ver a cuántos adictos lanza el presidente y magnate contra Lula. Tras doce victorias electorales de las derechas en las quince presidenciales celebradas en América Latina en los últimos tres años, el cerco a Brasil prácticamente se cerró en los diez días transcurridos del 28 de julio, cuando quedó investida en Perú la presidenta Keiko Fujimori, y el 7 de agosto, con la asunción en Colombia de Abelardo «el Tigre» de la Espriella. Sólo queda abierto el paso uruguayo.

Al redil trumpista han entrado ya 19 naciones, adheridas al Escudo de las Américas, el muro ideológico de Trump, con el narcoterrorismo, el crimen organizado y las migraciones ilegales como leitmotiv. El «escudo» trumpiano evoca la Guerra Fría e implica el retorno al alineamiento automático con Estados Unidos. En esencia, Trump exige lealtad, obediencia y rearme, o sea, más gasto militar y en seguridad. Demanda vecinos fuertes, confiables y eficaces, y aplica la tajante en evangelio: «El que no está conmigo, está contra mí», que profirió Jesús en una discusión con los fariseos sobre el origen de su poder. Lo entiende muy bien el mundo integrista cristiano de la nueva derecha radical.

Junto al «escudo» está la actualización por Trump de la viaja Doctrina Monroe, de 1823, que en esencia acotó el continente americano para Estados Unidos contra injerencias de las potencias europeas. El llamado Corolario Trump implica el control militar del continente, la intervención de considerarla conveniente a sus intereses (caso Venezuela) y luz verde a la instalación de gobiernos con poca o ninguna calidad democrática, pero permisivos en asuntos de negocios y dineros. Washington aduce que se trata de empoderar, capacitar y apoyar la independencia, la seguridad y la prosperidad de las naciones latinoamericanas y caribeñas, pero no de explotación, subordinación ni dependencia. Como sostiene el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, el interés de Washington reside en el éxito de los vecinos: su mayor prosperidad, seguridad y estabilidad como sociedades libres. Esa es, al menos, la retórica.

De los ocho billones de dólares que suma el PIB nominal de los países de América Latina y el Caribe, un 60%, es decir, dos terceras partes, ya se ha cuadrado con Estados Unidos. El tercio restante —aparte Uruguay, Cuba, Nicaragua, el virtual protectorado venezolano y ocho microeconomías del Caribe— son Brasil, con Lula en la danza electoral, y México, donde Claudia Sheinbaum tiene cuerda aun para cuatro años. El anterior mandatario, Andrés Manuel López Obrador, lanzó una alerta en el sentido de que hay oficiales estadounidenses conspirando para fortalecer a la derecha con la finalidad de restaurar en México un gobierno sumiso.

Por tanto, en Brasil la ultraderecha paleolibertaria, teopopulista, trumpista, neopatriótica, alt-right, magalítica o como quiera que se la denomine, libra la madre de todas las batallas. En medio de un notable deterioro sin precedentes de sus relaciones con Brasil, Washington ha dado un mensaje contundente: Nunca nadie más podrá poner en el dominio estadounidenses en el continente americano. De manera que van a por todas.

En las elecciones de octubre —con primera vuelta el domingo 4— el enemigo a abatir es Lula, con toda su carga simbólica de alcance global como un líder social edificante y emblema de la izquierda pragmática, impulsor de políticas internacionales inconvenientes para Estados Unidos y antítesis de todo lo que representa el mundo distópico de Trump, sus émulos y devotos. «Mientras esté vivo no voy a permitir que la derecha regrese», aseguró Lula en sus primer mitin de campaña, cargado de simbolismo sobre su origen tan humilde, su condición de antiguo obrero y la carga social de sus programas de gobierno.

Milei, el gladiador deslenguado del neopopulismo libertario, el divo del libertarismo, el León trumpista que más ruge en América Latina, con sus embestidas insolentes a favor de los Bolsonaro, ha dejado tiritando las relaciones bilaterales, exactamente lo mismo que ha ocasionado Trump con su brutalismo diplomatico.

Entre los nuevos Moisés latinoamericanos que prometen países de leche y miel, el colombiano De la Espriella es el campeón de la tecno-ultraderechismo teocrática que ideológicamente mejor encaja con los Bolsonaro. Tienen programas coincidentes: aproximación a Estados Unidos, Argentina e Israel, declarar organizaciones terroristas a las bandas criminales y construcción de megacárceles modelo Nayib Bukele, el presidente salvadoreño que ha penetrado en todas las instituciones con pretensiones de eternizarse en el poder.

De la Espriella no parece que vaya embarcarse en la ofensiva anti-Lula. Por ahora se inclina por un enfoque pragmático institucional en la relación con su vecino. Salvo que Trump y sus halcones le aprieten las clavijas. Tampoco la Bolivia de Rodrigo Paz ni el Paraguay de Santiago Peña van a buscarles las cosquillas a Lula porque no conviene a los intereses nacionales. Ni hablar del Perú de Keiko Fujimori o el Chile de José Antonio Kast. Todos estos suelen poner las relaciones entre estados y entre pueblos hermanos por encima de las coyunturas ideológicas. Justo al contrario que el Leviatán del norte, que se rige por un instinto depredador y la estricta conveniencia personal. √

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¡Ave, Abelardo!

 

✍🏻Francisco R. Figueroa

La tierra latinoamericana está preñada de salvadores de la patria, militares y civiles, que convirtieron repúblicas en paja y humo.

En Colombia, el viernes 7 de agosto, aniversario de la Batalla de Boyacá (1819) de las guerras de independencia, quedó entronizado un nuevo libertador. Abelardo de la Espriella, millonario, abogado, cantante, influencer y vendedor de licores y ropa, se retrató a sí mismo, sin la menor duda, como un presidente de promisión en la interminable ristra de compromisos que asumió en el abigarrado discurso inaugural de su mandato, pronunciado en un cuartel y coronado con el aria Nessun Dorma, del acto final de la ópera Turandot, en el que el príncipe Calaf canta confiado en que vencerá al alba, seguido de una parada militar desarrollada entre luces y sombras crepusculares.

Se autodenomina Tigre, quizás en evocación al yang chino: fuente de orden y poder, de energía masculina, capaz de repeler los demonios y librar de todos los males. Anuncia una «Colombia Patria Milagro» y una nueva época: la «Era del Tigre» como si fuera a transformar la patria neogranadina en el país de los prodigios. Promete de forma rimbombante hacer realidad, de manera irrenunciable, una nación extraordinaria.

De la Espriella (48 años) parece, si no lo es, epítome del neopopulismo ultraderechista y otra criatura fosforescente en la cola de gas del cometa Trump. No juró el cargo en Bogotá, la capital, la Ciudad de Todos, según el hábito histórico republicano, sino —¡oh alegoría!—en la Sucursal del Cielo: Cali, en una doble ceremonia —juramento en el teatro de un recinto universitario y discurso inaugural en un acuartelamiento— que conectó la religión con las armas al tiempo que instrumentalizaba los ejércitos en busca de consolidar una identidad política.

Lidera un partido de reciente cuño cuyo nombre dice bastante: Defensores de la Patria. El defensor carece de sentido sino tiene enemigos. Él, abogado hábil dado al esnobismo, demagogo, ciberagitador e inventor de relatos, los ha acotado.

El primer adversario es su antecesor, el Gustavo Petro, al que caricaturizada como fracasado y corrupto con la promesa de una venganza legal; luego, genéricamente, los izquierdistas —los «zurdos de mierda» en la verborrea del argentino Milei—, a los que promete «destripar»; por fin, los narcoterroristas, en sintonía con Donald Trump, y demás criminales, a los que quiere confinar en megacárceles con más contundencia que Nayib Bukele, pues considera al mandatario salvadoreño «un boy scout blandito».

El nuevo presidente parece un mix de Trump, en lo que se refiere a espectáculo y el poderío que da el dinero; del brasileño Jair Bolsonaro, en lo referente al uso para sus fines de la religión, la afinidad con las milicias y el manoseo del patriotismo, y de Bukele,, en lo concerniente a seguridad interna frente a la expansión el crimen organizado, su puesta en escena y el afán desmedido, que también es del mandatario norteamericano, de proyección personal.

En su discurso inaugural, De la Espriella, dejó las cosas claras. Al tomar posesión en el recinto universitario de Cali y discursar en el cuartel, ninguneó doblemente al Congreso de Bogotá, depositario de la voluntad popular ante el que asumen todos los mandatarios. Se unció a Dios —pese a encabezar un Estado laico— a través de clérigos de diversas creencias y una imagen de la virgen María, con oraciones, aleluyas, homilías e invocaciones a Jesucristo y a Cristo Rey. Por fin, el naciente caudillo que ha hecho del saludo castrense su marca personal, presentó al mundo sus credenciales de manera altisonante y solo ante soldados en formación.

Se adhirió al Escudo de las Américas, la iniciativa político-militar de Trump lanzada tras la espectacular captura, en enero, del gobernante venezolano de facto Nicolás Maduro. Es una alianza contra el crimen organizado y las migraciones, pero también el frente amplio político de las naciones latinoamericanas gobernadas por las derechas y las ultraderechas, amalgamadas por un antiprogresismo emotivo un tanto pueril. Cuenta, entre otros socios, de manera expresa o tácita, y además de Estados Unidos y ahora Colombia, con Argentina, Bolivia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Panamá, Paraguay y Perú.

De un modo u otro proclamó el milagro. De manera que acaba «la horrible noche» y «el bien germina», como reflejan distintos versos del himno nacional. También, de un modo u otro, anunció la llegada del mesías, del hombre providencial, salvador: «El Tigre —avisó él— ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo colombiano». Lo que llama machaconamente «Patria Milagro». El milagro es su llegada poder como escogido de Dios para acabar con todos los viejos males que aquejan a la República. Familia, meritocracia, autoridad, disciplina, ley, todo por la patria y dios con nosotros, proclama.

Tras una campaña electoral repleta alharacas producto del marketing político más rastrero y de vacía de propuestas de gobierno, De la Espriella fue escogido en el balotaje por media Colombia, con menos de 1% sobre su rival, el izquierdista Iván Cepeda, una diferencia de unos 250.000 votos en un universo de 41,4 millones de electores. En la primera ronda electoral tres de cuatro colombianos le dieron la espalda. No es más que otro presidente frágil que a base de gestos, poses, oratoria encendida y escenificaciones trata de mostrarse como hombre fuerte. En un acto de inconformismo y recurso al pataleo, Petro desconoce la victoria del nuevo mandatario, rechaza a De la Espriella y lo considera ilegítimo.

En su crónica de la investidura, el corresponsal de El País, reflejaba las primeras contradicciones de un hombre que se proclama ajeno a la politiquería tradicional y que pretende romperle el espinazo al establisment colombiano: «Sus primeras decisiones, sin embargo, no corresponden a un outsider. Entregó las finanzas del Estado a un heredero de una de las dinastías conservadoras más antiguas. En la cancillería apostó por un militante del trumpismo MAGA que pasó dos décadas en la ONU, organismo al que hoy acusa de estar secuestrado por el ‘globalismo’. Y en salud eligió a la presidenta del gremio de empresas subcontratadas para sostener un sistema en crisis, que ella misma deberá regular».

Democracia, libertad, armonía, equilibrio, honradez al céntimo, responsabilidad, austeridad sin causar más inequidad, implacabilidad contra la corrupción, descentralización, gobierno técnico con los mejores cerebros, alivio fiscal para los emprendedores, prosperidad, no reelección y mano dura prometió, entre la cascada de compromisos, cada uno más sonoro que el anterior, que plagaron su discurso inaugural. Palabras y más palabras de efecto y autobombo. Había prometido respetar la libertad de prensa, siempre que se diga la verdad. Parece claro que en la nueva Colombia la verdad la va a determi-nar Abelardo de la Espriella, seguramente a la medida de sus convenien-cias.

Exactamente dentro de cuatro años se podrá evaluar si el Tigre —palabra polisémica: feroz, cruel, fornicador, fuerte, valiente o audaz— ha sido el gobernante probo, eficiente y beneficioso para Colombia o uno de los tantos histriones, charlatanes y aventureros que han gobernado las repúblicas americanas, campo fértil de disparates, excesos, crímenes y esperanzas rebanadas.

Uno de sus referentes, Bukele, trampeó para eternizarse constitucionalmente en el poder. Otro, Bolsonaro, después de haber perdido las elecciones de 2022, maniobró con torpeza en el mismo sentido y acabó condenado a 27 años por haber atentado contra el orden constitucional democrático para mantenerse en el poder. √

franciscorfigueroa@gmail.com