Perú en trance

🖋️ Francisco R. Figueroa

[14 junio 2026]

La Casa de Pizarro está maldita. Como para ambientar un cuento de Allan Poe o una novela de Stephen King. En el gran hall, entre columnas romanas estucadas, una ristra de cabezas clavadas en picas, incluida la del propio conquistador del Perú, invitan a la huida.

Pero en el frontal, en el último de los once peldaños de la escalinata de acceso a la Puerta de Honor, coronada con el escudo de armas de Francisco Pizarro, desde hace una semana una mujer de 51 años, con rasgos orientales, de apellido tan notorio como infame, y un hombre acholado de 57, justo de bagaje y sin abolengo, luchan a brazo partido por entrar a ese recinto de 19.000 metros cuadrados desde donde supuestamente se gobierna el Perú.

La conservadora Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez Palomino, en un duelo en las urnas tan nivelado que asombra, pugnan por un cargo con mandato tasado de cinco años pero demostradamente de duración incierta. «La presidencia del Perú es un oficio muy peligroso», aseguró el suicida Alan García, que ocupó el solio presidencial en dos ocasiones. Desde que Perú alcanzó la independencia, en 1821, solo pudieron culminar 16 de sus 130 presidentes. Diecinueve meses por cabeza es el promedio en la Silla de Pizarro. El papá de Keiko, Alberto Fujimori, fue el más durable de corrido, en los diez años y cuatro meses del fujimorato; aunque otro autócrata que tuvo dos periodos le ganó en la suma. Entonces hay harta probabilidad de perecer en el camino. Aun así, en estas elecciones hubo 35 aspirantes al cargo, un récord, aunque bastantes no buscan el poder, sino un trampolín, tiempo en los medios y la subvención correspondiente.

La historia nacional peruana está hecha golpe a golpe de Estado, en medio de turbulencias colosales. En el supuesto de que ganara Keiko —que es como todo el mundo le llama—, iba a ser el 15º inquilino de la Casa de Pizarro desde la huida de su padre en noviembre del 2000 y el 131º desde la independencia.

El pasado domingo, 7 de junio, 27,3 millones de electores —la tercera parte desertó, aun siendo el sufragio un deber, y un 4% votó «viciado», por torpeza, como forma de protesta o hasta por puro gamberrismo—, estuvieron convocados al balotaje presidencial, dos meses después de la primera vuelta. Debían escoger entre el menor de dos males. No es una boutade del autor, si se lleva en consideración que un 70% optó por otros candidatos en la primera votación. En resumidas cuentas, cuatro de cada cinco electores no deseaban en la jefatura del Estado a Keiko ni a Sánchez Palomino sino a otros postulantes de una mazamorra incluso con suri, lagarto, raya, piraña y otras extravagancias. La primera votación llegó al 17% (Keiko), con 28 aspirantes abajo del 5% y 22 con menos del 1%, como demostración de la carencia de partidos asentados y comprobación del far west que es la política peruana.

Tras casi siete días de exasperante conteo se ha logrado este domingo consolidar el 98,5% de las actas. Falta, pues, lo que son migajas en unas elecciones a lo largo del ancho mundo. En el Perú esa menudencia va a inclinar la balanza. Porque la igualdad es tan espectacular y persistentes que el viernes se medía en milésimas, el sábado en dos centésimas y al amanecer del domingo en una décima: 50,051% a favor de Keiko y 49,949% de su rival. La sociedad peruana está dividida en dos mitades simétricas, casi idénticas, como la mitosis de una célula madre, aunque el ADN de cada parte es diferente en el caso peruano, con una brecha socioeconómica notable entre quienes viven en Lima y ciertas zonas costeras y los habitantes de los Andes y la amazonia.

En estas elecciones Perú ha mostrado tres realidades tanto sociopolíticas como socioeconómicas. El Perú acomodado del área de Lima, con la tercera parte del censo electoral total, se decantó por Keiko por dos a uno, con picos sobre el 80% en los barrios de Miraflores, San Isidro o San Borja, más por asco anticomunismo y anticaviar que por convicción fujimorista. En los Andes deprimidos, postergados y resentidos, el 80% se fue con Sánchez Palomino, al que ven como un semejante y un azote contra el «señor gobierno» de la lejana, egoísta y voraz Lima, con provincias en Puno donde traspasó el 90%.

En la consolidación del voto en el territorio peruano gana Sánchez Palomino por tres décimas o 60.000 votos. Cuando entra en juego el tercer Perú, la legión de expatriados, los que huyeron de la inequidad, la inseguridad y la informalidad en busca de una oportunidad, las cuentas favorecen a la hija del antiguo autócrata.

Los expatriados se han convertido en la pequeña pieza de pesar, de unos dos gramos, que va a inclinar el platillo de la balanza electoral. Son poco más de 1,2 millones de votantes, pero apenas la tercera parte concurrió. Quiere decir que la presidencia del Perú está siendo decidida en el último peldaño de la escalinata del palacio de Gobierno por el brío de unos 400.000 emigrantes. En todas las circunscripciones del exterior gana Keiko y en las principales por goleada: Estados Unidos, con el 77%; España, 60%; Argentina, 61%; Chile, 59%, y, con las justas, en Italia, 51%. 

Los peruanos de EEUU y de España habían preferido significativamente en la primera vuelta al ultracatólico Rafael López Aliaga, identifi-cado con Donald Trump, que perdió el pase al balotaje por la décima que le sacó Sánchez Palomino. Ese electorado conservador que se desarrolla, se acomoda y se aburguesa en el extranjero se ha volcado obviamente con Keiko. El presidente norteamericano se abstuvo en Perú, a diferencia de lo que suele hacer —y con vehemencia— en el resto del continente, como en Colombia. Por otro lado, Keiko ha evitado alinearse con los Estados Unidos de Trump. En la economía peruana gravita sobre todo China y el interés na-cional está más bien volcado al área del Pacífico.

Hay otro factor imprevisible que influirá en el desenlace de la batalla en el último peldaño de la Casa de Pizarro: más de 1.500 actas impugnadas, que deben ser escudriñadas voto a voto, con fiereza, a cara de perro, con el cuchillo en la boca, por los personeros de Keiko y Sánchez Palomino y sus letrados. Este recuento va para largo, quizás durará un mes, con el tiempo justo para que el 28 de julio asuma el nuevo mandatario.

Es cierto que en 2016 y 2021 Keiko Fujimori fue doblegada en la escalera por un marginal 0,25%, la última vez frente al intruso Pedro Castillo, el tosco maestro de escuela rural del sombrero que ahora luce en su cabeza Sánchez Palomino, al frente de una ensaladilla de formaciones de izquierda moderada y radical, antifujimorista, tanto por aversión a su padre como a ella, su heredeera, y jefa de Fuerza Popular, partido construido a su medida que detenta por tercera legislatura consecutiva la primera minoría parlamentaria. Si se uniera al segundo bloque parlamentario, el del ultraderechista de López Aliaga, podría garantizar una gobernabilidad de la que Perú carece desde hace muchos años, pero también convertir en un infierno la vida del psicólogo y exministro Sánchez Palomino si se sentara en la Silla de Pizarro. √

franciscorfigueroa@gmail.com 

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