Mostrando entradas con la etiqueta Escudo de las Américas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escudo de las Américas. Mostrar todas las entradas

¡Ave, Abelardo!

 

✍🏻Francisco R. Figueroa

La tierra latinoamericana está preñada de salvadores de la patria, militares y civiles, que convirtieron repúblicas en paja y humo.

En Colombia, el viernes 7 de agosto, aniversario de la Batalla de Boyacá (1819) de las guerras de independencia, quedó entronizado un nuevo libertador. Abelardo de la Espriella, abogado, cantante, influencer y vendedor de licores y ropa se retrató así mismo, sin la menor duda, como un presidente de promisión en la interminable ristra de compromisos que asumió en el discurso inaugural de su mandato, pronunciado en un cuartel y coronado con el tramo Nessun Dorma de la ópera Turandot en el que el príncipe Calaf canta confiado en su victoria al alba seguido de una parada militar.

Se autodenomina Tigre, quizás en evocación al yang chino: fuente de orden y poder, de energía masculina, capaz de repeler los demonios y librar de todos los males. Anuncia una «Patria Milagro» y una «Era del Tigre» como si fuera a transformar Colombia en el país de los prodigios. Promete de manera rimbombante hacer realidad, de manera irrenunciable, una nación extraordinaria.

De la Espriella (48 años) parece, sino lo es, epítome del neopopulismo ultraderechista y otra criatura fosforescente en la cola de gas del cometa Trump. No juró el cargo en Bogotá, la capital, la Ciudad de Todos, según el hábito histórico republicano, sino —¡oh alegoría!—en la Sucursal del Cielo: Cali, en una doble ceremonia —juramento en el teatro de un recinto universitario y discurso inaugural en un acuartelamiento— que conectó la religión con las armas.

Lidera un partido de reciente cuño cuyo nombre dice bastante: Defensores de la Patria. El defensor carece de sentido sino tiene enemigos. Él, abogado hábil dado al esnobismo, demagogo, ciberagitador e inventor de relatos, los ha acotado.

El primer adversario es su antecesor, el Gustavo Petro, al que caricaturizada como fracasado y corrupto con la promesa de una venganza legal; luego, genéricamente, los izquierdistas —los zurdos, como los llama el argentino Milei—, a los que promete «destripar»; por fin, los narcoterroristas, en sintonía con Donald Trump, y demás criminales, a los que quiere confinar en megacárceles con más contundencia que Nayib Bukele, pues considera al mandatario salvadoreño «un boy scout blandito».

El nuevo presidente parece un mix de Trump, en lo que se refiere a espectáculo y el poderío que da el dinero; del brasileño Jair Bolsonaro, en lo referente al uso para sus fines de la religión, la afinidad con las milicias y el manoseo del patriotismo, y de Bukele, en lo concerniente  a seguridad interna, puesta en escena y proyección personal.

En su discurso inaugural, De la Espriella, dejó las cosas claras. Al tomar posesión en el recinto universitario de Cali y discursar en el cuartel, ninguneó doblemente al Congreso de Bogotá, depositario de la voluntad popular ante el que asumen todos los mandatarios. Se unció a Dios —pese a encabezar un Estado laico— a través de clérigos de diversas creencias, con oraciones, aleluyas e invocaciones a Jesucristo y a Cristo Rey. Por fin, el naciente caudillo que ha hecho del saludo castrense su marca personal, presentó al mundo sus credenciales de manera altisonante y solo ante soldados en formación.

Se adhirió al Escudo de las Américas, la iniciativa político-militar de Trump lanzada tras la espectacular captura, en enero, del gobernante venezolano de facto Nicolás Maduro. Es una alianza contra el crimen organizado y las migraciones, pero también el frente amplio político de las naciones latinoamericanas gobernadas por las derechas y las ultraderechas. Cuenta, entre otros socios, de manera expresa o tácita, y además de Estados Unidos y ahora Colombia, con Argentina, Bolivia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Panamá, Paraguay y Perú.

De un modo u otro proclamó el milagro. De manera que acaba «la horrible noche» y «el bien germina», como reflejan distintos versos del himno nacional. También, de un modo u otro, anunció la llegada del mesías, del hombre providencial, salvador: «El Tigre —avisó él— ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo colombiano». Lo que llama machaconamente «Patria Milagro». El milagro es su llegada poder como escogido de Dios para acabar con todos los viejos males que aquejan a la República.

De la Espriella fue escogido en el balotaje por media Colombia, con menos de 1% sobre su rival, el izquierdista Iván Cepeda, una diferencia de unos 250.000 votos en un universo de 41,4 millones de electores. En la primera ronda electoral tres de cuatro colombianos le dieron la espalda. No es más que otro presidente frágil que a base de gestos, poses, oratoria encendida y escenificaciones trata de mostrarse como hombre fuerte. En un acto de inconformismo y recurso al pataleo, Pedro desconoce la victoria del nuevo mandatario, rechaza a De la Espriella y lo considera ilegítimo.

En su crónica de la investidura, el corresponsal de El País, reflejaba las primeras contradicciones de un hombre que se proclama ajeno a la politiquería tradicional y que pretende romperle el espinazo al establisment colombiano: «Sus primeras decisiones, sin embargo, no corresponden a un outsider. Entregó las finanzas del Estado a un heredero de una de las dinastías conservadoras más antiguas. En la cancillería apostó por un militante del trumpismo MAGA que pasó dos décadas en la ONU, organismo al que hoy acusa de estar secuestrado por el ‘globalismo’. Y en salud eligió a la presidenta del gremio de empresas subcontratadas para sostener un sistema en crisis, que ella misma deberá regular».

Democracia, libertad, armonía, equilibrio, honradez al céntimo, responsabilidad, austeridad sin causar más inequidad, implacabilidad contra la corrupción, descentralización, gobierno técnico con los mejores cerebros, alivio fiscal para los emprendedores, prosperidad, no reelección y mano dura prometió, entre la cascada de compromisos, cada uno más sonoro que el anterior, que plagaron su discurso inaugural. Palabras y más palabras de efecto y autobombo.

Exactamente dentro de cuatro años se podrá evaluar si el Tigre —palabra polisémica: feroz, cruel, fornicador, fuerte, valiente o audaz— ha sido el gobernante probo, eficiente y beneficioso para Colombia o uno de los tantos histriones, charlatanes y aventureros que han gobernado las repúblicas americanas, campo fértil de disparates, excesos, crímenes y esperanzas rebanadas.

Uno de sus referentes, Bukele, trampeó para eternizarse constitucionalmente en el poder. Otro, Bolsonaro, después de haber perdido las elecciones de 2022, maniobró con torpeza en el mismo sentido y acabó condenado a 27 años por haber atentado contra el orden constitucional democrático para mantenerse en el poder. √

franciscorfigueroa@gmail.com