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¿Desenlace fatal?

Francisco R. Figueroa

✍️27/10/22

Este domingo se producirá el desenlace de las convulsas elecciones presidenciales brasileñas. Pero la cosa puede no acabar con el escrutinio oficial. 

Si ganara Jair Bolsonaro al galope sobre la cresta de la ola conservadora que inunda Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva debe reconocer su derrota pues es un probado demócrata. El antiguo tornero, de 77 años recién cumplidos, no es ese émulo de dictador castrista y chavista que dibuja la desbordante actividad desinformativa de su contrincante, como demostró durante sus dos cuatrienios como presidente. 

Nada hay tampoco que huela a marxismo o socialismo radical en el programa electoral de Lula, pero eso no es un obstáculo para que sus adversarios le traten con un anticomunismo primitivo, propio de la Guerra Fría o de cuando los militares gorilas tomaban el poder en América Latina, como en el mismo Brasil en 1964, abriendo la temporada de golpes fascistas en la región. 

Los seguidores del antiguo lider obrero lamentarían la reelección de tan ominoso sujeto como es para ellos el antiguo capitán licenciado con deshonra, pero no se echarían a las calles a poner en solfa la idoneidad del sistema electoral y la paz ciudadana. 

Sin embargo, si Lula gana se organizará un quilombo morrocotudo que será mayor entre más pequeña sea la diferencia de votos. Una zapatiesta capaz de desestabilizar un Brasil con sus instituciones democráticas fragilizadas y partido en dos mitades irreconciliables, y con unas fuerzas militares y de seguridad ultraderechizadas que adolecen de convicciones democráticas, por decirlo suave, alimentadas por el discurso patriotero y de odio de Bolsonaro, sus desaforados hijos y un cúmulo de exaltados colaboradores. Todos ellos glorifican la antigua dictadura militar. 

En los cuerpos policiales, especialmente en la Policía Militar, de dudosa lealtad a las instituciones estaduales de las que dependen, predomina la corrupción, el atropello, las balas y el fervor a Bolsonaro. 

Sin contar a esa militancia bolsonarista, el núcleo duro, recalentado, sulfúrico, fanatizado, fascistoide, extremista, al que su líder ha enseñado que «la libertad se defiende con las armas», que han proliferado en los últimos años debido a las múltiples facilidades legales promulgadas por el mandatario. «Un pueblo armado jamás será esclavizado», proclama Bolsonaro. Y, ojo, ahora hay en Brasil más armas en manos de civiles que de militares y policías. 

El presidente del Tribunal Electoral, Alexandre de Moraes, acaba de ordenar a la Fiscalía que investigue si el bolsonarismo puede organizar un tumulto. Brasil no es Estados Unidos, cuyas instituciones pudieron soportar, malheridas, el embate terrible de Donald Trump al negarse a reconocer su derrota frente a Joe Biden y provocar hasta el asalto al Capitolio de Washington. 

Casi todas las encuestas de intención de voto para el balotaje dan como favorito a Lula, a quien apoyan líderes de izquierda como los gobernantes de España, Pedro Sánchez, y de portugués, António Costa. 

Pero la diferencia con Bolsonaro, de 67 años, respaldado por Donald Trump o el húngaro Viktor Orbán, es tan estrecha que prácticamente cabe en el margen de error de esos sondeos. 

En la primera vuelta, las pesquisas para las presidenciales no hicieron un pronóstico tan descabellado como afirman Bolsonaro y sus enfebrecidas huestes. Acertaron razonablemente con el porcentaje de Lula (48 %) pero infravaloraron a Bolsonaro en unos cinco o seis puntos porcentuales, a mi parecer en gran medida debido a que hubo bolsonarista encuestados que siguieron la consigna de su «mito» de engañar a los institutos demoscópicos, a los que detestan por llegar a conclusiones que, según ellos, causan «un perjuicio intencional» al actual presidente de Brasil para «beneficiar» a su contrincante que tildan de «comunista, ladrón y expresidiario».

Ese fenómeno de mentiras bien ha podido repetirse –incluso aumentado– en los sondeos de la segunda vuelta. Luego hay que mirar esas encuestas con cautela, tanto por si yerran como por si están desvirtuadas a causa de respuestas mentirosas. 

La larguísima campaña electoral ha sido muy cruda y embarrada, y ha estado plagada de golpes bajos, trucos, fullerías, embustes, enredos, engaños, falsificaciones, ordinarieces, chulerías y farfolladas. La religión, la fe y la ética fueron prostituidas, mientras el papa Francisco dice que reza para que «el odio, la intolerancia y la violencia» abandonen Brasil. El Tesoro nacional ha sido despilfarrado y abusado desmedidamente el aparato federal por un gobierno ventajista. 

Las redes sociales se asemejan a sumideros de aguas fecales porque la mentira es sinónimo de Bolsonaro y por parte de Lula le han correspondido. 

Muchos medios de comunicación riñeron con la objetividad, exactamente igual que durante la conturbada campaña que acabó con Lula condenado y en la cárcel, en 2018, en un proceso por alegadas corruptelas que el Tribunal Supremo acabó anulando. 

Hasta en diversas partes de Brasil, patronos fueron multados por imponer el voto a sus trabajadores y los hay que amenazan con despidos masivos si gana Lula. 

Así están las cosas. ✅

franciscorfigueroa@gmail.com

Honduras: Hasta la vista, Mel

Mel Zelaya arenga a sus seguidores








Francisco R. Figueroa
29 Noviembre 2013

El proyecto socialistoide del estanciero hondureño Manuel «Mel» Zelaya ha sufrido una nueva derrota.

Tras perder las elecciones del domingo 24/11 en la persona de su esposa, Xiomara Castro, al antiguo presidente y cacique liberal le queda alborotar el cotarro, hacer cálculos para los comicios venideros y poner palos en las ruedas al nuevo gobierno del conservador Juan Orlando Hernández, el ganador de esos comicios.

Hernández luce débil. Ganó con cerca del 37% de los votos. Eso representa poco más que un quinto del censo electoral. En cuando al Congreso, donde su antecesor y correligionario, Porfirio Lobo, disponía de mayoría absoluta, Hernández se tiene que arreglar con un raquítico tercio para lidiar con el día a día de uno de los países más violentos del planeta y más pobres y corruptos de América.

No es poco el riesgo de que Honduras se hunda en la ingobernabilidad. Va a depender, fundamentalmente, de la generosidad y patriotismo del Partido Liberal, la otra formación conservadora con la que el Partido Nacional se han turnado en el poder desde siempre.

La negociación, pues, se impone entre nacionalistas y liberales. Descartado está por obvias razones un entendimiento con los neosocialistas del Libertad y Refundación (Libre), de Zelaya, y los «indignados» del Partido Anti Corrupción (Pac), del hombre de la televisión Salvador Nasralla, llamados a hacer causa común contras los dos bandos históricos a los que consideran responsables de todos los muchos males que padece esa nación centroamericana.
Protesta de zelayistass tras las elecciones 

Los dos partidos tradicionales se han despeñado en estas elecciones. El Partido Nacional redujo su bancada de una confortable mayoría absoluta, con 71 congresistas, a 47, mientras que los liberales cayeron de 45 a 26. Todo ello en beneficio del Libre y del Pac.

Entre ambos reunirían una mayoría cómoda para gobernar, con el control de casi las dos terceras partes del Congreso.

Pero para los liberales existe un serio riesgo de desgaste que podría reducir aún más su fuerza en las elecciones que habrá dentro de cuatro años.

Es alto el riesgo de que los dos partidos tradicionales de Honduras acaben siendo devorados por las nuevas formaciones antisistema surgidas en estos últimos años. Zelaya y Nasralla se han alzado en conjunto desde la nada con un tercio del Congreso y el 46% del voto directo. A costa de liberales y nacionalistas.

Zelaya ha gritado «fraude» y «robo», al tiempo que proclama victoriosa a su mujer. También ha amenazado con «defender con todo» la voluntad popular. El problema se complica porque Nasralla también se dijo victorioso. E impugnó el resultado.

Ambos fueron desmentidos por los observadores extranjeros –casi un millar– al certificar, la inmensa mayoría de ellos, la «transparencia« y la «confiabilidad» del proceso electoral. Así hablaron por separado los enviados de la Organización de Estados Americanos (OEA), la Unión Europea y Estados Unidos. Refirieron «irregularidades, pero sin posibilidad de afectar al resultado de estos comicios.

Apenas el exjuez español Baltasar Garzón dio la nota discordante al afirmar que vio «claros indicios» de fraude. Pero hasta el chavista presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, reconoció prontamente la victoria de Hernández.

El nuevo presidente tendrá que hacer malabarismos
Pulcritud ha habido hasta donde es posible en una nación con una democracia de calidad media e instituciones frágiles  Es evidente que desde el poder se juega con ventaja usando los recursos del Estado en las justas electorales. Eso hizo Lobo y su Partido Nacional a favor de Hernández. También es cierto que el padrón electoral hondureño no es lo pulcro que debiera y que a la hora del recuento se han registrado algunas irregularidades. Pero de ahí a robarse el 20% de los votos, como aduce Zelaya, media un mundo.

La tardanza de Xiomara Castro en pronunciarse dio pábulo a los rumores. Hasta el punto de que uno de sus hijos se vio forzado a negar públicamente que un Zelaya airado por el fracaso agrediera a la esposa. «En los veinticuatro años que tengo de vida jamás mi padre le ha levantado la mano a mi madre», aseguró José Manuel Zelaya.

Mel Zelaya ha dejado claro con los hechos quien manda en su partido. Aunque de palabra disimula. Con 54 años y sin historia política –aparte su participación en las algaradas de 2009–, la señora de Zelaya es vista como el instrumento de su esposo, impedido constitucionalmente de ser candidato pues ya fue jefe de Estado.

Precisamente el afán de eternizarse en el poder le costó el puesto a Zelaya a mediados de 2009. Fue sacado de la presidencia por el Congreso, la Corte Suprema y los militares acusándole de empecinamiento en violar reiteradamente la Constitución para seguir en el cargo.

Zelaya había ganado las presidenciales de 2005 como candidato del Partido Liberal, con la promesa de combatir la delincuencia, la pobreza y la corrupción. Pero no lo logró.

En cambio, pronto se enredó en la tela de araña del bolivarianismo seducido por la dulzaina, el oro negro y la chequera de Hugo Chávez.

En ese inesperado viraje se declaró de izquierdas, se abrazó a Chávez, anatematizó a Estados Unidos y hasta hizo de aprendiz de brujo frente a Washington para favorecer a Cuba.

Y trató de organizar un referéndum ilegal con el objetivo de refundar la patria mediante una constituyente al estilo del caudillo venezolano que le permitiera volver a aspirar a la presidencia. Fue entonces cuando los otros poderes del Estado lo despacharon para Costa Rica.

Zelaya confiaba en que el pueblo le llevaría en andas de regreso al sillón presidencial desde la embajada de Brasil en Tegucigalpa, donde se refugió tras regresar clandestinamente. Graso error. La mayoría de los hondureños se pronunciaron en su contra, apoyaron el golpe y votaron masivamente por los supuestos golpistas en las elecciones que siguieron.

También fracasaron las tratativas internacionales, pese a la determinación mostrada, sobre todo, por Brasil, Venezuela y Argentina para restituir a Zelaya en la presidencia. Esos tres países llegaron al punto de no reconocer las elecciones de finales de 2009.

En esas elecciones, aunque no se presentaba, Zelaya sufrió otro revés político. Llamó a boicotear los comicios y se registró la mayor participación ciudadana en la corta historia democrática nacional. Además, el gobiernista Porfirio Lobo resultó ser el candidato presidencial más votado en unas elecciones en Honduras.

Los hondureños vieron en esos comicios la manera de poner pilares firmes para salir de la perversa crisis institucional en que les metió Zelaya. Llegaron al extremo se ser tratados injustamente en el mundo como apestados, como si vivieran bajo un bárbaro régimen dictatorial.

En 2011 el país fue readmitido en el seno de la OEA. Zelaya tuvo que entenderse con Lobo.

En las últimas elecciones Zelaya volvió a pulsar la tecla de la constituyente para la «refundación nacional» sobre los pilares del «socialismo democrático» con «democracia directa», de acuerdo a la hoja de ruta de la izquierda populista en América Latina. Olía a chavismo. Al pueblo no le gustó, aunque dejó a Zelaya con la segunda fuerza parlamentaria.

El tiempo venidero en Honduras no debe ser fácil. Pero hay un hilo de esperanza para el país con la mayor tasa de criminalidad del mundo –el doble que Venezuela, el triple de Colombia y cuatro veces más que México–, donde cualquier persona tiene seis veces más posibilidades de morir que un iraquí; el narcotráfico y los pandilleros de las maras campeando allí; con las peores condiciones de vida del continente, desigualdades abismales, subempleo cuantioso (58%),  y el 70% de la población en pobreza, la mitad de ellos sobreviviendo con menos de dos dólares diarios; y una deuda desproporcionada de 8.000 millones de dólares para 8,5 millones de habitantes.

Aunque menguados de fuerza, nacionalistas y liberales vuelven a tener la palabra. Los zelayistas y los anticorrupción vuelan como aves de rapiña en busca de despojos.

franciscorfigueroa@gmail.com