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Chile: la mala educación

Francisco R. Figueroa / 15 octubre 2011

Un año después del prodigioso rescate de aquellos mineros chilenos, quien está en el fondo del pozo es el presidente Sebastián Piñera.

El gobernante chileno ha sido apeado con celeridad de la cresta de la ola sobre la que surfeó tras el salvamento de los 33 mineros que estuvieron enterrados dos meses a 700 metros de profundidad cerca de Copiapó.

Con los centros de enseñanza media y universitaria alzados desde hace cinco meses, en los más graves episodios de violencia desde la lucha de 1988 y 1989 contra dictadura pinochetista, se suceden en Chile huelgas, manifestaciones, enfrentamientos, disturbios, represión y detenciones.

Una legión de estudiantes indignados, hastiados del negocio de la educación, capitaneada por una carismática universitaria con cara de ángel afeada apenas por una anilla en la nariz, mantiene en jaque a este magnate transformado en gobernante.

Piñera, con 61 años de edad y 19 meses en el poder, tiene la desaprobación de dos de cada tres compatriotas.

La indignación seguirá mientras la educación en Chile sea esencialmente un negocio, como es la Coca-Cola, tal como fue alumbrada por el terrible régimen militar del general Augusto Pinochet, que en 1981 suprimió la enseñanza universitaria gratuita.

Una nueva generación de jóvenes que no conocieron la dictadura, pero paga las consecuencias, ha puesto patas arriba un sistema educativo muy clasista que no se atrevió a modificar la Concertación durante sus 20 años en el poder.

Tampoco los cuatro gobiernos sucesivos de dicha coalición hicieron políticas sociales y de igualdad de oportunidades, quizás a la espera de que el derrame de la riqueza de un país en acelerada expansión económica solventara las injusticias.
La Concertación logró sacar del poder a Pinochet al ganarle el plebiscito de 1988 y las presidenciales de 1989, pero vivió amedrentada por el fantasma del dictador, maniatada por él, sintiendo en el cuello la frialdad del filo de acero del espadón del general.

Durante estos dos decenios en democracia la renta per cápita chilena aumentó de 2.500 a 16.000 dólares, con la expectativa de tocar los 20.000 dólares antes de 2020. Una remontada sin duda extraordinaria, con pocos parangones en el mundo.

Pero el modelo económico heredado de la dictadura produjo una mayor concentración de la riqueza y un agrandamiento de la brecha entre los más ricos y los más pobres, según los expertos. Una de las diferencias más brutales en el mundo. según se desprende de las cifras de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE).

Sigue así en pie el sistema de poder económico que dejó atado y bien atado la dictadura, por el miedo de los presidentes Patricio Aylwin, Eduardo Frei (ambos de la vieja democracia cristiana consentidora del advenimiento de la dictadura en 1973), Ricardo Lagos y Michelle Bachelet (estos dos últimos socialistas también con temor ser comparados con Salvador Allende).

Choca sin duda que hasta hoy no se hayan pedido en Chile unas reformas profundas que debieran haber sido emprendidas el primer día del gobierno de la Concertación. Eso fue el 11 de marzo de 1990. De modo que el vaso se ha desbordado con tanta espera.

El negocio bancario de la educación es tremendo en Chile. «Es un mercadeo injusto, insostenible y perverso, una estafa», aducen los estudiantes. Las universidades privadas chilenas son el doble de caras que las estadounidenses, cinco veces más que las españolas o veinte veces más que las danesas.

El nivel educativo puede resultar razonable para padrones latinoamericanos, pero está muy por debajo del promedio de la OCDE, el selecto club de las 34 economías más ricas del mundo en el que Chile fue admitido en 2010.

Chile destina a educación apenas el 4,6 % de su PIB (menos de la mitad a la enseñanza superior), una cifra por debajo de la media del 6 % en los países de la OCDE o la mitad que Suiza.

Para que sus hijos estudien el 70 % de las familias chilenas debe recurrir al endeudamiento. Quedan así hipotecados diez años en promedio, según la Unesco. Los nuevos profesionales graduados en las universidades tienen que destinar a la amortización de la deuda el total del salario, con lo que ingresan a la vida laboral sin un proyecto de vida, atados de pies y manos. Para mayor irritación, seis de cada diez egresados de las universidades no encuentran trabajos relacionados con sus estudios.

Los estudiantes demandan educación gratuita, impuestos a los ricos para financiarla y mayor inversión pública en la enseñanza. Se ha llegado a un momento en que esos jóvenes no soportan más que la sociedad chilena sea ignorada por sus gobernantes.

Piñera seguirá en la picota mientras continúe respaldando ese modelo educativo que viene de la dictadura militar. «Nada es gratis en esta vida. Alguien tiene que pagar», arguye.

Ya son cinco meses (desde abril) en las calles, pero los estudiantes no parecen cansados. Hubo diálogo con el Gobierno, pero se rompió. Piñera y su segundo ministro de Educación, Felipe Bulnes, ofrecían migajas, aunque las presentaron como el mayor aumento del presupuesto nacional en educación de la historia chilena.

A Piñera y su gobierno se les nota agotados. Su intento de desacreditar al movimiento estudiantil por radical e instrumentalizado por las izquierdas no ha dado frutos. Al contrario, los estudiantes cuentan con el apoyo del 89 % de los chilenos.

Ahora el Gobierno parece apostar por apretar las tuercas al movimiento mediante la represión, por la descalificación de sus dirigentes o estar a la espera de que el temor de muchos a perder el curso desinfle la protesta o que en las venideras elecciones estudiantiles la actual dirigencia sea derrotada.

Chile: la hora del recambio

La derecha chilena obtuvo su primera victoria en las urnas en más de medio siglo de la mano del multimillonario Sebastián Piñera, que este domingo ganó como era previsible la presidencia en segunda vuelta con el 52 % de los votos y cuatro puntos de diferencia sobre su rival, el democristiano Eduardo Frei.

Se cierra así el ciclo de la Concertación, la coalición de centro-izquierda que ha estado en el poder desde el fin de la dictadura militar en marzo de 1990. Se trata, pues, de la primera alternancia en el poder desde que los chilenos se sacudieron el yugo del general Augusto Pinochet, que ha mostrado a Chile como una democracia sólida, la que más probablemente en América Latina junto a Brasil, muy lejos de la «diarquía» argentina, el indigenismo boliviano o el caudillismo marxista de Hugo Chávez.

Luego de dos presidentes democristianos y otros dos socialistas, uno de ellos la primera mujer jefe de Estado en la historia de Chile, la Concertación del arco iris deja el poder con los deberes hechos y «la frente muy alta», según ha afirmado el ex mandatario Ricardo Lagos. Pero surge una pregunta: ¿sobrevivirá esa coalición originalmente con dieciséis partidos disímiles que hicieron virtud de la necesidad común de echar al dictador, pero que se ha deteriorado tras dos décadas como fuerza chilena hegemónica en el ejercicio del poder?

La insistencia en la candidatura del ex presidente democristiano Eduardo Frei, la derrota de éste y el desgaste interno sugieren que la fórmula política puede estar agotada y que cuanto menos hace falta una renovación.

Los dirigentes de la Concertación, comenzando por el propio Lagos, no deben lamentarse por la derrota pues de ellos es la culpa al haberse obstinado con una «candidatura ladrillo» y conservador dentro de la Concertación como la de Frei. Se impuso una decisión del cogollo en lugar de definir la candidatura mediante elecciones primarias, como se veía reclamaba desde abajo.

Los otros dos candidatos presidenciales chilenos de la primera vuelta –Marco Enríquez-Ominami (ex socialista) y Jorge Arrate (comunista)— son desgajes de la Concertación. Especialmente dañina fue la disidencia del treintañero Enríquez-Ominami, cuya candidatura restó mucha fuerza a la Concertación pues como independiente logró un 20%. Arrate obtuvo otro 6% en la primera vuelta celebrada el pasado 13 de diciembre.

La derrota estaba pues cantada y no ha sido más severa por todo lo hecho por la presidenta saliente, Michelle Bachelet, y su gobierno, así como por la circunstancia de que Enríquez-Ominami finalmente se avino a pedir el voto para Frei en esta segunda vuelta. El «empate técnico» que proclamaban algunas encuestadoras nunca existió. Tampoco Bachelet pudo endosar al candidato oficialista su enorme apoyo popular, que alcanza un 80%, lo que representa una clara advertencia para el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva que con un caudal de apoyo popular tan gigantesco trata de sacar adelante la candidatura a las elecciones de octubre próximo de su actual brazo derecho, la ministra Dilma Rousseff, producto de un escogimiento a dedo, igual que el de Frei en Chile.

Piñera, de 60 años, aporta, entre otras cosas, su experiencia como empresarios exitoso. No tiene un pasado pinochetista, aunque sí bastantes de sus acólitos políticos. Apuesta por el cambio, llama a la conciliación y los acuerdos, no quiere hacer tabla rasa, proclama la fortaleza y madurez de la democracia chilena a cuyo nacimiento él contribuyó como pudo, habla de honestidad y de trabajar con «sentido de urgencia, de meritocracia más que de asistencialismo, de un «estado fuerte y eficiente» y apuesta por el crecimiento económico y el empleo. En los asuntos sociales se muestra conservador, en una sociedad como la chilena bastante rancia. Defiende «firmes y sólidos valores» sobre la «vida y la familia» que en sociedades avanzadas le harían aparecer como muy «carca».

Francisco R. Figueroa
franciscrfigueroa@hotmail.com

Chile: duelo de momios

Las elecciones presidenciales chilenas acabaron sin sorpresas en un país predecible. Tanto la primera victoria de la derecha desde 1966 como la primera derrota de la centroizquierdista Concertación desde 1989 habían sido milimétricamente anticipada por las empresas de encuestas. El próximo 17 de enero Sebastián Piñera Echenique, de 60 años, y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, de 67, disputaran a cara de perro una segunda vuelta en un duelo de «momios». Ambos lo son, según ese chilenismo que define a los conservadores. El próximo presidente de Chile ser, pues, de derechas.

El archimillonario opositor Piñera, a quien «Forbes» atribuye una fortuna de mil millones de dólares, es una suerte de Silvio Berlusconi chileno. A su poder económico y mediático busca sumar mando político. Ha obtenido el 44% por ciento de los votos. Toda una marca para la derecha chilena. Los sondeos para la segunda vuelta pronostican que su votación crecerá un 5%, al borde de la mayoría absoluta, que le bastará para convertirse en el primer jefe de Estado de derechas desde el gobierno dictatorial del general Augusto Pinochet (1973-1990). Los partidos de derecha parecen estar fuertemente unidos en torno a él.

Por su lado, Frei, un demócrata-cristiano tradicionalista, parco, estoico, aburrido y sin carisma pretende volver al sillón presidencial que ocupó de 1996 al 2000 y en el que también se sentó su homónimo padre entre 1966 y 1970. Logró un 29% de los sufragios como candidato oficialista del gobierno de Michelle Bachelet. Los encuestadores creen que en estos treinta días que faltan para el segundo escrutinio podrá sumar alrededor de un 2% cuando le separan de su rival casi un 15%. Es digno de resaltar que Frei no pudo beneficiarse de todo el enorme respaldo popular, cercano al 80%, que la presidenta Bachelet dispone. Vive frente a la posibilidad cierta de perder el 17 de enero.

La cuestión es que para ese segundo turno hay más de un 25% de votos en danza, que son los sumados este domingo por los otros dos candidatos presidenciales, ambos desgajados del bloque oficialista. La mayoría pertenecen a la sensación de estos comicios: Marcos Enríquez-Ominami, de 36 años, en quien muchos ven a un futuro presidente de Chile si sabe jugar sus cartas. El tiempo lo dirá. Tanto él, con el 20% de los votos, como Jorge Arrate, con el 6%, son disidentes del Partido Socialista, una de las dos principales fuerzas —junto a la Democracia Cristiana— de la Concertación, la coalición de centroizquierda que hizo posible, a partir de 1988, la reconstrucción de la democracia en Chile luego de la terrible dictadura de Pinochet.

La Concertación ha gobernado Chile desde 1990 hasta hoy, con Bachelet como la cuarta presidente de un conglomerado político que al cabo de estos dos decenios se nota con poca cohesión y fatigada. También seguramente eso sea porque ya no les une la necesidad de mantener a Pinochet a raya.

A priori parece más factible que la mayor parte de los votantes de Enríquez-Ominami y de Arrate se decanten por Frei para evitar al cacareado retorno al poder de la derecha de la mano de Piñera. Pero no parece factible que Frei sea capaz de arrastrar todo caudal de votos. Enríquez-Ominami no va a endorsa sus votos a Frei. De hecho, su proyecto político se fraguó contra Frei y ya ha dicho que no hará eso. Ha dejado en libertad a sus seguidores para que voten por quien les plazca. Claro, que podría cambiar de opinión si los jefes de la Concertación lo persuaden de que él va a ser su candidato presidencial en el 2013. Por el contrario, Arrate se apresuró a pedir el voto para Frei precisamente para cortarle el paso a la derecha. Quizás Enríquez-Ominami piense que tiene más futuro después de un periodo presidencial de la derecha dura.

El semblante de Piñera en la celebración de su triunfo, la noche del domingo electoral, parece mostrar la ardua tarea que tiene por delante de arañar votos para el segundo turno. Toda la derecha chilena, excepto la democristiana, estuvo con él en la primera. Lograron una votación histórica para ellos y la primera victoria desde que Frei padre ganó en 1966.

Todo indica, según los analistas, que Chile quiere abrir una nueva etapa en su vida democrática, dando por cerrada la larga Transición que se inició en 1989. Es una nueva etapa de renovación y cambio tras estas primeras elecciones sin el general Pinochet, tanto en la derecha, como en la Concertación, que tendrá que definir su rumbo, como para el gobierno de la nación.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com

Chile y sus fantasmas

A 36 años del golpe del general Augusto Pinochet, 20 de la recuperación de la democracia y justo cuando la derecha supuestamente «despinochetizada» está en situación de retornar al poder, Chile anda a las vueltas con sus fantasmas. Es la casa de los espíritus en estado puro ante las elecciones del próximo domingo.

De una manera u otra en plena calenturón electoral han sido paseados los cadáveres del cantautor Víctor Jara y el ex presidente Eduardo Frei Montalva, ambos asesinados por la dictadura en diferentes circunstancias, el primero en 1973 a tiros tras tormentos horribles y el segundo en 1982 envenenado en la cama del hospital donde había sido operado. Salieron también a relucir algunos muertos célebres como los omnipresentes Salvador Allende y Augusto Pinochet o padres de celebridades como el líder «mirista» Miguel Enríquez y el general Alberto Bachelet, así como otros con menos notoriedad.

La descomunal represión y la dictadura de Pinochet proyectan sus largas y siniestras sombras sobre el presente y parecen usadas como arietes contra el cantado retorno al poder de la derecha, de la mano de Sebastián Piñera, un multimillonario sin filiación pinochetista. Pasa como en España donde al cabo 70 años del fin de la Guerra Civil y casi 35 del entierro del general Francisco Franco aún quedan muertos dando vueltas por conveniencias políticas.

Las encuestas de intención de voto pronostican que Piñera [60 años], al frente de los partidos de derecha, obtendrá un 44% de los sufragios. Frete a él aparece con un 31% el democristiano Eduardo Frei Ruiz-Tagle [67], un ex mandatario en busca de una reelección casi imposible e hijo del asesinado Frei Montalva. El tercero en discordia con 18% es Marcos Enríquez-Ominami [36], hijo de otro muerto célebre, el líder del MIR, Miguel Enríquez, caído frete a las fuerzas de seguridad de Pinochet en 1974, hijo adoptivo del notorio socialista Carlos Ominami, esposo de la celebridad mediática Karen Doggenweiler y, si el camino no se le tuerce, llamado a ocupar la Casa de la Moneda no por estas elecciones sino posiblemente tras las siguientes, en el 2014.

Todo indica que habrá una segunda vuelta, el 17 de enero próximo, en la que, siempre según las últimas encuestas, Piñera, dueño de la aerolínea LAN y con una fortuna estimada en 1.200 millones de dólares, se convertirá, por un 49% a un 32%, en el quinto presidente chileno de la era democrática iniciada a fines de los años ochentas del siglo pasado cuando el pueblo derrotó al régimen militar de Pinochet con sus propias armas después de 17 años de dictadura. Piñera compite por segunda vez, después de que cuatro años atrás caer por las justas ante Michelle Bachelet en unas elecciones marcadas por una abúlica normalidad.

Cuando Piñera se perfila como ganador de las elecciones, a menos de una semana de que sean abiertas las urnas y a los 27 años de su muerte, un juez mandó prender a los seis responsables del asesinato del ex presidente Frei Montalva (1964-1970), líder conservador, instigador del cruento golpe de 1973 y luego núcleo del primer conato de oposición organizada al despiadado régimen militar, lo que le costó la vida.Eso levantó las suspicacias y ha sido visto como una maniobra que favorable al retorno de Frei hijo al sillón presidencial.

El ex gobernante responde diciendo que esas acusaciones son de «una bajeza impresionante». Pero se fue con un nutrido grupo de partidarios y dirigentes afines a la tumba de su padre en un acto de fuerte contenido político y, por tanto, electoral.

Ha habido también una necrófila exhibición en la recta final de la campaña electoral de los restos de Víctor Jara, exhumado en junio pasado. Después de varios días de homenajes y velatorios ha acabado de nuevo en el cementerio General de Santiago al cabo de 36 años, esta vez en olor de multitudes. Jara fue una víctima de esa derecha —o de sus herederos políticos— que ahora busca el retorno al poder de la mano de Piñera. Como gran símbolo de la represión «pinochetista», su segundo entierro tiene un enorme peso en votos en un país con un electorado envejecido.

Llama la atención que mientras Frei hijo fue presidente (1994-2000) evitó investigar el asesinato de su progenitor, aunque la familia presumía de que había sido envenenado. No tuvo el coraje personal ni las agallas políticas. Por el contrario, puso todo su empeño para conseguir que Pinochet no fuera extraditado por Gran Bretaña a España para rendir cuentas ante el juez Baltasar Garzón por sus múltiples crímenes de lesa humanidad. Estos son hechos. A Frei hijo siempre se le notó, más que otros dirigentes políticos chilenos, el sable del general en el pescuezo.

Ahora se jacta de que en Chile la justicia tarda, pero llega.Aunque las fuerzas civiles que anduvieron con Pinochet y sus herederos estén ahora detrás de la candidatura de Piñera, éste nada tuvo que ver con la dictadura. Al menos nada le han podido achacar, salvo que siendo senador de la derecha fue uno de los que trató de dar, en 1995, carpetazo al pasado dictatorial. El padre de Piñera fue gran amigo de Frei Montalva. El propio Piñera se unió en la transición a la derechista Renovación Nacional porque la Democracia Cristiana no le quiso en sus filas, en sus aspiraciones de convertirse en senador. En el plebiscito de 1988 se había decantado contra Pinochet, como hizo el arco iris de fuerzas democráticas que doblaron el brazo al general en su proyecto de perpetuarse en el poder y abrieron el camino a la coalición Concertación Democrática que ganó las elecciones de 1989 y ha gobernado hasta ahora alternándose democristianos (Patricio Aylwin, primero, y Frei hijo después) con socialdemócratas (Ricardo Lago seguido por Michelle Bachelet).

Agotada y descompuesta, la Concertación sale virtualmente rota de estas elecciones o con poca vida por delante, salvo que Bachelet, que tiene un 80% de aprobación popular, y Ricardo Lagos fueran capaces de pilotar una reconversión, que sería vista como más de lo mismo. De hecho, Enríquez-Ominami es producto de una fractura del Partido Socialista de Bachelet y Lagos del que salió por la negativa a celebrar elecciones internas para escoger al candidato presidencial.

Es una coalición que comienza a oler a naftalina, acostumbrada al poder y a las alternancias entre sus dos principales fuerzas. Esta vez, tras dos turnos para los democristianos y otros dos para los socialistas, era de nuevo la hora de un dinosaurio. Pero se confundieron e igual hubiera dado que el candidato fuera democristiano (Frei hijo) como socialista (José Miguel Insulza, el secretario general de la OEA).

Enríquez-Ominami partió como un «outsider». Llevó aire fresco a la política chilena. Se identificó con las generaciones más jóvenes, con la modernidad y la era de Internet, y atrajo a los desencantados de la Concertación. Desde luego, con su candidatura evita que la Concertación retenga el poder y facilita el retorno de la derecha. Pero queda en inmejorable situación para los comicios del 2014. Tendrá que convencer a la descreída juventud chilena a participar en la política. Esta campaña se la servido para proyectarse como el auténtico fenómeno nacional a todos los rincones de Chile. Sin duda sus opciones aumentarán más tras un Gobierno derechista de Piñera que luego de otro cuatro años con la Concertación.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com