Mostrando entradas con la etiqueta Unasur. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Unasur. Mostrar todas las entradas

Ecuador: Rafael Correa ya tiene su «golpe»

Francisco R. Figueroa / 1 octubre 2010

El presidente de Ecuador, Rafael Correa, ya tiene ― como el venezolano Hugo Chávez lo tuvo en 2002 ― su «golpe de Estado», figura que ha tomado lo que más parece un motín policial por motivos laborales que quedó sin control en una república de opereta.

Las intenciones de los policías amotinados estaban claras desde primera hora. Prueba de que no pretendía destituir a Correa es que no le dispararon cuando lo tuvieron a tiro.

Con muletas por una reciente operación en la rodilla derecha, Correa se presentó de manera imprudente en el Regimiento Quito 1 (corazón del motín), encaró desde un balcón a los sediciosos, se tiró teatralmente de la corbata y mostró envalentonado el pecho como un Gary Cooper en «Solo ante el peligro» mientras desafiaba a que le mataran si tenían valor.

Luego vino la huida del cuartel en medio de una nube de gases lacrimógenos, los puñetazos entre sus escoltas y los policías y Correa extenuado, ultrajado y desmayado. Se impuso el estado de excepción y una cadena obligatoria de televisiones por la que los portavoces de Correa impusieron la versión del golpe e Estado que es la que ha prevalecido dentro y fuera del país.

Portavoces de los amotinados, entre ellos el jefe del Estado Mayor de la Policía, Florencio Ruiz, explicaron que de ningún modo pretendía destituir a Correa, si no obligarle a derogar las medidas de austeridad que ha impuesto, con recortes de beneficios adquiridos y otras prebendas, y a homologar los salarios de suboficiales y oficiales. ¿Cómo dar un golpe de Estado sin el Ejército?

Pero Correa ha insistido machaconamente en que ha habido una intentona golpista contra él. «Esto fue un intento de golpe de Estado», repitió. «Este ha sido el día más triste de mi vida y el día más triste de este Gobierno, por la infamia de los conspiradores de siempre», machacó reconociendo sin tapujos que de esta situación él ha salido fortalecido.

Es más, el gobernante, en un discurso ante una muchedumbre enardecida frente al palacio presidencial en Quito, acusó como cabecilla golpista a uno de sus antecesores en la presidencia de Ecuador y tenaz rival político, el ex coronel Lucio Gutiérrez, quién de inmediato lo negó y retrucó recordando que fue Correa quien intervino en su derrocamiento, en abril de 2005, en la llamada «rebelión de los forajidos». Gutiérrez había participado en el golpe que depuso en enero de 2000 a Jamil Mahuad. Entre golpistas anda, pues, el juego.

Durante un día de perros, los amotinados tomaron cuarteles y otras instalaciones, cerraron vías de comunicación; hubo saqueos, pillajes y caos por doquier.

Ingresado en un hospital, Correa estuvo cercado allí casi diez horas, hasta que lo sacó indemne una tropa de élite de la propia Policía en un confuso rescate en el que nadie sabe quienes eran los buenos y cuales los malos, con francotiradores sin control y un uniformando que caía malherido (murió luego) desde el vehículo todoterreno que llevaba a Correa.

Los enfrenamientos entre el Ejército y la Policía, con turbas a favor y en contra implicadas, causó cerca de 80 heridos y al menos dos policías muertos. Y todo ahora a mayor gloria de Rafael Correa.

El gobernante promete que no habrá perdón ni olvidó. Tendrá que depurar la Policía, expurgarla de aquellos, que según dijo, han dejado a Ecuador expuesto ante los ojos del mundo como una republica de opereta.

El primero que alzó la voz contra «el golpe de Estado« fue el presidente Hugo Chávez, a quien el intento de derrocamiento de abril de 2002 le fortaleció hasta el extremo que le permitió gobernar de manera autoritaria y arbitraria, con la oposición domeñada prácticamente hasta el revés electoral del pasado domingo.

Habló también del pueblo al rescate de Correa que podía ser masacrado, de una nueva dentellada da las bestias fascistas, que obedecen al amo de Washington, contra los gobiernos socialistas como el suyo o el de Ecuador, de la conspiración permanente de Estados Unidos y de lo mismo que pasó en Venezuela.

Las naciones suramericanas han aceptado la tesis de la intentona golpista y reaccionaron en consecuencia. En un pronunciamiento, los presidentes de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), reunidos de urgencia en Buenos Aires, solicitaron hoy juicio y castigo a los responsables de «la asonada golpista» en Ecuador y repudiaron el «intento de golpe de Estado y el posterior secuestro del presidente Rafael Correa». «Si dejamos pasar a los gorilas, el gorilaje se puede imponer en el continente», sentenció el peruano Alan García.

franciscorfigueroa@hotmail.com
www.apuntesiberoamericanos.com

Suramérica patas arriba

Pasados unos días desde el reality de Bariloche queda una sensación de desasosiego. Esa Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), nacida hace quince meses en Brasilia, seguirá siendo una entelequia, sin que sirva de consuelo pretextar que la Unión Europea tardó décadas en construirse. Eran tiempos y realidades distintas.

Las profundas divergencias en el seno de la Unasur fueron palpables en la cumbre de gobernantes celebrada el viernes pasado en Bariloche, y eso que era monotemática sobre las bases colombianas que Estados Unidos se dispone a usar. De modo que apenas salieron a relucir los graves problemas que crispan a Venezuela y Ecuador con Colombia.

La Unasur se mantiene hilvanada por los afanes hegemónicos de Brasil. El proyecto socialista bolivariano de unidad supranacional que patrocina Hugo Chávez produce un efecto rompedor. A la vista está. Ni Brasil ni Argentina ni Chile ni Colombia se avendrán con el «imperio chavista». Para Chávez quedan las naciones pobres y desorientadas que carecen de proyectos nacionales, o los aventureros que aquí o allá puedan apoderarse del poder por cualquier desmadre de los partidos tradicionales.

Harían bien las naciones suramericanas –y latinoamericanas– en ponerse en fila detrás de Brasil, el único país del área –a distancia sideral de México– capaz de lograr hacer oír su voz en el concierto internacional, y no dejarse seducir por los cantos de sirena que llegan de Caracas.

España tendría que darse también cuenta de eso. La política española para Iberoamérica parece cada vez más errática y desconcertante, como quedó a la vista con las visitas que en agosto hicieron a diferentes países de la región el Ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos (Venezuela y Brasil), primero, y la Vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega (Colombia, Brasil, Costa Rica y Paraguay) inmediatamente después, en su tradicional gira veraniega por aquel continente que la oposición tanto cuestiona.

Lo dijo el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva tras Bariloche al afirmar que a pesar de las «muchas divergencias» que evidenció esa cumbre y del pronóstico de que las naciones suramericanas seguirán «pelando y discrepando» hay que construir «posiciones unitarias», que actualmente no existen. La alternativa es otro siglo de pobreza, como el pasado, asegura Lula. El mensaje parece dirigido a Chávez y sus acólitos de Ecuador y Bolivia, las tres naciones con el peor clima económico de América del Sur.

La desunión en el sur del continente americano es tan evidente que el peruano Alan García aseguró en Bariloche, para mortificación general, que «ahora tenemos más problemas que antes de fundar Unasur».

Perú, Chile y Bolivia mantienen un conflicto territorial indisoluble producto de una guerra. En 150 años los tres países ni siquiera han conseguido sentarse a la vez en una mesa de negociaciones y no existe una solución a dos bandas. Por si fuera poco, el boliviano Evo Morales retrata al peruano Alan García como un lacayo del imperio que divide a los suramericanos.

Uruguay desconfía de Argentina y Paraguay de Bolivia. El armamentismo de unos preocupa a otros. Ecuador y Perú se llevan bien después de haber zanjado su histórico conflicto en la frontera, por el que guerrearon.

Quito mantiene las relaciones rotas con Bogotá, por el ataque militar colombiano a una base de la narcoguerrilla en Ecuador, aparentemente consentida por el gobierno de este país, que se había convertido en una suerte de universidad guerrillera de verano donde murió, e, marzo del 2008, el ínclito dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) «Raúl Reyes» (Luis Edgar Devia Silva).

A cuenta de las Farc, las «bases gringas» y otras diferencias que hunde sus raíces cerca de dos siglos, Colombia y Venezuela llevan años a la greña, ahora con sus relaciones «congeladas» por decisión de Chávez. Las píldoras que intercambian constantemente ambos gobernantes dan para una antología de disparates. Chávez machaca a diario con la idea de que Colombia es el portaviones desde el que Estados Unidos emprenderá misiones de guerra dentro de sus planes de «dominación imperialista» del sur del continente, sobre todo para apoderarse del petróleo venezolano, argumento que el peruano Alan García le desmontó con un razonamiento demoledor: «¿Para qué Estados Unidos pondría bases en Colombia para apropiarse del petróleo venezolano si ya tu se los vendes todo?» En efecto, Estados Unidos es el primero y más seguro comprador del crudo venezolano (1,2 millones de barriles diarios) con notable diferencia sobre el segundo. Alan García y Hugo Chávez no se soportan y bastantes muestras han dado de ello.

En los parlamentos de Brasilia y Asunción duerme el sueño de los justos el tratado de adhesión de Venezuela al Mercosur. No se fían de Chávez. Lula no hace nada para remediar esa situación y en Brasilia tratándose de política externa suele haber unanimidad de criterios entre las diversas instituciones. Esto se nota y cuando puede Chávez le da puyazos a Lula. Además, el venezolano sabe que el brasileño es el principal obstáculo a su pretendido «imperio bolivariano».

En cuanto a Surinam y Guayana, que parecen los convidados de piedra en la Unasur, ni pinchan ni cortan. Pero Venezuela mantiene un diferendo por la región del Esequibo anterior a la independencia británica de Guyana, en 1966. De hecho Venezuela incluye en su Constitución como parte del territorio patria al Esequibo como así también a los territorios colombianos de la Guajira y los Llanos Orientales.

La declaración final de los doce presidentes que se reunieron en Bariloche no nombra las bases gringas y mucho menos las condena, como pretendieron insistentemente lo gobernantes más radicales. Es más, se admite tácticamente la presencia de tropas extranjeras en cualquier país suramericano siempre y cuando no amenacen «la soberanía e integridad de cualquier nación sudamericana». Tampoco el bloque chavista logro su propósito de que Uribe entregara el texto del acuerdo alcanzado con Estados Unidos para el uso de las siete bases. En Colombia se vio a Uribe en Bariloche solo ante el peligro, acorralado por los demás, pero otros interpretaron que había cosechado un triunfo personal. Chávez volvió a casa sin su pretendida condena a las «bases yanquis», pero ha interpretado lo sucedido como una victoria para su causa.

Todos satisfechos, y la Unasur patas arriba.

Francisco R. Figueroa
franciscorfigueroa@hotmail.com