Réquiem por un político arrecho

Francisco R.Figueroa / 27 diciembre 2010

Ha muerto Carlos Andrés Pérez en el exilio, en Miami, a los 88 años, el Día de Navidad, tras sufrir una crisis cardiaca severa en su apartamento de Bal Harbour. Mientras gobierne Venezuela el autócrata Hugo Chávez sus restos mortales seguirán expatriados. Esa ha sido la última voluntad de un político casi temerario, arrollador, audaz y tesonero, con una vida de leyenda, un demócrata sobresaliente embadurnado por una fama de corrupto y alguien a quien posiblemente se deba una estrella en el paseo internacional de la fama de la transición española.

En los diferentes encuentros que tuve con CAP, como era conocido por sus iniciales, entre 1992 y 2002 nunca quiso entrar en detalles de su apoyo a la democratización de España tras la larguísima dictadura franquista. Me remitió a la biografía que escribiría el periodista venezolano Luis Giusti, aún sin publicar. Siempre se limitaba Pérez a recordar cómo en noviembre de 1976 llevó «de contrabando» en su avión, desde Ginebra a Madrid, a Felipe González, su gran amigo, y a la llegada a Barajas se lo dijo al rey Juan Carlos entre bromas. Para entonces no era aún legal el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero faltaban pocos días para la celebración de su primer congreso en España tras la dictadura y medio año para las primeras elecciones libres. Pérez me dijo que tras las segundas elecciones de la democracia española, en marzo de 1979, felicitó a Felipe González por no haberlas ganado. «Aún no es tu hora», le dijo en un telegrama despachado desde la estafeta del Palacio de Miraflores.

En aquellos días Pérez estaba a punto de acabar su primer quinquenio presidencial (1974-79) y era un activo líder de la Internacional Socialista que había sintonizado con Felipe González desde que se conocieron. Siempre se negó Pérez a hablar del apoyo económico venezolano al PSOE quizás porque un asunto de dinero raya en el terreno pantanoso de sus supuestos «negocios oscuros» con Felipe González que ningún sabueso pudo constatar jamás. Como ha dicho estos días su compadre Alan García, el presidente peruano, a Pérez nunca le encontraron ni bienes ni fortuna. Como escuché decir a ambos para negar su enriquecimiento en el ejercicio del poder, «el dinero, como la caspa, no se puede ocultar». Después de haber hablado con Pérez del asunto en varias ocasiones, llegué a la conclusión de que su apoyo a la democracia española por la vía de los socialistas pudo no ser menor al que dieron el alemán Billy Brandt o el sueco Olof Palme. Quizás mayor en lo económico. Sólo queda Felipe González para contarlo, si quiere.

La primera vez que hablé con Pérez fue por teléfono. Él estaba en el Palacio de Miraflores, en las postrimerías de su segunda presidencia (1989-93), y yo en la delegación de Efe en Caracas, de la que acababa de hacerme cargo. Nuestra periodista Alba Infante se acercó y me dijo: «está CAP al teléfono y quiere hablar contigo». Aún se oía el eco del último cohete lanzado contra Miraflores desde un helicóptero como traca final de la sangrienta asonada militar del 27 de noviembre de 1992. En resumen me aseguró que seguía firme en el poder y que así se lo acababa de decir a su buen amigo el jefe del Gobierno español, Felipe González. Por dos veces aquel año de 1992 habían intentando tumbar a Pérez a sangre y fuego y él había salvado milagrosamente el tipo, el sillón presidencial y la democracia. Se mostraba seguro de sí mismo, pero estaba malherido y se había convertido en presa fácil para sus enemigos, que se lo quitaron de en medio meses después usando en su contra los otros dos poderes del Estado: el Judicial, que lo procesó por alegada corrupción, y el Legislativo, que dictaminó el mérito para abrirle juicio al jefe del Estado, lo separó transitoriamente del cargo para el enjuiciamiento y luego, en un golpe espurio, declaró vacante la presidencia. «Me hubiera gustado tener otro fin», dijo entonces Pérez, que aceptó aquella injusta muerte política en bien de la patria y la democracia sabiendo que era un golpe de Estado institucional.

Sobre la imagen de prototipo de político corrupto latinoamericano que le acompañó siempre puede afirmarse con seguridad que hubo demasiadas acusaciones pero ninguna certidumbre. Salió indemne de cuantas investigaciones políticas, periodísticas y judiciales se llevaron a cabo. Incluso de parte del diario «El Mundo» en la vorágine del acoso y derribo a Felipe González. Un largo proceso en la Corte Suprema de Venezuela entre 1993 y 1996 absorbió a Pérez del cargo de peculado (apropiación de caudales públicos) y lo condenó por malversación, pues quedó demostrado que siendo presidente usó fondos secretos (17,2 millones de dólares) —que por su propia naturaleza eran reservados y de libre disposición del gobernante—, a costear una misión policial venezolana en Managua de protección, en 1990, a la presidente electa de Nicaragua Violeta Chamorro, para evitar que fuera devorada por las hordas sandinistas cuando derrotó contra todo pronóstico a Daniel Ortega, tras diez años de dictadura. «Es un honor haber sido condenado por haber ayudado a que se estabilizara la democracia en Nicaragua», me dijo tras escuchar la sentencia, en mayo de 1996.

Nos vimos varias veces, siempre por el interés periodístico mío, en Miraflores siendo presidente; mientras estuvo bajo arresto domiciliario en su quinta «La ahumada», en Oripoto, en las montañas al sur de Caracas; también en su oficina de la Torre de las Delicias, ubicada en plena Avenida del Libertador, cuando buscaba ser senador por un nuevo partido en los turbulentos años que llevaron a Chávez al poder, y por último en el exilio en Santo Domingo, en el «penthouse» que ocupó en el Edificio Inchaústegui del Ensanche Piantini hasta agosto de 2003, hasta que Hugo Chávez le apretó al gobierno dominicano la clavija del petróleo y Pérez tuvo que mudarse a Estados Unidos, primero a Nueva York y luego a Miami, donde ha muerto. Me ilusionó salir fugazmente junto a él en las imágenes que dio el Telediario de TVE en la noticia de su fallecimiento pues era el recuerdo de un tiempo vivido con gran intensidad.

Para Hugo Chávez, Pérez era el gran trofeo que nunca logró. Pérez lo derrotó el 4 de febrero de 1992 cuando trató de derrocarlo y lo volvió a hacerlo el 27 de noviembre en la segunda asonada de ese año, en la que el ex teniente coronel participó desde el presidio. Chávez ha tratado de construir su legitimidad contra Pérez pues aduce que su alzamiento fue justo pues trataba de derribar un «gobierno corrupto» que había derramado la sangre del pueblo al reprimir con el Ejército el «caracazo» de 1989, un tumultuoso motín popular desencadenado por la subida del coste de la vida tras la aplicación de un programa neoliberal pactado con el Fondo Monetario Internacional (FMI), cuando la gente entendió que con Pérez no volverían los viejos buenos tiempos de la «Venezuela saudí» de su primer gobierno cuando el dinero corría a raudales.

Ni con acusaciones de corrupción ni de homicidio intencional calificado Chávez logró que República Dominicana y Estados Unidos atendieran los sucesivos pedidos de extradición que presentó. No pudo atrapar a su archienemigo. Todo el mundo era consciente de que quería exhibir a Pérez como trofeo, usarlo para los fines de su revolución antidemocrática y en los planes de eternizarse en el poder para evitar que vuelvan al gobierno gente como él.

Curiosamente Pérez ha muerto al año del fallecimiento el Día de Nochebuena de 2009 de uno de los hombres que más contribuyó a su caída y al ascenso de Chávez: Rafael Caldera, que también fue en dos ocasiones presidente venezolano. Ello son las tres figuras públicas más peculiares que ha tenido Venezuela en los últimos cincuenta años, pero Pérez es el más singular y carismático, engrandecido por sus vigorosas convicciones democráticas y su apoyo a la causa de la libertad en toda América Latina, por encima de los cuestionamientos morales. Caldera mantuvo con Pérez viejas y enconadas rencillas y éste siempre consideró a aquel culpable de su caída. Chávez, que con ambas muertes ha quedado sin referencias, no ha perdido tiempo para enlodar la memoria de Pérez mientras los demás engrandecían si figura, al afirmar toscamente que con él ha muerto una forma de hacer política «atropellando los derechos de los pueblos y entregando la dignidad de los pueblos al imperio yanqui». Con Pérez ha muerto la vieja democracia venezolana que se corrompió y fracasó causando un terrible desencanto. Con Chávez se ha repetido lo peor del viejo orden político, sobre todo en cuanto a corrupción, amoralidad e ineficacia, pero con la libertades individuales bajo mínimos, cada día más reducidas y arrinconadas.

http://www.apuntesiberoamericanos.com/
franciscorfigueroa@hotmail.com

Tres hurras por Mario

Francisco R. Figueroa / 11 diciembre 2010
Mario Vargas Llosa ha recibido el Nobel de Literatura también debido a un hombre que está en la cárcel por delitos de lesa humanidad, cuya hija acaba de formalizar su candidatura a la presidencia del Perú con la intención de liberarle. ¿Qué sería hoy del autor de «Conversaciones en La Catedral» si aquel desconocido ingeniero agrónomo «nikkei» llamado Alberto Fujimori, encarcelado desde hace tres años por sus múltiples felonías, no hubiera impedido que fuera presidente del Perú? Con certeza no habría estado este viernes en Estocolmo recibiendo el Premio Nobel de Literatura. Fue la derrota política de 1990 frente a Fujimori lo que devolvió la literatura al lugar central de la vida de Vargas Llosa. La primera entrega de su nueva etapa fue precisamente el libro de memorias «El pez en el agua» (1993) sobre aquella experiencia política que tanto importancia parece que tuvo para concederle el Nobel. Cuando se discutía su candidatura al Nobel, Peter England, secretario perpetuo de la Academia, recomendó a sus colegas reticentes leer en paralelo «Conversaciones en La Catedral» y «El pez en el agua», según relató «El País». «Conversación en La Catedral» es la raíz histórica de la preocupación literaria del Nobel por la política y por su país, y «El pez en el agua» es la explicación escrita de una ansiedad autobiográfica, explicativa, que ha explotado en Estocolmo y en la que Vargas Llosa cifró, a principios de los noventa, su resurrección literaria tras el fracaso político, ha escrito Juan Cruz. Traté y perseguí a Vargas Llosa en lo que resultaría ser los tres peores años de su vida, de 1987 a 1990, durante los que corrió peligros indecibles y estuvo a punto de irse al traste su exitosa carrera literaria, ahora coronada con el Nobel, por el empeño en ser elegido presidente. También Fujimori ha sido una constante a lo largo de una buena parte de mi vida profesional después de haber vivido en el Perú de 1987 a 1992. De modo que sigo la peripecia vital de ambos como exponentes de la cara y la cruz, lo bueno y lo malo, la nobleza y la perfidia, de un país entrañable. Me ha llamado poderosamente la atención que la entrega del Nobel coincida con la formalización de la candidatura presidencial de Keiko Fujimori, la hija mayor del ex presidente peruano, quien cumple una condena a 25 años por crímenes de lesa humanidad. Keiko representa algo que Vargas Llosa detesta: el «fujimorato», aquellos diez años, de 1990 a 2000, en que Alberto Fujimori rigió los destinos del Perú de manera autocrática con su compinche el aborrecible Vladimiro Montesinos, también encarcelado. La aversión es tanta que Fujimori trató de despojar de la nacionalidad peruana al escritor. «Nadie podrá quitarme al Perú», clamó Vargas Llosa en Estocolmo Hay posibilidades de que el pueblo peruano se vuelva a confundir en las elecciones previstas para abril de 2011, como ocurrió en 1990 con su padre, y elija presidente a Keiko Sofía Fujimori Higuchi, de 35 años, una de cuyas tareas será sin duda liberar a su progenitor, de 72 años, apoyada en ese amplio sector de peruanos que perdona al ex mandatario o justifica sus desmanes. Keiko Fujimori ha parecido por sorpresa aliada al Opus Dei, matrimoniada políticamente con Rafael Rey, conspicuo exponentes de La Obra en el Perú, ex parlamentario, ministro por dos veces en este segundo gobierno de Alan García y aspirante a la vicepresidencia. El Opus Dei estuvo implicado en el fujimorato. Cuando escribí algo así en 1997 Rey me buscó para decirme que La Obra «no se involucraba con gobiernos, ni tiene nada que ver con el desempeño profesional o político de sus miembros». Es conocido que el Opus Dei en Perú apoyó en 1992 el «autogolpe» mediante el que Fujimori clausuró el parlamento, disolvió el poder judicial y asumió poderes de «shogún» con el entusiástico apoyo militar y la indolencia de los países latinoamericanos. Uno de los principales aliados y cómplices de la dictadura fujimorista fue Juan Luis Cipriani, el primer cardenal del Opus Dei, un ingeniero industrial y sacerdote de vocación tardía (cantó misa con 33 años) de carrera meteórica en el escalafón eclesiástico por una extraña coincidencia de intereses entre Alberto Fujimori y el fallecido papa polaco Juan Pablo II, que fue un gran valedor de Opus Dei. Fujimori conoció a Cipriani como obispo auxiliar de Ayacucho, allá por 1990, en tiempos terribles. Desde entonces fueron uña y carne; o uña y mugre. En 1991 Cipriani era el prelado titular de aquella diócesis andina, seis años más tarde su arzobispo, en 1999 primado del Perú y en 2001 cardenal. Esto sin contar el oscuro papel que jugó en la crisis de los rehenes en la embajada de Japón, que acabó con la liquidación de todos los terroristas del movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) que mantuvieron ocupada dicha legación entre diciembre de 1996 y abril de 1997. Para Vargas Llosa, un agnóstico a quien las circunstancias aproximaron en 1990 al entonces primado peruano, el jesuita Augusto Vargas Alzamora, sobre todo porque el prelado quería contrarrestar a los evangélicos embarcados en la candidatura de Fujimori, con los que éste rompería pronto, Cipriani es una figura intransigente propia de la Iglesia de Torquemada y las parillas de la Inquisición, según escribió el novelista en un artículo publicado en 2002. La falta de sintonía entre Rey y Vargas Llosa quedó patente por última vez en septiembre último cuando el ahora Premio Nobel renunció a la presidencia del Lugar de la Memoria, destinado a honrar a las casi 70.000 víctimas del terrorismo en Perú, porque el entonces ministro de Defensa promovía un decreto mediante el que, con lo que el escritor consideraba «triquiñuela política», amnistiaba prácticamente a los militares que violaron derechos humanos en la guerra contra el terrorismo a partir de 1980. «Ignoro qué presiones de los sectores militares que medraron con la dictadura y no se resignan a la democracia, o qué consideraciones de menuda política electoral lo han llevado a usted a amparar una iniciativa que sólo va a traer desprestigio a su gobierno y dar razón a quienes lo acusan de haber pactado en secreto una colaboración estrecha con los mismos fujimoristas que lo exiliaron y persiguieron durante ocho años. En todo caso, lo ocurrido es una verdadera desgracia que va a resucitar la división y el encono político en el país», dijo Vargas Llosa en una carta que envío entonces a Alan García, quien en su primera presidencia (1995-90) fue el principal responsable de que Fujimori llegara al poder empecinado como estaba en cerrarle el paso al escritor a cualquier precio. Gracias a aquella actitud de Alan García, que contribuyó decisivamente a la victoria de Fujimori, de algún modo también Vargas Llosa ha sido galardonado con el Nobel. «Se sentirá usted como quien ha expulsado del riñón una piedra puntiaguda», le dije a Alan García cuando el escritor fue derrotado. «No es una sensación tan fisiológica como usted dice, pero me siento muy satisfecho», me respondió. Y se fue a ordenar a la banda militar del Palacio Presidencial que interpretara una música festiva en el cambio de guardia de las doce. franciscofigueroa@hotmail.com www.apuntesiberoamericanos.com