El español florece en la tierra fértil de Brasil

[II Congreso Internacional de la Lengua Española – Valladolid (España), 16 a 19 de octubre de 2001. Panel «Unidad y Diversidad del Español» - «Español  y portugués: elementos culturales y socioeconómicos»]

Los geopolíticos brasileños ambicionaron para su país un glorioso destino imperial. Desarrollaron arrogantes teorías y diseñaron aventuradas estrategias de dominio para convertir a su país en una Gran Potencia. Pero olvidaron que, como afirmaba Antonio de Nebrija, “la lengua es siempre compañera del Imperio”.

Según ellos creían, Brasil debía dominar el gran espacio de América del Sur en su condición de “país superior” de la región. En ese sentido teorizando sobre los criterios económicos, comerciales, financieros, ideológicos y militares que llevarían a Brasil a lo que se consideraba su "Destino Manifiesto".

Esas pretensiones de dominación estuvieron vigentes casi un siglo, por lo menos desde los tiempos del Barón de Río Branco, el astuto diplomático que ganó para su país sin disparar un tiro unos 830.000 kilómetros cuadrados de territorio, hasta el final de los gobiernos militares que hubo de 1964 a 1985.

En los Estados Mayores militares, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en las academias castrenses, en la Escuela Diplomática el asunto fue estudiado exhaustivamente. Para “Brasil, actualmente, la opción es agrandarse o perecer”, aseguraba en 1952 el general (aún era coronel) Golbery de Couto e Silva, considerado el más influyente de los geopolíticos brasileños. Los planes estratégicos que se elaboraron eran tan ambiciosos como fantásticos. Los más ultras consideraban incluso que “la guerra era inevitable”.

“Sudamérica é nossa”

La revista estadounidense Newsweek señalaba en agosto de 1973 que los brasileños habían logrado poner “un pie en la mayoría de los países de América Latina encontrándose, incluso, algunos de ellos bajo su hegemonía...”, quizás en referencia a Paraguay y Bolivia. En esa época los diplomáticos del régimen militar brasileño –agregaba el semanario— se manifestaban "orgullosos de la acusación (a su país) de ser imperialista”.

Los brasileños recreaban sus teorías a partir de la vieja idea de integrar toda América del Sur en una misma nación. Así, idealizaron ese “gran espacio continental” controlado por Brasil y afirmaron que no había otra alternativa para que “las naciones sudamericanas sobrevivieran”. Llegaron, incluso, a defender el recurso a la “conquista” en previsión de la resistencia que opondrían a sus planes los estados sudamericanos. Más moderados otros sostenían que el proyecto brasileño “exigía” a las demás naciones sudamericanas “sacrificar parte de su soberanía”. En la época de apogeo de las dictaduras sudamericanas, los geopolíticos brasileños consideraban que era “fundamental” para su país dominar el Cono Sur “política, económica, financiera y militarmente”.

Los grandes objetivos permanentes de Brasil eran salir al Océano Pacífico vía Ecuador y Perú, y al Mar Caribe por Venezuela; explotar recursos naturales en naciones vecinas; controlar el corazón boliviano para dominar América del Sur; convertir en un satelite a Uruguay; heredar las colonias portuguesas de África; lograr la hegemonía en la Cuenca del Plata; convertir el Atlántico Sur en su Mare Nostrum y tener presencia en la Antártida, entre otros.

Los geopolíticos brasileños tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que además de la voluntad expansionista, de planes para imponer su hegemonía sobre los pueblos vecinos, de los ejércitos y de las armas, eran necesarios enormes recursos económicos de los que carecía un país como el suyo que aún luchaba para salir del subdesarrollo.

Quizás pensaban ellos que les favorecía en sus planes la inversión cultural y económica que se había producido en América a raíz de la independencia de las colonias hispanas, pasando a tener la primacía los Estados Unidos de Norteamérica y, en segundo lugar, los Estados Unidos de Brasil, que este era entonces el nombre oficial del país.

De eso modo Brasil bien podía venir a convertirse en la potencia hegemónica de Sudamericana, un contrapeso en el sur a los Estados Unidos del norte o el gendarme necesario del mundo occidental ojo avizor al sur de Panamá y con su prominente barriga nordestina a dos horas de avión de las costas del África meridional.

La disgregación en la América hispana fue producto de la independencia de las antiguas colonias pero también de rivalidades enconadas que acabaron separando proyectos como el de la Gran Colombia bolivariana o generalizaron durante buena parte del siglo XIX los enfrentamientos civiles.

Con todo, las nuevas repúblicas tuvieron desde el comienzo una conciencia de unidad cultural mantenida, sobre todo, a través del idioma español. 

El Imperio Español en lo idiomático resultó así indestructible y de la misma manera que la rivalidad política entre los imperios español y portugués en el suelo americano continuo durante más de tres siglos después del tratado de Tordesillas, ambas culturas pugnaron durante siglos como dos placas tectónicas en permanente fricción.

Al contrario de lo que creían los estrategas tradicionales brasileños, Brasil no se proyecta hacia el resto de Sudamérica ni su frontera oeste debiera estar en los Andes ni tiene necesidad de corredores con el Pacífico o el Caribe, entre otras teorías fantásticas.

En realidad Brasil se configura como el movimiento prodigioso del mundo sudamericano hacia el Océano Atlántico. Es la América Hispana la que definitivamente se desparrama lentamente sobre Brasil desde las crestas de los Andes, a través de la Orinoquia, por los abismos amazónicos en los que alucinaron Lope de Aguirre y sus marañones, desde las antiguas misiones jesuíticas... en fin por todas sus fronteras terrestres exceptuadas las guayanas.

¿De qué Brasil hablamos?

Brasil como nación es un volcán en actividad. Sus placas sociales y culturales aún chocan sordamente unas contras las otras produciendo grandes contrastes y enormes paradojas.

Algunos de sus intelectuales dudan de la existencia todavía de una nacionalidad brasileña basada en valores históricos. Por ejemplo, João Ubaldo Ribeiro, uno de los escritores brasileños más prestigiosos, en una reciente entrevista periodística expresaba con seguridad su convencimiento de que “la verdadera fundación de Brasil ocurrió en 1958 cuando se conquistó el primer título de campeón mundial de fútbol”.

Ese “Brasil de todas las razas” parece ser un país contradictorio. Así al menos lo pone de manifiesto un reciente libro que a los 500 años de la llegada de los portugueses y cuando han transcurrido cerca de 180 años desde la independencia nacional, intenta dar respuestas “Para entender a Brasil” en la pluma de 37 ensayos de otros tantos autores.

Hay quien asegura que Brasil sigue siendo “una nación inconclusa” y quien remata que es un país “difícil de entender”, pero del que todo el mundo gusta con facilidad. “Hay que construir un país de verdad”, proclama otro. Las elites “egoístas” e “insensibles” que no entienden o no gustan del pueblo “manipulan” los mecanismos de riqueza y conocimiento y son culpables de que Brasil sea “injusto” y “desigual” con una grandes ciudades en las que campea la “cultura de la violencia”, aseguran otros ensayistas. Un autor afirma que el brasileño “aún no ha decidido si es un genio o una mierda”; otro asegura que al país le pierde “el cinismo” que cunde; y un tercero que el país bascula entre la “sensualidad” y la “irreverencia”. Brasil “muerde el polvo” del camino desbravado por Estados Unidos, señala otro, y el que le sigue echa en falta un nacionalismo a semejanza del estadounidense. Brasil posee “una gran unidad lingüística y una enorme diversidad cultural”, proclama otro.

A las vueltas con la lengua

Los historiadores conjeturan que cuando llegaron los europeos en 1500 había en Brasil entre un millón y 8,5 millones de individuos. ¿Quién puede saber cuántos eran los parientes, amigos y enemigos de aquellos “devoradores de cristianos” entre los que a duras penas pudo sobrevivir el alemán Hans Staden a mediados del siglo XVI.

Staden los describió –y dibujó– como “crueles y salvajes devoradores de seres humanos asados”. Pero también dijo de ellos que eran “personas bonitas de cuerpos bronceados por el sol y de buena estatura, tantos los hombres como las mujeres”.

Una revista semanal que se edita en la ciudad de São Paulo informaba a mediados de junio pasado de que, según las cuentas del estadounidense Summer Institute of Linguistic, en Brasil se hablan 195 lenguas. “Una Babel de lenguas domésticas”, titulaba la revista esa información resumida en unas pocas líneas bajo una foto de unos circunspectos indios en formación de punta de flecha ataviados como para recibir otro enjambre de turistas.

La proliferación de lenguas, obviamente, es consecuencia de la abundancia de tribus aborígenes en Brasil. Tantas que ni las autoridades saben cuantas ni los individuos que las forman. El último estudio conocido revela la existencia de 216 tribus que reúnen a unos 350.000 individuos, una población parece por vez primera en ascenso después de llevar 500 años menguando. Todavía hoy es frecuente que el Instituto Nacional del Indio informe de la aparición en el corazón amazónico de alguna pequeña tribu “no descubierta” que “jamás tuvo contacto con el hombre blanco”.

Sean los indios que fueren en 1500 o los que quedaren ahora, se hablen en Brasil alrededor de las 170 lenguas oficialmente catalogadas o las 195 que decía el Summer Institute of Linguistic, lo real es que todos los pueblos que usan esas hablas, menos una de ellas, resultan una curiosidad antropológica, una anécdota cultural, una cifra más para el culto nacional a la grandilocuencia y quizás algunas de ellos el eco de un estertor desde dentro del ojo del huracán de la globalización que está barriendo a todo lo que es periférico.

Algunas de esas lenguas son habladas en comunidades con cuyos miembros apenas se puede organizar una partida de cartas. ¿Cuántos jumas quedan hoy en Brasil, por ejemplo? Se dice que el año pasado eran unos cinco, exactamente el número hasta el que sabían contar aquellos “salvajes” con los que convivió Hans Staden. 

Para cantidades mayores que cinco señalaban sus propios dedos o apuntaban a varios indios queriendo significar la cantidad de dedos en las manos y los pies de todos ellos. Y aunque las autoridades se ufanan de que los nativos brasileños están aumentando, hay pueblos en fase de extinción y quedan otros –unas 16 se presupone– en las profundidades amazónicas aún sin contactar.

Aunque sean parte de los estereotipos con que se conoce a Brasil en Europa y parte de América, todas las tribus indias brasileñas son un frágil manojillo humano que apenas representa el 0,002 por ciento de los 170 millones de brasileños, un mundo aparte que parece estar saliendo del ciclo de la explotación a la que la mayoría estuvo sometido para volver a sus tradiciones ancestrales.

Víctima de una mezquindad cultural

Brasil conserva sobre todo del colonizador portugués, pese a lo mezquinos que estos fueron en asuntos culturales, un idioma cuyo uso, sin embargo, tardó 300 años en generalizarse y casi otros 200 años tener homogeneidad, aunque siempre ha habido una pugna por crear una lengua brasileña en contraposición al lenguaje portugués.

Los portugueses hicieron una colonización de cangrejos, en la costa Atlántica, y fueron incapaces de ocupar y poblar el espacio brasileño.

Los que expandieron el imperio luso fueron sus descendientes mestizos cuando se lanzaron a la conquista. Eran aquellos "bandeirantes" que partieron, sobre todo, desde la ciudad de São Paulo para conquistar millones de kilómetros cuadrados y avanzaron incluso más allá de la línea establecida por el tratado de Tordesillas. Eran aventureros codiciosos y voraces que no tenían el claro sentido de servir a los intereses lusos pero que terminaron siendo muy útiles a los mismos.

Los primeros colonizadores de Brasil eran gente práctica que tuvo que aclimatarse, mezclarse y hacer alianzas con los nativos para amasar riqueza en el comercio del entonces codiciado Pau Brasil.

Eran portugueses, franceses y españoles disputando el control de las tierras y del comercio, cautivando a los indios, mezclándose con ellos. Mucho más prácticos en el negocio que en la cultura, aquellos extranjeros se aclimataron.

“Se volvieron casi indios”, afirman historiadores, quienes agregan que aquellos primeros europeos andaba desnudos, comían mandioca, aprendían los nombres autóctonos de las plantas y los animales y se comunicaban en la lengua nativa.

La cuestión del habla en Brasil ha estado asociada desde el inicio de la colonia a ciclos socioeconómicos. Hoy lo que está sucediendo en Brasil es también consecuencia del nuevo ciclo económico donde ha entrado el país.

Los primeros europeos –como se ha expresado– adoptaron la llamada “lengua general” común en las costas de Brasil: el tupí. Era la lengua necesaria paras todos: los mercaderes, los aventureros, los habitantes de las ciudades en su relación con los naturales… 

El tupi fue durante casi dos siglos si no idioma oficial sí el habla más común y extendida por necesaria para todos como consecuencias de las conveniencias sociales y económicas de esa época colonial y de que Brasil era un inmenso océano selvático con unas pocas islas de civilización y cultura portuguesas.

El idioma de la metrópolis portuguesa sólo consiguió desplazar al cabo de dos siglos de pugna lingüística al “habla general”. La “lengua brasílica”, obviamente, no podía ganar la batalla de las otras lenguas, incluidas las que llegaron de África con los esclavos negros – etiópicas las llamaban algunos historiadores –, ni tampoco rivalizar eternamente con el idioma de los vencedores portugueses.

Con las expansiones desde la costa hacia el oeste en la mitad del siglo XVII el uso del portugués, aunque acriollado, se fue extendiendo. En otras circunstancias sociales y económicas, como fueron las explotaciones mineras, sobre todo la fiebre del oro, ya en el siglo XVIII, y las prédicas de los misioneros se concretó el ciclo de expansión del portugués, que se comenzó a imponer y consolidar como lengua nacional, aunque ese proceso posiblemente aún no haya acabado. La llegada de la casa real portuguesa a principios del XIX en huida de Napoleón dio inicio al proceso de hegemonía de lengua portuguesa.

En 1819 fray Francisco dos Prazeres escribía: “en el presente, la lengua corriente del país es el portugués; los instruidos lo hablan muy bien, pero entre los rústicos todavía anda un cierto dialecto resultado de la mezcla de lenguas”.

A principios del siglo XIX las tribus indígenas mayormente estaban “aportuguesadas” aunque pronunciaban de manera incorrecta. Los viajeros de la época recogieron que los ancianos seguían usando la lengua de sus ancestros, que se conservaban expresiones autóctonas o que, incluso, hablaban un portugués trufado con las lenguas nativas. Había ciertas tribus en el Mato Grosso que usaban el español y el portugués aparte de varias hablas propias.

Todavía a mediados del siglo XX quedaban zonas del interior de Brasil donde se usaban un lenguaje que los viajeros a duras penas entendían. Fue con el desarrollo de la televisión, a partir de los años setenta del pasado siglo, sobre todo con la implantación a nivel nacional de la Rede Globo de Televisão, que el portugués hablado en Brasil fue teniendo a la homogeneidad.

Y es que en Brasil la potencia colonizadora había prestado poca atención a la educación.

Los colonizadores portugueses apenas permitieron la enseñanza del bachillerato en colegios regentados por religiosos, pero nunca la universidad, a diferencia de lo que sucedía en la América española donde la universidad llegó casi con los conquistadores.

En el siglo XVI en Hispanoamérica se fundaron universidades en Santo Domingo, Lima, México, La Plata, Sucre, Bogotá y Quito. En Brasil la primera universidad surgió en 1930, es decir, cuatrocientos años después de la primera universidad de la América Española. Con la imprenta pasó algo semejante. El primer periódico brasileño, por ejemplo, se imprimió en Inglaterra a principios del siglo XIX.

En 1960 la tercera parte de los niños brasileños estaba todavía sin escolarizar y el 40 por ciento del país era analfabeto. Motivos culturales pero también sociales y raciales.

La escuela brasileña hasta ayer ha sido sólo blanca. En mi clase había sólo un negro”, decía en una reciente entrevista periodística el Ministro de Educación de Brasil, Paulo Renato Souza, recordando su época de escolar, que transcurrió hace unos cuarenta años.

Actualmente el 97 por ciento en edad escolar obligatoria, que va de los siete a los catorce años, está escolarizado, y el analfabetismo ha descendido al 11 por ciento. “Estamos convencidos de que antes de dos años no quedará un sólo niño en Brasil que no vaya a la escuela”, agregó el Ministro en la misma entrevista.

El español en desarrollo

Hoy Brasil parece estar lejos de los viejos sueños imperialistas. Después de decenios de ensimismamiento, autarquía, quimeras y utopías, ese enorme país se ha abierto. Se ha convertido en una economía pujante, con una sociedad en permanente ebullición que conforma un gigantesco mercado interno y unas reglas de mercado que parecen bastantes claras, aunque posiblemente dependa de las elecciones generales que se celebrarán el próximo año la estabilidad y el rumbo definitivos.

Brasil parece haber entendido que para alcanzar el tan ansiado objetivo de liderazgo suramericano no basta con ser más grande que sus vecinos. Ha percibido que aprender español es una necesidad dictada por la nueva geografía económica y es un imperativo derivado de las nuevas políticas que tienden a lo global.

Y es que ese Brasil, aunque muy influenciado por la cultura estadounidense como el resto de la América Latina, siguen teniendo su mayor referente cultural, económico y social en Europa. En comercio, si ir más lejos, la Unión Europea es el principal cliente de productos brasileños y de dónde Brasil más importa, por delante de Estados Unidos.

También se nota entre los brasileños la seguridad de que ya no basta seguir con aquello que acostumbramos a presumir: que el idioma del otro está chupado. Como afirmaba en vena de humor el reconocido dibujante brasileño Millôr Fernández, “el español es esa lengua que todos creemos que hablamos. Hasta que nos encontramos a alguien que realmente habla español”. Vale decir lo contrario.

En Brasil hay actualmente una actitud pública y privada sin precedentes hacia el español que podría convertir en bilingüe a la clase media de ese país suramericano. Eso ocurrirá sin duda en un plazo de tiempo prudente si no fueran abandonados los planes oficiales para que el idioma español sea una asignatura obligatoriamente ofrecida por todos los centros de enseñanza media del país, donde actualmente hay cerca de ocho millones y medio de alumnos, mientras que hay otros treinta seis millones de estudiantes, a partir de siete años de edad, en la enseñanza básica obligatoria y cerca de dos millones y medio más matriculados en universidades. Hablamos de una población en edad de estudios bastante superior al total de habitantes de España.

Algunos estados de la federación brasilera han adoptado ya la enseñanza del español en sus escuelas. Inicialmente el Gobierno central quiso que el español fueran enseñado obligatoriamente en todos los institutos de primaria y secundaria del país, pero durante el trámite parlamentario del proyecto de ley sufrió diversas modificaciones. Actualmente está congelado por razones que tienen que ver con la imposibilidad de aplicar dicha ley sobre todo porque harían falta nada menos que 200.000 profesores de español. Puede que también haya influido las presiones hechas por naciones como Francia, Italia y Alemania, cuyas lenguas figurarían como primeras víctimas.

No obstante, el ministro brasileño de Educación, Paulo Renato de Souza, en la última alusión pública al asunto que hizo, manifestó que la ley pueda ser aprobada todavía este año. El próximo puede resultar complicado por ser un año netamente electoral. 

Si la ley fuera aprobada, se espera que el español sea masivamente acogido por los alumnos por razones tan claras como la proximidad cultural, la superación de viejos prejuicios culturales, la facilidad del aprendizaje y las nuevas alternativas laborales que se están abriendo en el país con la maciza inversión española.

Así las cosas, parece necesario un fuerte compromiso oficial de toda la comunidad de países hispanohablantes en el sentido de contribuir a salvar el enorme escollo que representa para Brasil tener tan elevada cantidad de profesores que la enseñanza del español demandaría.

Brasil y España en perspectiva

Hace tan sólo cinco años a lo español no se le veía porvenir en Brasil Y es que en muy pocos años España ha pasado para Brasil de ser un territorio virtualmente ignoto a un país sorprendente, que impresiona y también asusta.

Como en el resto de América Latina también en Brasil el XIX fue, como lo señalaba Salvador de Madariaga, “un siglo francés por excelencia” y en algunas regiones del país lo siguió siendo hasta mediados del siglo XX. Cualquier carioca de 60 años recuerda, por ejemplo, que en las escuelas de Río de Janeiro aprendían a cantar el himno brasileño, pero también la Marsellesa.

En la segunda mitad del siglo XX España tenía concentrados sus esfuerzos en recomponer su enorme y privilegiado patrimonio cultural de América y no se interesó por Brasil. Hubo que rehacer las relaciones con las repúblicas hispanoamericanas, que tan maltrechas habían quedado no sólo por los hechos de sus independencias sino por la torpe política de Madrid durante el resto del siglo XIX; hubo que lograr que la cultura española tomara en esas repúblicas prestigio y hubo que crear una corriente favorable de sentimientos mutuos.

Estuve en Brasil como corresponsal de octubre de 1981 a abril de 1985. Hace un año volví para una segunda etapa profesional, esta vez de manera muy relacionada con el idioma pues había que crear e implantar allí el nuevo servicio internacional de noticias de la Agencia Efe en el portugués de Brasil. De manera que creo que comparando lo que España era para Brasil, y viceversa, en los ochenta con lo que es ahora posiblemente logremos tener una idea de ese cambio tan vertiginoso, tan sorprendente por inesperado, que ha habido en el conjunto de las relaciones entre ambas naciones y en el sentir del pueblo brasileño con respecto a España.

Cuando en octubre de 1981 llegué a Brasil con la misión de abrir la primera oficina de Efe en la capital federal del país siempre me sorprendió que el brasileño común, preguntón por lo general, mencionara una decena de países para averiguar mi nacionalidad sin acertar a nombrar España. Cuando yo aclaraba mi condición de español resultaba normalmente que España no les decía absolutamente nada, salvo que era el país sede del próximo campeonato mundial de fútbol, que se iba a disputar en 1982.

Cuando acabé mi primera experiencia periodística en Brasil y me marche al Paraguay en 1985 el panorama de desconocimiento de España no había cambiado un ápice. Hay que matizar que también en España había – y sigue habiendo – un conocimiento superficial y anecdótico de Brasil. Yo diría más drásticamente que al español común sigue teniendo de Brasil una idea bastante simple. Parece que la indiferencia e ignorancia otrora tradicionales entre España y Portugal, el cisma ibérico, también ha separado las culturas lusa e hispana allende los mares.

Puede resumirse que las relaciones entre Brasil y España en los años ochenta eran de ignorancia mutua; a lo sumo de cordial simpatía. En lo político, España culminaba su transición a la democracia y Brasil transitaba por la suya, tan peculiar por conveniencia de los mismos generales que se habían apoderado del poder en 1964.

Algunos pocos sectores de la oposición brasileña miraron entonces a España – quizás por una cuestión de novedad, a la que tan apegados son los brasileños, que por convicción – en busca de inspiración para articular un consenso que permitiera llevar a buen puerto su propia transición.

Los intercambios comerciales entre los dos países se reducían a un puñado de dólares y las inversiones eran inexistentes. El hermético y protector régimen económico vigente entonces en Brasil empeoraban las cosas. No había tampoco relaciones culturales. Los españoles también teníamos una idea folclórica de Brasil basada en la tópica trilogía fútbol-carnaval-café, idea que, lamentablemente, no ha cambiado significativamente al día de hoy y que es muy común al resto del mundo.

Hace unas pocas semanas, por ejemplo, en una reunión social un abogado español me confesó sin rubor que había sabido de la existencia de un escritor brasileño llamado Jorge Amado el mismo día en que se enteró de su muerte por el periódico. Un diplomático español con diecisiete años de carrera, de ellos por lo menos siete pasados en Suramérica, inquirió: “¿Quién es ese?”. Las lágrimas que en su limbo literario debieron derramar Doña Flor, Gabriela, Tieta y el universo de personajes de Amado por ese gran desconocimiento que hay en España sobre la literatura brasileña son también mis lágrimas.

Cuando España se preparaba para conmemorar el V Centenario de la llegada de Cristóbal Colón, Brasil sólo formaba parte del proyecto gubernamental de la casa común iberoamericana. Aparte la acción oficial, Brasil parecía fuera de cualquier plan y ni siquiera muchos recordaban que Vicente Yañez Pizón, compañero de Colón en aquel primer viaje de 1492, había descubierto Brasil ocho años después si bien el conquistador final terminaría siendo el portugués Pedro Alvarez Cabral, a quien la mayoría de los brasileños tiene como su descubridor oficial.

Brasil y España hoy

La consolidación democrática brasileña, la apertura al exterior de su economía, las privatizaciones y el establecimiento a partir de 1994 del Plan Real de un clima económico de confianza y normas claras y estables para el capital extranjero han desembocado en que Brasil y España hayan pasado a tener el mayor momento de aproximación política, económica y cultural en toda la historia.

Esa intensificación de las relaciones con Brasil representa para España la culminación del proceso de recuperación de su presencia de América Latina, que se había iniciado décadas atrás desde postulados culturales y que alcanzó su momento de esplendor con el arribo de los capitales que en los pasados años noventa convirtió a España en uno de los mayores inversores extranjero en la región, con unos 50.000 millones de dólares.

En contraste con la ignorancia supina de aquellos años, ahora España y lo español están de moda en Brasil y ellos es motivo de celebración y felicidad. Los hay que se frotan las manos. El “ataque español” comenzó en serio en 1997, año desde el que se han concretado cerca de cuarenta operaciones de compra de empresas brasileñas por parte de los inversores españoles atraídos a partir de 1994 por el proceso de privatización y la estabilidad económica que resultó del Plan Real.

El desembarco español sorprendió a los brasileños por inesperado. Nunca en Brasil se había pensado en España como país inversor ni mucho menos que España llegase en un momento determinado a tener metidos en Brasil más capitales que los Estados Unidos. Pasadas la sorpresa y las emociones encontradas iniciales, Brasil, tal como sostenía un colega periodista, “ha abierto una puerta para entrar en otra cultura”.

Desde luego que de la mano del dinero español está llegando cultura española. Por ejemplo, el año pasado vimos en Río de Janeiro grandes colas con motivo de la exposición “Los esplendores de España” de pintura clásica del Siglo de Oro. Recientemente ocurrió lo mismo en São Paulo con la exposición de pintura del siglo XX titulada “De Picasso a Barceló”. Hace unos meses, la literatura española fue la invitada especial a la Bienal de Libro de Río de Janeiro. Cada día aumenta la colaboración entre las universidades brasileñas, antes orientadas a Estados Unidos, y las iberoamericanas y en particular con las españolas.

Un nuevo ciclo económico abre las puertas a otra lengua

En el Brasil de hoy puede estar comenzando a suceder que un nuevo idioma se abre camino por necesidades económica. Recordemos que hace poco más de tres siglos el idioma de los colonizadores comenzó a sobreponerse y doblegar por razones netamente económicas al de los indígenas costeños, que hasta el siglo XVIII había sido habla general.

¿Qué diferencia hay entre aquellos extraños comerciantes del palo del Brasil que se asentaron en el litoral Atlántico de este territorio y los ejecutivos que hoy se instalan en Río de Janeiro, São Paulo y otras capitales brasileñas bregando por las actuales fuentes de riqueza? Ellos también aprenden el idioma local, imitan las costumbres, se apegan al cafecinho, al rodizio, la capirinha y al chope; caen en el carnaval y el samba y, porque no, también sobre las nativas, se casan o emparejan y forman familias. Igual que los europeos del siglo XVI, los de ahora se mezclan en la pugna por el control de la riqueza que sale de las modernas junglas brasileñas. Han pasado 500 años pero “en tierra de indios el europeo se convierte siempre en salvaje”, afirma el sociólogo, profesor y periodista brasileño Juca Kfouri, más conocido en su propio país como cronista y crítico de fútbol.

Brasil parece que se ha configurado actualmente como la mejor y más segura meta para los capitales extranjeros en la región. Los capitales españoles han entrado en todos los sectores y se han extendido por un territorio que es casi 18 veces mayor que el de España y más que el triple del conjunto de la Unión Europea. Los brasileños están conscientes de que los españoles han llegado a su país para quedarse, para contribuir con sus inversiones al desarrollo y al crecimiento. Es en el contexto del ingreso de los capitales españoles y del proceso de integración en Sudamérica que el Gobierno de Brasil decidió impulsar la enseñanza del español en el bachillerato.

El aprendizaje del español tiene como base el desarrollo económico brasileño. Por un lado, es una necesidad dictada por la geografía económica y la nueva geopolítica. En esta nueva etapa Brasil tiene en sus vecinos hispano hablantes el tercer mercado, tras la Unión Europea y Estados Unidos. Brasil precisa de sus vecinos, sobre todo, energía: gas, petróleo, electricidad… y también exportar para ellos cada vez más.

Antiguamente los estrategas brasileños pensaba en la conquista o la sumisión militar de esos vecinos pero hoy los empresarios y el Gobierno de Brasil piensan en la manera de mejorar sus negocios y las relaciones dentro de América Latina. Saben que para ello dominar el idioma de esos vecinos es absolutamente primordial. Para los jóvenes que buscan su primer empleo saber español es un reto en una nación donde las empresas españolas han entrado en la mayoría de los sectores. Aprender español es pues una realidad impuesta por los mercados.

El aprendizaje del español surge también como una necesidad derivada de los proceso de integración económica en curso en América.

Brasil es el país con el mayor peso en la región y en términos de economía y población equivale al resto de la América Hispana sin México. En la unión aduanera Mercosur, que nació en 1991, marcan la pauta Brasil como nación y el español como idioma. Además, Brasil parece querer servir de nexo de unión entre las naciones suramericanas de cara a la próxima integración del Área de Libre Comercio de las Américas oponiendo algún contrapeso –posiblemente conveniente- al presumible predominio que Estados Unidos tendrá dentro en esa enorme zona de libre comercio.

Del avance del español en Brasil puedo dar testimonio, aparte por los carteles luminosos de las academias de idiomas que proliferan anunciando la enseñanza del español. Hace diez años a Efe le resultaba virtualmente imposible encontrar en Brasil periodistas que supieran español, hasta el punto de que teníamos que seguir captándolos en los países suramericanos con los consiguientes trastorno y carestía que ello representa. Hace menos de dos meses dirigí personalmente el proceso de selección de aspirantes a los puestos de trabajo que en la Delegación de Efe en Brasil se abrían como motivo de la implantación del Servicio en Portugués.

La selección se realizó a tres niveles: a) periodistas experimentados en el área de la información internacional; b) periodistas recién egresados, y c) estudiantes de último curso de comunicación social. La condición común era el dominio del español. Bien, bastó un simple anuncio en los tablones de dos facultades de periodismo solicitando candidatos a becarios y la circular que la directora de formación profesional de un prestigioso periódico envió a través de Internet en busca de redactores para que recibiéramos en pocos días el triple de solicitudes que plazas había disponibles.

La mayoría de candidatos demostró tener un nivel de español aceptable al trabajo que se proponía y la tercera parte de ellos era bilingüe. Gente joven toda ella abriéndose camino profesional que había aprendido español por iniciativa propia en academias mientras estudiaba periodismo, conscientes me dijeron de la importancia que nuestro idioma estaba teniendo en Brasil y en el mundo.

Flojearon más, por ejemplo, en conocimientos de la realidad y la cultura de su entorno hispanoamericano y de su propio país que del idioma español. El 80 por ciento no supo acertar la extensión de Brasil expresada en hectáreas y el 79 por ciento no supo citar los países fronterizos con el suyo. Hubo un masivo, pero no sorprende, acierto a las preguntas relacionadas con los Estados Unidos. También masivamente confundieron un nuncio con un pregonero, una olimpiada con un deporte y los conceptos de soberanía y extraterritorialidad. En política suramericana de los últimos 20 años tenían mayoritariamente una enorme empanada. En literatura, por la forma como se distribuyeron sus respuesta a tres preguntas relacionadas con la “La fiesta del chivo”, esta novela resultaba escrita a cuatro manos por Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, con prólogo de Julio Cortázar, mientras que el chivo era para ellos Anastasio Somoza o el mexicano Porfirio Díaz. Sólo cinco tuvieron suerte al marcar correctamente la casilla al lado del nombre de Rafael Leonidas Trujillo.

El español, pues, parece que avanza a buen ritmo en Brasil. Los brasileños ven al español posiblemente como el gran vehículo de integración con sus vecinos y de apertura al mundo que su país buscó con tanta ansia como desaciertos.

Francisco R. Figueroa

Brasil: prensa y poder

[Río de Janeiro, octubre 2001]

La prensa moderna brasileña surgió en los años veinte con el empuje arrollador de un hombre feo y escuálido que no alcanzaba el metro sesenta y que hasta cerca de los 11 años era tartamudo y analfabeto.

Lo primero que aquel raquítico y tímido hijo de familia muy venida a menos pudo leer de corrido fue el anuncio de una funeraria con un ripio sobre ataúdes, muertos y gusanos que recortó del periódico y llevó largo tiempo en el bolsillo.

Pisó formalmente el primer colegio a los 12 años y con 23 logró en una tumultuosa oposición un puesto de profesor de Filosofía del Derecho. A los 14 había comenzado a aprender periodismo en una redacción y a los 18 escribía artículos incendiarios.

Desde entonces y hasta su muerte, a los 65 de un colapso, Francisco de Assís Chateaubriand Bandeira de Melo (1892–1968) fue un hacedor de historia y un fabricante de reyes.

A los 32 años, endeudado y con la ayuda de cómplices y amigos, Assis Chateaubriand pudo realizar el sueño de ser propietario de un periódico. Fue «O Jornal», un matutino de Río de Janeiro a partir del que construyó un imperio de comunicaciones de cerca de 90 empresas (9 emisoras de televisión, 28 de radio y casi 50 periódicos).

Chatô, como se le conocía, está considerado en Brasil una personalidad fundamental del siglo XX y se afirma con convicción que el ficticio Charles Foster Kane no llegaría a la altura de sus zapatos. Assis Chateaubriand tuvo más poder en Brasil durante más tiempo que posiblemente William Randolph Hearst en Estados Unidos, aunque no llevó a su país a ninguna guerra.

A Hearst, Chatô le birló con desparpajo el jefe de publicidad del «New York American», un tal Fitz Gibbon, que le ayudó a acabar con el periodismo doctrinario decimonónico brasileño y a introducir la publicidad en la prensa nacional, haciendo capitular a una clase empresarial y mercantil absolutamente reacia a la propaganda.

Assis Chateaubriand era un provinciano astuto, osado y tenaz y se convirtió en un magnate de carácter caprichoso y arbitrario, en un patrón de medios con un inmenso poder político y económico y, en definitiva, en un protagonista de su tiempo cuyas hazañas, como las del ficticio Kane, interesaron más al público que las noticias que daban sus propios periódicos.

Chatô reinó sin rival en la prensa brasileña durante casi medio siglo. Hizo y deshizo gobernadores, congresistas, ministros y hasta presidentes de la República. También fue el primero que usó en Brasil los medios como herramienta política de una manera contundente y descarada. Él mismo logró ser elegido senador por dos estados y nombrado embajador en Londres.

Su imperio comenzó a desmoronarse en la época en que la televisión se consolidaba en Brasil. Assis Chateaubriand, en 1950, había creado en São Paulo la «TV Tupí», que fue la cuarta estación de televisión en salir al aire en el mundo y la primera en América Latina.

Quince años después Chatô perdió por vez primera la iniciativa y nunca más la recuperaría.

Su obcecación contra los empresarios rivales, su oposición cerrada al capital extranjero, los postulados nacionalistas tras los que se atrincheraba y la tendencia a ver conspiraciones y enemigos, en lugar de competidores, contra el imperio que había mantenido durante casi medio siglo le hicieron perder el pie en 1965 cuando se negó al ingreso de capital estadounidense, concretamente de la cadena «ABC», en sus emisoras de televisión, mientras que la recién creada «Televisão Globo» firmaba dos importantes acuerdos por los que recibía una cuantiosa y decisiva asistencia técnica, financiera y comercial de la cadena «Time-Life», que se convertía virtualmente en dueña del 49 % de la emisora de Roberto Marinho.

Aunque la Constitución brasileña vetaba la participación extranjera en medios, el acuerdo de Marinho con «Time-Life» tenía la bendición del régimen militar apadrinado por Washington que había tomado el poder un año antes en Brasil derrocando al presidente socialista João Goular.

Assis Chateaubriand para entonces estaba muy debilitado políticamente. La competencia crecía vertiginosamente a costa de él; sus deudas aumentaban, las multinacionales le retiraban la publicidad y cada vez era menos el miedo que el viejo magnate inspiraba a los poderosos.

En 1967 el Gobierno Militar dio la puntilla al imperio de Chatô con una ley que limitó a cinco (dos nacionales y tres regionales) el número de emisoras que podían estar en manos del mismo grupo empresarial privado.

Casi el inmenso poder que había tenido el «rey» Francisco de Assís Chateaubriand Bandeira de Melo lo iba a tener algunos pocos años después el mandarín Roberto Marinho (n. 3/12/1904).


El Zar Marinho y sus cachorros

Irineu Marinho, que se había iniciado en el periodismo como revisor en el diario «Gazeta de Noticias», era dueño desde 1911 del diario «A Noite», de Río de Janeiro, y había rechazado una oferta de compra que Chatô le había hecho en 1922.

En 1926 acabó perdiendo el periódico y creó un vespertino cuyo nombre, «O Globo», surgió de una votación popular.

Veintitrés días después de la fundación de «O Globo», como tardaba en salir del baño, su hijo Roberto saltó la ventana y lo encontró fulminado por un infarto.

Roberto Marinho, que aún no había cumplido 22 años, se negó a asumir el puesto del padre y continuó de reportero. Finalmente, en 1931 se puso al frente de «O Globo» a raíz del fallecimiento del nuevo director.

Por expreso deseo de Inrineu Marinho, «O Globo» era un vespertino eminentemente carioca vinculado a la sociedad de la entonces capital de Brasil. Fue un periódico conservador y anticomunista.

Lentamente Roberto Marinho fue cambiando la línea editorial para convertir a «O Globo» en un diario popular con cabida para todas las noticias pero una sólo opinión: la suya.

Entró en la pelea con «Jornal de Brasil», que era entonces el de mayor circulación. Introdujo el «off-set» y el color y de un vespertino favorable a la dictadura y a los poderosos, «O Globo» se convirtió en un matutino ágil y popular creciendo a la sombra de la «TV Globo» y con su maquinaria de propaganda.

En 1989 ya era el segundo diario brasileño en circulación. Actualmente es el primero en Río de Janeiro y el tercero de Brasil tras «O Estado de São Paulo» y la «Folha de São Paulo».

Roberto Marinho, hoy con 97 años y aparentemente lúcido, ha pasado a ser ahora la cabeza simbólica de un imperio de cien empresas, con un patrimonio muy superior a mil millones de dólares.

Marinho siempre supo medrar cerca del poder. Protegido sobre todo por los gobiernos militare habidos en Brasil de 1964 a 1985, consolidó el mayor complejo de comunicaciones de Brasil que ahora es gestionado por sus tres hijos varones: Roberto Irineu, João Roberto y José Roberto, todos nacidos de Stella Goulart, la primera de sus tres esposas con la que se casó ya cuarentón. Un cuarto hijo de ambos llamado Paulo Roberto se mató la Nochevieja de 1969 en un accidente de automóvil.

El peso del diario «O Globo» lo lleva João Roberto Marinho, con quien se afirma que el viejo patriarca tiene mayor identificación e intimidad. João Roberto comenzó como diagramador, luego fue reportero y después se encargó de la coordinación entre la redacción y los talleres. En 1983 su padre le nombró Vicepresidente. Parece que João Roberto heredó –o imita– algunos de los rasgos más significativos del padre. Dicen que como el anciano sabe oír y que como él se muestra ponderado tanto de pensamiento como de acciones.

A Roberto Irineu Marinho, el primogénito, se le atribuyen otras características del padre como ser aguerrido, impetuoso y de amplia visión. También como el viejo Marinho vibra con la tecnología. Es el hombre de la «Rede Globo de Televisão».

La «TV Globo» estuvo controlada por los norteamericanos hasta que en mayo de 1977 Roberto Marinho tomó el mando y comenzó a dejar sentir su presencia sobre todo en el área de periodismo. En 1983 el primogénito llegó a la emisora mandando. La «Rede Globo de Televisão» es desde entonces una empresa plenamente familiar.

Fue el populista Presidente de Brasil Juscelino Kubitschek (1955-60), el creador de Brasilia, quien dio a Marinho la primera concesión de televisión, en Río de Janeiro, a fines de los cincuenta. El gobernante socialista João Goulart le daría la segunda, en Brasilia, a principios de los sesenta. Pero eso no impidió que Marinho se complotara con los militares que en 1964 derrocaron a Goulart.

La «TV Globo» acaba de cumplir 35 años. Roberto Marinho la fundó cuando había cumplido los 60 años, edad a la que la inmensa mayoría de sus compatriotas está jubilada. Él, sin embargo, comenzaba entonces la aventura más apasionante de su vida.

Además, tenía por delante dos nuevas experiencias matrimoniales y un cúmulo de vivencias envidiables para cualquier muchacho de 15 años, entre ellas hacer y deshacer en la elección de tres presidentes y en la caída de uno de ellos.

Marinho había apoyado el golpe de Estado de 1964. Con la bendición castrense, aprovechando el sistema nacional de transmisión por microondas que montaron los militares y con un estudio de mercado en el bolsillo el empresario decidió expandir su presencia en todo Brasil en un momento de bonanza económica nacional.

En 1967 Marinho tenía emisoras en Río de Janeiro, São Paulo y Belo Horizonte, los principales centros económicos y de población del país. Un año después su red de televisión se llevaba el 44,5% de la tarta publicitaria nacional. Las telenovelas que el grupo producía le dieron a la «Rede Globo de Televisão» el empujón definitivo.

En 1977 Marinho tenía diez emisoras propias y once repetidoras. En 1983, cuando se hizo cargo el primogénito, Roberto Ireineu, eran 31 emisoras propias y cien repetidoras.

En 1987 Marinho aparecía por vez primera en la lista «Forbes» de los hombres más ricos del mundo. La «Rede Globo de Televisão» estaba formada entonces por 60 estaciones propias y la cadena de radio del mismo nombre tenía 20 emisoras. Ese año el grupo de Marinho publicaba 45 revistas.

En 1999 la facturación de la «Globo» fue de 754 millones de dólares. En 2000 la disponibilidad en caja era de 570 millones de dólares. En su «ranking» de 2001, «Forbes» ha colocado a Marinho y familia en el 336º lugar mundial con un patrimonio de 1.500 millones de dólares, sólo detrás en Brasil de los hermanos José y Antonio Ermirio de Moraes, con 3.500 millones de dólares. Pero en la lista «Forbes» de 2000 la familia Marinho aparecía con una fortuna de 6.400 millones de dólares y era después de la del mexicano Carlos Salim (7.900 millones dólares) la segunda mayor de América Latina. Estaba también entre las cincuenta mayores del mundo.

Marinho es el multimillonario más anciano en la lista de «Forbes» y uno de los ocho brasileños que aparecían en la de 2002. Marinho había caído ese año al 445º lugar debido a un encogimiento drásticamente de su fortuna de 6.400 millones a 1.000 millones de dólares a causa del duro revés en las cuentas del «Grupo Globo», cuya facturación tuvo una caída del 54 % en el primer semestre de 2001 por la retracción de la publicidad y las pérdidas con el portal de Internet «Globo.com», según explicaba la revista estadounidense. Las cuantiosas deudas que ahora tiene la compañía parecen apuntar el lento declive de este imperio.

Desde Chatô nadie había podido montar en Brasil un imperio tan poderoso de comunicaciones. El holding «Globopar» —el imperio Marinho—, entre múltiples empresas, cuenta en Río de Janeiro con el matutino «O Globo» y el tabloide «Extra», de gran circulación; en São Paulo con el rotativo económico «Valor» en sociedad al 50 % con el Grupo Estado, y el «Diario Popular», que acaba de comprarle al político Oreste Quercia cambiándole la cabecera a «Diario de São Paulo»; con decenas de revistas con el influyente seman ario político «Epoca» a la cabeza; el «Sistema Globo de Radio» (formado por «Radio Globo» y la cadena «CBN» con 16 afiliadas), la «Agência Globo» de noticias, la «Rede Globo de Televisão» de señal abierta, con casi 20 emisora propias y cerca de cien afiliadas; el canal «Globo News» de información continua y otras emisoras de pago dentro de la red de televisión por cable del grupo llamada «Net»; «Globo.com» en Internet, con Telecom Italia como socio al 30 %; el Parque Gráfico Infoglobo en la periferia norte de Río de Janeiro y de dimensiones espectaculares y modernísima tecnología, posiblemente único en América Latina; la Editora Globo para las revistas en Sao Paulo y la colosal Central Globo de Produção, conocido como el «Projac», una fábrica de sueños o un Hollywood brasileño a 28 kilómetros de centro de Río de Janeiro, en Jacarapaguá, que con sus 1,3 millones de metros cuadrados es la mayor productora de televisión del mundo.

Los Marinho poseen también grabadoras musicales, productoras, editoras, haciendas, centros comerciales y empresas de informática y telecomunicaciones. Los Marinho tienen, asimismo, sólidos intereses en los sectores informático, inmobiliario y bancarios; explota redes de datos y de transmisión por satélite, participa en la telefonía móvil y en la fabricación de equipos de telecomunicaciones.

La «Rede Globo de Televisão» es la cuarta mayor cadena de televisión del mundo. Su señal llega a casi todo (99,84 %) el territorio de Brasil. A fines de 2000 uno de cada dos receptores brasileños encendidos estaban sintonizados habitualmente en la televisión de los Marinho, con frecuentes picos de audiencia del 60%. Programas de la «TV Globo» eran vendidos a unos 120 países.

El control accionario del grupo está en las manos de Roberto Marinho, que personalmente detenta alrededor del 56 % de las acciones para no violar el Código Brasileño de Telecomunicaciones. El resto del capital social está repartido entre sus familiares.

Durante muchos años Roberto Marinho fue en Brasil una figura influyente pero secundaria, y únicamente cuando se le presentó la oportunidad, en 1970 convirtió su televisión en un virtual monopolio televisivo y con ello su poder alcanzó el apogeo.

Fue tal ese poder que en 1984 Tancredo Neves, el presidente electo que falleció sin haber podido tomar posesión, decía que si hacía falta él pelearía con el ministro del Ejército pero nunca con Roberto Marinho.

Según los sociólogos, la influencia de Marinho en la vida brasileña puede ser medida en términos culturales tanto como políticos. La programación de su red de televisión llega a todos los rincones de Brasil y así ha influenciado en todo el país homogeneizando bastante la manera de hablar portugués, la forma de vestir de la gente y su comportamiento.

Durante el régimen militar (1964-85) el patrón de la «TV Globo» manejó el canal de manera que no molestara y favoreciera a la dictadura. Primero se escudó en la existencia de la censura, pero cuando ésta fue levantada la «TV Globo» siguió no informando de la verdad y hasta desinformando.

Los Marinho tardaron en permitir que la «TV Globo» expandiese los aires de libertad que soplaban en el país, sobre todo a partir de 1982, en medio del proceso de apertura democrática.

En 1982, en la primera elección de gobernador por voto popular, la «TV Globo» quedó en evidencia por su colusión en un intento de fraude a favor del candidato de los militares en Río de Janeiro, que fue denunciado con escándalo por el perjudicado del ganador, el caudillo socialista Leonel Brizola, cuñado del depuesto Presidente Goulart, a cuya caída, en 1964, había ayudado Roberto Marinho.

Poco después, cuando Brasil se echó a la calle en manifestaciones multitudinarias clamando por la elección inmediata y por sufragio universal del nuevo presidente de la República, la «TV Globo» anduvo a contramano ocultando el bullicio popular por lo menos durante medio año.

Los Marinho habían aceptado la tesis del agonizante régimen militar de que esa campaña era «nociva para el gobierno y maligna para el bienestar nacional».

«El pueblo no es bobo; abajo la “Rede Globo”», se coreaba en las manifestaciones por las elecciones directas. La «TV Globo» era por entonces la única emisora brasileña de televisión auténticamente de alcance nacional.

Roberto Marinho por fin accedió a que se informara del verdadero motivo de una manifestación a favor de las elecciones directas ante el mitin convocado en Río de Janeiro.

La ciudad estaba paralizada pendiente del millón de personas que se habían concentrado en al centro listas a dejarse los pulmones cantando el himno nacional justo a la hora en que comenzaba el «Jornal Nacional», el informativo de la noche de la «TV Globo», que tenía entonces niveles del 80 % de audiencia.

Roberto Irineu Marinho se puso al control de la transmisión dispuesto a cortarla en el que caso de que se produjeran «ataques a los militares o se incitaba al saqueo y el pillaje».

Poco después de las ocho un helicóptero militar se detuvo en el aire amenazador frente a la ventana de la oficina. Roberto Irineu Marinho abrió la ventana de par en par y saludó a los dos oficiales que iban a bordo con un corte de manga. Los Marinho partían así para una nueva etapa política.

La influencia que sobre la vida política y económica brasileña ejercen Roberto Marinho y sus hijos se comprobó especialmente cuando su red de televisión convirtió en 1989 a Fernando Collor de Melo de un desconocido en Presidente de la República.

Los Marinho fueron sin duda los grandes electores de Collor cuando parecía imparable hacia el gobierno la izquierda socialista encabezada por el ex operario metalúrgico Luiz Inácio Lula da Silva.

Luego los medios de los Marinho resultaron fundamentales para la caída de Collor cuando de manera clara pero tardía le retiraron el apoyo. Collor fue destituido por el Parlamento brasileño 921 días después de haber recibido la banda presidencial debido a un fabuloso escándalo de corrupción.

Nadie en Brasil había logrado erigirse en un factor de poder comparable al de Roberto Marinho con su conglomerado de medios de comunicación.

Desde su feudo de Río de Janeiro extendió por todo Brasil una poderosa red de amistades, lealtades, intereses económicos y complicidades políticas.

La «Rede Globo de Televisão» era sin duda una red de cómplices. Sus tentáculos se extiende por 20 periódicos diarios, 87 emisoras de radio y 97 estaciones de televisión entre medios propios y asociados.

En muchos casos Marinho se asoció a grupos de comunicación líderes regionales, como es el caso de la «Rede Brasil Sur» (RBS) que Jayme Sirotsky y su familia dirigen desde Porto Alegre, con varios periódicos –«Zero Hora» es su busque insignia–, emisoras de televisión y radios.

En otros casos, Marinho creó viajas y sólidas alianzas con caudillos regionales dueños de emisoras de televisión. El más notorio de todos es el septuagenario e incombustible caudillo Antônio Carlos Magalhães, un saurio político con una envidiable capacidad acomodaticia (desde mediados de los cincuenta con Juscelino Kubitschek hasta hoy) y un poder inmenso que irradia desde su feudo en Bahía, aunque actualmente vive sus horas más bajas malherido políticamente por los escándalos.

Los herederos de Roberto Marinho parecen decididos a acabar con la red de complicidades tramada por el padre y sobre la que el patriarca levantó su imperio.

Esa políticamente quedó sobre todo clara en el caso de Antônio Carlos Magalhães con quien los cachorros Marinho comenzaron a poner distancia en marzo de 2000 cuando en el programa dominical de gran audiencia «Globo Repórter» apareció un adversario del caudillo bahiano acusándole sin darle a éste oportunidad de replica.

Antônio Carlos Magalhães fue obligado a ver esas acusaciones en su propia emisora «TV Bahía», aliada y retransmisora de la «TV Globo». En una carta a Roberto Irineu, João Roberto y José Roberto Marinho, Antônio Carlos Magalhães calificó las acusaciones de «mentirosas» y «livianas», y les espetó que por años había sido confidente de su padre y arriesgado en 1986 su propia reputación para beneficiar a Roberto Marinho en la compra de «NEC», una empresa fabricante de equipos de telecomunicaciones.

Los medios de los Marinhos informaron sin miramientos de todo el proceso que condujo en mayo de 2001 a que Antônio Carlos Magalhães renunciara a su acta de senador para evitar la más que posible expulsión por comportamiento indigno cuando presidió la cámara alta del Congreso de Brasil.

Después de los Marinho, la persona más poderosa en las «Organizações Globo» es actualmente Marluce Dias da Silva, de 50 años, que llegó al grupo en 1991 como directora de Administración y Finanzas y en 1997 sustituyó José Bonifácio de Oliveira Sobrinho, el legendario «Boni» que hasta entonces había sido el hombre fuerte de la Globo. Directora de la «Unidade de Televisão», tiene bajo su mando siete empresas: «Globo.com», «Globosat», «Som Livre», «Globo Esporte», «Globo Parque», «Globo Licenciamentos» y «Sic Portugal».


Panorama general desde D. Pedro II

Se le reconoce a la televisión brasileña la importancia de haber sido posiblemente el único y seguramente el más eficiente factor de integración y de unidad en una nación que ocupa 8,5 millones de kilómetros cuadrados.

Sin embargo, dadas esas gigantescas dimensiones –España cabe 17,5 veces en el territorio brasileño y la Unión Europea casi cuatro– nunca se ha podido consolidar una prensa escrita auténticamente nacional. Ningún periódico tiene propiamente dicha circulación nacional. Quizás ello permitiera que haya surgido y se consolidaran centenas de periódicos regionales, comarcales y locales.

La «Asociação Nacional dos Jornáis» (ANJ), que agrupa a los principales editores de Brasil, reúne 121 periódicos y otra patronal llamada «Asociação Brasileira de Jornáis do Interior» (ABRAJORI) tiene 1.552 asociados, de los que 260 son prensa diaria.

El «Anuario Abril», que es el de mayor uso en Brasil, refiere la existencia de 370 diarios y 1.500 revistas sobre 55 géneros. En tanto, la Edición 2000 del «Worlf Press Trends», de la «WAN» —la «Asociación Mundial de Periódicos»— fija 465 diarios y 1.780 publicaciones no diarias, con un aumento de los títulos en circulación del 30% durante el último quinquenio.

Brasil es el cuarto país del mundo con más medios de prensa escrita y el octavo en volumen de circulación total de diarios. No obstante, considerando el número de ejemplares por cada mil habitantes, la posición brasileña cae para el número 68 de la lista mundial, con 44 ejemplares por cada 1.000 habitantes, contra, por ejemplo, los 500 ejemplares por mil habitantes que registran Japón o Noruega.

Eso obedece, principalmente, al aún alto índice de analfabetismo, al bajo poder adquisitivo de la mayoría de la población (un tercio en la miseria) y a los bajos índices de lectura (no hay una política cultural definida).

La circulación total fue en 2000 de unos 7,2 millones de ejemplares por día que está considerada aún baja. Únicamente once diarios superan en el promedio de lunes a sábado la tirada de cien mil ejemplares, según el control de diciembre de 2000 del «Instituto Verificador de Circulação» (IVC).

Son la «Folha de São Paulo» (420.000), «O Estado de São Paulo» (375.000), «Extra» (300.000), «O Globo» (275.000), «O Dia» (255.000), «Correio do Povo» (214.000, «Diario Gaúcho» (208.000), «Zero Hora» (166.000), «Diario Popular» (110.000), «Lance!» (deportivo) (109.000) y «Gazeta Mercantil» (124.000).

La circulación ha crecido ininterrumpidamente en los últimos cuatro años: 1,1% en 1999, 3,9% en 1998, 6,5% en 1997 y 1,2% en 1996. Entre 1990 y 1999 la circulación media de los diarios brasileños creció un 69,4% al pasar de 4,3 millones a 7,2 millones de ejemplares.

Según los datos que aparecen en el anuario de la «WAN», la prensa brasileña resulta por títulos diarios en circulación y por tirada cuatro veces mayor que la Argentina.

La prensa brasileña consumió en 1999 unas 590.000 toneladas de papel (contra 452.000 en 1990 y 360.000 en 1980) un 25% menos de lo que se había proyectado debido a una crisis generada por un severo ajuste cambiario. El 60% de ese papel se importa.

Desde 1995 se han construido en Brasil ceca de 50 nuevos parques gráficos y unos 60 millones de dólares fueron invertidos desde entonces en la compra de rotativas.

Las inversiones en nuevas tecnologías están entorno al 3% de la facturación bruta y se orientan al área de la Internet. Más de un centenar de diarios contaban a mediados del año 2000 con sitios perfectamente estructurados en la web.

Varias empresas periodísticas crearon sus propios portales. Por ejemplo, de la alianza entre los grupos «Folha» y «Abril» surgió «UOL», considerado el mayor portal en la red en lengua no inglesa. En febrero de 2001 «FolhaPar», accionista mayoritario, se asoció con Portugal Telecom, que entró a «UOL» con 100 millones de dólares y el su portal «Zip.com» a cambio del 17,93% de las acciones, mientras que «FolhaPar» que se quedó con el 40,42 %.

En realidad los diarios van dirigidos a la elite. Sin embargo, a televisión y la radio son verdaderamente medios masivos, con una tasa de audiencia ochenta veces mayor que el índice de lectura de periódicos.

La radio es el medio de comunicación más difundido del país. Hay cerca de tres mil emisoras (2.882). Curiosamente en los últimos años los grupos evangélicos se han hecho con el 70% del medio lo que ha situado la cotización de cada estación en niveles astronómicos y las programaciones en una retahíla de prédicas y salmodias.

Brasil, con algo más de 40 millones de hogares (90% del total) con aparatos de radio, es el octavo país del mundo en número de receptores, aunque aún está lejos del primero, Estados Unidos, en donde hay unos 540 millones.

La televisión, de cuya implantación en Brasil se acaban de cumplir cincuenta años, es desde los setenta el principal medio de comunicación. Por ejemplo, el «Jornal Nacional» (noticiero nocturno de la TV Globo), que fue inaugurado en 1969, está considerado como la principal fuente de información popular del país. Sin embargo, para los padrones europeos, el «Jornal Nacional» es un informativo superficial e inconsistente.

Brasil tiene aproximadamente 360 emisoras de televisión que producen programas propios, entre independientes y afiliadas a las 8 redes que hay en el país. Hay también cerca de 6.300 estaciones de retransmisión. Se suman a ello unas 25 emisoras de pago (satélite o cable) con más de tres millones de suscriptores.

En cuanto a aparatos receptores, se calculan algo más de 38 millones de hogares (87 % por ciento del total) disponen de televisión, lo que significa la tercera mayor cantidad absoluta de un país, tras Estados Unidos y Japón.

La televisión tuvo realmente importancia en Brasil con los militares que se adueñaron del poder en 1964 mediante un golpe de Estado. Este régimen, que duró 25 años, apreció el poder de la televisión en una nación de las dimensiones continentales que tiene Brasil.

La radio había sido usada por la dictadura populista y personalista de Getulio Vargas (1930-45) para expandir entre los brasileños un fuerte sentimiento patriótico y de integración.

El régimen militar (1964-85) hizo uso del poder aglutinante de los medios en la extensa geografía brasileña. Una de las políticas preferidas de los militares fue la integración nacional que tendía fundamentalmente, en su opinión, a proteger al país frente a la amenaza de la subversión doméstica y foránea.

Los militares crearon una red de microondas para unir la nación, favorecieron la expansión de las empresas adictas de comunicaciones, introdujeron un sistema nacional de color alternativo, fomentaron las producciones nacionales y otorgaron créditos en condiciones casi concesionales para que la gente comprase aparatos receptores.
La influencia de los medios en la vida política y económica nacional comenzó con el propio nacimiento de la prensa como canal de transmisión de las opiniones de las familias adineradas y de los «caciques» y «coroneles» políticos regionales al iniciarse en 1889 el período republicano.

Es digno de recordar que el primer periódico brasileño fue el «Correio Braziliense», cuya bandera era el independentismo. Fue impreso por vez primera en Inglaterra en 1808 y sus ejemplares llegaron a Brasil clandestinamente.

A partir de que la Corte portuguesa huyendo de Napoléon Bonaparte se instalara en Brasil y especialmente tras la proclamación de la Independencia, la prensa comenzó a florecer.

El propio emperador de Brasil, Pedro II, acostumbraba, por cierto, a publicar con seudónimo en el periódico «O Espelho» artículos contra sus enemigos redactados en un estilo chusco e informal.

Entre los diarios que fundados en esa época figura el «Diario de Pernambuco» (1825), que ha cumplido en noviembre de 2000 la notable hazaña de llevar 175 años publicándose sin interrupción.

Los primeros años de República registran un auge de la prensa. En 1912 circulaban en Brasil 1.275 periódicos, doce veces más que a la caída del emperador Pedro II en 1889.

En los primeros decenios del siglo XX el único fin de los periódicos era defender las causas de las familias dominantes. Posteriormente asumieron la vocería de gobiernos, de grupos empresariales y de sus propios dueños.

Los gobiernos y las empresas periodísticas tuvieron desde entonces una relación en general bastante promiscua. La prensa tuvo una fuerte influencia en la política doméstica hasta que los militares tomaron el poder en 1964 y aplicaron el rigor: censura, amenazas, cierres, suspensiones, expropiaciones y condenas al ostracismo.

El régimen castrense aplicó con más rigor criterios políticos a la hora de conceder frecuencias de radio y televisión. Una ley puso límites a la cantidad de emisoras en manos de las personas físicas pero la carencia de criterios técnicos para las adjudicaciones permitió la arbitrariedad de los gobiernos militares pero también de los civiles.

Por ejemplo, el Presidente José Sarney (1985-90) premió escandalosamente con numerosos concesiones de televisión y radio a quienes respaldaron la ampliación de su mandato de cuatro a cinco años en la Asamblea Constituyente de 1988.

Quienes en Brasil obtuvieron concesiones de televisión en los últimos 30 años necesariamente estuvieron en complicidad con los gobiernos de turno. Además, en la época militar, sobre todo, quienes no estaban a favor del régimen no recibían concesiones de televisión y radio, perdían la oportunidad del crédito oficial para modernizar sus medios y tampoco obtenían permisos para importar equipos técnicos.

La cuestión es bastante pintoresca y abundan los casos de políticos convertidos en caciques regionales poderosísimos gracias a los medios que obtuvieron por clientelismo político.

Un caso «curioso» y poco conocido es la familia del actual vicepresidente del Congreso, senador Edison Lobão, del transformista Partido del Frente Liberal (PFL) y él mismo tránsfuga. Lobão pasó en pocos años de periodista político en Brasilia a la segunda fortuna del estado de Maranhão tras los Sarney. Su hijo es dueño de la emisora local de televisión (retransmite a la «SBT»), se desplaza en un Ferrari Testarrossa, un yate de 45 pies y un helicóptero. Antes también poseía un jet Citation. Cuenta Lobão que tiene un hijo prodigio que amasó fortuna con una panadería que tuvo en el antiguo garimpo (mina) de Serra Pelada, donde lo común era pagar en oro.

Los medios brasileños, pese a los límites impuestos por la ley en los sectores de radio y televisión, están concentrados en manos de pocos. La disposición sobre los límites de participación accionarial de una misma persona en la radio y la televisión se driblan difuminado la propiedad entre personas de la misma familia o clan.

Así los Marinho, por ejemplo, pueden controlar directamente 17 emisoras de televisión y 20 estaciones de radio. El grupo «RBS» («Rede Brasil Sul») de la familia Sirostky, que operan en el sur del país, controla, aparte los periódicos, 13 emisoras de televisión y 21 de radio. Otras familias, como la Abravanel, dueños de «SBT» («Sistema Brasilero de Televisão»), la Saad («Rede Bandeirantes») y la Cámara («Grupo Anhanguera») son otros ejemplos.

Los medios de comunicación brasileños en general (incluyendo diarios y revistas) están concentrados en manos de diez familias dominan el mercado, tanto por audiencia, como por tirada y de captación de publicidad.

Esas diez familias son la Marinho («Organizações Globo»), la Civita («Editora Abril»), la Sirostky («Grupo RBS»), la Mesquita («Grupo Estado»), la Nascimento Brito («Grupo Jornal do Brasil»), la Abravanel («SBT»), la Saad («Grupo Bandeirantes»), la Levy («Grupo Gazeta Mercantil»), la Bloch («Grupo Manchete») y la Frias («Grupo Folha de São Paulo).

Un grupo que emerge con fuerza es el «Record», que pertenece a la evangélica Iglesia Universal del Reino de Dios. Todos esos medios irradian al resto del país desde São Paulo, Río de Janeiro y Porto Alegre, sobre todo.

En las regiones del interior la mayoría de los medios de comunicación está controlada por los políticos regionales. De esa forma, el viejo caudillo Antonio Carlos Magalhães y sus hijos son dueños del diario «Correio da Bahía» y las emisoras «TV Bahía», en Salvador; «TV Santa Cruz», en Itabuna; y «TV Subaé», en Feira de Santana, además de controlar indirectamente «TV Norte», «TV Oeste» y «TV Sodoeste», todas ella repetidoras de la «TV Globo».

Casi todo el presupuesto de publicidad de los diferentes entes oficiales, incluidos la gobernación de Bahía y la alcaldía de Salvador, va a parar a los medios de Antonio Carlos Magalhães. El 80% de los beneficios del grupo de Antonio Carlos Magalhães —14 compañías con unos 1.100 empleados— proceden en el año 2000 de sus tres emisoras de televisión de señal abierta y otras tres empresas que explotan servicios de televisión por cable.

La familia del controvertido político paraense Jarder Barbalho, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el mayor del país, y del Congreso Nacional, es dueña en Belém de la «TV Rede Brasil Amazônia» («RBA»), que antes era de Jair Bernardino, uno de los hombres más ricos de Pará muerto en 1989 en accidente de avión.

La familia Jereissati (Tasso Jereissati, gobernador de Ceará y aspirante a una candidatura presidencial en las elecciones de 2002, posee una concesión de televisión y tres de radio en dicho estado.

El ex presidente Fernando Collor es el principal accionista de las organizaciones «Arnon de Mello», en Alagoas, fundada por su padre y que controla la repetidora de la «TV Globo», la «Gazeta de Alagoas», que es el diario de mayor circulación allí, y cuatro emisoras de radio con una facturación total de unos 25 millones de dólares al año.

Ya el ex presidente José Sarney y sus hijos José Sarney Filho, Ministro de Comunicaciones, y Roseana Sarney, gobernadora de Maranhão, son propietarios de la «TV Mirante en São Luis de Maranhão», rival de la de la familia Lobão.

Los especialistas consideran que esa estructura concentrada y familiar de la propiedad de los medios brasileños dificulta el propio crecimiento del sector.

La propia dinámica de los tiempos impuesta por la apertura de Brasil después de largos años de cerrazón, la globalización, la falta de capital propio para realizar nuevas inversiones y la carestía del dinero, entre otras razones, contribuyen a que crezca la convicción de que la Constitución debe ser reformada para que el capital extranjero pueda llegar a los medios.

Esta detenida en el Congreso Nacional una reforma constitucional que permitiría a las empresas extranjeras tomar una participación minoritaria (30%) en los medios brasileños.


El Clan Mesquita

Después del «Grupo Globo», el «Grupo Estado» puede considerado el de mayor influencia en Brasil. Este grupo tiene el matutino «O Estado de São Paulo», conocido como «O Estadão», el vespertino «Jornal da Tarde» y a la «Agência Estado» de noticias, que es Caballo de Troya para la irradiación de la influencia de los Mesquita (los dueños del grupo) al resto de la prensa brasileña, sobre todo a la regional. Poseen también la «Radio Eldorado» y distintos productos «estado.com» en Internet.

El grupo tiene actualmente al timón a la cuarta generación de los Mesquita. O Estado de São Paulo fue fundado en 1875, en el reinado de Pedro II, por un grupo republicano, con el nombre de «A Província de São Paulo».

El periódico está en manos de la familia Mesquita desde 1891 cuando tomó el control Júlio Mesquita, quien lo dirigió hasta su muerte en 1927. Le sucedió su hijo Júlio de Mesquita Filho quien al morir en 1969 le dio la alternativa a su primogénito, Júlio de Mesquita Neto.

Mesquita Filho había creado en 1966 el «Jornal da Tarde» para evitar las peleas entre sus dos hijos: Júlio y Ruy. Cuando murió en julio de 1969, el primogénito, Júlio, ocupó la dirección de «O Estado» y relegó a su hermano Ruy exclusivamente a la dirección del vespertino «Jornal da Tarde».

Los dos hermanos tenían temperamento fuerte pero procuraban entenderse y se respetaban. Los hijos de ambos –Júlio César, por un lado, y Rodrigo y Fernão Lara del otro– tenían entre ellos su propia guerra mientras los adultos ponían paños tibios.

Al morir de un cáncer en los huesos Júlio de Mesquita Neto en 1996 se quebró la tradición mantenido durante 105 años de que el control del periódico pasara de padres a hijos. En la dirección fue colocado su hermano Ruy en lugar de su hijo Júlio César.

De los cuatro hijos de Ruy, de 77 años, Rodrigo dirige la «Agência Estado», mientras que Fernão Lara, de 48 años, con quien el padre tiene una gran afinidad periodística e ideológica, es el director responsable de «Jornal da Tarde» y, seguramente, será quien le suceda al frente del «Estadão».

Mientras, el hijo de Mesquita Neto, Júlio César “Julinho”, de 49 años, ocupa un puesto directivo sin relumbrón ni influencia en la línea editorial del periódico y lamenta su mala suerte convencido de que él debía ser el directo del diario de su abuelo y no «los Ruys» como llama para ningunear a sus parientes.

La propiedad de la empresa había quedado dividida en mitades entre los dos hijos del primer Mesquita, que eran Júlio de Mesquita Filho, en vida conocido como «doutor Julinho», que controló la parte editorial durante 42 años, y Francisco de Mesquita, llamado «doutor Chiquinho», que ejerció el comando administrativo y comercial sin que nunca los hermanos mezclaran sus atribuciones.

Hoy, los 17 herederos de tercera y cuarta generación están divididos en seis grupos familiares de accionistas: tres descienden del «doutor Julinho» y los otros tres del «doutor Chiquinho». Cada grupo posee el 16,66% de las acciones y un representante en el Consejo de Administración. Para los desacuerdos, la familia recurre a un consejo consultivo de seis empresarios ajenos al grupo. Tienen además un consejo editorial independiente.

En sus más de cien años de existencia «O Estado de São Paulo», que es una de las más reconocidas y recias instituciones paulista, siempre se ha envuelto a fondo en la historia político de Brasil.

Fue Mesquita Filho quien definió la fisonomía política del diario cuando se embarcó en una revolución constitucionalista habida en 1932. El periódico estuvo cinco años bajo intervención gubernativa y Mesquita en el exilio durante la dictadura de Getulio Vargas (1930-45). El liberalismo de que hacía gala Mesquita Filho no le impidió apoyar el golpe de 1964. Él defendía que los militares estuvieran tres años en el poder, pero se quedaron un cuarto de siglo.

«O Estado de São Paulo» rompió con los militares en 1968 cuando el régimen se endureció. Mesquita Neto, que acaba de tomarle el relevo al padre fallecido, siempre se negó firmemente a practicar la autocensura.

De 1968 a 1975 cerca de 1.200 informaciones de «O Estado de São Paulo» fueron censuradas por los militares. En el lugar que debían ocupar los textos mutilados Mesquita Filho ponía estrofas de «Os lusiadas».

Durante la presidencia de Fernando Collor, «O Estado de São Paulo» y la «Folha de São Paulo» fueron los primeros en publicar un editorial —el mismo— defendiendo la renuncia del jefe del Estado.

La Folha: de Olavo Olívio Olival a los Frias Oliveira

La «Folha de São Paulo» es hoy el diario de mayor circulación en Brasil. Posiblemente sea también el mejor diario de Brasil.

El periódico fue comprado en 1962 por sus actuales dueños. Para uno de ellos el diario fue una empresa más, pero para el otro, que nunca antes había pisada redacciones ni imprentas, significó quizás la realización de su vida.

Fundado en 1921 por Olavo Olívio Olival Costa y Pedro Cunha, fue vespertino con el manchón de la «Folha da Noite» hasta que en 1925 se imprimió también la versión matutina, la «Folha da Manhã». Años más tarde hubo una tercera edición.

Destruido por partidarios de Getulio Vargas en 1930 quedó fuera de circulación hasta su compra en 1931 por el cafetalero Octaviano Alves de Lima. La circulación aumentó en esta época de 15.000 a 80.00 ejemplares diarios.

En 1945 el cafetalero vendió hastiado a José Nabantino Ramos, Clóvis Queiroga y Alcides Meirelles.

El primero de enero de 1960 Nabantino decidió que las tres «Folhas» se conviertieran en el actual diario la «Folha de São Paulo» y adoptó una línea centrista, desarrollista, favorable al capital extranjero y contraria al populismo y al comunismo.

Sin dinero para renovar la rotativa y hacer frente al aumento del precio del papel y con problemas laborales, Nabantino vendió la empresa el 13 de agosto de 1962 a Octavio Frías de Oliveira y Carlos Caldeira Filho.

Desde entonces hay en el «Grupo Folha» un hilo de continuidad representada Frías de Oliveira, un empresario que descubrió su verdadera vocación a los cincuenta, y su hijo Frías Filho.

Octavio Frías de Oliveira era hijo de un juez culto y pobre, nieto de un empresario próspero y descendiente de dos barones, y nunca antes había pisado una redacción ni una imprenta hasta la compra de la «Folha de São Paulo».

Bueno para la contabilidad y las máquinas, a los veintiuno era un director en el fisco brasileño. Poco después montaba un banco, pero fue con una corredora la que le hizo rico. Con su amigo Caldeira construyó la primera estación central de autobuses de São Paulo, una operación muy arriesgada que acabó en un rotundo éxito.

Frías nunca ha sabido explicar porqué compró el periódico con Caldeira, pero lo cierto fue que entonces, ya cincuentón, halló una vocación de editor y periodista.

Bajo su dirección, la «Folha de São Paulo», un periódico que cuando fue comprado mendigaba las migajas que dejaba el «Estadão», se convirtió en el más leído en Brasil.

A mediados de los años setenta la «Folha de São Paulo» aún carecía de influencia y el «Estadão» estaba en su apogeo.

En 1975 los militares iniciaron un lento proceso de distensión que conduciría a una apertura democrática lenta, gradual, segura para el régimen, a partir de 1979. Los militares aperturistas dieron luz verde a un pluralismo moderado de la «Folha de São Paulo», pero con los duros del régimen el periódico anduvo todavía unos años a la greña.

Frías era rico, no tenía grandes ambiciones personales y su gran aspiración era convertir la «Folha de São Paulo» en el periódico independiente, pluralista e influyente, lo que finalmente logró.

La sintonía sin paliativos que la «Folha de São Paulo» tuvo con la sociedad nacional en un momento histórico como fue la campaña, en 1983 y 1984, por la elección presidencial por sufragio universal, que condujo a la sepultura a la dictadura, dieron al periódico el definitivo espaldarazo.

Su hijo, Otavio Frías Filho, hoy con 44 años, quería ser escritor o profesor universitario, pero acabó asumiendo a regañadientes la dirección en 1984. Bajo su batuta, la «Folha de São Paulo» sigue siendo considerado, ideológica y políticamente, como uno de los medios brasileños más independientes con respecto a los gobiernos de turno.


El Reino de la Condesa Maurina

A diferencia del «Estadão» que había sido fundado por republicanos en plena monarquía, el «Jornal do Brasil» fue fundado, el 9 de abril de 1891, por Rodolfo Dantas y otros nostálgicos de la monarquía tras la proclamación de la república.

Durante muchos años a partir de 1930 el diario imitó al «Times» de Londres publicando sólo anuncios en la primera página lo que le valió ser llamado «un periódico de las cocineras».

En 1918, Ernesto Pereira Carneiro, hombre emprendedor con múltiples negocios —una línea de navegación, otra de aviones, un ingenio azucarero, un telar y una emisora de radio, entre otros— compró ese diario.

Hombre conservador y muy católico, defendió la obligatoriedad de la enseñanza de la religión por lo que obtuvo un título vaticano de conde, concedido por Benedicto XV. Sus alabanceros dicen que obtuvo el título por la ayudar a Río de Janeiro a combatir la gripe española en 1918.

Cuando el conde Pereira Carneiro murió el 21 de febrero de 1954, «Jornal do Brasil» seguía siendo un diario de avisos. Su segunda esposa, Maurina Dunshee de Abranches, vendió toda su herencia menos el periódico y emprendió la reforma a fondo del rotativo. La condesa se apoyó en su yerno, un abogado con porte atlético y pinta de lord. Era piloto, deportista y mundano.

Manoel Francisco do Nascimento Brito era un buen administrador que había sido contratado en 1949 para dirigir la «Rádio Jornal do Brasil» de la familia y acabó casándose enseguida con Leda Marina, la nieta del dueño.

Cinco años después, con la muerte del conde, Nascimento Brito pasó a mandar en el diario y continuó así durante los siguientes 52 años.

Superadas las dudas que planteaba la reforma emprendida por la condesa Maurina, se tomó la decisión de publicar noticias en primera, dejando para anuncios la columna exterior izquierda y el rodapié. Fue un éxito.

Se crearon suplementos y cuadernos especiales. En 1962 hubo una nueva reforma para que el periódico ganara prestigio siendo noticioso, independiente y lucrativo. La condesa quería además que su periódico diario tuviera peso social y que gozara del respeto de la élite. Se modernizó el diario y se apostó en columnistas y los reportajes.

En los años sesenta «Jornal do Brasil», desde Río de Janeiro, con cerca de 150.000 ejemplares que se convertían en 230.000 los domingos, y «O Estado de São Paulo» era los diarios emblemáticos de Brasil y los de mayor prestigio.

Pero para fines de los setenta el diario «O Globo» de Marinho había logrado superar al de Nascimento Brito, que se había perdido en los meandros de los intereses de la dictadura.

El inicio de la decadencia del «Jornal do Brasil» coincidió en 1978 con un derrame cerebral que le sobrevino Nascimento Brito mientras pescaba en Venezuela. En ese momento arrastraba con el sedal un marlín de 350 kilos. Poco después, en 1983, murió la condesa Maurina. El periódico nunca más fue el mismo.

José Antônio do Nascimento Brito, llamado «Josa» y hoy con 48 años, había tomado el timón a raíz de la enfermedad de su padre. Tomó decisiones equivocadas, tuvo enfrentamientos con los periodistas y se envolvió en proyectos poco rentables que drenaban recursos del «Jornal do Brasil».

Hundió el sólido periódico de la condesa y se endeudó hasta el punto de no poder pagar. Mientras, «O Globo» le hacía una competencia feroz, incluso desleal. Los Marinho usaron la televisión como una poderosa palanca del diario. «Los lectores no saben lo que significa enfrentar la maquinaria de Globo», se lamentaba Nascimento Brito.

«Josa» Nascimento Brito era un hombre capaz de imaginar grandes emprendimientos, pero incapaz de conducir una sólo empresa. Así ideó comprar la «TV Record» uniéndola a «Rádio Jornal do Brasil» y la «Agência JB» de niticias para hacerle la competencia a Marinho.

El negocio no funcionó porque sus propios padres no creyeron en él al negarse a entregarle, como exigían los prestamistas, el control total del grupo que tenía su madre, Leda Marina, como accionista mayoritaria.

En 1990 el entonces gobernador socialista de Río de Janeiro, Leonel Brizola, tuvo que ayudar con dinero al conservador «Jornal do Brasil» para evitar el cierre y que «O Globo» se convirtiera en hegemónico.

Pero la situación siguió tan grave, con una deuda de entorno a los 90 millones de dólares, que Nascimento Brito ofreció el diario en venta a la gente del entonces presidente, Fernando Collor, a través de su tesorero de campaña y virtual valido, Paulo César Farias, quien después del escándalo que acabó en la destitución presidencial fue asesinado a tiros en la cama que compartía con su amante.

El contrato de la venta, por valor de 120 millones de dólares, estuvo redactado pero Leda Marina, la hija de la Condesa Maurina Dunshee de Abranches Pereira Carneiro que había muerto en Brasilia en 1983, dijo que no vendería a nadie.

Acorralado por deudas de unos 400 millones de dólares, según la empresa o de casi el doble, según otras fuentes, la venta fue consumada en enero de 2001 una cifra entre 50 y 80 millones de dólares.

La recién creada «Companhia Brasileira de Multimídia» («CBM») absorbió el sector de Internet «JB Online», la «Agência JB» de noticias y las radios «Cidade« y «JB FM», y arrendó por 60 años la cabecera «Jornal do Brasil».

El 73% de la «CBM» es de «DocasNet», una empresa del baiano Nelson Tanure, quien asumió el control administrativo el 9 de abril de 2001, cuando el periódico cumplía 110 años.

Los Nascimento Brito quedaron con el 27% restante de «CBM» y «Josa» continua como presidente del Consejo Editorial. Se contrató como nuevo director a Mario Sergio Conti, de 46 años; se despidieron y contrataron periodistas; pagaron pasivos laborales, se renegociaron los fiscales y se decidió abandonar el gigantesco edificio de la Av. Brasil.

¿Quien es el hombre que ha asumido la tarea de relanzar el viejo diario del conde Pereira Carneiro? Especialista en comprar y recuperar empresas endeudadas, Tanure, de 49 años, apunta a montar su imperio mediático. Después de la «Operación Jornal de Brasil», Tanure puso en mayo sus ojos en el diario popular carioca «O Día», que circula desde hace ahora 50 años, y firmó un acuerdo que le permite comprar el 10% en un plazo de dos meses.

El grupo de comunicaciones «O Día» tiene las emisoras de radio en FM «O Día« y «MPB», la «TV O Día» y el sitio «O Dia Online». Además, parece que Tanure tener planes en el área de la televisión y de Internet.

Menor de los dos hijos de un comerciante libanés, Tanure con 22 años cambió Salvador por Río de Janeiro en busca de fortuna. Formado en administración, es dueño de un grupo con intereses muy diversos. Hizo buenos negocios con equipos industriales y magníficos en astilleros y bancos. Con las ganancias compró «Jornal do Brasil» negando ser testaferro de grupos extranjeros y que tenga vínculos con políticos nacionales.

«Desprecio el poder, que es la más efímera y traicionera tentación humana» (...) «El único poder que respeto es el del conocimiento y la inteligencia» (...) «Cultivo la humildad y estoy en busca de una vida más espiritual» (...) «No voy a apoyar a grupos políticos» (...) «Estoy seguro de que el "Jornal de Brasil" recuperará su esplendor y será la base de una empresa multimedia moderna y lucrativa», aseguró el empresario, que está casado, tiene cuatro hijos, se declara católico practicante y es erudito del cristianismo.


Grupo Abril: Civita

Roberto Civita, hijo de un emigrante italiano llegado en 1950 que fundó una editora con su hermano, es el dueño del 94% del «Grupo Abril», el mayor editor de revista de Brasil, unos 200 títulos que tienen por lo menos 30 millones de compradores.

Entre las revistas que edita Abril están las nueve de las diez más vendidas en Brasil. El grupo tiene una cuota de mercado del 50%.

El semanario «Veja», cuya primera edición llegó a los quioscos el 9 de septiembre de 1968, es su principal publicación. De los 50.000 ejemplares de la época fundacional, el semanario lanzaba diez años después 300.000 ejemplares.

En 1992 la edición superó por vez primera el millón de ejemplares al publicar una exclusiva en la que Pedro Collor, hermano del entonces Presidente, Fernando Collor, denunció la existencia de un esquema de corrupción del gobierno.

Actualmente «Veja» cada fin de semana sale con 1.200.000 ejemplares que tardan en ser impresos 17 horas en la considerada mayor imprenta de América Latina y precisan para su distribución que los camiones de reparto rueden una media de 150.000 kilómetros cada semana (3,7 veces la circunferencia de la Tierra).

«Veja», con casi un millón de suscriptores, está considerada la primera y más influyente semanario de Brasil y el cuarto del mundo después de «Time», «Newsweek» y «U.S. News».

«Abril» tiene uno de los mayores parques gráficos de América Latina de donde se imprimen cada año casi 200 millones de ejemplares. «Abril» también el sistema de televisión por cable «TVA» con más de un millón de suscriptores.

El grupo está en los negocios de discos, videos, libros, anuarios y guías telefónicos. Es socio con el «Grupo Folha» de «UOL» («Universo On Line»).


Gazeta Mercantil: Levy

El grupo «Gazeta Mercantil» gira básicamente en torno a un sólo medio: el diario económico «Gazeta Mercantil».

El principal y casi total detentor de las acciones es la firma «Poli Parts S. A.» de la familia Levy (Herbet y Luis Fernando), con intereses también en los sectores de madera, muebles, papel, carne y ganadería.

Entorno al diario «Gazeta Mercantil», fundado en 1920, giran numerosas empresas de información y de prestación de servicios informativos. El periódico es el único de Brasil que posiblemente tenga difusión nacional debido a que, además de su sede en São Paulo, se imprime en otras ocho ciudades capitales (Río de Janeiro, Brasilia, Belo Horizonte, Curitiba, Porto Alegre, Salvador de Bahía, Fortaleza y Belén) con sus correspondientes suplementos regionales.

El grupo edita para públicos fuera de Brasil los semanario «Weekly Edition» (en inglés) y «Gazeta Mercantil Latinoamericana» (bilingüe español y portugués) que se distribuye los domingos como un suplemento en periódicos del Mercosur.

Publica también el «Balance Anual» de las mayores empresas brasileñas y del Mercosur y el diario «Por Cuenta Propia» dirigido a las pequeñas y medianas empresas; y la «Guía do Executivo» para quienes viajan a Río de Janeiro o a Sao Paulo.

Ofrece los servicios de información electrónica «Gazeta On-line», «MoneyZone» e «Investnews», éste de información económica en tiempo real.


RBS: Sirotsky, los barones del Sur

«RBS» ha conseguido consolidarse en la última década como el tercer mayor grupo de comunicaciones de Brasil.

Fue fundado en 1957 por Mauricio Sirotsky Sobrinho, hijo de judíos llegados a Brasil desde Rusia y Polonia a principios del siglo XX para colonizar tierras donadas por el Barón de Rothschild en Río Grande del Sur. Luego la familia se mudó a la localidad de Passo Fundo, en el mismo estado.

La familia Sirotsky inició su actuación en el sector de la comunicación en 1957, cuando Mauricio Sirotsky se asoció, en 1957, a la pequeña emisora de Porto Alegre «Radio Gaúcha». Poco después invitó a participar en el negocio a su hermano Jaime. Mauricio murió en 1986. En 1991 la presidencia del grupo fue asumida por su hijo Nelson, administrador de empresas.

El clan controla en la actualidad 18 emisoras de televisión otras 20 de radio, cinco periódicos, una agencia de noticias, una productora de vídeo, una empresa de informática y una proveedora de acceso a Internet, además de dos centros comerciales en Porto Alegre, una constructora y participa en otras empresas como «Globo Cabo», «Microsoft» y «Bradesco».

Los Sirotsky, muy activos en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), tienen como socios en distintos empresas, a los Marinho, «Multicanal», «News Corporation», «Televisa» (en Sky), «Grupo Estado» y «Telefónica» de España en la «Compañía Riograndense de Telecomunicaciones« de móviles.

Nelson Sirotsky acostumbra a decir que su relación con los Marinho es «una aparcería muy antigua, del final de los años sesenta, y muy madura (…) un matrimonio antiguo muy bien sucedido».

El buque insignia de los Sirotsky es el diario «Zero Hora» que fue fundado en 1964 con sede en la ciudad de Porto Alegre, la capital de Río Grande do Sul.

Francisco R. Figueroa
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